jueves, 12 de marzo de 2020

Tal y como la apurada agenda del rey lo había previsto, la nave real se hallaba preparada en el helipuerto a primera hora de la mañana.
Fue todo un alivio para la princesa comprobar que, nada más abrir los ojos tras un corto periodo de sueño, Ren ya no se encontraba en la cama junto a ella. Ni si quiera estaba en la habitación. Aunque de momento no había percibido ninguna sensación que la hiciese temer por las intenciones del hombre, compartir lugares tan íntimos como una cama seguía siendo incómodo. Imaginó que se había desvelado pronto o que quizás estaba terminando de preparase en alguna parte, de ahí a que la princesa encontrase vía libre para desperezarse a gusto y cambiarse de ropa antes de salir.
Dado que las maletas ya no estaban en la habitación, supuso que Ren se las había llevado y que sólo le quedaba despedirse. Por ello, no tardó demasiado en cruzar la puerta y salir de la habitación donde, como siempre, encontró a Raven.
— Syra ¿Estas lista? — preguntó con su habitual tono preocupado.
— ¿Por qué sigues tras la puerta? Mi padre dejó claro ayer que la ocupación que te había dado mi hermano ya no es válida — preguntó curiosa, echando a caminar seguida por el hombre.
— Dusk ha insistido — se apresuró a decir. — No se lo digas al rey, por favor. Lo haré mientras no se me requiera en otro sitio. 
— Raven — suspiró la chica. — Relájate. La boda ha terminado y el trato ya esta firmado. El peligro que antes Ren pudiera llegar a suponer ya se ha desvanecido. Vuelvo a estar segura en casa — le intentó tranquilizar con tono dulce y amable.
— No, Syra. No se ha resuelto nada. Ese hombre es un peligro — algo tensa por la insistencia, la chica terminó por interrumpir el paso y encararse con el Maestro. — Créeme.
— Raven, basta. Entiendo que al principio tuvieses tus sospechas. Entiendo también que tu ascenso y las responsabilidades en las que te viste envuelto te hallan causado cansancio. Pero se acabó, no puedes seguir juzgando así como así a quien ahora forma parte de la familia. — le reprendió. No quería sonar dura con alguien a quien consideraba una amistad, pero sentía la necesidad de parecer seria al decir aquello.
— No lo entiendes... Si pudiera llegar a explicarte la realidad para que te dieses cuenta... — gruñó entre susurros. Ahora que se fijaba, la mujer pudo comprobar que el hombre tenía un aspecto fatigado y despreocupado. Las ojeras dibujaban surcos bajo sus ojos y la barba estaba más larga de lo normal. Sus ojos estaban algo rojizos, y en general, parecía frenético. 
— ¿Qué es lo que tengo que entender? Llevas mucho tiempo con lo mismo y todavía no me has explicado cual es el origen de tus sospechas. Si de verdad tienes pruebas contra Ren, dímelas — le apresuró a confesar. Raven separó sus labios. Todo gesto en su cuerpo indicaba que tenía la intención de hablar, de estallar. Sin embargo, no lo hizo. Como una maquinaria defectuosa, se vino abajo y recapacitó.  — Compréndelo, por favor. Esto se acabo — terminó por decir la chica, comprobado que no había nada más que hablar. Se dispuso a seguir con su camino, pero fue retenida por el guardia cuando este la tomó del codo y la obligó a volver. 
— Escúchame. Dejaré de acusar a ese malnacido si es lo que quieres. Dejaré de avisar de sus intenciones, pero a cambio, mantente alerta — la señaló. El tono confiado con el que hablaba y la mirada directa que le lanzó hicieron que Syra se sintiese extraña. 
— Olvidas de lo que soy capaz — recordó la chica mientras se zafaba de su agarre.
— Sé muy bien de lo que eres capaz. Sé que tu poder no tiene rival. Pero también sé que Ren, o los Bladelyn, podrían hacerte daño si bajas la guardia. — alegó con crudeza. — ¿Sigues entrenando? ¿Sigues intentando gestionar tus habilidades?
— Raven, ¿Puedes dejar de...?
— ¡Me preocupo por ti! — ésta vez, alzó el tono demasiado. La princesa tuvo que mirar de un lado para otro antes de suspirar aliviada al saber que nadie se había percatado de aquella escena. — Todo lo que hago, todo lo que procuro que entiendas, todo es por ti — añadió, recuperando el tono suave y bajo. La mujer acabó por guardar silencio. Sus intenciones no eran malas, y las apreciaba. Pero le fallaban sus actos. — ¿Llevaras un teléfono móvil? ¿Tienes mi número de teléfono?
— Imagino que sí.
— Pues si ocurre algo, cualquier mínima situación en la que te sientas insegura, y por el pacto y la seguridad de Solaris decides no contársela a tu padre o a tus hermanos, llámame a mí — pidió. — ¿Lo harás?
— Descuida, Raven. Pero no va a pasar nada — se apresuró a decir, intentando relajar la situación. — Tengo que irme ya. Me imagino que tendremos que partir pronto para llegar con tiempo a Steela antes de empezar con la agenda. Cuídate ¿De acuerdo?
— Cuídate tu también, Syra — El hombre no lo dudó. Aprovechando la proximidad, acercó a la princesa a su cuerpo y la abrazó, posando su mentón sobre la cabeza de ella. Apenas fueron unos segundos los que transcurrieron hasta que se separó, pero fueron suficientes como para que la chica se pusiese nerviosa. No, no podía seguir con lo que Raven quizás pretendía. Tras compartir una sonrisa entre ambos, Syra se marchó. Aurum tenía razón. Un tiempo separados iba a venir bien a todos.

El viaje duró más de doce horas.
Para la pareja, el tiempo transcurrido sobrevolando en ancho océano entre ambos continentes fue algo parecido a una prueba. Las horas habían pasado tan lentas como los pocos temas de conversación que pudieron tener entre ambos mientras ojeaban sus agendas y comentaban impresiones sobre el viaje. De ahí a que, cuando la aeronave pisó tierra firme, tanto la princesa como el joven sintiesen una oleada de alivio descomunal.
El aeropuerto de la capital de Steela era bastante grande, mucho más de lo que la mujer había esperado. Sin embargo, nada más bajar del vehículo no fue la extensión de la pista lo que le llamó la atención, sino la estructura de todo cuanto sus ojos pudieron observar. Más allá del grupo de personas que se habían congregado para recibirles, había un sin fin de edificios repletos de luces, con letreros enormes y anuncios que abarcaban más paisaje que el resto de las infraestructuras. El cielo estaba siendo surcado por multitud de aeronaves pequeñas y de seguro, privadas. El ajetreo, la vida era... descomunal. — ¿Vamos? — preguntó Ren, ahuecando el brazo. A la chica se le había olvidado por unos momentos que, incluso en otro continente, debían seguir aparentando. No sabían si entre los ciudadanos podía haber prensa de Solaris que había viajado hasta allí solo para fotografiar a la pareja en el que iba a ser su viaje de bodas, de forma que, rápidamente, se agarró a él. Juntos, comenzaron a  descender por la rampa mientras saludaban y sonreían sin parar.
— Pensaba que aquí no seríamos tan reconocidos. Mi padre insistió en ello — se quejó.
— Fíjate. No hay tanta gente como en Solaris. Tranquila, seguro que no va a ser para tanto — comentó él en voz baja. Una vez pusieron los pies sobre el asfalto, el gentío estalló. Los residentes de Steela gritaban y llamaban a la pareja, pero sobre todo, a Ren. No pasó desapercibido por ninguno de los dos que el favorito allí parecía ser él. 
— Vaya, sí que te quieren — observó. Un buen grupo de personas destacaba entre los demás. Llamaban a Ren con una pasión desmedida y le lanzaban piropos sin vergüenza alguna. Alguno sonó excesivamente ordinario.
— Pero ¿Qué...? — se preguntó, sonriendo bobalicón. — ¿A esto te referías con oír comentarios sobre ti que quizás preferirías no haber captado? 
— Sí, algo así — aseguró algo divertida. Que aceptasen a Ren, aunque fuese en Steela, fue una especie de cura en forma de alivio. Sólo deseó que el hombre lo sobrellevase con total normalidad. Sus hermanos, a veces se cansaban de la popularidad. Quiso preguntarle por ello, pero el joven pasó su mano por la espalda hasta agarrarla por la cintura. Los estaban fotografiando, claro, pero a ella le tomó por sorpresa. Tras aquello, ambos se tomaron de la mano y caminaron hasta el coche que los esperaba al final de la pista. Sólo entonces, rompieron el contacto.

El trayecto, según informó el conductor, iba a ser un poco largo. La vivienda que Aurum había cedido a la pareja se encontraba a las afueras de la ciudad, de forma que primero debían salir de ella. Escoltados por los vehículos del resto de soldados de Solaris, comenzaron a marchar por las calles de la capital, atrayendo la mirada de los más curiosos.
Tal y como Ren había adelantado, el furor desapareció conforme cruzaron las calles. El gentío que les prestaba atención había desaparecido, de forma que, desde la ventanilla, sólo pudieron observar a gente tranquila, caminando, paseando y ocupada en sus tareas, así como el resto de la ciudad que, sin duda alguna, debía ser impresionante. A los edificios tan altos que Syra pudo atisbar desde el aeropuerto, lo acompañaban edificios más pequeños cuyos tejados presentaban una forma particular, ovalada y mayoritariamente rojiza. Los comercios se extendían por todas las esquinas, así como los locales de ocio, los centros culturales y al parecer, templos. Templos que se hallaban parcialmente alejados del resto de la urbe, entre calle y calle, seguramente de forma intencionada. Cuando quiso darse cuenta, comprendió que Ren estaba tan fascinado como ella. Solaris era moderna, pero Steela parecía serlo aún más. — ¿Sorprendido?
— Steela es... impresionante — comentó con un brillo en los ojos digno de un niño. Syra tuvo que sonreír ante aquella imagen. — En la agenda tiene que haber algún hueco para que podamos conocer todo esto.
— ¿Conocer? ¿Pretendes salir? — preguntó confusa.
— No pretendo salir, pretendo que salgamos — corrigió. 
— Pero... no es seguro. Llamaríamos mucho la atención. Además, estamos aquí por asuntos políticos, no lo olvides — comentó segura. El cristal que el conductor había interpuesto entre su plaza y la de ellos, insonorizaba el resto del vehículo.
— ¿Me estás diciendo en serio que planeas pasar una semana en Steela y volver a palacio sin haber disfrutado ni un sólo día de lo que este continente puede darte? 
— Bienvenido a la familia real, Ren. Me alegro de que empieces a darte cuenta de donde te has metido — comentó con sorna.
— Oh, que poco me conoces — contrarrestó él, sonriendo orgulloso. Syra le devolvió la sonrisa. Aquello parecía un duelo.

Llegaron a la zona en la que la casa estaba ubicada al atardecer, tras un buen trayecto por carreteras ascendentes que rodeaban sierras repletas de bosques frondosos, de un verde tan oscuro que dejaban obnubilado a cualquiera que los observase. Tal y como explicó el rey, la vivienda se encontraba en una zona de bastante latitud con respecto al resto de la región. La hectárea que comprendía estaba vallada, rodeando un ancho lago junto al que quedaba la mansión. Cuando Syra la examinó, una vez bajó del coche, admitió para sí misma que la imaginaba más grande. Apenas tenía dos plantas, construida en piedra y rodeada de un jardín modesto y cuidado que dotaba de armonía al lago. 
Nada más tomar las maletas, el coche se marchó y el resto de soldados se dispersaron a lo largo de la hectárea hasta que dejaron a la pareja a solas. Otra vez, una situación incómoda. 

El interior de la casa no podía ser más acogedor. Las paredes y el suelo estaban compuestos de pura madera, lo que hacía que se sintiesen como en el interior de una cabaña. Una chimenea hacía de eje central del salón, en el que se repartían varios sofás llenos de cojines. La cocina era pequeña, pero suficiente. Y las habitaciones... casi parecían de en sueño. Pequeñas, discretas y cálidas. — Ahora entiendo por qué mi padre ha hablado tantas veces de esta casa. Parece un retiro vacacional — alegó la chica mientras colocaba la maleta en el suelo de la habitación más grande.
— ¿Y no es eso lo que es?
— Bueno, sí. — sonrió. — Es solo que esperaba una copia de palacio. Y esto es mas una casa, un hogar. Es mas real — comentó en tono soñador.
— ¿Cómo es que nunca habías venido? — preguntó Ren de forma curiosa, ojeando los cuadros, el decorado y el interior de los muebles.
— Mi padre dejó de venir cuando mi madre murió. Creo que le produce mucho dolor la idea de volver sin ella — confesó. El hombre decidió guardar silencio cuando ambos se miraron. Unas cuantas ideas se pasaron por la mente de cada uno, hasta que los dos, como una conexión mágica, acabaron pensando en lo mismo. — La cama... quiero decir, la habitación...
— ¿Quieres que duerma en otra habitación? — preguntó. No era una cuestión, sino un ofrecimiento. La princesa se quedó sin saber qué decir. ¿Qué debía contestar? ¿Cómo debía actuar?
— ¿Será seguro?
— No creo que nadie pueda vernos, sobre todo si los soldados van a estar custodiando los puntos claves de los límites del terreno. 
— Pero ¿Y si...? — Su mente se puso pesada. ¿De verdad estaba hablando ella? ¿Estaba sugiriendo ser prudentes en vez de tomarse un respiro?
— A mi no me molesta, Syra — aseguró. — Quiero decir que no me incomoda dormir contigo, ya lo sabes. Eres mi mujer y esto es lo que tenemos que hacer. Si prefieres aprovechar la situación, puedo ir a dormir a otra de las camas — volvió a prestarse. La sinceridad en su voz provocó una chispa de calidez en la mujer.
— Déjalo, no lo hagas. Duerme aquí... Al fin y al cabo, nos tenemos que acostumbrar ¿No? — comentó con cierta sensatez. — O eso es lo que espera mi padre de esto, claro — bromeó.
— ¿Eso te ha dicho?
— No explícitamente, pero sé que confía en que tu y yo nos llevemos mejor. Que nos aceptemos y... bueno, que nos hagamos esto más fácil — dijo con algo de vergüenza. 
— Oh, sí. Algo así me ha dicho.
— ¿A ti también te ha pedido eso?
— Creo que tu padre se siente demasiado mal por esto. Y lo comprendo. — murmuró. — ¿Quieres deshacer la maleta? — preguntó de repente, cambiando el tema de conversación. — Oh, claro. Estas acostumbrada a que los sirvientes se ocupen por ti. 
— ¿Me estás llamando inútil? — preguntó, arqueando una ceja. 
— Lo haría por ti, pero no quiero invadir tu privacidad — continuó con la broma. — ¿Te preparo un baño? ¿Quieres que te deshaga la cama?
— Vete a freír, Ren — gruñó, arrojándole un cojín y saliendo de la habitación. Tras dejar el cojín en la almohada, el hombre la siguió.
Ambos bajaron las escaleras hasta llegar de nuevo al salón. El joven no se lo pensó dos veces antes de arrojarse contra el sofá. Al fin y al cabo, habían sido muchas horas de viaje y en Solaris ya debían transitar la madrugada. Ellos, en cambio, ni si quiera habían dado una cabezada aún. Syra se dirigió hacia la cocina, lo que hizo que se sintiese muy rara. No es que fuese una inútil, como Ren había bromeado, pero no estaba acostumbrada a ocuparse de su alimentación. Por ello, cuando abrió una discreta nevera oculta tras un par de puertas de madera, se quedó helada. Sólo había un par de piezas de verdura, algo de carne y fruta fresca. Estaba claro que Aurum había contado con muy poco tiempo para enviar a alguien a llenar la despensa y limpiar la casa antes de que la princesa llegara, y allí estaba la consecuencia. — ¿Ren? — le llamó. — ¿Qué podemos hacer con verdura y carne? 
— ¿Estofado? ¿Salteado? — preguntó aburrido desde su posición. Syra no iba a admitir que no sabía cocinar. Si lo hacía, el hombre se burlaría de ella durante horas. Por ello, acabó abriendo todos los muebles hasta que encontró leche, cereales y un bol, los cuales tomó para dirigirse al salón con un orgullo inquebrantable. Se sentó tranquilamente sobre el sillón, mezcló los cereales con la leche y se dispuso a cenar. — No sabes cocinar ¿A que no? — La princesa casi se atragantó, lo que le provocó una carcajada. 
— ¿Qué pasa? ¿No puedo cenar cereales?
— Me extraña que cene cereales una mujer que no conocía hasta hace poco el sabor de una hamburguesa. 
— Bueno ¿Y qué quieres? Tampoco tengo ganas de experimentar — gruñó. Quizás fue ver el comportamiento descuidado de Ren, o quizás la simple soledad, lo que hizo que la chica se descalzara y se acomodara sobre el sillón con las piernas sobre el brazo del mismo. Comió mientras refunfuñaba, pero con un ímpetu digno de una persona hambrienta. Tanto, que ni si quiera miró a la chimenea cuando extendió su mano hacia ella y la encendió con un simple golpe de magia. El hombre se quedó largos minutos mirando al fuego, inmerso en él. 
— ¿Cuando murió tu madre? — preguntó en voz muy baja. Syra le miró durante unos instantes, intentando averiguar si se trataba de una intención desagradable o una pregunta curiosa. Lo que encontró fue a un muchacho absorto, con la mirada lejana.
— Cuando nací. No, mejor dicho, antes de que yo naciera. El parto fue complicado, por alguna razón. Murió cuando yo aún estaba dentro de ella — explicó con cierta lástima.
— ¿A eso te referías cuando dijiste en Tarkav que tu padre te había salvado la vida? — Syra tragó saliva, sabedora de que acababa de descubrir algo demasiado importante sobre ella y su familia. — Tranquila, tu padre ya me había contado que tenéis la capacidad de sanar gracias a la Acronita. Además, te recuerdo que quisiste ayudarme con la herida. Eres un libro abierto — confirmó sin ánimo de preocupar. La chica supuso que, a fin de cuentas, debía confiar en él.
— Yo estaba muerta, eso dijeron los médicos — admitió. — No debió hacerlo. Él sabía que no podía usar ese poder, y sin embargo, llevó el cuerpo de mi madre a los pies de la Acronita y eligió a una de las dos. Me eligió a mi — la voz de la mujer pretendió ocultar cierto dolor. — Pudo haber muerto ese día. Todo poder que use de la piedra conlleva un pago, es como un constante recuerdo de que se trata de un poder prestado para gobernar y no un regalo. 
— ¿Por que no perdió la vida?
— Quizás porque lo hizo a tiempo, pocos minutos después de que yo perdiese la vida. O quizás porque, al no haber nacido, el valor de mi vida era muy pequeño. Sea como sea, la enfermedad que él tiene lleva arrastrándola desde ese día. Nunca más ha podido usar una gran cantidad de poder desde ese día. Le destrozaría. 
— Tu padre te quiere con locura, Syra — murmuró. — Nadie entregaría su vida a cambio de alguien a quien no quiere. 
— Lo sé — sonrió con tristeza. — ¿Y tu madre? — se atrevió a preguntar. No quería hurgar en la herida, si es que existía alguna. Pero dada la ocasión, creía justo el conocerse mutuamente. — Vi una fotografía de ella.
— Así que, como sospechaba, entraste en mi refugio y cotilleaste.
— Oh, vamos. No sabía que estaba allí. Además, ni me recuerdes ese día. Todavía se me ponen los vellos de punta al recordar lo que ocurrió. 
— No es mi culpa que estés como una cabra.
— ¿Quieres que te tire otro cojín? — le amenazó.
— Mi madre murió hace unos cuantos años. Enfermó. El clima del norte es un poco duro — confesó.
— Lo lamento. Me pareció una mujer preciosa en la fotografía.
— Lo era. Tenía un cabello negro tan largo que parecía una nube de tinta. Era muy cariñosa, muy dulce. Siempre estaba atenta a lo que me pasaba, a lo que sentía — por primera vez, Syra descubrió pena en la voz de Ren. Sonaba insegura, lastimera. Casi pensaba que estaba oyendo a un niño hablar. — Quería a Jiram como si fuese suyo. Y si hubiese llegado a conocer a Claire... también habría sido así. A veces pienso que si ella hubiese seguido conmigo, todos seríamos muy distintos. — La princesa volvió a tragar saliva. No esperaba que hablase de su hermano, de forma que sintió que el ambiente se enrareció. Dejó el bol sobre la mesita que había frente a la chimenea, dándose cuenta de que hacía un rato que había terminado de comer. — Si la hubieses conocido, tendrías un mejor concepto de mí.
— Nada va a conseguir que tenga un mejor concepto de ti.
— ¿Qué había que hacer mañana? — preguntó algo alterado, recordando que tenía responsabilidades y que aquello no era un viaje de placer.
— Pues a primera hora debemos dirigirnos hacia el palacio imperial. El emperador desea saludarnos y tratar el asunto de los fenómenos cuanto antes. En segundo lugar, creo que tenemos un almuerzo con él. Creo que por la tarde acaba nuestra agenda del día, así que tenemos que pensar como vamos a apañárnosla para comprar comida que nos sirva durante la semana. Pasado mañana, el emperador quiere que visitemos con él los templos más emblemáticos de la capital y seguramente todo esto desembocará en alguna puesta frente al público en el que declaremos las buenas intenciones que tenemos ambos continentes de colaborar mutuamente. Y al día siguiente... ¿Ren? — La princesa sospechó que no la estaba oyendo, porque ni se movía ni emitía sonido. Cuando se aproximó para saber qué le ocurría, encontró al hombre dormido boca arriba, con una mano sobre el estómago y otra tras la cabeza. — Sí que estabas cansado... — susurró la chica. Sonrió para sus adentros, cayendo en la cuenta de que habían tenido que sufrir la incomodidad de negociar sobre cómo dormirían para nada. 
Con la mirada, buscó algo con lo que taparle. Los sillones y el sofá estaban cubiertos con grandes mantas de diseños hogareños y de tacto cálido. Sólo tuvo que agarrar la de su sillón para colocarla suavemente sobre el joven. Estaba tranquila al hacerlo, pero cuando reparó en la alianza que lucía su dedo anular, un pellizco le estremeció el estómago. Acabó por mirarse su propia mano, que tenía la misma alianza y se mordió el labio inferior. ¿Cuantas vueltas más iba a darle para concienciarse de que estaban casados? ¿De que Ren era su marido? Tras un suspiro, observó al joven descansar. Parecía tan normal, tan inofensivo y tranquilo, que terminó por comprenderle de cierta forma. Allí sólo estaban dos personas que, aunque con caracteres muy diferentes y formas de pensar distinta, se habían unido para darle lo mejor a la gente de la que se sentían responsables. Quizás si que merecía la pena llevarse bien, aceptarse y mejorar como pareja. Raven, en cambio, no podía tener razón. Ren no podía tener malas intenciones ya, ni con ella ni con Solaris. Todo iba a solucionarse poco a poco, y en el fondo, tenía que admitir que deseaba conocerle... de verdad.
Con las órdenes dadas, Ren y Syra se encontraron de nuevo en la habitación para ir preparando las maletas y cualquier cosa que les fuese necesaria o de utilidad a la hora de viajar hacia Steela. Era una experiencia nueva para ambos, sin duda. La primera vez que la pareja verían tierras extranjeras de primera mano y no en televisiones o reportajes fotográficos. Ambos solo sabían lo básico y mínimo: la cultura en Steela era bastante distinta, así como su gente. Los rasgos eran más afilados, de pieles pálidas por naturaleza y de una belleza muy sutil y frágil, como una suerte de ángeles caídos del cielo. Eran finos, elegantes, extraordinariamente educados y dedicados al trabajo por encima de todas las cosas. El gobierno estaba formado por un Imperio heredado, de modo que los máximos gobernantes eran hermanos entre sí y uno de ellos, el emperador, era el que comendaba al resto de los hermanos. No era de extrañar, por tanto, que hubiese muchísimias disputas a lo largo de los años por quién debía controlar el Imperio dado que los emperadores tenían el gusto de tener más de diez hijos, a veces más de veinte. Obviamente, no siempre tenía por qué ser con la misma mujer. Allí no se estilaba la monogamia, precisamente. Raro era el emperador que tenía menos de cinco mujeres distintas y por ello, parecía ser el sueño de toda jovencita de buen ver de Steela: ser parte del harem imperial. Ren, mientras metía sus ropas en la maleta, reflexionó sobre ello -Ahora que lo pienso, cuando el emperador Shiro nos reciba... ¿Lo hará con todas sus mujeres?-
-¿Qué más da eso?- preguntó Syra con paciencia, un poco distraida en sus pensamientos.
-Me resultaría un tanto divertido que pareciera que nos recibe una turba de ciudadanos y resultara que solo son sus innumerables amantes- soltó una risilla -¿Te imaginas que le entras por los ojos y te ofreciera un sitio en su corte de novias?-
-Al menos me quitaría todos estos dolores de cabeza. Solo me tendría que limitar a vivir la vida lujosa y a tener todo cuanto quiero a cambio de darle mimos- comentó la chica desganada, terminando de adecentar la maleta. Notó un denso silencio por parte de Ren, de forma que le miró. Este le miraba extrañado, con una camisa a medio meter en la maleta -Es broma, Ren- explicó ella con impaciencia, como si estuviera hablando con un idiota.
-¿Es una broma lo que acabas de hacer?-
-Claro, te lo estoy diciendo-
-¿Significa eso que empezamos a llevarnos bien?- mostró una media sonrisa.
-Lo que significa es que soy humana y tengo sentido del humor-
-No me lo esperaba-
-¿Qué?- contestó seria -¿De verdad te crees que me gusta ser una noble tiesa como un palo?-
-No. Lo de que seas humana, digo-
-Idiota- Ren se echó a reír y oirle reír, por extraño que fuera, le hizo dibujar una pequeña sonrisa a Syra. La chica terminó su equipaje y se sentó en el borde de la cama con un pesado suspiro.
-¿Qué ocurre?-
-Nada- negó con la cabeza.
-Vaya, resulta que los matrimonios realmente son así- se encogió de hombros.
-¿A ti qué te pasa?- quiso saber la chica mirándole desde su asiento -¿Por qué de golpe y porrazo ahora tratas de ser un amor de persona?-
-Así que un amor, eh. Lo tendré en cuenta-
-Hablo en serio, Ren. Has sido un descarado engreido desde que llegaste. Solamente hablamos sinceramente un poco cuando Tarkav y luego pasó lo de la boda. En Munshad apenas te veía el pelo y si te veía eras como una especie de muñeco sin alma. Regresamos aquí e igualmente seguías siendo ese hombre extraño, siniestro y melancólico que se paseaba por palacio haciendo su vida ajeno a los demás y teniendo tensiones más que obvias con mis hermanos y con Raven- bufó -Pero desde la boda, de pronto, pareces animado, más alegre y te dedicas a bromear. El Ren que he conocido hasta hace unos días se habría enzarzado con mi hermano Dusk en una discusión que podría haber acabado en pelea y sin embargo has mantenido un temple digno de la realeza para no entrar en debates insulsos y de paso, ayudar a mi padre a manejar la situación. No soy estúpida ¿Qué estás tramando? ¿Qué buscas?- a Syra le respondió el sonido de la cremallera de la maleta de Ren cerrándose. Obviamente, aún les quedaban una o dos más maletas que hacer a ambos. El Bladelyn se metió las manos en los bolsillos de forma casual y caminó a través de la habitación, un tanto reflexivo mientras buscaba palabras para hablar con Syra -¿Y bien?-
-¿No le estás dando muchas vueltas a eso?- quiso saber Ren.
-¿Muchas? Eres un misterio personificado. Eres más difícil de predecir que tu propio padre, que ya es decir. Dioses, eres más difícil de predecir que las anomalías. Y sinceramente, preocupa-
-¿Te preocupa que simplemente quiera hacernos la vida más fácil?-
-Sí- declaró ella, cruzándose de brazos -En ningún momento has tenido la intención de hacerlo fácil. Ni en broma. Llegaste con pretensiones de guerra, se te veía a lo lejos. Y después propones la boda y te quedas tan pancho. Ahora, recién casado, pareces otro. Está claro que ocultas algo, Bladelyn. Algo que no me gusta ni un pelo y que entiendo que tiene a mis hermanos y a la guardia echando chispas por tu culpa-
-A la guardia le importo poco, el problema es el Maestro Garland- señaló Ren -Y sobre tus hermanos, son solo prejuicios. Desde la familia Bladelyn hemos querido demostrar nuestro desdén por las maldades de Munshad al permitir sin problema alguno el enjuiciamiento de Jiram y su encarcelamiento. La boda ha sido para calmar los ánimos de la gente y para detener las revueltas en Munshad ¿Cuántas has oído desde que vinimos aquí? Los ánimos parecen haberse calmado un poco-
-La prensa se preocupa por las anomalías que cada vez son más frecuentes- aclaró Syra.
-Sea como sea, no oculto nada. Simplemente he pasado aquí el tiempo suficiente, en este lugar, con vosotros, para comprender ciertas cosas-
-¿Y qué cosas son esas?-
-Que sois buena gente- dijo simplemente -No sois los tiranos que en Munshad creen que sois- Syra se quedó pensativa, mirándole con la cabeza un poco ladeada.
-¿Tú... creías que eramos tiranos?-
-Todos lo creiamos. Jiram lo creía, Claire lo pensaba... Bueno, ellos seguramente lo siguen pensando. Mi padre nunca os llamó tiranos explícitamente pero tampoco corregía aquellos pensamientos. Supongo que la relación de Jiram con el terrorismo le ha hecho sentirse culpable y ha aceptado toleraros para no agravar la situación- se encogió de hombros el Bladelyn.
-Estaba claro el desprecio y la animadversión por impedir la secesión pero... ¿Tiranos? No les hemos hecho nada malo. El odio es como el fuego, desde luego...- reflexionó, cabizbaja.
-El odio no es el fuego, el odio es solo la gasolina- corrigió Ren.
-¿Qué?-
-El fuego quema y se apaga. La gasolina, sin embargo, se extiende hasta allí donde la derrames y hasta ese punto arrastra las llamas. El odio no es más que la gasolina que se extiende a distintos tipos de pensamiento. Yo puedo odiarte y tú puedes odiarme, pero eso no significa que nos consideremos, por ejemplo, tiranos, si no hemos hecho algo digno de merecer ese nombre. Pero si echamos leña al fuego, si simplemente nos untamos en mentiras, traiciones y juegos de sombras, lo podriamos llegar a pensar. Extender lo inflamable hacia nuevas corrientes de pensamiento, que a su vez, extienden más aún si cabe el alcance del fuego, hasta encender la mecha del conflicto bélico- reflexionó el Bladelyn, pensando más bien en voz alta, como si estuviera solo.
-Como digo, eres extraño hasta decir basta- suspiró Syra -Oyéndote, casi pareces un aliado de los Chrone-
-Supongo que eso hará que estre matrimonio sea interesante: el tratar de descifrarme- sonrió.
-En serio... ¿Quién eres, realmente?- Ren no contestó porque llamaron a la puerta de manera insistente. Era Raven. Solo bastaba con distinguir esa forma de llamar a la puerta.
-Syra ¿Estás ahí? ¿Puedo pasar?- Ren fue a contestar como de costumbre, pero Syra se adelantó velozmente a invitarle a pasar. El Bladelyn entornó la mirada y la contempló con interés. Ella le devolvía la misma mirada. Raven, al entrar, se encontró a ambos mirándose en silencio -¿Sucede algo?-
-Teniamos un interesante debate. Asuntos de pareja- contestó Ren.
-Agro Bladelyn y Claire Bladelyn se marchan. Están a punto de embarcar en la aeronave y el rey os llama para despedirlos formalmente- dijo, ignorando a Ren y mirando a Syra.
-Gracias Raven, enseguida vamos- el Maestro asintió y salió de la habitación, pero se quedó haciendo guardia en la puerta. Cuando la pareja salió, éste los "escoltó" hasta el helipuerto en el piso superior de la torre.

La aeronave, no demasiado grande, arremolinaba los vientos con sus motores encendidos. El ruido era un tanto desagradable, ya que los Munshad no contaban con un transporte tan puntero como los Chrone y Solaris en general. Los soldados de la guardia habían terminado de subir el equipaje de ambos a la aeronave, de modo que solo quedaba despedirse. Agro y Aurum se estrechaban la mano con firmeza mientras que Ren y Syra llegaban al punto donde todos se encontraban. Claire se miraba las uñas, aburrida, harta de escuchar palabras amables entre Agro y Aurum como si no hubiesen sido enemigos durante años. Finalmente, el regente de Munshad se despidió de Syra y de su hijo como si fueran una bendición de los cielos -Buen viaje, padre- asintió Ren -Y buen viaje, Claire-
-Que te den por el culo, Ren- contestó la chica con cara de pocos amigos -¿Me oyes?-
-Alto y claro- respondió Ren. Claire le disparó una sonrisa sarcástica instantanea a él y a Syra y se metió en la aeronave.
-Disculpadla. Todo lo de la boda, Jiram y demás...-
-Es comprensible- suspiró Aurum, adelantándose.
-Pero estaría bien educarla mejor- añadió Ren.
-Ya...- Agro lo miró extrañado por oirle decir aquello -Supongo que debería de haber sido más duro con mis hijos- aquello llevaba intenciones hacia el propio Ren y él lo sabía. Sin embargo, en Solaris se sentía a salvo de su padre y, de igual forma, eso era percibido por Agro. Como artífice y manipulador tras todo lo que acontecía entre Solaris y Munshad, no le gustaba en absoluto ver que Ren se sintiera envalentonado en la capital y junto a los Chrone. Él era su mayor baza y no podía perderle como peón en la partida o sus planes estarían condenados.

Finalmente, el enorme aparato despegó rumbo a Munshad con el rugir de sus motores, desprendiendo grandes fogonazos que impulsaban la nave. El silencio se hizo en aquel helipuerto donde se notaba bastante la ausencia de Dusk e Iran -¿Y mis hermanos?-
-No han considerado propicio despedirse de Agro- contestó Aurum con un tono jocoso.
-Cuando dices "no han" quieres decir "no he" ¿Me equivoco?-
-Chica lista- sonrió el rey -Bastante tensa está la cuerda. Acercarlos a Agro es solo echar leña al fuego. Con mis dispensas, Ren-
-No hay nada que disculpar. Soy consciente de que todos estos años no desaparecerán con una boda. Si vosotros estuvieseis en Munshad, la situación sería la misma. Como hemos podido ver, Claire no es precisamente un encanto. Y aunque mi padre esté suavizado por lo de Jiram, tampoco lo es-
-Cuanta sinceridad- rio el rey -En fin, preparemos vuestro transporte ahora- dijo el rey, tomando a su hija por los hombros y caminando junto a ella, hablando sobre Steela. Ren y Raven los siguieron desde atrás para que pudieran hablar tranquilamente.
-¿Y tú eres un encanto?- preguntó Raven en baja voz para que solo Ren le escuchara -Hablas de tu familia como si no formaras ya parte de ella. Y en tu sangre, en tu mente, en tu futuro, está la negra mancha de los Bladelyn-
-Puedo ser más distinto de lo que tú crees. Todos, a fin de cuentas, tenemos nuestra propia mentalidad- excusó Ren sin tener por qué.
-No te creo. Eres un parásito. Es cuestión de tiempo que tu naturaleza salga a la luz y quedará patente que eres un peligro. Entonces podré destruirte. Reducirte a átomos- gruñó Raven casi incapaz de controlarse.
-¿Sabes, Garland?- Ren se giró un poco para mirar a la cara al Maestro de la guardia -Creo que es algo que le podrás preguntar a Syra dentro de una o dos semanas, ya que estaremos a solas. Procura no añorarla demasiado. Te aseguro que le bastaré para que ella ni se acuerde de ti- la sonrisa llena de veneno casi impulsó a Raven a desenvainar de nuevo el arma, pero Syra y Aurum le verían además de haber quedado claro que no serviría de nada. Pero solo pensar que iban a estar solos...
-Vamos Ren- llamó el rey -Los preparativos finales apremian. El emperador os espera-
-Voy, Majestad- asintió Ren y volvió a mirar a Raven. Ambos se separaban del ascensor unos metros, de forma que la princesa y el rey los esperaban dentro -Trata de comportarte como un buen perrito faldero y no retrases más los asuntos de la familia real ¿Quieres?- concluyó Ren, echando a caminar. De Raven, una vez más, manaba aquella nube mágica de tinieblas ¡Dioses, era divertidísimo provocar a ese hombre!

miércoles, 11 de marzo de 2020

El resonar de los papeles, los folios y los cuadernos utilizarse a lo largo de la mesa, eclipsó todo sonido que en el Consejo se emitiese en aquel momento. La pluma de Syra se movía con precisión entre sus dedos conforme su padre, el rey, trataba los asuntos del día.
Era reconfortante a la par que embriagador volver al trabajo. Apenas se había ausentado unos días de él, y a pesar de que habían pasado horas escasas desde la boda, el continuar los asuntos por donde los había dejado hacía que se sintiese cada vez un poco más ella misma y menos la mujer casada en la que se había convertido. Pues, aunque sabía que el compromiso no era más que trabajo, los vínculos personales que se habían forjado ya eran inevitables. 
Los asuntos que Aurum quería tratar eran claros, directos y esperados, pero no por ello menos importantes. La reestructuración de los edificios destruidos por los fenómenos, la partida presupuestaria para la búsqueda y contratación de personal cualificado que pueda estudiar y comprender los mismos, unas primeras actuaciones en Munshad que llevasen poco a poco a la estabilidad, alguna que otra visita oficial a alguna de las múltiples instituciones en las que poder hablar de la feliz y activa situación de la familia real... todo lo que podían haber imaginado, excepto una cosa.
— Por último, ésta misma mañana he recibido una carta del emperador de Steela. Ayer mismo, una población cercana a la capital sufrió un fenómeno parecido a los que se han dado en Solaris. Ha pedido colaboración con esta familia para poder atajar el problema con celeridad — explicó Aurum. Su voz solemne y preocupada hizo que el resto del Consejo sintiese la misma inquietud.
— ¿Steela? Pensaba que los fenómenos sólo ocurrían en Solaris — apuntó Iran.
— Eso pensábamos todos, hijo. Pero parece ser que lo que creíamos como un problema nuestro, ya afecta a medio mundo — confesó.
— Pero eso es... — intentó hablar Syra. — ¿Qué quieren de nosotros? No sabemos de qué se trata.
— Una alianza que permita a ambos continentes solucionar el problema entre ambos. Me parece una idea acertada que uno de nosotros viaje durante unos días allí, entable relación con el emperador y firme un tratado de colaboración entre reino e imperio. Puede que Steela sea más rápido que nosotros en encontrar una solución y el tratado permitiría beneficiarnos de esa ventaja.
— Puedo ir yo, padre — volvió a intervenir Iran. — Dusk está ocupado gestionando la milicia para combatir los fenómenos cuando ocurran. Mi papel aquí es menos importante ahora.
— No. Tú eres mis ojos y mis oídos, recuérdalo — le señaló. — He pensado que lo más oportuno sería que Syra hiciese ese viaje. Con Ren. — terminó por añadir, haciendo que la pareja se mirase. — Aprovechando la situación, podríais alojaros en la que ahora es vuestra casa allí, de tal modo que a ojos de la gente esto parecerá una luna de miel. 
— Pensaba que habíamos acordado que no habría, para enfatizar nuestras ganas de trabajar — se quejó la princesa. No es que le pareciese un mal plan, pero ahora temía a la opinión pública más que nunca. A fin de cuentas, el día anterior había quedado claro que el matrimonio no era aceptado por todos. 
— Así es, pero dado el caso... — suspiró el rey. — Que los fenómenos no provoquen alarma social es una de nuestras prioridades. Además, te vendrá bien pasar unos días allí. En Steela nuestra familia no es tan reconocida y podrás respirar con un poco más de calma después de haber pasado tantos días frente a los focos. — Syra guardó silencio, reflexionando, para finalmente asentir. — Perfecto entonces. Partiréis mañana mismo si queréis. Os entregaré un dossier en el que figurará las actividades que debéis llevar a cabo y alguna que otra sugerencia por si la necesitáis. 
— No tengo problema — intervino Ren. Su papel en el Consejo aún seguía siendo una sorpresa.
— Majestad, ¿Necesitáis algo de mi? — se apresuró a preguntar Raven. — Quiero decir, en Steela. Como guardia de la princesa...
— Te quedarás en Solaris, sirviendo a Dusk — sentenció el rey. El soldado se quedó boquiabierto, sin palabras.
— Majestad, la seguridad de la princesa es mi principal tarea como Maestro de la Guardia. ¿Quien va a protegerla en el imperio? — preguntó nervioso. Syra, sintiéndose aludida, quiso intervenir de alguna manera, pero nadie parecía querer prestarle atención.
— Si no me equivoco, fue una tarea que te encomendó mi hijo ante la llegada de Ren Bladelyn. Quien antes era un potencial enemigo, ahora es el marido de la princesa. No hay peligro del que debas protegerla — explicó con tranquilidad. — Al viaje serán acompañados por un equipo de soldados especializados que pueden hacer la misma tarea que tú. 
— Pero, Majestad...
— Maestro de la Guardia, te quiero en Solaris. Tú y Dusk tendréis que trabajar esta semana en la seguridad del reino. Se te ascendió para cumplir con la responsabilidad que el cargo conlleva y proteger al reino es una de ellas — decidió con firmeza. La seriedad de su mirada indicaba que no había nada más que objetar a sus palabras, por ello, Raven tuvo que asentir y agachar la cabeza.
— Sí, Majestad.
— Dicho esto... — comentó mientras reorganizaba sus papeles — No tengo nada más que discutir. Podéis marcharos — Dicho y hecho, los hijos del rey, Ren y Raven se dispusieron a levantarse del asiento. Sin embargo, apenas les dio tiempo a desplazarse cuando el monarca llamó la atención — Ah, una cosa más. Aún es algo pronto, pero quería que supierais que estoy trabajando ya en mi abdicación. Syra, pronto deberás comenzar a trabajar en tu coronación.
— ¡¿Qué?! ¡¿Ya?! — preguntó la chica, entre sorprendida y aterrada. — ¿Por qué?
— Padre ¿Por qué quieres hacer eso ya? — se sumó Iran. 
— Porque aunque no queráis daros cuenta, vuestro padre está deseando jubilarse ya — soltó una carcajada. — Vamos, ¿De verdad pensabais que iba a dejar esto hasta la vejez? Syra ya está lo suficientemente capacitada para ocupar mi lugar, y vosotros, para apoyarla. 
— Pero, padre... ¿Qué problema hay?
— Por supuesto que la coronación no se celebrará hasta que todos los asuntos que nos traemos entre manos, si es lo que teméis. Una vez todo vuelva a la normalidad, Syra tomará mi relevo — volvió a sentenciar. — Si todo esto acaba pronto, empezaremos a trabajar en breve. Ren, esto también va por ti. El papel de la pareja del rey o la reina es una pieza clave en el entramado de la familia real. Imagino que nunca se te ha instruido para ello, de forma que quisiera ser el responsable de hacerlo hasta que el día llegase.
— Sería un honor, Majestad — asintió Ren con la cabeza. 
— Ahora sí, marchaos — volvió a sugerir. Entre murmullos, Iran y Dusk salieron por la puerta, seguidos de Raven. Ren se marchó el último, esperando acompañar a Syra. Sin embargo, no pudo. — Tú no, hija. Quédate un momento — Ante tal petición, la chica cerró la puerta entre ella y su marido, para darse la vuelta, adivinando qué era lo que su padre quería comentar.
— ¿Qué necesitas?
— ¿Todo bien? — preguntó con cierta inseguridad en la voz.
— Todo bien.
— No me refiero sólo a la boda, me refiero a todo lo demás. ¿Has estado bien? ¿Has tenido algún problema con Ren? — Aunque eran preguntas necesarias y humanas en un padre preocupado, la mujer se sintió nerviosa y algo tensa. Jamás había hablado de asuntos de cama con su padre, sobre todo porque nunca lo había necesitado.
— No temas nada. No hay de qué preocupes — se cruzó ella de brazos.
— ¿Te ha tratado bien?
— ¡Papá, por los cielos! Que no ha pasado nada — terminó por confesar alterada. En un primer momento, Aurum se revolvió avergonzado en el asiento. Sus ojeras indicaban que no había pegado ojo en toda la noche, pero la ligera sonrisa que expresó después, dejó ver que se sintió aliviado ante aquella noticia.
— Perdón, no quería entrometerme. Sólo saber... si todo va como debe ser. 
— Descuida. Seguimos siendo igual de incompatibles — bufó la chica, dejándose caer en el borde de la mesa. 
— ¿Te parece bien lo de la coronación?
— Me da vértigo — admitió. — Crees que estoy preparada, pero no lo estoy. Ayer oí a la gente abuchearme y casi me derrumbé ¿De verdad crees que estoy lista para reinar así? Solaris no me aceptará, y mucho menos Munshad.
— Tiempo al tiempo, hija. Acabas de construir tus propios cimientos. Los periódicos hablan muy bien de ti — confesó, extendiendo uno sobre la mesa, el cual acababa de sacar de su maletín. Syra no había visto ninguno aún, y dado el acontecimiento del día anterior, le interesaba saber qué decían ahora sobre ella. Como si estuviese hambrienta de saber, se lazó a tomar el periódico entre las manos y ojear la portada. Una foto de ella junto a Ren, ambos sonrientes, encabezaba casi todo el papel justo por debajo del titular. El artículo hablaba de boda exitosa, de pareja feliz y de reino reconciliado. — Parece que la boda ha empezado a dar sus frutos.
— No todos opinarán igual.
— Al menos la prensa opina que sí. Se os ve bien en la imagen — Al rey no le faltaba razón. Aunque en la foto la chica forzaba la sonrisa, cualquiera pensaría que se trataba de los nervios típicos de una novia. La sonrisa de Ren era casi idéntica. Y los dos... tenía que admitir que lucían espléndidos. — No es un mal hombre, Syra.
— No he dicho que lo sea. 
— Daos una oportunidad — insistió. — No te lo pido por mi. Nunca me perdonaré haber permitido que esto ocurra. Lo pido por ti.
— Todos decís lo mismo constantemente pero ninguno pensáis en que es difícil para mí. Él y yo no empezamos con buen pie y no le conozco aún de nada — suspiró.
— Pues... conoceos. En Steela vais a estar solos, sin Dusk ni Iran protestando por tener a Ren entre nosotros y sin el resto de las personas que os tienen en el punto de mira. Relajaos, intentad llevaros bien y conoceros. Puede que no llegues a quererle, pero sí a encontrar en él un apoyo, una mano derecha para tu futuro reinado — Aquel cúmulo de palabras, terminaron por hacer que Syra le mirase arqueando una ceja tras dejar el periódico en la mesa. — De acuerdo, ya me callo. Sólo era una sugerencia.
— Está bien, padre... está bien — volvió a suspirar.
— Te va a gustar la casa, ya verás. A tu madre le encantaba viajar a Steela. Hemos pasado entre aquellas montañas las mejores vacaciones que jamás hemos tenido nunca — recordó con tono triste.
— Sin conocerla, tengo que admitir que a veces la echo de menos. Me hubiera gustado que estuviera aquí, conmigo. Ayer su presencia hubiese sido muy tranquilizadora.
— Lo sé, hija. Yo también la echo de menos — sonrió. — Y si de algo estoy seguro, es que estaría muy orgullosa de la mujer en la que te has convertido — terminó por decir. — Ahora márchate, anda. Prepara las maletas y despídete de los demás. Mañana te toca descansar.
— Hasta después, padre.
— Hasta después, cariño —. Cuando Syra se marchó, el rey se quedó solo en la Sala del Consejo. Sin poder evitarlo, derramó una lágrima. Se sentía asfixiado, ya no sólo por la presencia de Agro, sino por toda la culpabilidad que ahora descansaba sobre su espalda. Se sentía un traidor, un hombre descorazonado y perdido... al que también le habría gustado que su mujer le acompañara.


El amanecer del nuevo día trajo consigo unos agradables rayos de sol que se filtraban a través de la ventana de la nueva habitación. Syra, que seguía hecha un ovillo al borde de la cama, se estremeció ligeramente al sentir el impacto de la luz en sus párpados cerrados. Incómoda, se agitó ligeramente y se volteó un poco llevada por el sueño, hasta que instintivamente vino a su mente la situación en la que se encontraba. Temerosa de encontrarse frente a frente con Ren, esta se sobresaltó en la propia cama, dando un raspingo con el que se incorporó de inmediato. La chica soltó un profundo suspiro y se frontó la cara con las manos. Afortunadamente para ella, estaba sola en la cama, de modo que no tuvo contacto ninguno con el que ahora era su marido de alguna manera desafortunada. Sola en la cama, sin embargo, no significaba sola en la habitación -¿Has tenido una pesadilla?- la voz de Ren la hizo saltar de nuevo, pero esta vez de forma agitada. La chica se llevó una mano al pecho y se tapó con las sábanas hasta la altura del cuello por puro instinto y vergüenza.
-¡Dioses, Ren!- exclamó
-¿Qué?- quiso saber el hombre, mirando a todas partes como si pudiera haber un fantasma o algo. Syra le apartó la mirada, pues seguía desnudo de cintura para arriba y era suficiente para incomodar.
-¿No tienes algo que ponerte?- preguntó alterada.
-No me incomoda que me veas así, si es el problema-
-El problema no radica en que solamente te incomode a ti. Se supone que lo entiendes- aclaró la chica.
-Da igual. Habrá que irse acostumbrando- se encogió de hombros.
-¿Por qué tienes que hacerlo más difícil...?- se preguntó la chica.
-Eh- clamó Ren, caminando hacia la cama -Lo menos que podemos hacer es estar cómodos con todo esto ¿Vale? Tampoco pasa nada porque me veas así, no tengo nada que ocultar. Que tú no quieras estar semi desnuda delante mía es algo que comprendo ya que es tu cuerpo, pero a mí me da igual- se quejó. Como bien ambos sabían, no era una situación agradable para ninguno, pero a Ren no le faltaba razón. Sabían los Dioses, o en todo caso la Acronita, cuantos años podían pasar juntos a partir de ese momento, de manera que cuanto antes empezaran a acostumbrarse el uno al otro, mejor.
-Lo que tú digas- concluyó Syra, cerrándose bien el batín antes de salir de la cama para no mostrar desnudez alguna ante el hombre. Una vez lo hizo, se dirigió al baño a paso ligero para lavarse la cara y asearse un poco en general. Ren, por su parte, seguía en pie cerca de la ventana. No era de extrañar que entrara tanta luz del sol, pues él mismo se había ocupado de quitar las cortinas de la ventana para adueñarse de la varilla que las sostenía. La estaba usando como una suerte de espada imaginaria para hacer movimientos y estiramientos. Una rutina que se ocupaba de hacer unas cuantas veces en semana y que nunca le había contado a nadie, ni nadie le había preguntado. Era la forma más sencilla que tenía de ejercitarse y mantenerse ágil y fuerte sin estar entrenando abiertamente con cualquier soldadesca. Cuando Syra salió del baño tras unos largos minutos, no pudo evitar mirarle un instante al tenerlo a plena vista de frente. Bastó el rápido vistazo para que su mente tomara una fotografía instantanea de todo cuanto Ren ocultaba bajo la ropa. No fue por atracción física o por deseo sexual, sino por la sorpresa de encontrar un cuerpo tan fuerte, preparado y endurecido en alguien como Ren. Sí, poseía una fuerza sobrehumana, pero aquello era debido a su poder mágico interiorizado. Ahora, podría jurar que rivalizaba con Raven a nivel físico ¿Lo extraño de todo ello? Que Ren era el hijo de Agro Bladelyn, un noble acomodado. Iran era el más popular de los hermanos entre la población debido a su atractivo físico, precisamente, por ser un príncipe que se entregaba a los ejercicios y se había labrado una estructura corporal envidiable. Comparado con Iran, Ren, aún así, parecía un soldado más que el hijo de un presidente. Luego, tras esa rápida reflexión en la que Syra apartó la mirada, acabó reparando en las cortinas dobladas en el suelo -¿En serio has hecho lo que creo que has hecho?-
-¿Por?- Ren detuvo los ejercicios.
-Te juro... que a ratos no sé cómo afrontarte. No sé si eres un engreido munshita, una traicionero Bladelyn o un niño en un cuerpo de hombre-
-¿Te has fijado en mi cuerpo?- preguntó Ren bromista.
-Hay que ser ciega para no reparar en tu cuerpo, pero no ahora, sino día a día. Eres enorme- explicó la chica, tomando ropa del armario y aún sin dirigirle la mirada.
-¿Vas a seguir con ese juego de no mirarme por mucho tiempo, Syra?- Ren cambió el sentido de la conversación al igual que su tono. Ahora hablaba en serio.
-Cuando te pongas algo-
-¿Qué tal una camiseta en la que ponga que madures?- aquella pregunta hizo que Syra le mirara por puro impulso de molestia.
-¿¡Cómo te atreves!?- lo que se encontró fue la sonrisa socarrona de Ren.
-¿Ves? No es tan malo. Soy solo un hombre sin camiseta- Syra bufó exasperada. La acababa de poner de mal humor en plena mañana y con solo un par de palabras. Esa tortura de matrimonio iba a ser tremendamente larga y demoledora.
-Si no quieres que de comienzo a la guerra ahora mismo asesinándote de la forma más cruel que se me ocurra- le señaló dejando de mirarle de nuevo -Vístete-
-Oh, vaya- se encogió de hombros de nuevo -A vuestras órdenes en ese caso, alteza-

Al pasar los minutos, ambos se encontraron vestidos para afrontar el día. Syra tenía unas ideas no muy equivocadas, pues seguramente tras un día tan importante, Aurum querría hablar sobre la situación actual de Solaris así como de cualquier tipo de noticia que se hubiese aireado. Sabiendo como funcionaba el reino, la princesa era claramente consciente de que en esas horas de la mañana, las calles estarían llenas de gente haciendo sus compras del día a día y, más que seguro, de periódicos, así como viendo las noticias matutinas en las televisiones. Sus sospechas se confirmaron cuando la puerta sonó de forma insistente. Antes de que pudiera preguntar, la voz de Raven se escuchó del otro lado -¿Syra? ¿Estás despierta?- preguntó -¿Puedo pasar?-
-Sí, adelante- contestó Ren con una media sonrisa antes de que Syra lo hiciese. La chica le disparó una mirada curiosa y un tanto afilada. Raven, en respuesta, entró con un aura fatua que no escapó a los sentidos de Syra. Nunca había percibido semejante maldad provenir de Raven ¿Se encontraba bien?
-Oh, Syra- sonrió el Maestro al verla allí, terminando de arreglarse el pelo con total naturalidad, apartada de Ren. Ese aura oscura que emanaba de él se esfumó como el humo de una chimenea que arrastra un fuerte vendaval -Buenos días- inclinó ligeramente la cabeza -El rey quiere que el Consejo se reuna en breves. Dusk e Iran ya han llegado- explicó -El Bladelyn también debe comparecer- Syra se extrañó ligeramente, pero tal vez se trataba de una invitación por el asunto de la boda.
-Me llamo Ren, Maestro Garland- aclaró el futuro rey consorte.
-Lo sé- declaró Raven sin fingir que no sentía ninguna tirantez hacia Ren.
-Nos vemos allí enseguida, Raven- dijo Syra amablemente, obviando un poco la situación que percibía de momento. El Maestro de la Guardia asintió amable a la princesa y se marchó. Luego, los recién casados se dedicaron a terminar de arreglarse y a acudir a la Sala del Consejo.

Ren se personó en la Sala junto a Syra no demasiado arreglados, puesto que ya podían estar aparentemente relajados en palacio al haber terminado las formalidades de la boda, sobre todo el Bladelyn, que ya era oficialmente uno más en la familia y no un simple invitado político. Al cruzar el umbral, ambos fueron objeto de examen por parte de los presentes. Syra, como siempre, recibió buenas y cálidas miradas, al contrario que Ren, que prácticamente caminaba despreocupado imitando sonidos de explosiones entre dientes, pues se sentía bombardeado por los hermanos de Syra y por Raven. La princesa, por su parte, no tardó en contemplar y señalar que había una silla más en torno a la elegante mesa del Consejo -¿Y esto?- quiso saber, posicionándose en su lugar y tomando asiento.
-Es la silla de Ren- dijo Aurum.
-Me lo temía- gruñó Dusk -He tratado de contener la curiosidad precisamente porque temía oír esa respuesta-
-Pues de igual forma puedes guardarte tu opinión, así como has hecho con tu pregunta. Es una decisión del rey- señaló Aurum con autoridad -Toma asiento, joven Bladelyn- indicó Aurum con un gesto de la mano.
-Puede que tengas una silla en la Sala- ladró Dusk sin tratar de contener su animadversión hacia Ren -Pero no se te consdierará parte del Consejo-
-Eso también recae en mi decisión- respondió el rey
-¡Cae en manos de todos!- golpeó Dusk la mesa con el puño.
-Cálmate- exigió Syra. Los ánimos se vinieron arriba demasiado rápido.
-¡No me pidas que me calme!- Dusk la señaló con el dedo -Tú deberías estar más furiosa que yo con todo esto ¡Todo le está saliendo a pedir de boca a él, al asesino de su hermano y al viejo fanático que tiene por padre!-
-¡Silencio, Dusk!- tronó el rey -No toleraré semejantes afrentas a un nuevo miembro de la familia, que legalmente se ha casado con tu hermana ayer mismo. Tus palabras envenenadas pueden dar pie a situaciones indeseadas que he tenido a bien tratar de detener con esta unión-
-Guerra, guerra, guerra ¡Lo único que hacemos es hablar de guerra últimamente!- se quejaba el mayor -Padre, es suficiente. Se acabó. Si lo que buscan es guerra, se la daremos- Dusk miró a Ren -Podemos aplastarlos sin que se den cuenta siquiera de que ha empezado una batalla- Ren le sostenía la mirada con una faz desafiante y arrogante, manteniendo la sonrisilla típica que siempre tenía desde el primer día que llegó a palacio. La sonrisa falsa que Syra sabía muy bien que no era la real, la verdadera. Era su máscara, su blindaje ante los ataques de su familia.
-Yo, más que ninguno de vosotros, está harto de pronunciar la palabra guerra. Estoy harto de pensar cada mañana en si será hoy el día o será mañana cuando tengamos que desenvainar espadas y preparar nuestros conocimientos mágicos ¿Y tú, hijo mío, crees que tienes las respuestas a todo esto?- Aurum se inclinó hacia delante -Soy tan consciente como tú de lo que Jiram Bladelyn te arrebató hace diez años y el daño que le causó a tu esposa. Soy tan consciente porque yo también perdí ese día a un miembro amado de esta familia que aún no había nacido, y por la Acronita, te juro que no te perderé a ti también mientras te adentras en las negras tinieblas del odio. Así que vas a entender de una vez que yo no estoy contento con esto. Yo no quiero que mi hija se case con un Bladelyn, no por ser un Bladelyn, sino porque es un matrimonio concertado por puro beneficio político ¡No he tomado la decisión correcta y no me enorgullezco de ello, así que no pienso tolerar que cada día que pase me eches en cara que no pienso en el bienestar de Solaris y en el de mi familia! ¿¡ESTÁ CLARO!?- la mesa, las sillas, los libros y en general todo el mobiliario de la habitación se sacudió con el último estallido de furia de Aurum. Todos los presentes pudieron verse embargados por una oleada de magia que amenazó con arrojarlos al suelo o simplemente postrarles de rodillas. Era como soportar un edificio entero cayéndoles sobre los hombros. Por ello, tras el grito del rey, éste se reclinó cómodamente en el asiento y dejó escapar un profundo suspiro, tratando de calmarse. No se terminaba de encontrar bien y eso Syra lo sabía. De hecho, allá por sus días en Munshad era más consciente de la existencia de la Acronita y menos de la presencia de su padre. En ese mismo instante, sus sensaciones la confundían. Sentía a la Acronita en aquella sala y a su padre en el Santuario, cuando era precisamente al reves. Su corazón latía al unísono con la piedra y de alguna manera imaginaba que no presagiaba nada bueno. Quedaba claro como el agua que aquellas reacciones no le sentaban nada bien al rey, y además, eran inútiles. Syra estaba segura de que Aurum y su hermano podían sentir que de nada servían las regañinas del rey, puesto que Dusk, al igual que Raven cuando entró en la habitación, emanaba una esencia sombría que no hacía más que agrandarse por momentos cuanto más miraba a Ren sentado en aquella sala.
-¿Podemos comenzar?- preguntó Iran, rompiendo el hielo.
-Sí, dejemos de lado las disputas y expongamos las novedades del día- suspiró Syra.
-Por mi parte solo quiero aclarar que no me siento ofendido por las palabras y pensamientos de Dusk- indicó Ren -Su Majestad no tiene nada que temer de este pequeño evento que, por mi parte, queda en el pasado- pese a que él era el eje de todos los problemas actuales en la familia, Syra agradeció esas palabras tan certeras de Ren, puesto que visiblemente Aurum se relajó de forma considerable al oirle decir aquello.
-Bien... Gracias por compartir tus pensamientos con nosotros, Ren- asintió el rey -Empecemos. Hay ciertos asuntos importantes que debemos tratar...-

martes, 10 de marzo de 2020

Sudaba y juraría que en algún momento durante la fiesta alguien podría haberlo notado. Se sentía las manos húmedas, los labios secos y el vestido tan pegado al cuerpo como los cabellos que a aquellas horas se escapaban de su recogido. Cualquier persona que la viese entrar de esa guisa a la habitación, diría que la princesa había disfrutado del día de su boda como una novia feliz y eufórica. Nada más lejos de la realidad.
El nerviosismo que la había llevado a sudar tanto no hacia otra cosa que acrecentarse conforme, horrorizada, se empezaba a sentir extraña en la estancia. Aquella habitación no era la suya. Sus cosas estaban allí, pero el sitio no era el mismo. Los muebles pintados a mano habían sido sustituidos por un exquisito mobiliario moderno y elegante. Su cama, ahora era más grande y ancha de lo normal, llena de cojines y con dos mesas de noche a cada lado. Y las paredes estaban llenas de cuadros de pinturas que, juraría, no había visto nunca. Una habitación matrimonial, en toda regla.
Dado un triste paseo, se despojó de sus zapatos y comenzó a reconocer el lugar con los pies descalzos. Los armarios contenían sus ropajes y los de Ren, el tocador estaba lleno de sus perfumes y el maquillaje que normalmente usaba, y al fondo, junto a los ventanales, en el escritorio reposaba su cuaderno personal. Sentir que su vida ahora estaba dividida le produjo una arcada que apenas pudo reprimir, de modo que, al volver a mirar a la cama, sintió que iba a vomitar.

Algo que también hacía a la estancia totalmente distinta, era contar con un baño privado sin necesidad de acudir a los dispuestos a lo largo del pasillo. Era tan elegante como el resto del decorado, en tonos blancos y dorados. Syra no dudó en encerrarse a cal y canto allí antes de desnudarse e intentar ponerse cómoda. De forma casi inconsciente, abrió el grifo de la bañera y dejó que esta se llenase. El cuerpo le pedía tomar un baño del que no salir nunca y no le pareció mala idea aceptar aquella necesidad, de manera que, cuando se hundió en el agua templada y ligeramente humeante, se entregó a la más pura y clara tranquilidad que pudo hallar. Su cabeza daba vueltas sin parar. La simple idea de tener que cumplir con la costumbre de los recién casados, el deber de una reina... la hacía querer llorar.
Cuando se quiso dar cuenta ya llevaba demasiado tiempo en el agua. Sus dedos arrugados indicaron que Ren no debía tardar mucho en llegar, así que tras envolverse en una toalla de fibra gruesa, salió del baño para cruzar la habitación con enorme velocidad hasta llegar al biombo que separaba la cama de uno de los armarios. Al fin y al cabo, algo de intimidad necesitaba seguir manteniendo. Por ello, que su ahora marido abriese la puerta, aunque de forma lenta y cautelosa, provocó en la princesa un sobresalto que amenazó con romper sus nervios del todo. 
—¿Puedo entrar? —preguntó el hombre en voz baja. Tener que pedir permiso para entrar en su propia habitación fue un concepto realmente extraño. Sin embargo, en vez de contestar, la chica decidió vestirse rápidamente con uno de los camisones nuevos que se hallaban en el armario. —¿Syra?
—Sí, sí —contestó casi sin aliento. Salió de la parte trasera del biombo sin ser capaz de mirar a Ren a la cara. Estaba tensa, agobiada y muerta de miedo. 
—Pensaba que ya... estarías durmiendo —comentó inseguro. Estaba claro que dormir no había sido la opción de la princesa, cuyos cabellos goteaban húmedos contra el suelo, revueltos y despeinados. 
—No tengo sueño —se limitó a contestar. Volvió a cruzar la habitación, aún sin mirar al hombre, hasta llegar al tocador. De uno de los cajones sacó un cepillo con el que intentó perder el tiempo desenredando el pelo. De alguna manera se sentía observada, y dado que estaba en ropa de cama, eso lo hacía más incómodo aún. Desde el reflejo del espejo comprobó como Ren deshacía el nudo de su corbata con la misma tranquilidad con la que ella actuaba. Después se despojó de su chaqueta y dejó de mirar. De hecho, no se movió un ápice hasta que escuchó como el joven movía las sábanas de la cama para acostarse. Fue como una luz verde, una señal o quizás un empujón, pero Syra aprovechó la ocasión para hacer exactamente lo mismo, sólo que en el borde contrario de la cama, alejada al máximo posible de su acompañante.
Durante minutos, ninguno de los dos dijo nada. Las luces de la mesita de noche continuaron encendidas a expensas de que alguno de los dos se decidiera por hacer algo, cosa que parecía no llegar a ocurrir. Syra comenzó a temblar. Su imaginación iba más rápido que sus actos y sólo podía pensar que, pasara lo que pasara, era algo que ella no deseaba. Y su tensión, sus temblores y su silencio fueron tan llamativos que hasta Ren lo notó.
—¿Estás bien? 
—Todos preguntáis lo mismo una y otra, y otra vez —murmuró. —¿Cómo crees que debo estar? —preguntó de forma retórica, abrazada a las sábanas con las que intentaba ocultarse de cualquier mirada.
—Imagino que... tan asustada como yo —confesó.
—¿Tú estas asustado? —preguntó algo acusatoria.
—¿Aún piensas que esto es fácil para mi? ¿Incluso estar en esta cama contigo? —su voz en ningún momento sonó inquisitiva o dura. Al contrario, era suave y tranquilizadora. Casi dejó oír una media risa. —No me agrada. Es... 
—Horrible —terminó ella por completar su frase. Por un momento, el silencio volvió a instaurarse entre ambos.
—Sólo procuremos... normalizarlo. Nos vendrá bien a los dos si no queremos odiarnos mutuamente hasta que acabemos prefiriendo una guerra antes que esto —explicó. —Aunque sé que ya me odias por haber propuesto esto, claro —recordó.
—No te odio por esto, Ren —confesó la chica en voz muy baja. —Te odio por... No. Me odio por no haber sido capaz de detener esto. A ti, a tu familia y a la mía propia —aquellas palabras tan duras dejaron a Syra con los ojos cerrados. Estaba demasiado cansada y aterrorizada como para sentir algo más.
—Lo siento —. Ren, que hasta entonces le había estado dando la espalda desde su lado, se giró. En consecuencia, Syra se encogió desde su posición, haciéndose un ovillo. —Deberíamos descansar ya. Creo que mañana deberíamos empezar a trabajar en Solaris, en la paz y en todo eso por lo que estamos aquí —al decir aquello, la princesa soltó un enorme suspiro. —Yo... no tengo intención de hacer nada —terminó por confesar. —Si necesitas algo, bueno, estoy aquí al lado —bromeó bobalicón. —Buenas noches, Syra.
Cuando Ren volvió a darse la vuelta, la princesa dejó de temblar. Confiando en sus palabras, se intentó relajar aún al borde de la cama. Al menos esa noche, podría respirar con tranquilidad.
[Vals di Fantastica - FFXV]

Y así, comenzó el baile. La orquestra contratada comenzó a interpretar una deliciosa pieza musical al ritmo que Ren y Syra comenzaban a danzar, dando elegantes vueltas, graciosos pasos de un lado a otro, en un vals clásico pero que lucía bastante bien. La pareja no tardó en robar todas las miradas, pues tampoco dejaban de ser los protagonistas del día. Los invitados comenzaban a congregarse en un círculo enorme en torno a ellos mientras que los jóvenes bailaban. Ren sostenía la cintura de Syra con firmeza mientras ella se apoyaba en uno de sus hombros y se tomaban las manos. Los ojos de los recien casados no se separaban los unos de los otros, mirándose fijamente. De manera sorprendente, era hasta aislante. La música, centrarse el uno en el otro y en no equivocarse con el baile, hacía olvidar por un momento la mascarada que tenían montada para evitar una injusta guerra. Mientras, los invitados aplaudían y vitoreaban a la bella pareja. Con el baile abierto por ellos, no tardaron en sumarse más y más parejas a danzar a su alrededor. Incluso Iran y Cecile se vieron inmersos en la danza, no muy lejos de la pareja. Syra tuvo que lanzar un suspiro cargado, en ese instante que no podrían oirla debido a la música, las risas y los clamores -¿Cansada?- preguntó Ren.
-Abotargada- replicó ella -Esto es una locura-
-Lo sé- asintió él -Me siento igual que tú-
-¿Qué haremos a partir de ahora?- la pregunta era retórica, no esperaba directrices por parte de Ren ni pretendía seguirlas. Ella era la futura reina -¿Cómo seguir con esta farsa?-
-Tratando de olvidar que es una farsa- comentó Ren con delicadeza.
-No es así como tenía pensado casarme-
-Yo no tenía pensado casarme- dejó escapar una risilla.
-¿Ah, no?- la chica sintió curiosidad, no dándose cuenta de que la conversación ayudaba a poder relajarse.
-¿Te sorprende?- al hacer la pregunta, la dirigió para dar una elegante vuelta sobre sí misma y volver a los pasos de baile circular, tomándola de nuevo por la cintura.
-Siendo el hijo de Agro y su supuesto heredero, no sé. Imagino que todo el mundo se casa-
-¿Y vivir así? ¿Con bailes, pomposidad y acompañado de quien no quiero?-
-Se supone que uno se casa con quien quiere- con un gesto de la cabeza, señaló a la feliz Cecile que se derretía en los brazos de su esposo.
-Algunos tienen suerte. Otros nunca saben cómo querer o cómo ser queridos-
-¿A qué te refieres?- ladeó la cabeza la chica.
-No lo entenderías-
-¿Me estás llamando estúpida?- frunció el ceño.
-Por los cielos, eres susceptible hasta en el día de tu boda- sonrió enormemente Ren, para sorpresa de la chica.
-¿Qué te hace tanta gracia? ¿Por qué sonríes así?-
-¿Por qué estás tan tensa, cariño? ¿Estás ya molesta con los zapatos y el vestido?- fingió claramente, exagerando el tono de voz. Obviamente, estaba cambiando de tema. No obstante, Syra se sintió nerviosa.
-¿Cariño? No me llames así. Tú y yo...-
-Venga, relájate ¿Quieres que te de un masaje?-
-Cállate-
-¿Y que tal un abrazo como Iran y Cecile? Bailar pegados, así- indicó apretándola más contra su cuerpo.
-¿Estás loco? Suelta- no pudo evitar soltar una risilla. El estrés, el agobio, se escapó como vapor a presión ante la broma de Ren, o lo que parecía ser una broma. No es que le gustara, pero la sensación de vergüenza opacó la presión. Ren se convirtió en el único problema y no el futuro inmediato. Y Ren, precisamente, era más fácil de lidiar. Era extraño, como cuando un dolor enfocado puede opacar un dolor mayor disperso por distintas partes del cuerpo.
-Venga, vamos. No seas tan fría querida ¿Qué hay de cena?-
-Ahí te has pasado- por alguna razón, la chica no pudo contener la risa -Te has pasado tres pueblos. Soy la princesa, idiota. No pienso hacerte de comer ni en sueños-
-Recién casados y ya insultándome. Me temo que voy a declararte la guerra-
-Te voy a hacer añicos- respondió ella fulminante pero divertida.
-Me gustaría ver eso- y fin, el baile terminó con el último paso. Todos los invitados empezaron a aplaudir entusiasmados sus propios bailes y a la pareja recién casada. Syra y Ren se separaron ipso facto en cuanto se vieron sin música ni baile. Sus sonrisas, ese pequeño tono cómplice, desapareció igualmente. Parecía ser que los dos se refugiaron en ese corto instante para salir de las presiones personales, viviendo quizá un instante de una vida que ambos hubiesen deseado estar viviendo en lugar de esclavizados bajo condiciones políticas. A partir de ese momento, Ren le hizo una elegante reverencia y marchó a tomar algo mientras que Syra volvía a ser rodeada por invitados.

Mientras, Raven trataba de no hacer estallar el vaso de whiskey que tenía en la mano. Había estado observando el baile desde el primer instante en que estalló la música, desde que Ren la apartó de su lado. El corazón le palpitaba con tanta fuerza que sentía el flujo de sangre golpearle las sienes como un martillo. Estaba muerto de celos. No solo porque Syra se acabab de casar con otro, no por el baile. En teoría, ella le despreciaba y eso le calmaba, pero no fue ajeno a ese pequeño momento de charla que ambos compartieron y que no pudo oír. Esa gran sonrisa de Ren, esa risilla cómplice de Syra ¿de qué habían hablado? ¿Qué acababa de pasar y por qué? Se supone que eran enemigos, que todo eso era simple política por la paz ¿A qué venía esa complicidad? ¿Qué necesidad había? ¡Maldita sea! -Te vas a hacer daño- dijo Dusk de pronto a su lado. Arrastraba un poco las palabras. En lugar de un vaso llevaba la botella casi vacía en la mano.
-Capitán...- observó Raven -¿Estás bien?-
-No- declaró Dusk -Nada está bien ¿Has visto eso?- señaló a Ren, alejado -Cortejándola como una abeja revoloteando en una flor... ¿Qué coño se cree?-
-Se han casado, a fin de cuentas-
-Es un munshita- indicó Dusk -Un puto munshita, debería estar en el Palacio de Justicia junto a su puto hermano. Y el viejo decrépito de su padre y esa zorra que tiene por hermana, también-
-Sería placentero, no lo niego- Raven hizo girar el líquido dentro del vaso.
-Pues venga, vamos- dejó la botella en una de las mesas del catering -Detengamosles-
-Dusk... Estás bebido- Raven le sostuvo el brazo -Cálmate. Hacer algo así sería un escándalo, no podemos-
-Dusk- observó el capitán -Hoy me hablas muy cercano tú ¿no?- los ojos le brillaban por la borrachera -¿Crees que besuquearte con mi hermana te da derecho a hacerte mi igual?-
-¿Qué?-
-Que lo sé todo. Todo- recalcó -Sé lo que pasó en Munshad-
-¿Te... Os lo ha contado ella?- se corrigió
-Ella no, pero sí un pajarito- se llevó el dedo índice a los labios -Pero es un secreto interno- Dusk le puso las manos en los hombros -Pero descuida... Te prefiero mil veces a ti antes que a ese cabrón. Por mi parte, te consideraría mi cuñado con el simple hecho de que mi hermana te hiciera ojitos-
-Gracias- confesó Raven. Oír al Dusk de esa línea temporal apreciarle de esa forma le hacía sentir una terrible nostalgia. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
-Oh, venga... Sé un guerrero, no dejes que las emociones salgan por tus ojos sino en la batalla. Debemos detener todo esto ¿Lo sabes, no? Todo es una trampa, estoy seguro. Y si no es hoy...- ambos miraron a Ren -Será mañana... Estoy convencido de que en algún momento... ese desgraciado atacará. Te pido, Raven... que si sientes algo por mi hermana- le dio un toquecito en el pecho, a la altura del corazón -Si aquí dentro late un corazón con el nombre de Syra, aunque sea un poco... no dejes que le hagan daño-
-Moriré mil veces y en distintos tiempos si así consigo evitar que le hagan daño, capitán- asintió Raven -Os lo prometo-
-Ah... Mi hermana se pierde a un tío estupendo- le dio un par de bofetadas en la cara, quizá más fuerte de lo que debería, debido al alcohol -Un tío estupendo, sip. Sip, sip...- Keira apareció de la nada y agarró a Dusk de los hombros.
-Cariño ¿Vienes? Te vendría bien un poco de agua- miraba a Raven con apuro por si Dusk le estaba molestando.
-Id, capitán. Vuestra esposa siempre debe ser la prioridad- sonrió Raven.
-Keira  ¿Sabes que Raven es un tío de puta madre?-
-Esa lengua- regañó la mujer -Venga, vamos-
-¿No sería genial que se casara con Syra? O que fuese su amante-
-Cállate- le chistó -Vas a meter la pata- comenzó a llevárselo de allí.
-Eso es, Raven. Tú métela. Hasta el fondo- dijo el Dusk borracho y arrastrado mientras se alejaba. Raven no terminó de entender qué era lo que debía meter, exactamente.

La celebración alcanzó su zenit unas horas después y los invitados comenzaban a marcharse a sus respectivos hoteles para poder volver a sus hogares al día siguiente. La noche les alcanzó con una hermosa y gigantesca luna iluminando los oscuros umbrales de palacio. Syra y Ren se dedicaban a despedir a los invitados junto a Aurum y Agro hasta que el último se marchó. Los miembros del servicio recogían a toda prisa los desperdicios y restos de comida, así como desarmaban las mesas con total velocidad y celeridad. Al día siguiente, les dejarían el día libre por la carga de trabajo por la boda -Bueno, eso es todo- suspiró Aurum -Un día emocionante- mintió.
-Y agotador- señaló Agro -Deberiamos irnos a la cama. Todos- miró a la pareja -Estaréis deseando poneros cómodos-
-Sí...- suspiró Ren -Supongo que sí-
-Yo estoy muerta de sueño- se apresuró a decir Syra.
-Entonces no dudes en dormir, hija mía- Aurum le dio un beso en la frente.
-La noche es joven- asintió Agro -¿No creéis?-
-Pero nosotros sentimos la vejez- corrigió Ren con una media sonrisa. Sintió la negra sombra de Agro cirniéndose sobre él -En cualquier caso, solo es cuestión de acomodarse y...-
-Exacto- asintió de nuevo el patriarca Bladelyn -Sin ánimo de presionaros pero me encantaría conocer a mis nietos más pronto que tarde-
-Supongo que eso son temas que les conciernen a ellos- señaló Aurum incómodo.
-Es fácil hablar, Majestad, cuando ya tenéis nietos de vuestros otros hijos. Yo no tengo ninguno y el más afín a tener descendencia está en la carcel por terrorismo-
-Imagino, pero...-
-Yo solo quiero expresar mi ansia por ver a mi familia florecer- interrumpió Agro -Sin presiones, por supuesto-
-Ya...- Ren le dio un ligero toque a Syra con el codo -¿Nos vamos?-
-Sí, quiero quitarme estos tacones de una vez-
-Bien. Yo iré enseguida- ya sabían ambos que compartían habitación. Ren no tenía muchas ganas de llegar a la vez que ella y que ambos se sintieran invadidos mutuamente. De forma que al dejarla ir antes, ella se podría desvestir tranquila. No sabía exactamente por qué, pero le gustaba un poco aportarle facilidades para llevar la situación hacia delante. Él, a fin de cuentas, había crecido siempre con la pesada carga de las expectativas de su padre y sabía cómo Syra se podía sentir al llevar semejante plan de boda falsa hacia delante.

Se despidieron en el hall y Syra fue hacia la habitación. Ren, por su parte, se dirigió a uno de tantos salones de recreo donde pudo echar mano a una de tantas botellas de whiskey que había ya abiertas para uso y disfrute de cualquier miembro de la familia. Gran parte de las allí tocadas fueron culpa de Iran y Dusk en sus días de frustración. Ahora le tocaba a Ren. De esa manera, el joven se sentó en un sillón dando un suave trago, tratando de serenarse y aceptar los días que le esperaban por delante. A su espalda oyó una puerta abrirse y cerrarse, esperando que se tratase de alguien del servicio yendo y viniendo a guardar materiales, de modo que no echó cuenta hasta que oyó la voz de Raven -¿Disfrutando ya de los privilegios de palacio?- Ren se puso en pie como un resorte. No quería darle la espalda a un hombre como Raven: no se fiaba de él -Te has puesto muy cómodo de un momento a otro-
-¿No deberías empezar a hablarme con respeto?- preguntó Ren con sorna -Soy tu futuro rey-
-Tú no eres nada, Ren Bladelyn. Ni lo eres ni lo serás, jamás. Casarte con Syra no es más que una tapadera para cualquier plan traicionero que os traeis los munshitas, lo sé. Ahora los Bladelyn estáis anclados a la corona y eso os da un enorme poder para decidir lo que hacer con el destino de Munshad y Solaris. Es perfecto. Os habéis aprovechado de la mano blanda del rey Aurum- acusó.
-Tienes una mente tan prodigiosa para pensar planes maquiavélicos que deberías dedicarte a escribir novela negra- comentó Ren despreocupado agitando el líquido en el vaso para después dar un trago.
-No te rías de mí, Bladelyn- advirtió a Raven. La mano del Maestro de la Guardia se posó en la empuñadura de la espada -No estás en situación de ello-
-Lo he hecho desde que llegué a palacio y lo seguiré haciendo si me da la gana- el Ren agresivo y descarado no había desaparecido. Ahora iba a ser exclusivo para Raven -Te guste o no, ahora estoy casado con la princesa-
-Y como he dicho, para mí no eres más que un vulgar manipulador-
-Piensa lo que quieras, pero no intentes sobrepasar tus límites, soldaducho-
-¿O qué?-
-O yo podré responder, ampliamente además, sin tener siquiera que sobrepasar los míos- Ren se acabó el vaso y caminó hacia Raven. El Maestro aferró la espada y la desenvainó un tanto. Sin embargo, Ren pasó por su lado en lugar de encararle de frente. Con frialdad y algo de divertida fanfarronería, le agarró del hombro como si se tratara de un amigo y le susurró al oído -Acepta la realidad, Raven. Soy el marido de Syra, voy a compartir la vida con ella a partir de hoy; incluso la cama- le palmeó el hombro que le agarraba -Lidia con ello desde ya, será lo mejor- dio un paso -Ah- se giró -Y si se te ocurre la feliz idea de intentar interponerte en mi camino, de tratar de seducirla, de tratar de besarla de nuevo o algo similar... Tendrás que lidiar conmigo. Te aseguro que será mucho peor que aceptar la situación- amenazó. La respuesta de Raven no fue verbal, sino física. Desenvainando la espada con eficiencia y maestría, imbuyéndola de su propia magia, asestó a Ren un golpe letal directo al cuello que le hubiese cercenado la cabeza de haber acertado. Desgraciadamente para el Maestro, Ren interceptó el golpe con solo alzar la mano. La hoja imbuida de magia podría cortar hasta el acero, pero no pudo atravesar el inmenso poder mágico de Ren, que le hizo soportar el embite como si fuese una brisa. El impacto causó un choque mágico, sin embargo, que hizo estallar todas las botellas, cristales de los muebles y de las ventanas de la habitación con gran estruendo. Las ropas y los cabellos de ambos hombres también se agitaron mientras se mantenían la mirada con firmeza y furia.
-Maldito seas...- gruñó Raven -Voy a hacerte pedazos, Ren. Cueste lo que cueste, aunque sea lo último que haga en esta vida, te juro por lo que más quiero en esta vida, que es Syra, que te cortaré la cabeza personalmente. No voy a dejarte poner las manos sobre la Acronita ni sobre mi mujer, jamás-
-¿Acronita?- empezó a sonreír Ren -¿¡Tu mujer!?- soltó una carcajada -Definitivamente te has vuelto loco. Deberías tomarte unas vacaciones o renunciar a tu puesto. No haces más que decir tonterías y ver fantasmas-
-Tu verborrea y tu fanfarronería no pueden ocultar lo que sé que sucederá, Monstruo de Munshad-
-Bonito título. Quédatelo- Ren apartó la espada con desprecio. Su mano no tenía rasguño alguno -Buenas noches, Maestro de la Guardia- Ren, esta vez sí, sabiendo con certeza lo que Raven era capaz de hacer, le dio la espalda sin bajar la guardia ni un instante. Raven se quedó solo en la habitación, conteniendo un grito desesperado que le arañaba la garganta, deseando salir.

Tal y como la boda selló la unión de las familias, selló la enemistad eterna entre Raven y Ren. Y no tardaría en saldarse.

lunes, 9 de marzo de 2020

Al salir del templo, un aluvión de luces, flashes y deslumbrantes rallos de sol hicieron que la princesa, ahora casada, cerrase los ojos de pura molestia. El velo fino que había vestido para entrar al templo ya había sido retirado, de forma que ahora se hallaba desnuda ante la realidad. 
Cientos de ciudadanos de Solaris aguardaban expectantes la imagen de los futuros reyes a la salida de su casamiento, por ello, nada más la pareja puso un pie en el primer escalón que descendía hasta la enorme plaza en la que se hallaba el templo, rompieron en sonoros vítores y aplausos. Syra, aún incapaz de articular palabra alguna, sonrió de forma forzada tal y como había ensayado docenas de veces antes de aquel día. Ren pareció hacer lo mismo, solo que con más confianza en sí mismo. Aunque tenía que admitir que mirarle durante la ceremonia había sido como observarse en un espejo, las mano del hombre que en ese momento sostenía, no temblaba. No supo de qué forma o bajo que interés había conseguido aquella proeza dada la situación, pero tuvo que admitir que se sintió ligeramente reconfortada por ello.
—¿Estás bien? — le oyó susurrar cerca de ella. Su voz preocupada no tendría nada que ver con la imagen cariñosa que el resto del mundo estaría observando en aquel momento.
—Me siento un poco mareada —confesó. Casi no podía mirar al frente y sentía que, en cuanto empezase a bajar los escalones, podría tropezar.
—Vamos ya para el coche. Sólo serán unos segundos — terminó por decir. Agarrando su mano con más seguridad, comenzó a bajar los escalones sin dejar de acompañarla. Syra se sintió prácticamente arrastrada. La mano alzada no paraba de saludar y sus dientes no dejaron de mostrarse bajo ningún concepto. Nunca, jamás en su vida, se había sentido tan fuera de lugar como aquella mañana. 
Cuando vio que el coche en el que ambos debían entrar ya estaba cerca, sintió una oleada de alivio que se sintió sobre ella como una cura, pero por desgracia, aquella sensación de ligero bienestar no duró demasiado. De entre los aplausos y las palabras de cariño de los ciudadanos que rodeaban la plaza en un perfecto semicírculo, comenzaron a resonar quejas, abucheos y gritos cargados de improperios que poco a poco resonaron con más fuerza y perseverancia. La princesa se quedó clavada justo frente al vehículo, mirando a todas direcciones en búsqueda de aquellas personas que no aprobaban el sacrificio que la chica había hecho por ellas, pero no las encontró. De forma sutíl, Ren la rodeó por la cintura y la instó a entrar en el coche con rapidez, aislándola de la situación. Una vez dentro, el griterío sonó lejano, opaco y distante. Pero estaba ahí... y la decepción fue algo que la mujer no pudo ocultar.

Al atardecer, el palacio se había convertido en toda una recepción de políticos, familias nobles y personas de alta alcurnia. Las enormes extensiones de los jardines permitieron que un gran banquete se llevase a cabo, acompañado de música selecta de mano de la mejor orquesta de la región y la mejor compañía que todos pudiesen esperar. 
Aurum pasó casi todo el día en una posición central en la fiesta. Se encargó de saludar a todos los invitados, uno por uno, de la manera más hospitalaria posible. El monarca, a quien le temblaba la voz al hablar, intentó de la mejor forma posible que sus sensaciones más oscuras no saliesen a la luz. Y es que, cada vez que miraba a su hija, ubicada en ningún lugar concreto del jardín y con la mirada perdida, sentía que, quizás, había tomado la peor alternativa posible. Ahora, cara a cara con la realidad, no podía evitar preguntarse si la felicidad de su propia hija valía menos que una guerra.

Syra, por su parte, se había cambiado de vestuario. El vestido de novia, aunque sencillo, tenía una cola demasiado larga e incómoda. Por ello, desde había unas semanas había optado por contar con un segundo vestido para lucir durante el resto de la celebración, más cómodo e igualmente sencillo, de color blanco y anudado al cuello. Era elegante, refinado y de una tela con la que cualquier moda contaría, pero sin dejar apartados los ideales de naturalidad que la princesa había deseado y que seguía manteniendo en maquillaje y peinado. Casi no destacaba, de no ser porque era la novia.
—¿No quieres hacer nada? —preguntó Keira muy cerca de su oído, con una copa de champán en la mano. Sus cabellos rojizos recogidos le daban un toque más distinguido del que ya ella solía tener.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó desanimada.
—Es tu boda. Diviértete —la animó con ternura. —Aquí no hay cámaras ni prensa que pueda llegar a juzgarte. Sólo amigos, compañeros y gente que desearía estar en el lugar de Ren. Aurum ha sido considerado al respecto.
—Lo dices comos si fuese sencillo.
—No es sencillo —la miró a los ojos. —Pero sólo personas como tú tienen la valentía de llevar esto a cabo —aquellas palabras amenazaron con derrumbar a la princesa, pero antes de que lo hiciese, la mujer la estrechó entre sus brazos. Ambas se fundieron en un abrazo cálido y sincero que no pasó desapercibido por ningún invitado de todos los que se encontraban cerca. —Deberías hablar con tu hermano. No está... muy bien —admitió.
—Quizás mañana, cuando todo esto haya pasado. Ahora mismo no me encuentro con muchas fuerzas de entablar conversación con alguien que está a mi mismo nivel de estrés mental. 
—Tienes razón —asintió. —¿Y si vas con Ren? Parece tan perdido como tú —A Keira no le faltaba razón. Paseaba sin más, con una copa en la mano, mirando los decorados que cubrían las sillas, las mesas e incluso las farolas colgantes como si fuesen objetos extraños. De vez en cuando era asaltado por políticos curiosos a quienes se afanó en evitar. Tenía que admitir que le había estado observando.
—Puede que...
—¿Syra? —Raven se acercó a ambas mujeres por la espalda. —¿Podría hablar con ella? —insistió mirando a la pelirroja. Keira comprendió la situación rápidamente, de forma que se apartó sin decir más. Para cuando la princesa se fijó en él, reparó en que no había observando antes la forma en la que se había arreglado. Lucía el uniforme oficial de los altos puestos de la guardia para celebraciones como aquella, en las que podía mostrar sus insignias y medallas conseguidas, colgadas en el pecho. Sus cabellos estaban repeinados hacia atrás y se había cortado la barba ligeramente. —¿Estás bien? —preguntó, sacándola del ensimismamiento. —Por fin te encuentro libre. He intentado acercarme a ti a lo largo del día y ha sido imposible. Todo esto es un caos —se quejó.
—No te preocupes, Raven.
—Syra, si sientes que esto puede ir mal o...
—Por favor, no sigas —le suplicó. —Esto ya está siendo muy difícil como para que propongas posibilidades imposibles. 
—Sólo quiero recordarte que, aunque estés casada, sigo siendo tu guardia. Eso no ha cambiado. Y como guardia, protegeré tu integridad a cualquier coste y sobre cualquier persona —insistió, lanzando una mirada a Ren por encima del hombro de la chica. Ella no lo vio, pero comenzaba a acercarse.
—Lo sé, Raven —le sonrió, posando una mano sobre su antebrazo en señal de cariño. 
—Estás... preciosa —le confesó. Sus ojos brillaban húmedos, con una emoción que la princesa no pudo llegar a comprender. Quiso preguntarle que le ocurría, tenderle una mano al hombre que le había tendido a ella tantas veces la suya. Pero no pudo. Ren se colocó entre ambos, interrumpiendo cualquier conversación.
—Disculpa, Raven. Syra ¿Quieres bailar? —preguntó de sopetón. La chica tuvo que pestañear un par de veces para comprender aquella pregunta. No se había imaginado bajo ningún concepto que el munshita era de los que bailaban. —Quiero decir... la gente espera que lo hagamos para dar comienzo al resto de bailes.
—Sí, claro —asintió sin más. Ren ahuecó el brazo y Syra le agarró, cumpliendo con el ya habitual papel de pareja. Lanzó una mirada de disculpa al guardia antes de marcharse y encaminarse hacia el templete central, donde en cuestión de segundos volvería a convertirse en el centro de atención. Una vez más, el agarre de Ren no llegaba a temblar.