jueves, 5 de marzo de 2020

A medio día, tal y como se había previsto, la aeronave de la familia Bladelyn procedía a aterrizar en la cima de palacio. A Syra no le hizo falta confirmación alguna de ello, ni si quiera asomarse a uno de los ventanales para ver la nave llegar de forma lenta, y a sus pies, en la ciudad, todo un cúmulo de ciudadanos curiosos y prensa ansiosos de captar el momento en el que ambas familias se reencontrarían por primera vez en mucho tiempo. La sensación de ahogo se hacía palpable de una forma tan intensa, que la princesa sintió escalofríos ante el recuerdo sellado ya en su piel. Agro tenía algo, un poder anormal en una persona corriente que no sabría llegar a explicar. Y hasta aquel día, había estado intentando explicarle a su padre aquella sensación tan desagradable sin conseguir acercarse un ápice a la descripción correcta. De forma que en aquel preciso instante le lanzó una mirada rápida, movida por un relámpago. —¿Lo sientes? —. Aurum le devolvió la mirada a su vez, guardando descanso en el sillón de su despacho.
—Sí —confirmó en un murmuro. 
—¿Crees que es normal? ¿Que alguien común sin dones podría albergar algo así? Nunca lo había oído antes.
—Yo tampoco. La fuerza física que demostró Ren ya es algo que nos sorprendió a todos, pero esto... —se acarició la barba. —Nuestro enemigo contaba con una baza que no sabíamos que existía.
—No puede ser superior al don que otorga la Acronita. No debe serlo.
—No, pero, aunque la paz esté firmada, ándate siempre con ojo, Syra. Esto no me gusta nada...

Cuando la nave aterrizó, la familia Chrone, junto a Ren, esperaban pacientes a que las compuertas se abriesen. El vehículo era más pequeño que el de la familia real y apenas contaba con ventanillas. Más bien parecía una especie de avión militar en vez de una nave de paseo. Por ello, ninguno fue capaz de avistar qué se cocía en el interior hasta que la puerta de desembargue se abrió y de ella, salió Claire. Fue inevitable que Syra y ella intercambiasen una mirada horrible en primer lugar. La princesa sintió un pellizco en el estómago de puro odio, pero no perdió la compostura. A fin de cuentas, ella era la anfitriona de aquella visita. —Dichosos los ojos, Ren —comentó la chica con una sonrisa forzada, acercándose. Vestía un conjunto negro de dos piezas, elegante para lo que acostumbraba a vestir en Munshad. El pelo ahora estaba mejor teñido, más oscuro y adecentado. Al menos, se había preocupado por dar buena imagen.
—Claire —saludó Ren sin apenas cariño en la voz. Apenas le sostuvo la mirada un instante, pues se volvió para observar a los demás. —Esta es mi hermana, Claire Bladelyn. Le pierde un poco la lengua a veces, así que disculpad cualquier falta de educación que pueda tener.
—Menuda familia... —murmuró Dusk en voz baja. Desde que se le había convocado para recibir a los Bladleyn, se había envuelto en un manto de rabia e inquietud. Para peor situación, al rey le agradaba la idea de que ambas esposas de los príncipes también estuviesen presentes, a fin de entablar lazos sanos en pos del futuro. Implicar a Keira en aquello había sido la gota que colmó el vaso para él, y ahora, Syra temía que volviese a estallar en cualquier momento.
—Eres bienvenida, Claire. Espero que tu estancia en palacio sea lo más cómoda posible. Todo lo que necesites, lo tendrás a tu disposición —la saludó Aurum. Lo lógico hubiese sido que la muchacha inclinase la cabeza, pero no lo hizo. Casi se podía decir que estaba tan tensa de estar allí como Dusk. Sin embargo, al rey no le molestó. Sonrió nervioso, sin saber qué hacer o decir.
—Como ya ha dicho mi hijo, tenéis que disculparla. Está claro que me avergüenzo de la educación que mis hijos han recibido en vista a los acontecimientos —La voz de Agro sonó cavernosa mientras descendía de la nave. La princesa no supo por qué, pero su voz sonó más anciana de lo que recordaba. Incluso lastimera. Fuera como fuese, su presencia en el palacio dejó a todos inicialmente helados. Una gota de sudor se desprendió de la frente de Syra, incapaz de adivinar como saldría todo aquello. 
—Agro Bladelyn —se adelantó Aurum, dando un paso adelante con el apoyo de su bastón. —Cuanto me complace tu visita —añadió.
—Mi viejo amigo Aurum — ¿Aquello fue una sonrisa? —Los años no pasan por este hogar, parece ser.
—Te equivocas. El bastón no es una mentira con la que pretenda fingir debilidad —bromeó con un tono serio en la voz. Sin dudarlo, el rey extendió su mano para estrecharla con las blanquecinas y arrugadas manos, repletas de manchas, de Agro. Éste seguía ataviado con su túnica habitual. 
—Te agradezco la hospitalidad —aseguró, agachando un poco el rostro. —Comprendo que éstas últimas semanas han podido llegar a ser algo difíciles para todos.
—¿Difíciles? Tenemos en nuestra casa a una familia criminal... —susurró Dusk, moviendo tranquilamente los pies. Syra pudo oírle, pero le ignoró. Lamentaba que Raven permaneciese abajo, con Keira y Cecile en vez de allí arriba con ellos. Conseguía contener a Dusk, de alguna manera.
—Hijo, Ren. ¿Que tal estas? —La chica, que permanecía junto a su futuro esposo, sintió como se tensaba como un resorte a su lado, lo que le pareció muy extraño. Definitivamente, padre e hijo mantenían una relación demasiado inusual. —¿Y tú, joven Chrone? —ésta vez se refirió a Syra. 
—Encantada de teneros aquí, Presidente. Espero que podamos empezar las relaciones con buen pie —contestó la mujer lo más educadamente posible. En el fondo, a ella también le estaba costando mantener la compostura.
—Al resto de mis hijos creo que no los conoces —recordó Aurum.
—Así es. Pero antes de seguir con las presentaciones y las bienvenidas, me gustaría disculparme por todo lo ocurrido en Munshad. El trato que recibió la joven heredera en mi hogar es algo de lo que me siento avergonzado, pero todo lo sucedido con Jiram, me arrebata el sueño. Os imploro un perdón que haría de este viejo político un hombre con la conciencia más tranquila. Y si no encontráis la manera de hacerlo, dejadme que os explique la razón por la que tanto yo como mis hijos estábamos desinformados de lo que...
—Agro, no es momento de andarnos con diálogos serios —le interrumpió el rey. —Vuestra visita aquí no tiene otra razón que la de formalizar los vínculos antes de la boda. Y estaré encantado de oir lo que tengas que decir, pero atntes déjame invitaros, a ti y a tu hija, a un pequeño tentempié. He organizado una merienda sencilla en uno de los comedores a fin de que tengáis un recibimiento agradable —insistió. 
—Muy atento, Aurum. Muy atento... —terminó por decir Agro, aceptando la invitación. De alguna forma, todos se movilizaron en pos de un evento que nadie deseaba. Syra sentía que casi no podía respirar.

El comedor estaba rebosante de pasteles, galletas, pastas y dulces exquisitos, a pesar de que el rey había asegurado de que se trataba de una merienda modesta. Los sirvientes habían dispuesto diversas teteras con infusiones de distintas hiervas, así como café de lo más selecto. En contraste, una lujosa botella de champán aguardaba a ser descorchada en mitad de la mesa. Aquello no era un encuentro, sino una celebración.
Keira y Cecile lo habían estado organizando todo junto con los empleados. Habían apartado las sillas y colocado los sillones en las esquinas de la sala, a la vez que habían movilizado la mesa hasta colocarla contra una pared. La situación era muy parecida a una reunión de negocios a las que Syra había asistido con su padre. Y al fin y al cabo, negocios eran los que se iban a celebrar, así que podía admitir que las mujeres habían tratado la situación con acierto. Además, fueron las primeras en saludar a los recién llegados cuando éstos aparecieron. Fue apenas unos segundos los que se tomaron Iran y Dusk para colocarse junto a sus esposas, como si quisieran protegerlas. La verdad es que a veces parecían olvidar con quienes trataban.
— Por favor, disfrutad —animó el rey, tomando él primero una taza de café. Se acercó de forma acelerada a Agro, interesado por cómo había transcurrido su viaje. Prácticamente, le acaparó. Claire, por su parte, se retiró a una esquina en la que se dedicó a no hacer nada. Ni si quiera probar comida.
—Esto va a ser un desastre... —murmuró la princesa en voz baja, contemplando el panorama. 
—Eso es algo que todos sabíamos desde el principio —Raven, que la había estado observando desde que llegó, se posicionó a su lado. Estaba vestido con el uniforme, en calidad de guardia. Sin embargo, se tomó la libertad de entablar conversación con la mujer.
—¿Todo bien por aquí?
—A ellas no parece molestarles nada de esto —señaló a las esposas.
—A Keira sí. Lo sé. Pero trata de ser profesional con todo ésto —susurró la joven.
—¿Y tú? ¿Lo llevas bien?
—Más o menos... —suspiró. —Preferiría que fuese una boda y ya está. Sin nada más. Sólo cumplir con el trato y acabar con ésto. Mi padre sin embargo, por salvaguardar las apariencias, ha querido que todo esto sea lo más creíble posible. Las entrevistas, las fotografías... y ahora esto.
—Ánimo —dijo solemne. —Puedes sobreponerte a esto, lo sé. Guardia y princesa compartieron una sonrisa cómplice que, para cuando quisieron darse cuenta, estaba siendo observada por sus hermanos. Dusk fruncía el ceño algo extrañado, pero Iran... Iran estaba aguantando la risa. Y eso provocó un sentimiento de alerta en Syra que hizo que se apartase de Raven un par de pasos. ¿A caso sabían algo? 
—Discúlpame, Raven —se apresuró a decir, evitando seguir con aquel numerito innecesario. Realmente no sabía hacia donde caminar, de forma que, aunque la sala era amplia, no le quedó otro lugar al que ir que a los ventanales. Allí, Ren parecía estar tan descolocado en la situación como el resto. 

Al principio no supo que decir. Cuanto más se acercaba la fecha de la boda, Syra y Ren mantenía menos contacto. Pero, ahora que apenas quedaban un par de días, la situación era límite. Tragó saliva y aunó fuerzas de todos los rincones de sus ser para comenzar a decir algo. Lo que fuese. Y cuando fue a abrir la boca, el joven se adelantó. —¿Estás mejor? —aquella pregunta le tomó por sorpresa. —Imagino que fue humillante oír a Jiram decir aquello —recordó. En efecto, tras el incidente en el Palacio de Justicia, tanto Syra como Aurum pidieron de manera formal una copia de la grabación que se efectuó en aquel momento. Oír a aquel desgraciado decir obscenidades no había sido plato de buen gusto para ella, pero por suerte, nada parecía haberse estropeado. Ni la prensa había visto nada, ni nadie se alertó por encontrar a los príncipes allí.
—Oh, sí —asintió. —No es la primera vez —admitió. —Cuando eres alguien a quien todo el mundo conoce, la gente opina sobre ti. Cosas buenas, cosas malas y cosas que preferirías no llegar nunca a escuchar.
—Pero en Solaris te adoran —comentó Ren, mirándola de soslayo. 
—Que acepten nuestro gobierno no implica que todos piensen de forma correcta sobre nosotros —esclareció. —En cualquier caso, no es algo que oiga todos los días, por suerte. Sólo de vez en cuando, aquellas veces en las que consulto opiniones en lugares no oficiales o me aventuro a leer alguna revista que está pensada para un público más... tolerante al respecto.
—Es horrible. 
—Te acostumbras —insistió. Syra sintió que el hombre tenía ganas de seguir hablando. Iba a dirigirse a ella cuando fueron interrumpidos por el sonoro descorche de la botella de champán. Aurum la había abierto, interesando en crear un ambiente jovial. No se demoró en servir el líquido sobre dos copas, las cuales acercó a la pareja en primer lugar.
—Bueno, celebremos como los dioses mandan el acontecimiento. Al fin y al cabo, la boda no es más que una costumbre en la que difícilmente podremos estar todos reunidos con tranquilidad. Los invitados y todo lo planeado no nos permitirán festejar en condiciones la ocasión —se excusó. Ambos tomaron la copa sin saber muy bien qué decir. Y a medida que todos fueron tomando una copa con desgana, se acercaron poco a poco en reunión. Por último, Aurum alzó su copa. —Por nuestros hijos. Han demostrado obrar con responsabilidad, en pos de sembrar la paz en el reino —brindó. 
—Por un futuro próspero en el que alcancemos consecutivos acuerdos—añadió Agro. Syra alzó su copa mínimamente, moviendo un poco el brazo. Siendo realistas, el champán con las pastas era una combinación horrible, pero nada le prohibió el hecho de dar un sorbo a aquella bebida tan asquerosa. Nadie aportó nada más. El trago supo amargo en boca de todos y la asfixia pareció acrecentarse de nuevo en la princesa. Se estaba poniendo nerviosa.
—Syra —la llamó Keira, atenta a la situación. —¿Por qué no nos recuerdas a Cecile y a mi aquel plan del que hablaste el otro día para la construcción de un centro de atención de urgencia? El que dijiste que sería útil para los fenómenos en caso de que volvieran a producirse —intentó recordar con objeto de distraer a la joven. Cecile se acercó rápida cuando captó su atención, separándose del agarre que Iran ejercía sobre su cintura.
—¿Quieres que se construya un centro de atención? —preguntó Ren con interés, habiendo oído la pregunta de Keira. 
—Sí. Dado que el mobiliario de la ciudad y los edificios privados sufren desperfectos cuando esos fenómenos ocurren, pensé en que podríamos destinar una partida para la construcción de lugares de atención para quienes se vean afectados por ello en todas las ciudades del reino. Supondría un desembolso algo importante, pero querría que se comenzasen las obras el mes que viene, después de los permisos y las contrataciones —comentó segura.
—A mi me parece una idea acertada. Teniendo en cuenta que los fenómenos son uno de los mayores problemas que afronta Solaris, toda precaución es poca —añadió la pelirroja. Los cabellos de su moño se habían desprendido en algunas zonas, de seguro, debido al constante restriego de sus manos en ellos a causa del calor. Seguía vistiendo ropas de cuello alto y manga larga.
—Ren, ellas son Keira y Cecile. Son las esposas de mis hermanos —Las presentó. Era lo que tocaba, quisieran o no Iran y Dusk, que en ese preciso momento vigilaban la escena muy de cerca mientras Agro y Aurum seguían hablando, y Claire se mantenía ausente en su esquina. —Creo que aún no os habían presentado formalmente.
—Así es —sonrió Cecile. Sus dientes brillaron con fuerza al hacerlo. —¿Te lo estás pasando bien, Ren? —aquella pregunta dejó con la boca abierta a la pareja.
—Nadie disfruta de sus enlaces, Cecile. Siempre son un agobio —volvió a intervenir Keira, salvando de nuevo la situación. La madurez con la que trataba los asuntos despertaba envidia en Syra. —Es un placer, Ren.
—Lo mismo digo —respondió él inclinando la cabeza. Que Keira y Ren estuviesen manteniendo una conversación, por muy corta que fuese, era algo que estaba poniendo intranquilo a todo el mundo.

—Syra, Ren, acercaos —. La orden del rey sirvió para todos, ya que ninguno quedó ausente de curiosidad de lo que sea que el monarca tuviese que decir. El hombre se sentó en uno de los sillones junto a Agro, y la pareja hizo lo mismo frente a ellos. —Tengo un regalo que daros, por el compromiso —anunció. —Bueno, no está aquí realmente. Sería algo imposible —sonrió. —Quiero cederos unos bienes que me pertenecían en Steela. Se trata de una mansión, en un paraje boscoso cerca de un gran lago, muy cercana a las montañas de Deven. Fue una casa de vacaciones que disfruté mucho junto a tu madre hace ya mucho tiempo. Ahora es vuestra. Ya está la titularidad a vuestro nombre —se alegró en confesar.
—Padre, no tenías por qué regalar nada. Yo no necesito nada.
—A mi me parece un regalo muy bonito —comentó Cecile desde la espalda de la chica. —¿Qué más has pedido? —preguntó curiosa.
—No hemos pedido nada, no hay lista de regalos. Hemos pedido a los invitados que aporten lo que deseen a la caridad, nada más.
—Me conmueve el corazón de tu hija, Aurum —comenzó a decir Agro. —Sin duda alguna, a Solaris le depara un magnífico reinado —sonrió. —Un hogar en Steela es un buen regalo para una pareja que recién empieza a conocerse. Un lugar ideal para crecer como personas, para criar a hijos... —aquellas últimas palabras provocaron un silencio enormemente tenso entre todos. Syra agarró el bajo de su falda hasta tener los nudillos blancos. Quería que la tierra la tragase en ese momento. —Por mi parte, me temo que no he traído regalo alguno para ofrecer hoy. Se encuentra en Munshad y estaré encantado de dároslo la próxima vez que vayáis —Justo lo que Syra necesitaba, pensar en volver a Munshad.
—Os daremos nuestros regalos el día de la boda, si no os importa. Aún no están listos —comentó Keira, a quien Dusk seguía manteniendo algo alejada. 
—Esto es innecesario. Absolutamente innecesario —insistió la princesa, poniéndose en pie. El influjo de Agro, la situación, la farsa matrimonial y todo en general no la estaban dejando respirar. —¿Me perdonáis un minuto? —se disculpó justo antes de marcharse.

Se quedó en el pasillo, junto a la puerta, intentando tomar aliento. La boda estaba tan cerca... que sus fuerzas se empezaron a marchar.



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