martes, 10 de marzo de 2020

Sudaba y juraría que en algún momento durante la fiesta alguien podría haberlo notado. Se sentía las manos húmedas, los labios secos y el vestido tan pegado al cuerpo como los cabellos que a aquellas horas se escapaban de su recogido. Cualquier persona que la viese entrar de esa guisa a la habitación, diría que la princesa había disfrutado del día de su boda como una novia feliz y eufórica. Nada más lejos de la realidad.
El nerviosismo que la había llevado a sudar tanto no hacia otra cosa que acrecentarse conforme, horrorizada, se empezaba a sentir extraña en la estancia. Aquella habitación no era la suya. Sus cosas estaban allí, pero el sitio no era el mismo. Los muebles pintados a mano habían sido sustituidos por un exquisito mobiliario moderno y elegante. Su cama, ahora era más grande y ancha de lo normal, llena de cojines y con dos mesas de noche a cada lado. Y las paredes estaban llenas de cuadros de pinturas que, juraría, no había visto nunca. Una habitación matrimonial, en toda regla.
Dado un triste paseo, se despojó de sus zapatos y comenzó a reconocer el lugar con los pies descalzos. Los armarios contenían sus ropajes y los de Ren, el tocador estaba lleno de sus perfumes y el maquillaje que normalmente usaba, y al fondo, junto a los ventanales, en el escritorio reposaba su cuaderno personal. Sentir que su vida ahora estaba dividida le produjo una arcada que apenas pudo reprimir, de modo que, al volver a mirar a la cama, sintió que iba a vomitar.

Algo que también hacía a la estancia totalmente distinta, era contar con un baño privado sin necesidad de acudir a los dispuestos a lo largo del pasillo. Era tan elegante como el resto del decorado, en tonos blancos y dorados. Syra no dudó en encerrarse a cal y canto allí antes de desnudarse e intentar ponerse cómoda. De forma casi inconsciente, abrió el grifo de la bañera y dejó que esta se llenase. El cuerpo le pedía tomar un baño del que no salir nunca y no le pareció mala idea aceptar aquella necesidad, de manera que, cuando se hundió en el agua templada y ligeramente humeante, se entregó a la más pura y clara tranquilidad que pudo hallar. Su cabeza daba vueltas sin parar. La simple idea de tener que cumplir con la costumbre de los recién casados, el deber de una reina... la hacía querer llorar.
Cuando se quiso dar cuenta ya llevaba demasiado tiempo en el agua. Sus dedos arrugados indicaron que Ren no debía tardar mucho en llegar, así que tras envolverse en una toalla de fibra gruesa, salió del baño para cruzar la habitación con enorme velocidad hasta llegar al biombo que separaba la cama de uno de los armarios. Al fin y al cabo, algo de intimidad necesitaba seguir manteniendo. Por ello, que su ahora marido abriese la puerta, aunque de forma lenta y cautelosa, provocó en la princesa un sobresalto que amenazó con romper sus nervios del todo. 
—¿Puedo entrar? —preguntó el hombre en voz baja. Tener que pedir permiso para entrar en su propia habitación fue un concepto realmente extraño. Sin embargo, en vez de contestar, la chica decidió vestirse rápidamente con uno de los camisones nuevos que se hallaban en el armario. —¿Syra?
—Sí, sí —contestó casi sin aliento. Salió de la parte trasera del biombo sin ser capaz de mirar a Ren a la cara. Estaba tensa, agobiada y muerta de miedo. 
—Pensaba que ya... estarías durmiendo —comentó inseguro. Estaba claro que dormir no había sido la opción de la princesa, cuyos cabellos goteaban húmedos contra el suelo, revueltos y despeinados. 
—No tengo sueño —se limitó a contestar. Volvió a cruzar la habitación, aún sin mirar al hombre, hasta llegar al tocador. De uno de los cajones sacó un cepillo con el que intentó perder el tiempo desenredando el pelo. De alguna manera se sentía observada, y dado que estaba en ropa de cama, eso lo hacía más incómodo aún. Desde el reflejo del espejo comprobó como Ren deshacía el nudo de su corbata con la misma tranquilidad con la que ella actuaba. Después se despojó de su chaqueta y dejó de mirar. De hecho, no se movió un ápice hasta que escuchó como el joven movía las sábanas de la cama para acostarse. Fue como una luz verde, una señal o quizás un empujón, pero Syra aprovechó la ocasión para hacer exactamente lo mismo, sólo que en el borde contrario de la cama, alejada al máximo posible de su acompañante.
Durante minutos, ninguno de los dos dijo nada. Las luces de la mesita de noche continuaron encendidas a expensas de que alguno de los dos se decidiera por hacer algo, cosa que parecía no llegar a ocurrir. Syra comenzó a temblar. Su imaginación iba más rápido que sus actos y sólo podía pensar que, pasara lo que pasara, era algo que ella no deseaba. Y su tensión, sus temblores y su silencio fueron tan llamativos que hasta Ren lo notó.
—¿Estás bien? 
—Todos preguntáis lo mismo una y otra, y otra vez —murmuró. —¿Cómo crees que debo estar? —preguntó de forma retórica, abrazada a las sábanas con las que intentaba ocultarse de cualquier mirada.
—Imagino que... tan asustada como yo —confesó.
—¿Tú estas asustado? —preguntó algo acusatoria.
—¿Aún piensas que esto es fácil para mi? ¿Incluso estar en esta cama contigo? —su voz en ningún momento sonó inquisitiva o dura. Al contrario, era suave y tranquilizadora. Casi dejó oír una media risa. —No me agrada. Es... 
—Horrible —terminó ella por completar su frase. Por un momento, el silencio volvió a instaurarse entre ambos.
—Sólo procuremos... normalizarlo. Nos vendrá bien a los dos si no queremos odiarnos mutuamente hasta que acabemos prefiriendo una guerra antes que esto —explicó. —Aunque sé que ya me odias por haber propuesto esto, claro —recordó.
—No te odio por esto, Ren —confesó la chica en voz muy baja. —Te odio por... No. Me odio por no haber sido capaz de detener esto. A ti, a tu familia y a la mía propia —aquellas palabras tan duras dejaron a Syra con los ojos cerrados. Estaba demasiado cansada y aterrorizada como para sentir algo más.
—Lo siento —. Ren, que hasta entonces le había estado dando la espalda desde su lado, se giró. En consecuencia, Syra se encogió desde su posición, haciéndose un ovillo. —Deberíamos descansar ya. Creo que mañana deberíamos empezar a trabajar en Solaris, en la paz y en todo eso por lo que estamos aquí —al decir aquello, la princesa soltó un enorme suspiro. —Yo... no tengo intención de hacer nada —terminó por confesar. —Si necesitas algo, bueno, estoy aquí al lado —bromeó bobalicón. —Buenas noches, Syra.
Cuando Ren volvió a darse la vuelta, la princesa dejó de temblar. Confiando en sus palabras, se intentó relajar aún al borde de la cama. Al menos esa noche, podría respirar con tranquilidad.

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