jueves, 27 de febrero de 2020

El desayuno fue tan aburrido como parecía ser costumbre en la mansión de los Bladelyn. En el mismo comedor Syra disfrutaba de leche y fruta con la única compañía de Raven, ya que, todavía, no había tenido la ocasión de compartir comida alguna con los miembros de la familia. no había que ser muy lista para entender que ya no se trataba de una costumbre, sino de un rechazo total hacia su persona. Cualquier persona hospitalaria se acercaría a la sala, al menos, para saber que todo iba bien. Pero, a fin de cuentas, la chica no se quejaba. Dado el trato con los hijos de Agro, era mejor así. Su escolta era todo cuanto necesitaba, ya fuera por sus animadas conversaciones o por su increíble costumbre de tomar cerveza de buena mañana. Fuera por lo que fuese, Raven no dejaba de sorprenderla.

Para cuando terminaron con el desayuno y decidieron volver a la habitación, la mujer comenzaba a aburrirse. Apenas había pasado tres días en Munshad, perola falta de responsabilidades y el sinsentido de las pocas con las que contaba le daban la sensación de que poco o nada tenía ya que hacer allí. ¿A que esperaban para marcharse? Por su cabeza se pasó la idea de que, de alguna forma, la estaban reteniendo allí. Alejarla del resto de Solaris, ahora que su padre estaba enfermo, dejaba de cierta forma al reino en pausa. Claro que Iran y Dusk eran más que capaces de controlar cualquier situación que se presentase y que requiriese de atención, pero ellos tenían sus propias preocupaciones para con el ejército y la gestión del mismo. Quiso alejar ese pensamiento de la cabeza, dejar de juzgar a los Bladelyn por la imagen que ya tenía de ellos e intentar colaborar, tal y como había acordado con Agro, para procurar relajar la situación lo antes posible. Sin embargo, cada hora que pasaba parecía ser una tarea más dificil.

—¿Hay algo que tengas que hacer hoy? preguntó Raven, siguiendo a la chica por las escaleras.
—No me han indicado nada todavía —se encogió de hombros. —Supongo que después de lo de ayer, lo mejor es que todo cuanto tenga que hacer lo haga desde aquí —suspiró. —¿Has llamado a palacio?
—Esta misma mañana, mientras te cambiabas. Aurum sigue guardando reposo y los príncipes siguen preocupados esperando que regreses —explicó.
—¿No hay mejoría?
—Parece que no —comentó el hombre con voz suave, buscando algo de tacto.
—Le dije algo horrible aquel día —confesó la princesa. —Estaba nerviosa y me sentí tan utilizada que... le reproché algo despreciable. Y todavía no he tenido ocasión de disculparme por ello.
—No tienes que martirizarte por eso. Cuando estamos enfurecidos, tendemos a decir cosas que realmente no pensamos. Nuestra razón se nubla y parece actuar en pos de hacer daño a quien nos provoca esa sensación. Y tú, Syra, tienes motivos para estar enfadada con él.
—Sí y no —admitió. —Aunque no fueron las formas, comprendo los motivos que instaron a mi padre a tomar su decisión. Pero, en cualquier caso, no se merecía lo que le dije. 
—No te preocupes. Podrás disculparte muy pronto si es lo que el corazón te pide hacer —recordó él, justo antes de llegar a la habitación.
—Eres muy amable conmigo, Raven. Aprecio de verdad tu actitud —sonrió la chica, sintiendo de corazón lo que decía. Al posar su mano en el pomo de la puerta, notó que esta cedió sin apenas esfuerzo. Y no solo ella, también lo vio el guardia. Estaba abierta... y en el interior, alguien a quien no esperaban.
Claire se estaba paseando por el aposento, toqueteando todo cuanto veía y, presumiblemente, buscando algo. Las puertas del armario estaban abiertas, así como los cajones del escritorio y la tapa del baúl que se hallaba a los pies de la cama. La chica no pareció sorprenderse de ser descubierta. Simplemente, se giró hacia los recién llegados y compuso una sonrisa forzada. —¿Se puede saber qué haces aquí? —preguntó la princesa.
—Estoy en mi casa —respondió ella secamente.
—Estás, a todas luces, violando la intimidad de la princesa —le señaló Raven.
—¿Intimidad? —sonrió sarcástica. —Aquí solo tienes trapos —señaló a las prendas que se dejaban ver en el interior del armario.
—Ve al grano, Claire. ¿Qué quieres? —preguntó Syra con la paciencia rota. La actitud de la Bladelyn comenzaba a cansarla.
—Sólo quería pasar por aquí.
—¿Y te paseas por las habitaciones? ¿Rebuscando entre las pertenencias de los demás? —preguntó el hombre con una dejadez asqueada. —Lárgate de aquí.
—¿Me estás echando, chucho?
—Quisiera estar sola, Claire. ¿Te importa eso mucho? —intervino Syra. Ante aquella pregunta, el rostro de la muchacha se relajó. Miró de un lado para otro, como si buscara algo.
—No me puedo ir.
—¿Cómo que no? —se cruzó la princesa de brazos. —Estoy un poco cansada de tus tejemanejes. Y no pretendas fingir que no sabes de qué hablo. Sé que llevas riéndote de mi desde que llegué, que me odias y que está claro que no nos caemos bien. Pero por el bien del futuro que nos espera como familia, haz el favor de no provocar una discusión —la reprendió. —Vete de aquí.
—¡No! —contestó la chica alterada. —Por favor, ahora hablo en serio. Dejadme estar un rato aquí —. La angustia que emanaba de entre sus labios hizo que la princesa y su guardia se miraran sin comprender. —No estoy de cachondeo —insistió.
—¿De qué te escondes? —preguntó Syra entrecerrando los ojos, inquisitiva.
—Oh, vamos. ¿Vais a decirme que no os habéis fijado? Aquí todo el mundo se esconde de algo. O mejor dicho, de alguien —aquella información despertó enorme interés en la heredera, quien llevaba toda su estancia allí preguntándose que era lo que le ocurría a los empleados. Las cicatrices, la palidez, el miedo...  —Jiram no es alguien soportable —terminó por confesar.
—¿Por qué?
—Digamos que tiene... problemas.
—No me digas.
—Hablo en serio. A veces se le va la cabeza. Es muy violento y suele pagar su furia con los que aquí trabajan. En ocasiones incluso conmigo a pesar de que soy su hermana. Y hoy no está en uno de sus mejores días —comentó sin tapujos, sentándose sobre la cama tras correr las cortinas que colgaban del dosel.
—¿Me estas diciendo que Jiram maltrata a todos los que están por aquí? ¿Él le ha hecho esas heridas a los demás? He visto cosas muy graves. — Claire asintió.
—No se puede hacer nada ¿Sabes? —comentó descuidada. —Por ser el mayor se cree con el derecho de hacer lo que le de la gana. 
—En ese caso todos sois cómplices de sus actos —alegó Raven —Qué miserables.
—Vosotros no sabéis como es él ¿Vale? Mi padre vive en su burbuja y Ren pasa de todo esto —. Syra dio un par de pasos hacia atrás, como decidida a hacer algo. —No le busques, no está —le informó, haciendo que parase en seco. —Ha ido a no se qué sitio y no creo que vuelva en todo el día. Además, tampoco vas a conseguir nada yendo a darle las quejas.
—¿Y ya está? ¿Te conformas con eso? ¿Huyendo de él y dejando pasar el problema?
—Joder, dioses, que pesada eres —bufó, poniéndose en pie —Había venido aquí porque es el único sitio en el que a Jiram no se le ocurriría entrar, pero ya veo que aquí también es un coñazo estar.
—Eh, eh —Syra se tomó la libertad de agarrarla de un hombro para impedir que se marchara. Al hacerlo, notó que estaba en los huesos. Sabía que estaba delgada, pero no tanto. —Quédate aquí si lo necesitas. 
—Paso —se zafó del agarre de la chica. —Con suerte ya habrá salido de ese sótano asqueroso —terminó por decir, justo antes de marcharse por la puerta y dejar la situación con más dudas que respuestas. 
Durante unos segundos, el silencio no se quebró. La información con la que ahora contaban era demasiado difícil de manejar y suponía demasiados problemas y pocas soluciones. —¿La crees? —preguntó Raven, colocando las manos en sus caderas.
—A pesar de que parece que ha estado buscando algo —señaló a la habitación. —Creo que sí —asintió. —Al fin y al cabo estaba claro que algo pasaba y ese Jiram... no podía ser trigo limpio. 
—No pretenderás solucionar también ese problema ¿No? —preguntó el hombre con ligera sospecha, viendo como Syra se acercaba al armario y sacaba del mismo el abrigo con el que había viajado hasta Munshad y temiéndose lo peor.
—¿Cómo podría hacerlo? 
—Lo estás pensando.
—Vale, sí —confesó. —Pero no puedo hacer nada, no sabría como actuar. Ni si quiera está Ren.
—Entonces ¿Qué estás haciendo?
—Prepararme para salir.
—¿A dónde? 
—A donde sea. Me estoy empezando asfixiar aquí, y no se si es por los problemas o por... esa sensación constante que rodea el ambiente —bufó. Aquel día estaba siendo insoportable.

Nevaba de una forma leve y tranquila. Respirar el aire frío y cortante, por desgracia, no ayudó a Syra a alejarse de aquella marea espesa que provocaba un efecto agotador y escalofriante. Y supuso que quedarse en la puerta mirando hacia las verjas que separaban el hogar de la ciudad tampoco iba a servir de ayuda. No podía echar a caminar hasta llegar a la población, por desgracia. Y lo cierto era que, a vistas de lo que pensaba la gente sobre ella, tampoco le apetecía. Pero había recordado lo que no hacía mucho le dijo Ren aquella noche que pasaron en Tarkav, y supo que había una opción que podía tomar. Rodeó la casa a paso algo acelerado, como si huyera de algo. Raven la siguió casi sin comprender aquella repentina necesidad de caminar que había invadido a la princesa. Claro que él no percibía lo mismo que ella. —¿Sabes a donde vas? —preguntó algo confuso.
—Más o menos. Me lo puedo imaginar —. Las verjas traseras no se hallaban muy lejos. Que también hubiese una salida por aquella zona, le hicieron saber a la princesa que debía estar tomando el camino correcto.
—Pero ¿Qué buscas exactamente?
—Ren me dijo una vez que a veces sale a pasear por los bosques de Munshad. Debía referirse a este mismo. Al fin y al cabo, no creo que pudiese llegar muy lejos siendo quien es —explicó.
—¿Estás segura de que no te encontrarás a nadie?
—Seguro que hay soldados a kilómetros a la redonda. Los Bladelyn tienen un sistema de seguridad tan eficaz como cualquier otra familia del senado —. De un empujón, la salida, compuesta de barrotes de acero, cedió. Ante ella, el pequeño bosque que rodeaba la mansión se abría paso.
—Te acompaño —se ofreció el guardia.
—¿Por qué no te quedas? —sugirió ella tras unos segundos de reflexión. —Claire dice que hoy Jiram está furioso ¿No es así? Si te quedas, podemos tener la posibilidad de ver algo. 
—¿Ver qué, Syra? Lo que aquí ocurre no es asunto tuyo.
—Son munshitas ¿No? Y están sirviéndome a mi también —se refería al servicio. —Es responsabilidad mía, en parte. Y te prometo que me quedaría, pero te juro que empiezo a sentirme mal aquí.
—Está bien, está bien. Toma un poco el aire. 
—Y tú quédate por el jardín, por favor. Si ves algo raro, cuéntamelo después. No tardaré mucho.
—Syra... Me estás pidiendo que deje de custodiar tu estancia aquí.
—No, sólo te estoy pidiendo un favor. Y te recuerdo, que en cuestión de poder, estoy por encima de ti. Si algo ocurriera, puedo defenderme yo sola —Raven tuvo que admitir que la princesa estaba en lo cierto. Aunque no muy dada a usar sus habilidades, contaba con ellas en todo momento. Su mirada comprensiva y el posterior suspiro fueron respuesta suficiente. —Gracias. Te debo una —le aseguró, tomándole las manos durante unos instantes, justo antes de disponerse a marchar.

Los pies se hundían en la espesa capa nevada que se sobreponía a lo que, quizás de vez en cuando, era un terreno algo marchito. Las copas de los árboles, aunque no muy altas y frondosas, estaban cubiertas por el mismo manto blanquecino. Los copos de nieve que se posaban sobre el abrigo de la chica, se acumulaban poco a poco. Cualquiera diría que aquel era un paisaje desamparado, desprovisto de cualquier emoción, tan frío y gris que nadie desearía cruzarlo. Sin embargo, a Syra le sentó como una cura. Alejarse de la mansión hizo que, efectivamente, aquella sensación tan angustiante se disipase, de forma que el lúgubre panorama se dibujaba ante los ojos de ella como algo parecido a un oasis. Un oasis helado. 
El arrullo de un riachuelo se oía lejano, siendo lo único que se imponía ante el inminente silencio que rodeaba al lugar. Apenas había animales, y mucho menos pájaros. Agro tenía razón al decir que, de cierta forma, Munshad era un lugar desfavorecido y sin oportunidades. Si toda la región era como aquel bosque... había pocos recursos que aprovechar. 
El suspiro que salió de entre los labios de la princesa, se convirtió en una fina capa de vaho que se extendió hacia el cielo gris. Su nariz se estaba volviendo rojiza, víctima del frío. Calaba hasta los huesos, a decir verdad, pero aquella soledad era tan... cálida. Terminar el paseo pronto no iba a ser una opción.

Tras algunos minutos de caminata en una misma dirección, el la línea del horizonte, repleta hasta entonces de árboles idénticos, se dibujó una pared de piedra lisa y oscura. ¿Había llegado hasta el final? ¿Tan pronto? Se lamentó por ello. No detuvo su paso hasta que se encontró tan cerca de la pared que, de dar un paso al frente, se chocaría de lleno. Lo único que podía hacer era rodearla, y así lo hizo. No parecía muy alta, de forma que debía tratarse de un escalón en el relieve del bosque. Un desnivel que se habría abierto paso en algún momento del tiempo, quizás, hacía milenios. Syra posó su mano sobre la superficie mientras caminaba, arrastrando los dedos a su paso y haciendo que pequeñas virutas de tierra y roca se desprendiesen a su vez. Al menos, hasta que encontró una franja abierta en mitad de la piedra. Era extraña ya que la pared era tan lisa y regular, que encontrar una grieta, cuya abertura era casi perfecta, que debía ser artificial. Curiosa, decidió adentrarse en ella. 
Al interior parecía ser más ancho que la propia abertura, y la profundidad no podía ser demasiada, ya que con un simple vistazo se podía observar el final de la brecha. El final... y algo más. Unos tablones de madera servían como suelo a una especie de refugio improvisado. Había cojines sobre una colcha algo desgastada, en el mismo suelo. También había una mesa pequeña, con una lámpara de aceite tremendamente antigua. Sobre la misma, una pila de libros y un marco de foto. La princesa lo observó con detenimiento, reconociendo en él un niño pequeño, de cabellos largos y oscuros, sentado sobre el regazo de una mujer que tenía el pelo del mismo color y ondulado. La tez blanquecina también era compartida por ambos. Casi era la misma sonrisa. Y era indiscutible que aquel niño era Ren. Los ojos rasgados, los rasgos afilados, los lunares salpicados por su rostro... Inconfundible. —Así que aquí venías—murmuró la chica en voz baja. No cabía duda de que aquel era un refugio elaborado por un crío. Tosco, escaso de enseres, pero con encanto. 
Regresando a los libros, los tomó uno por uno. Esperó encontrar cuentos e historias de fantasía, pero todo cuanto vio eran manuales de Solaris, de historia, de la familia Chrone incluso. Aquello no era un lugar de ocio, como creyó entender. Aquella cueva era un lugar de estudio, un estudio que no encajaba en la educación de un niño. La chica frunció el ceño. Quizás había estado allí... hacía poco. 
No había mucho más allí. Ni rastro de juguetes, de comics, ni dibujos coloreados con lápices o ceras Lo que sí que había era un montón de ramas, hojas y grava amontonadas bajo la pared del fondo. Lo primero que pensó fue que podía tratarse de un montículo natural hecho para jugar, pero agudizando la vista, comprobó que bajo toda esa capa de maleza, se encontraba algo metálico escondido. Quizás estaba violando demasiado la intimidad de Ren, sí. Pero era lo justo. Su hermana había hecho lo mismo hacía unos minutos.
Con esfuerzo y tras arrodillarse, apartó las ramas más grandes primero, para después apartar con sacudidas el resto de hojas y tierra que se afanaban en ocultar lo que era, sin lugar a dudas, la espada más grande que Syra había visto nunca. Era enorme. Un auténtico espadón de los que ya no se usaban. Estaba sucio y desgastado. El metal no brillaba como lo haría el de un arma cuidada. Además, la hoja estaba llena de surcos y grietas. Puro desgaste. La mujer se aventuró a acariciarla, posando sus dedos sobre la misma. Y cuando lo hizo, sintió que se deshacía. Fue algo raro que hizo que apartase la mano rápidamente. Era como si... la hubiese absorbido. Pero no a ella, a su magia. Se puso en pie como un relámpago, negándose a repetirlo. —Aquí están pasando cosas muy raras... éste poder no es normal —volvió a murmurar. Sintió que había algo, un problema enorme, que aún desconocía.

Al salir de la grieta, estuvo dispuesta a volver a la mansión y contarle a Raven la verdad sobre esas sensaciones tan extrañas que percibía, incluso sobre la espada. Pero encontrarse de bruces con algo extraño impidió que lo hiciera.
Había una figura oscura, incorpórea y translúcida levitando a unos palmos del suelo. Apenas se movía, y de cierta forma, parecía inofensiva. Sin embargo, no era algo normal. La chica se quedó con la boca abierta admirando tal espectro. —¿Hola?— alzó su voz, no encontrando respuesta alguna. Aquella cosa casi ni se movía. Pero, ¿Qué era? ¿Cómo había llegado algo así allí? Miró de un lado para otro asegurándose de que no había nada más extraño que conocer. Pero parecía que allí solo estaban los dos, ella y esa cosa. 
Anduvo hacia ella, y al hacerlo, la figura espectral alzó su mano. Seguía pareciendo inofensiva, de manera que Syra imitó aquel gesto. La curiosidad que la invadía era tal que no temió en ningún momento que aquella cosa fuera a hacerle daño, hasta que inesperadamente, el espectro le aferró la muñeca y tiró de ella. Una grieta se abrió. Fue un segundo. Quizá menos. Lo siguiente que vio fue oscuridad.

Todo era negro.

No llegaba a comprender si se hallaba en un lugar desprovisto de luz o aquel lugar era, sencillamente, pura oscuridad. Allá donde mirase, la rodeaba un manto tenebroso que parecía no tener ningún fin. El corazón le latió tan deprisa que lo sintió en la garganta, y las piernas le temblaron tanto que apenas podía moverse. —¿Donde estoy? —preguntó con pavor en la voz. Al menos, supo que su voz emitía sonido en aquel lugar. 
—Chrone— Una voz gutural resonó en todas partes, haciendo que la mujer sintiese un temor aún más grande. De no ver nada, pasó a discernir una figura alta, ancha e imponente aproximándose. No tenía rostro, pues estaba cubierto de una máscara oscura y metálica escalofriante. Y fuera quien fuese, no se estaba acercado con buenas intenciones. —Al fin.
—¿Quien.. eres?
—Chrone —repitió. Syra sólo pudo echar a correr.
Correr en plena oscuridad era un concepto difícil de explicar. No sabía si avanzada o estaba quieta. No sabía si el mundo se movía o ella lo hacía. Sólo sabía que tenía que alejarse de esa persona que había echado a correr tras ella de la misma forma. Fue imposible no gritar de terror. —No podrás huir —volvió a decir a sus espaldas. La heredera corrió tanto y tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Sentía que se le iban las fuerzas en aquel horrible intento de escapar, pero el miedo la mantenía en constante acción. Al menos, hasta que tropezó consigo misma. 
No tardó en intentar incorporarse, pero, para cuando alcanzó a darse la vuelta, ya tenía a esa cosa sobre ella. —¡Déjame! —le gritó, imponiendo sobre ella un escudo mágico que se construyó en menos de un segundo. Manaba de sus manos con todo el poder que pudo emitir.
—Tus trucos ya no sirven —rugió. Ésta vez fue él quien invocó un torrente mágico que, con tremendas sacudidas, amenazó con romper el escudo en mil pedazos. Su primer golpe rajó el escudo, el segundo, lo hizo casi opaco, y el tercero, lo destrozó. Ante la posibilidad de morir allí mismo, dejó fluir una enorme intensidad de magia que volcó sobre el monstruo... y fue como hacerlo contra un espejo, porque él hizo lo mismo. Ambas fuentes de mágica chocaron entre sí de la misma forma y con la misma fuerza. Ella sentía que él empujaba. Cada vez le costaba más mantenerle en una especie de bloqueo, de tensión. Su espalda cada vez iba cediendo más hacia atrás... Aquel poder... aquel poder era el de la Acronita.
—¡¡¡BASTA!!!— con lo poco que le quedaba, encadenó con la fuente un empujón de fuerza que tiró a aquella persona hacia atrás. Y fue entonces cuando se sintió caer. 

Aterrizó sobre la nieve helada, dándose de bruces. Se puso en pie deprisa, alerta, con el aliente entrecortado y el cuerpo al borde de un ataque de nervios. Pero allí ya no había oscuridad, ni nadie que la amenazara. Sólo el bosque, el refugio y... la noche.
—¡Syra! —la voz de Ren la asustó. Gritó sin quererlo y quizás por ello el joven se detuvo inseguro en vez de acercarse del todo a ella. —¿Syra? ¿Estás bien?
—¿Donde...? ¿Donde está? —murmuró aterrorizada.
—¿Quien? ¿De quien hablas? —preguntó con seriedad, aproximándose a pasos cautelosos.
—De esa cosa... Me... me iba a matar —aseguró mirando a todas partes. —¿No lo has visto?
—No he visto nada —respondió tajante. —Raven dice que desapareciste esta mañana y desde entonces te ha estado buscando por todo el bosque. Y desde que llegué, yo he hecho lo mismo. Incluso he estado aquí. ¿Donde estabas?
—¡Ya te lo he dicho! ¡Había algo persiguiéndome! —gritó furiosa. Que la tomase por loca era lo que menos necesitaba en aquel momento.
—Relájate—le ordenó. —¿Estas segura de que aquí había alguien? ¿Hay algo que no recuerdes bien?
—Lo recuerdo todo perfectamente. Estaba aquí, vi algo, una silueta que me agarró y me llevó a un lugar oscuro. Y después apareció un hombre, creo. Intentó matarme y tenía el mismo... poder que yo —la voz le temblaba. Le costó explicarse. —Aquí está pasando algo, Ren. Algo que no es normal—terminó por decir. Tenía los ojos tan húmedos que parecía querer romper a llorar.
—Volvamos. Necesitas tranquilizarte y que te vea un médico.
—¡No estoy loca ni herida! —insistió impotente. —Era una grieta...estoy segura. La vi... sólo que no estaba en el cielo, sino frente a mí y la crucé... y...—La cruda realidad, la posibilidad real, cayó como un jarro de agua fría sobre ambos.
—Es mejor no seguir aquí, no es seguro —la instó a acompañarle. —Mañana haz las maletas. Vuelves a casa.

El siguiente día amaneció con una extraña sensación de constante vigilancia por parte de Ren. Desde que abrió los ojos, tendido en su cama, ya sentía que tenía ojos constantemente en la nuca. Conocía de sobra esa sensación, no obstante. Había pasado toda su vida bajo la tutela de un padre que más que un padre era un jefe militar, que le había enseñado todo lo que sabía y que constantemente le instaba y hostigaba para romper sus límites, de modo que la magia que tenía en su interior pudiera por fin romper sus cadenas. Tristemente para Ren nunca lo consiguió, pero se liberaba como simple fuerza física ¿Pero y ahora qué? ¿Por qué de nuevo esa sensación? No se sentía así desde que era adolescente y entranaba diariamente ante los ojos de su padre ¿Qué más podía querer de él? Era ya sabido por el mediano de los Bladelyn que era una invitación indirecta por parte de Agro para que acudiese a verle, cosa que, por otra parte, no apetecía en absoluto a Ren desde hacía ya mucho tiempo.

El muchacho se incorporó y se sentó al borde de la cama, pensativo. Miró a su alrededor para estudiar su propia habitación como si fuese extraña. Inevitablemente, la comparó con la de invitados de Solaris. Pese a que no estuvo demasiado tiempo allí, comenzó a entender el significado de la palabra "acogedor", pues allí tenía de todo: desde estanterías con libros, como cuadros con arte, cuadernos y elegantes bolígrafos con los que escribir, una ventana con unas vistas espléndidas de la ciudad y qué decir ya del palacio en sí. Su habitación en Munshad era un simple habitáculo, grande, pero oscuro, lúgubre y con poco más que un escritorio y un armario. Sí, como hijo de Agro podría proponerse redecorar el lugar y tornarlo más como un refugio personal, su santuario privado... pero para ello ya tenía su lugar secreto y personal en el bosque junto a la mansión. Aquella casa, a fin de cuentas, carecía de alma y por ello, su habitaicón tampoco la tendría por mucho que la redecorase. De todas formas, se halló perdiendo el tiempo de sobremanera perdido en esos pensamientos, de modo que se levantó, se cambió el pijama por un jersey negro y un pantalón igualmente negro y salió rumbo al aposento de su padre, pues no dejaba de llamarle con aquella insistente sensación.

Como de costumbre las puertas se abrieron con el estruendo de una tormenta. Ren ya se sabía esa música oxidada de memoria y, de la misma forma, sabía que se oía en toda la mansión. Syra, Raven, sus hermanos, todos los presentes se habían enterado, por tanto. Siempre el constante misterio de si era Agro el que entraba o salía, o era otra persona. Siempre la sempiterna curiosidad de qué se cuece en el corazón de la siniestra mansión Bladelyn -Has tardado- sentenció la voz carrasposa de Agro, sentado en su provocador trono, aguardando aparentemente paciente. Ren como de costumbre dejó que las puertas se cerraran a sus espaldas y caminó diligente hasta posicionarse frente a su soberano, hincando de nuevo rodilla y bajando la cabeza ante él.
-Querías verme- afirmó el muchacho.
-Quería, sí- sentenció Agro -Mírame, hijo- Ren obedeció, alzando la mirada hasta encontrarse con los crudos y muertos ojos de su padre. A día de hoy se seguía preguntando si podía ver realmente -Creo que hay cosas que nos quedan por hablar...-
-Todo cuanto ha sucedido en Solaris ya te lo he contado- asintió Ren -No quedan más detalles que discutir salvo los eventos venideros. No se me ocurriría ocultarte nada- se explicó demasiado.
-Tu excesiva verborrea no es propia de ti...- observó. Sus viejas manos se enredaron en torno a los reposabrazos mientras se inclinaba hacia delante tan despacio que encogía el alma. Era amenazador como ningún otro ser vivo. Esa masa mágica y oscura que emanaba de él se sentía vibrar en el aire como si estuviese empujando las paredes. Cualquier día, pensaba Ren, la mansión se haría pedazos debido a esa presión en el ambiente -Dime una cosa, muchacho... ¿Qué ha llevado a mi silencioso hijo, mi oscuro y siniestro elegido, a plantarse nervioso ante mí?-
-El respeto, padre. Como siempre- al decir aquello, Agro se puso en pie y caminó hacia Ren con suma parsimonia, disfrutando del leve temblor que recorría el cuerpo del joven.
-¿Sabes...?- pasó junto a Ren en ese instante y se colocó a su espalda, dándole a su vez la espalda a su hijo -Sé que no he sido precisamente una... figura paterna... para ti o tus hermanos- lentamente se giró hacia Ren y éste giró la cabeza para mirarle por encima del hombro. La enorme capucha de Agro impedía que se le viese algo más que la barbilla debido a la tenue luz que había en aquella habitación, completamente parca -He sido como he considerado que debía ser... Duro, frío, severo... pero siempre por vuestro bien-
-Lo sé, padre. Todos lo sabemos, los tres- asintió Ren.
-No obstante, muchacho...- se inclinó y posó su delgada mano en el hombro de Ren. Apretó lo suficiente para que su hijo sintiera los dedos como cuchillas clavarse ligeramente en su piel. Sus afiladas y descuidadas uñas ayudaban a dejarse notar, pinchando la carne -Tú siempre has sido especial... Lo sabes- Ren asintió, tembloroso -Mi Elegido, mi favorito...- sonrió Agro con una mueca espantosa -Que pese a mis constantes exigencias superaba mis espectativas hasta estar preparado para viajar a Solaris... y comezar a mover el gran engranaje que llevo décadas construyendo contra esta corrupta y vil corona...- exhaló un pesado suspiro muy cerca del oído de Ren. El muchacho no supo sopesar si era afortunado por no oler su aliento o era sobrenatural que él no despidiese olor alguno, solo aquella opresión mágica. Era como estar frente a un espejismo tangible -Estoy orgulloso de todo cuanto has hecho... hasta ayer- aquella afirmación terminó por poner nervioso al joven, que alzó los ojos para mirar hacia la sombra de la capucha. Los ojos de Agro de pronto eran más humanos, con unos dorados iris bañados en rojas venas teñidas de sangre; ojos llenos de furia -Pese a todo cuanto he pedido, cuanto te he obligado a hacer, cuanto te exigido y te he forzado y torturado con inhumanos entrenamientos y pruebas imposibles para cualquiera de tus dos torpes e inútiles hermanos. Pruebas que hasta a los príncipes de los Chrone les costaría superar- iba alzando el tono conforme hablaba y cerraba la mano en torno al hombro de Ren. El Bladelyn sintió que le corría humedad por el hombro, seguramente sangre -Tú, Ren Bladelyn, mi heredero en todo cuanto he logrado y lograré en esta burda existencia, jamás has temblado como hoy- alzó más la voz, furioso -¡Tiemblas como tiemblan los culpables! ¡Tiemblas como ahora tiemblan los Chrone!- una oleada de inmenso poder mágico penetró el cuerpo de Ren hasta sacudirle internamente como un terremoto a escalas inmedibles. El chico cayó al suelo con brutales espamos, emitiendo alaridos de dolor que si no se oían en la mansión, era porque Agro tenía preparada su aposento para que nada se oyera desde el exterior, de modo que poco importaba cuánto gritara Ren, nadie acudiría a su rescate -Y ahora mírate...- gruñó Agro -Sufriendo como deberían estar sufriendo ellos...- al decir aquello, el cuerpo del joven se fue calmando y Ren pudo por fin mirarle de nuevo, respirando agitadamente.
-¿Por qué...?-
-Perdiste los nervios ayer, Ren...- declaró Agro -Te enervaste y dejaste salir tu frustración contra nuestro pueblo sin necesidad... ¿Que odian a Syra Chrone y a su familia? Claro que sí, como debe ser- asintió escalofriantemente calmado tras haberse enfadado de aquella manera -Y tú no tienes por qué ofenderte porque quieran su muerte... porque tú, Ren- le señaló -Tú deberías desear igualmente esa muerte- Ren trataba de recuperar el aliento mientras su padre le acusaba.
-Yo... no he cambiado en absoluto mi dirección en nuestros planes, padre- explicó, tratando de ponerse en pie, luchando contra su cuerpo. Agro lo observaba atentamente -Yo solo...-
-"Solo" has dejado que te influencien sus apariencias... Algún día, Ren, verás que tengo razón... y espero que no sea demasiado tarde para ti- ladeó ligeramente la cabeza -Demasiado tarde para comprender que te equivocas al cambiar de bando y olvidar a quién le debes tu verdadera y férrea lealtad...-
-Jamás olvidaré a quién debo mi lealtad, padre, ni mi respeto- bufó, sintiendo dolor en todo el cuerpo.
-¿No...?- comenzó a reír de forma críptica -Pues acabas de olvidar el volver a arrodillarte...- Ren se percató enseguida de su error, pero Agro lo solucionó. De una de sus manos disparó una salva de relámpagos que electrocutaron a Ren, envolviéndole en un abrazo tormentoso. El muchacho no tardó en caer de rodillas, humeando cuando los relámpagos cesaron -Nosotros no nos debemos al camino de la clemencia, Ren. Es algo que te he enseñado durante años y parece que empiezas a olvidar-
-N-no... te juro... que...- trataba de respirar. Se sentía próximo a la muerte si su padre volvía a azotarle con aquel inmenso poder. Finalmente, dejó de estar arrodillado para apoyarse con los brazos en el suelo. Sentía que sus fuerzas se escapaban de su cuerpo.
-Dime... ¿Es la chica?- quiso saber. Ren hizo acopio de fuerzas para mirarle a la cara -¿Sientes algo... por ella?-
-Absolutamente nada- declaró -Nada... Todo esto no es más que... un plan-
-Un plan que parece, a ratos, muy real...- frunció los labios Agro -De hecho no estaba en mis planes que vosotros os casarais... Es algo que has hurdido tú, por tu cuenta, tras conocerla...-
-Se supone que antes de iniciar la guerra debemos incendiar el reino... ¿No es así?- dijo inteligente Ren -¿Qué mejor forma de incendiar el reino que esta...? Cuando llegamos aquí y te conté todo lo acontecido te pareció perfecto ¿Por qué dudar ahora, padre?-
-Vehemente pregunta- Agro extendió la mano hacia Ren y éste se dio por asesinado, pero no sucedió nada. Solo fue una muestra de poder y dominio, intimidación, por parte de su padre -Controla tu tono- ordenó.
-S-sí...- asintió Ren, asustado.
-Lo que me preocupa, hijo...- suspiró Agro, calmando un poco su enfado -...es que olvides tu lugar. No puedes manchar tu imagen de esa forma, mostrándote agresivo con aquellos que nos apoyan en esta cruzada. Tus emociones deben estar en todo momento bajo control, tus relaciones con los Chrone tienen que estar duramente delimitadas por tu deber... y tu deber, como Bladelyn, es encaminar esta rebelión hasta el final. Eres mi Elegido y por ello, mi rostro, mis manos y mi voz, mi ejecutor. El apellido Bladelyn y nuestro interés depende de ti ahí fuera. No lo olvides jamás...-
-No lo haré, padre... Siento haber perdido el control- el joven cerró los puños.
-Sé que es mucha responsabilidad, muchos pensamientos, muchos sinsentidos...- Agro se dirigió de nuevo al trono y tomó asiento con sumo cansancio, se le veía anciano y dolorido -Perdóname, Ren...-
-N-no... no hay nada que perdonar...- una punzada de lástima recorrió el alma del muchacho al mirar a su padre en ese estado tan deplorable. Realmente no dejaba de ser un anciano con unas ambiciones demasiado elevadas para su edad ¿Pero y si de verdad era lo mejor para Solaris...? ¿O se equivocaba?
-Necesito que hagas algo hoy, hijo...- exhaló pesadamente -Convoca una nueva rueda de prensa y discúlpate por la escenita de ayer. Di que comprendes su exaltación, su miedo, sus dudas y reservas pero que deben confiar en que todo esto es un paso más, que hará que las nuevas relaciones con Solaris sean prometedoras y demás...- sonrió.
-¿De verdad les... calmará eso?- Ren se puso en pie de nuevo con reservas y dudas, temiendo otra acometida mágica.
-Seguro que sí- mintió Agro, sabiendo que solo los enfadaría más. Conocía a la población munshita a la perfección porque él se había dedicado desde su juventud a moldear sus ideales y a adoctrinarlos en un odio irreparable contra Solaris. Dijera lo que dijera Ren, los munshitas siempre pensarán que los Chrone son unos manipuladores que tratarán de solventar la crisis de Munshad absorviendo a la familia Bladelyn y tomándolos como rehenes políticos indirectos, sobre todo a partir de la boda, obligando a las gentes a calmar sus ánimos si no quieren perder a sus líderes y vagar como pollos sin cabeza, para acabar muriendo de hambre y frío al ser ignorados deliberadamente por la capital como venganza por tantos años de batalla. No, sin duda alguna, la herida era tan grande y profunda entre el norte y la capital que la reconciliación era imposible. Demasiados años de odio, mentiras y manipulación. Para Agro ya solo quedaba terminar de dar una gran puntilla que hiciera germinar las semillas del odio, y ahora que Ren se marchaba y la princesa se quedaba sola, comenzaría a observarla y a forzarla a hacer movimientos que pudiera aprovechar a su favor. Por ello, una vez Ren abandonó la sala y se dispuso a prepararse para sus quehaceres para limpiar su imagen personal y la de los Bladelyn frente a la ciudad, Agro dedicó su poder mágico a rodear a Syra, abrazarla como si fuese un espectro colgado a su espalda, estrangularla y oprimirla, a agobiarla... Pronto comenzarían a moverse de nuevo los engranajes y él solo debía ser el aceite que les facilitara el movimiento.

La oscuridad estaba cada vez más cerca y pronto la luz de Solaris se apagaría para siempre.

En la noche, solo la luna brillando con fuerza ilumina el camino.

Y para brillar con fuerza suficiente, necesitaba para sí misma toda la luz del sol.

miércoles, 26 de febrero de 2020

La taza de té humeante desprendía un olor casi reconfortante, a pesar de que se encontraba lejos, solitaria sobre el escritorio que había junto a la ventana. Syra aún no se había decidido por dar un sorbo. Desde que había vuelto a la mansión, no había emitido palabra ni se había movido de la habitación. Estaba quieta, sentada en la cama, sumida en pensamientos que conseguían que sus manos no dejasen de temblar ni por un instante. Su cara seguía pálida, y no por el maquillaje, el cual ya había sido lavado y retirado, sino por su propia angustia. Impactada, inmersa en una sensación tan horrible que no la dejaba actuar con normalidad, terminó por emitir un suspiro desesperanzado, roto y lleno de dolor. 
Raven no podía verla así. Su ira, que hasta entonces le había mantenido la sangre caliente y la cabeza en un caos, se vio aplacada ante la escena que la princesa presentaba. Sin emitir ruido alguno, se dirigió hacia la taza y la envolvió entre sus manos, para posteriormente entregársela a la chica. —Deberías beberlo. Es de miel y soluna. Te vendrá bien—sugirió el hombre. Desde que habían llegado, sólo había salido de la habitación para ir a preparar la infusión en cocinas, donde él mismo se cercioró de que la mezcla de hiervas era la que la mujer necesitaba. Se negaba a marcharse, no en una situación así.
—Gracias, Raven —murmuró la chica entre susurros. Tomó la taza con torpeza y se mojó los labios con el té. El sorbo fue amargo e indeseado, sobre todo porque tenía el estómago cerrado. Sin embargo, la soluna era conocida por ser una flor con propiedades sedantes. Y aquello era justo lo que necesitaba, un chute de tranquilidad. 
—¿Te encuentras mejor? —preguntó temeroso. Ella negó con la cabeza. Tenía los ojos húmedos, pero no había llorado en ningún momento. La impotencia era tal que ni si quiera podía expresar sus emociones más primarias. —No te preocupes, poco a poco. Es comprensible que estés así. 
—No, no lo es —tragó otro sorbo. —No es comprensible que eso... haya ocurrido.
—Estabas en la boca del lobo, Syra. Por desgracia los ánimos están así en Munshad.
—Pero ¿por qué? —preguntó la chica, dolida. Miró a los ojos a su guardián como si éste pudiese tener las respuestas a todo. —¿Por qué nos odian así? ¿Qué les hemos hecho? ¿Qué ha provocado esto?
—Torturarse con esas preguntas no te ayudará—insistió el hombre, pasando a tomar asiento, de forma cautelosa, junto a la chica. La cama se hundió en el borde con el peso de ambos. —Ningún reinado es perfecto. No hay buena intención que pretendas llevar a cabo y sea capaz de llegar a todo el mundo. Por desgracia, esto siempre ocurrirá, reine quien reine.
—No me parece algo lógico —murmuró. —Procuramos paz social, procuramos bienestar. Cada año enviamos partidas de gastos a todas las ciudades. Invertimos en medicina, en cultura, en educación... Procuramos que no haya desigualdades sociales. Mi padre siempre ha dado prioridad a las situaciones más desfavorecidas. ¿Qué ha pasado aquí para que ésto no sea reconocido? ¿Qué ha podido ocurrir para que todo esté tan perdido como para que intenten hacerme... daño?
—Syra —la llamó con seriedad. —Ni tú ni nadie arreglará ese problema nunca. Y menos aún cuando los Bladelyn sigan enalteciendo estas actitudes —. La chica no tuvo nada más que decir. Las incógnitas empezaban a ser tan numerosas que la cabeza era incapaz de pensar en algo claro y concreto. Dando otro sorbo al té, recogió las piernas hasta entrelazarlas al filo del borde del colchón. Los pantalones oscuros de algodón que se puso nada más llegar le permitieron hacer tal movimiento. El jersey de color crema, ancho y de cuello alto, le aportó suficiente calor como para sentirse algo reconfortada. 
—¿Como voy a arreglar esto? 
—Con paciencia. Siendo consciente de que los mundos utópicos no existen —enumeró. —Gobernando siempre bajo la sabiduría y la percepción del bien común. Mostrándole al mundo la realidad, con transparencia. Haciéndote ver como una servidora al reino y como a los Bladelyn le convendrían que te observasen —Ante aquellas palabras, la princesa se quedó observando a su compañero, cabizbaja.
—Hablas muy bien, Raven —le confesó. —Quiero decir... que no pareces un Maestro de la Guardia. Hablas como hablaría mi padre.
—¿Como lo haría un rey? —preguntó bromeando. Syra lo supo, aquel tono era jocoso. Sin embargo, los ojos del guardia estaban cargados de una especie de tristeza e interés que la atraparon unos segundos.
—No te aconsejo ser rey —siguió ella con la broma, que, aunque con voz triste, empezaba a estar relajada. Había algo en el hombre que la ayudaba a serenarse.
—Seguro que no es para tanto. Un palacio grande, una comida caliente cinco veces al día, sirvientes a mi disposición y unos zapatos distintos para cada día.
—Qué mas quisieras —dijo la chica, emitiendo una leve risa mientras le empujaba sin fuerza con el hombro. Al instante, hizo desaparecer aquella sonrisa para volver nuevamente a seriedad que había mostrado el resto del día. —Pero tienes razón, tengo que sobreponerme a esto. No quiero que esto vuelva a pasar, no puedo permitírmelo. Munshad tiene que comprender que yo soy tan válida para darles lo que necesiten como los Bladelyn, y abierta al diálogo como la que más —comentó decidida. —Además, estoy harta de tensiones. Estoy harta de sentir que puede saltar una chispa que provoque un incendio en cualquier momento.
—La situación en palacio no es para menos. Tus hermanos llamaron al teléfono móvil hace un par de horas para saber como te encontrabas y lo que percibí en ellos era una rabia que pocas veces he visto en alguien. 
—A eso me refiero. Esto no puede ser siempre así. Menos aún si... voy a casarme con Ren —le costó pronunciar. Raven carraspeó.
—Eres sabia, Syra. Actúa como creas conveniente, pero recuerda que hagas lo que hagas e intentes lo que intentes, los Bladelyn, Ren... son tus enemigos

El resto del día no transcurrió con facilidad. 
La princesa se ausentó en el almuerzo por falta de apetito. Durante la merienda, la chica se dedicó a escribir anotaciones rápidas en su cuaderno personal, el cual había metido en el equipaje junto con la ropa y el resto de enseres. Tan solo al caer la noche decidió salir de la habitación.
Sus ánimos estaban templados a pesar de que olvidar lo acontecido aquella mañana iba a ser difícil. Un par de tazas más de soluna le habían conseguido devolver la bravura habitual que la rodeaba, de manera que volver a pasear por la mansión no le pareció la peor idea. Raven, al verla salir, la siguió—¿A donde vas?
—Al baño —mintió la chica. Por supuesto, agradecía la presencia del guardia en todo momento. Sabía que estar en Munshad no era plato de buen gusto para él tampoco, y que si estaba allí, era por ayudarla a ella. Le daba lástima la idea de que no descansase, de que aguantase inquebrantable a las afueras de la habitación durante todo el día, pero, si le decía a donde iba, la iba a tomar por loca. Por suerte, el engaño pareció ser efectivo ya que Raven se detuvo y la dejó marchar, de forma que, cuando volvió la vista, la chica ya estaba bajando las escaleras a toda prisa. La ropa cómoda que se había puesto impedía que sus pisadas se oyesen contra el suelo, así que se sintió libre de moverse con algo más de atrevimiento por la mansión.
A su paso, una vez más, no hubo rastro de los Bladelyn. No había vuelto a ver a Ren desde aquella mañana, y Claire había desaparecido entre risas una vez llegaron al hogar. No la conocía, pero empezaba a entender cual era su actitud. En cuanto a Jiram... se lo encontró al doblar una esquina. El hombre, de cabellos rizados y barba descuidada, la miró de arriba abajo. En su rostro la chica no encontró ni un ápice de parecido a Ren.
—¿A donde vas? —preguntó con tono despectivo.
—¿Tengo prohibido ir a algún lado? —preguntó ella. Su cuestión supuso un desafío, pero procuró que sonase lo más calmado posible.
—Ahora que lo dices, sí. Esta es mi casa y tú eres una invitada a la que nadie quiere tener aquí. ¿No sería un poco raro que no me importase que te inmiscuyeras en nuestra intimidad y nuestros asuntos? —su voz era casi un vómito. —¿A donde vas?
—A solucionar unos asuntos.
—¿Te ríes de mi? —preguntó con una voz que tronó, acercándose hacia ella de forma violenta. Su cara se quedó a escasos centímetros de la de la princesa. Estaba claro que quería imponerse y mostrar terror, pero Syra empezaba a estar lo suficientemente cansada como para caer en mas trampas. Le sostuvo la mirada inquebrantable, sin moverse ni un centímetro —No traes contigo a tu perro —observó.
—¿Crees que necesito a un guardia todo el tiempo? Me subestimas.
—¿Y tu crees que estás a salvo aquí? —la sonrisa que se dibujó en sus labios fue la expresión de una amenaza. —Eres una niñata malcriada.
—Y tú un arrogante que quiere demostrar ser algo que no es. ¿Me equivoco? —Era evidente que Syra no lo conocía. No había tratado con él y apenas le había visto actuar, de manera que su afirmación fue un riesgo que asumió correr. La consecuencia fue que Jiram alzó la mano. Fue un acto reflejo lo que hizo que la mujer, en respuesta, emitiese una oleada de magia en su interior dispuesta a ser usada en su defensa. Pero antes de que pudiese hacer nada, el hombre bajó el brazo, conteniéndose. Con un paso tan rabioso que parecía querer romper el suelo, caminó por su lado para marcharse.
—Mucho cuidado conmigo, niñata. Te la juegas aquí —terminó por decir. Cuando Syra se quedó sola, asintió. Tenía que seguir.

Le costó un poco encontrar el despacho de Agro, por el sencillo hecho de que no tenía. En la planta baja de la mansión, en el ala oeste, había un sin fin de habitaciones llenas de librerías, escritorios y zona de trabajo vacías. Casi parecía una casa fantasma, puesto que ni si quiera al personal del servicio pudo encontrar. Pero, cuando al final del corredor, aparecieron las mismas puertas pesadas tras las que el patriarca de los Bladelyn se encontraba el día anterior, supo que debía estar allí.
Empujó las puertas como pudo, las cuales emitieron un crujido que revelaron su intención ante cualquiera que por allí pudiese encontrarse. La luz que se filtró a través de la puerta iluminó aquella especie de trono en la que Agro, aquella vez, no se encontraba. Y una vez más... aquella oleada asfixiante se enredó en el cuello de la chica. Definitivamente, allí pasaba algo.
—¿Quien se adentra en mis aposentos a estas horas? —la voz cavernosa, que arrastraba las palabras, hizo saber a la princesa que el hombre se encontraba allí a pesar de no verle. Syra caminó hacia el interior sin decir nada, y al hacerlo, la puerta se cerró a sus espaldas. Le costó unos segundos ver en la oscuridad, conforme sus pupilas se acostumbraban. Agro estaba allí, al fondo de la sala, con las manos tras la espalda. —Oh... la joven Syra.
—¿Es muy tarde para tener una conversación? —preguntó la chica con buen tono.
—Nunca es tarde para solventar las necesidades de una invitada —respondió él. —Por favor, toma asiento —su mano blanquecina y arrugada se extendió hasta señalar a un par de sillones, altos y de color rojo, que parecían estar casi empotrados contra una de las paredes laterales.
—No pretendo quedarme mucho tiempo —tragó saliva. —Desearía una conversación que vaya al grano. No he venido a Munshad para andarme con rodeos, si me permite.
—Entonces... Tú dirás.
—Imagino que está al corriente de lo que ha sucedido esta mañana.
—Oh, por supuesto. En Munshad somos bastante conservadores, me imagino.
—No iba a referirme a eso. Como comprenderá, la situación que aquí se vive me preocupa. Creo que desde la capital no hacemos nada que incurra en dejadez para con esta región. Mucho me temo que lo que aquí he percibido no es solo una disidencia. Aquí ocurre algo más grave, algo de lo que podéis hablarme —comentó segura.
—¿De verdad vivías ajena a lo que aquí ocurría? —su voz terminó con un deje que casi parecía animado. ¿Había sonreído? No podía saberlo. —¿Qué quieres saber, exactamente?
—Quiero saber qué esta ocurriendo aquí. Y no me refiero a la simple opinión de la secesión. Quiero saber donde está la raíz del problema —su voz sonó con eco. Agro se tomó unos segundos.
—La posición geográfica de Munshad podría servir de fuente al problema. Alejados, en un clima constantemente helado y desamparado, la vida aquí no funciona de la misma manera que lo harán las ciudades más próximas a la capital. ¿Sabes que ocurre cuando la distancia entre el centro y el extremo es enorme? Que la comunicación y la colaboración son imposibles. —comenzó a decir. —Abras notado que la ciudad y las poblaciones de este lado del mundo no tienen nada que ver con las lujosas urbes con las que sueles convivir. ¿Te preguntas por qué? La respuesta está en el gobierno de los Chrone. Vuestro beneplácito, vuestras amistades, vuestro círculo de confianza está más que zanjado con las preciosas metrópolis que os rodean. ¿Y qué es de Munshad? Oh, sí... aquella región tal alejada que no recibe los mismos beneficios que las demás por el simple hecho de no permanecer en ese círculo. Aquella región que no ocupa el mismo lugar en el senado que las demás. Aquella región que, pese a sus necesidades, es abandonada constantemente.
—¿Nos estáis acusando de algo?
—¿A caso no soy claro? Y por supuesto no soy yo el que habla. Habla el pueblo, la gente. Los testigos del mal trato ejercido por la corona a esta región. Las personas que ven en la separación y en el gobierno independiente la única solución viable para conseguir ser como los demás, tener los mismos derechos y las mismas oportunidades. Los que quieren dejar de ser vasallos... de un reino regido por el poder de una piedra disputada en guerra hace miles de años —continuó. 
—Llamáis a los Chrone corruptos, entonces. Llamáis corrupta a la familia que nace y muere para Solaris. A la familia que fue elegida para gobernar por ser la más idónea. 
—¿Tan segura estás de ello, joven Chrone? Deberías leer los libros adecuados para comprender que la situación lleva años siendo la inadecuada, sumergiéndose en errores que no se dejan de cometer, dilatándose en el tiempo, antes del nacimiento de tu padre, antes del nacimiento de tu abuelo —Syra apretó los puños. Falacias, aquellas no podían ser más que mentiras y calumnias. Pero si exponía sus más puros sentimientos, la conversación se iría al garete en ese momento.
—Puedo asegurarle que estoy más que educada desde mi niñez y que he leído los libros suficientes como para entender que los problemas que han surgido durante el reinado de mi árbol familiar se han podido resolver con la palabra y la colaboración suficientes. De modo que confío en que mis siguientes actuaciones sean las necesarias para solventar le problema que hay en Munshad. —sonrió de forma falsa. —Si ese es el problema y esa es la percepción que los munshitas tienen de mi persona y de mi familia, trabajaré para que eso cambie. Y para que los Bladelyn cambien de parecer —añadió. —Si hay algo que se ha hecho mal será subsanado inmediatamente, puesto que es algo que no puedo permitir. Pero, en cualquier caso, quisiera tener la certeza de que cuento con la colaboración suficiente para que eso pueda suceder. El trato a cambio de la paz ha sido el enlace. Ren, su hijo, gobernará junto a mi y otorgará a Munshad todo cuanto necesite, de primera mano. Intuyo que el trato es de vuestro interés —tomó aire —¿Cuento por ello con su cooperación? Sobre todo empezando por conseguir que se eviten situaciones como las de hoy. Insisto en que la región tiene que comprender que ahora Chrone y Bladelyn trabajar por y para ellos. La confirmación me haría sentir más aliviada.
—Por supuesto, Syra Chrone. Puedes contar con ello —a pesar de sus palabras, la princesa pudo sentir que debía desconfiar. Había algo, algo raro. Y ese poder que emanaba de él... ¿De donde venía? Miró de forma cuidadosa a toda la sala. Allí no había nada que provocase aquellas oleadas más que su presencia.
—Me complace oír eso —volvió a sonreír forzosamente.
—¿Necesitas saber algo más? 
—No, de momento.
—Tu presencia en esta sala es más que bienvenida. Mantener una conversación con la hija de Aurum Chrone es cuanto menos... interesante.
—Pero no quisiera molestar más. Comprendo que no son horas en las que podamos andarnos con diálogos llenos de matices y opiniones personales. Aún así, lo tendré en cuenta —terminó por decir justo antes de encaminarse de regreso a la puerta. El cuerpo y la mente le pedían salir de allí.
—Hasta pronto, querida Chrone. Algo me dice que esta no va a ser la última de nuestras conversaciones.

Cuando Syra salió de la sala y las puertas se cerraron de nuevo, tuvo que dar una enorme bocanada de aire. No se había dado cuenta, pero ahí dentro había estado perdiendo el aliento, perdiendo la capacidad de respirar y lo había comprendido nada más salir. Había un poder... que la estrangulaba.

Dicho y hecho, tal y como Ren anunció, a las primeras luces del alba, si es que se podía considerar luces a una claridad empañada por la bruma que solía envolver a Munshad constantemente, la puerta de la habitación de Syra sonó de forma insistente. La muchacha se levantó de la cama algo somnolienta debido a que era realmente temprano y se aproximó a la puerta cuando esta se abrió sin que ella llegara a alcanzar el pomo. Casi se asustó al ver que un rostro casi desfigurado asomaba por el umbral. Su instinto natural fue echarse los brazos al cuerpo para cubrirse aunque no estuviese desnuda, pero era una clara invasión a la intimidad. Afortunadamente, parecía ser una mujer, o lo que quedaba de ella -Buenos días, mi señora- dijo con la voz rota, afónica, casi costaba entenderla -He venido para avisarla de que debe prepararse para la audiencia-
-¿A-audiencia?- se cuestionó la chica.
-Así es. Por favor permitidme pasar para arreglaros como es debido-
-Pero... ¿Tan pronto? ¿No desayunamos primero o...?- no es que le importase más la comida, pero qué menos que estar algo más presentable y saludable de cara al público. De hecho, lo que querría realmente era alargar el tiempo hasta ese momento.
-Me temo que tendréis que desayunar después-
-Bien... En ese caso, pasa. Cogeré algo que ponerme- se dio la vuelta para dirigrse al armario.
-De nuevo, debo negaros ese derecho, alteza- la mujer terminó de abrir la puerta para pasar al interior seguida de otra sirvienta. Después, cerraron la puerta para evitar miradas de curiosos. Es decir, de Raven. Syra las miraba a ambas con los ojos entornados, sopesando. Las dos chicas tenían claros signos de violencia en las caras. De hecho, a una de ellas le faltaba una mano. El muñón estaba oculto bajo el bordado blanco de su uniforme de sirvienta, un tanto clásico, sobrio y aburrido -Por favor, vestid esto. A petición de la señorita Claire- las mujeres tendieron el vestido sobre la cama. Básicamente era un traje largo, liso y de tela ceñida, algo brillante. No es que no fuera bonito, pero parecía digno de un velatorio o un entierro. No tenía bordado o decoración alguna que lo hiciera elegante. Era tan simple que era pavoroso.
-Creo que es un poco...- ladeó la cabeza, tratando de buscar las palabras más educadas posibles. No pretendía decir que no iba a ir disfrazada de condesa de las tinieblas y parecer aún más ridícula.
-La señorita Claire ha insistido- dijo la chica a la que le faltaba una mano -Asegura que es un vestido que ayudará a haceros ver como parte de Munshad y que agradará al gran señor Agro-
-Vaya...- chasqueó la lengua. Realmente no le gustaba nada la idea, pero si no le quedaba más remedio y le ayudaba, así lo haría -Está bien, entonces... Supongo...- se daba golpecitos con el dedo en la barbilla, pensativa.
-Maravilloso- dijo la del rostro desfigurado -Por favor, desvestíos- ambas se aproximaron a ella como dos fantasmas y sin pedir permiso la despojaron del pijama. Raven, desde fuera, oía las voces de Syra pidiendo clemencia y paciencia. El soldado llamó a la puerta de forma insistente para asegurarse de que todo estaba bien, pues no creía que pudiera fiarse ni de su propia sombra en aquel lugar. Al ser ignorado deliberadamente por las mujeres del servicio, abrió la puerta.
-¿Va todo bien?-
-¡No entres!- vociferó Syra. Afortunadamente, no estaba en el ángulo de visión, quedando prácticamente al otro lado de la puerta. Casi podría haberla visto semidesnuda de no ser por ese hecho.
-Vale, vale- suspiró el soldado -Pero más te vale contestarme la próxima vez o me dará igual que estés integralmente desnuda- dijo con una sonrisa, recordando aquellos tiempos -Llama si me necesitas- Raven se retiró cerrando la puerta y Syra bufó, relajándose de nuevo.
-Ese hombre no os respeta- señaló la chica desfigurada -Os habla como si fueseis una mujer más-
-No es asunto vuestro. Yo le permito que me hable así- se quejó, siendo manejada como una muñeca para lucir el vestido a la perfección. Para su mayor desgracia, ellas prepararon también el maquillaje.
-El amo Jiram no permitiría tamaña falta de respeto. El amo Jiram le haría comprender su lugar- decía mientras espolvoreaba el maquillaje sobre ella.
-¿Amo Jiram...?- arqueó una ceja la chica. Era la primera vez que oía a alguien en la casa referirse a él así. De hecho, todavía no le había conocido personalmente -Oid... No quisiera ser impertinente ¿Pero estáis bien? ¿Qué os pasó?- algo le olía muy mal de pronto, demasiado mal. Esa servidumbre, ese comportamiento carente de alma, el llamar señorita y gran señor a Claire y a Agro respectivamente pero "amo" a Jiram... algo no cuadraba, precisamente. Al preguntarles, las chicas cesaron en su trabajo y se miraron la una a la otra. En el reflejo del espejo del tocador en el que sentaron a Syra para maquillarla, la princesa pudo percibir cómo la chica que había perdido una mano le negaba insistentemente con la cabeza a la muchacha desfigurada, indicándole que no dijera nada.
-Accidente laboral- dijo finalmente con un deje de desilusión. Aquello cada vez parecía más y más terrorífico.

Aproximadamente una hora después, Syra por fin pudo aparecer en el hall de entrada, seguida por Raven y las sirvientas. Allí estaba Ren, además de Claire y, por fin, el misterioso Jiram. Ren no iba distinto a ella, pues llevaba un traje de chaqueta íntegramente negro, con camisa negra y corbata negra, igualmente sobrio y aburrido. Claire lucía sus ropas típicas, descuidadas e igualmente con tonalidades oscuras, pero sí se permitía que su falda esa vez fuese rojo burdeos al igual que su pintalabios. Jiram lucía unos pantalones y chaqueta grises sobre una camisa blanca. Destacaba demasiado entre sus hermanos y el resto de la casa. Además, fumaba profusamente. Parecía una chimenea de tanto humo que salía de su boca -Veo que estás preparada- dijo Ren, mirándola fijamente.
-Menudo cuadro- se atrevió a decir Jiram con frialdad y desvergüenza.
-¿Perdón?- quiso saber Syra.
-Parece que vas a enterrar a tu padre- exhaló humo. Tampoco mentía. El maquillaje era digno de un cadáver. La base en polvo era varios tonos más claros que su propia piel, de modo que la hacía ver pálida hasta rozar la enfermedad y sus ojos estaban igual de oscuros y mal maquillados que los de Claire. Los labios, al menos, se los dejaron de un color púrpura oscuro en lugar de completamente negros. Era horrible.
-Es el estilo que me han obligado a vestir- miró Syra a Claire.
-Estás encantadora. Arrebatadora. De muerte- inquirió al final, arrancando una carcajada a Jiram.
-¿Os estáis burlando de la princesa en mi presencia, malnacidos?- amenazó Raven, dando un paso al frente y llevando la mano a la espada.
-¿Por qué no le has puesto bozal al perro?- preguntó Jiram a Ren.
-Raven es su guardaespaldas. No lo desarmaré- explicó el mediano de los hermanos, visiblemente avergonzado y consternado por la actitud de sus hermanos hacia Syra.
-Tú mismo, pero delante nuestra no portará armas- advirtió Jiram -Así que aparta la mano, perro, si no quieres que te la corte. No es que me falten ganas ni experiencia- gruñó. Raven miró a Syra y ésta asintió. El soldado retrocedió hasta ponerse al lado de la chica y apartó la mano.
-Esto es indignante- le susurró a la chica.
-Lo sé- contestó ella.
-¿Nos vamos?- preguntó Ren, deseando salir tanto como Syra de esa casa.

El coche oficial los condujo a través del maltrecho bosque hasta acercarlos al centro de la ciudad. Ya se había dado anuncio a un discurso por parte de Ren Bladelyn en Munshad, de modo que al lugar al que se dirigían ya estaba poblado por gente a pesar de que era tan temprano. Syra al igual que Raven sintieron escalofríos con solo pensar en estar delante de esa gigantesca turba que se arremolinaba frente a un edificio. Afortunadamente, al parecer, ellos iban a estar dentro, donde había más prensa que otra cosa. Raven aguardaría en el backstage al igual que Syra mientras Ren salía en primer lugar. Claire y Jiram estarían junto a él como figurantes, de manera que tendrían un rato de paz entre ellos antes de salir al matadero -¿Está todo listo?- preguntó Ren, repeinándose los cabellos hacia atrás. Sudaba un poco en la frente.
-Todo listo. Sal ahí y gánatelos, guaperas- sonrió Claire, guiñándole un ojo. Después disparó una feroz sonrisa a Syra antes de salir ella primero junto a Jiram. Recibieron aplausos y vítores como si fueran una especie de fuerza política. El alivio de estar dentro del edificio se esfumó al comprender que, periodistas o no, eran independentistas apasionados. El clamor, por tanto, fue mucho mayor cuando Ren salió en dirección al atril. Decenas de flashes de cámaras fotográficas bañaron con su luz aquel pequeño anfiteatro mientras que una orilla de pilotos rojos mostraban que las cámaras estaban grabando. Junto a Syra y Raven había unas pantallas que mostraban cómo se veía la imagen en las televisiones de Munshad y posiblemente en las pantallas que había fuera, donde la turba vitoreaba la figura de Ren Bladelyn. Sus voces apasionadas se oían desde el interior. La princesa y el guardaespaldas se miraban con preocupación.
-Saludos, hermanos y hermanas munshitas- empezó Ren, aferrándose al atril con señorío -Hoy vuelvo a presentarme ante vosotros para anunciar mi regreso, pues por fin he culminado mi misión en las tierras de Solaris- dijo contundente. A sus palabras, solo respondian los constantes "clicks" de las cámaras haciendo fotos -Seré breve, pues hoy no es día de discursos. Hoy no es un día de batallas, de guerras y cánticos por la libertad. Hoy es un día de júbilo para el pueblo, para nuestra región ¿Por qué? Os preguntaréis. Pues bien, he vuelto de mi visita a Solaris y he podido conocer a la familia Chrone: he convivido con ellos, dialogado con ellos... y sí, luchado con ellos, incluso- sonrió de una forma tan falsa que hasta Syra lo notó. Estaba forzadísimo -Sin muchos preámbulos, os anuncio a vosotros, hermanos y hermanas luchadores, trabajadores y sufridores, que he logrado regresar con buenas noticias para todos vosotros y para la familia Bladelyn- al decir aquello, hasta los periodistas empezaron a clamar.
-Estos pobres diablos creen que va a anunciar la independencia ¿A que sí?- comentó Raven cruzándose de brazos.
-Quiero salir de aquí- suspiró Syra -Esto no va a salir bien-
-Saldrá bien- la apoyó el soldado -Y si sientes que flaqueas, recuerda que estoy contigo. No estás sola ni lo estarás nunca ¿De acuerdo? Vas a ser una gran reina y para ello debes sortear esta clase de problemillas menores- Raven era el primero que se oponía a la boda, pero sabía que debía apoyar a Syra para ganarse el derecho a ser su amigo, y más, con el tiempo. Odiaba verla desanimada, siempre lo hizo. Contemplarla brillar con luz propia y con seguridad en sí misma era lo que más le gustaba de ella. No podía permitir que Munshad y su ambiente la empequeñecieran -Cuenta con mi apoyo, siempre-
-Gracias Raven...-
-En este buen día, quisiera dar las buenas nuevas en compañía, pues no he vuelto solo de mi viaje. Hoy me acompaña la persona que, de hecho, me acompañará el resto de mis días- aquellas palabras fueron agujas tanto para Syra como para él -Por favor- tendió la mano hacia el backstage -Ven conmigo, querida- ¿Querida? A Reven le ardían las venas. Syra no pudo hacer otra cosa que mantenerse en el papel y salir ahí, a la luz de los focos y las cámaras. Entre los periodistas comenzó a montarse revuelo. Empezaban a oirse voces, murmullos e incluso insultos. Aquello comenzó a quebrar a la chica.
-Aquí tienes tu papel- le susurró Ren -Te ayudará- Syra se posicionó a su lado, para su disgusto personal. Sí agradeció un guión, ya que temía quedarse en blanco en aquel ambiente hostil en el que se sentía. Para su desgracia, se oían los clamores violentos del exterior.
-Yo... Eh...- miró para un lado y para el otro -Hola- sonrió torpemente.
-Disculpad, estamos emocionados- se aventuró Ren de nuevo sonriendo falso y radiante.
-Eh... Em...- estaba más que acostumbrada a hablar a las cámaras ¿Dónde estaba el problema? Ella misma se estaba haciendo un interrogatorio interno y la respuesta más evidente era el miedo. Miedo a meter la pata, miedo a que tuviera que defenderse. Miedo a hacer daño a alguien sin querer. Tenía el pulso acelerado pues no estaba acostumbrada a ese tipo de abersión hacia su persona ¿Ren se sentía allí así, en palacio? Porque era horrible. Por suerte, encontró apoyo en Raven, como éste le prometió. Al mirarle en el backstage, allí parado, el soldado le sonreía con una calidez impropia de un trabajador y más digna de un familiar. Le levantó el pulgar en un gesto simple y campechano, pero que la animó de sobremanera al no tener formalidad ninguna, lo cual lo sintió más cercano.
-Lee- aconsejó Ren entre dientes.
-Gentes de Munshad- inició la chica -Soy la princesa Syra Chrone, heredera al trono de Solaris. Me conocéis bien, tanto como yo a vosotros- leyó veloz las líneas -Me complace estar aquí, junto a Ren Bladelyn, para anunciaros junto a él y el resto de la familia Bladelyn- Claire saludaba efusivamente a las cámaras mientras que Jiram solo se cruzaba de brazos, aburrido -que como resultado de su visita a mi hogar y tras el tiempo que hemos compartido juntos, se ha iniciado una chispa que ahora arde con fuerza en... nuestros corazones- acabó un tanto fría, interpretando el guión con torpeza.
-Tal y como surgió nuestra chispa por la esperanza y la rebelión que hoy arde con pasión en las almas de todos los munshitas, también arde un brillante futuro para las dos familias. Los Bladelyn y los Chrone se unirán en un sagrado lazo a ojos de los dioses, pues Syra y yo vamos a contraer matrimonio de forma oficial- tras las palabras de Ren, se hizo un ominioso silencio. Ni siquiera se realizaban fotografías del momento. Ren mantenía la sonrisa y Syra no sabía hacia dónde mirar exactamente. Por un instante hasta hubo silencio en el exterior... hasta que estalló la tormenta. Las puertas del recinto empezaron a sonar como si un tornado amenazara con llevárselas. Los periodistas gritaban enfurecidos y clamaban la sangre de la princesa, allí presente. Se les oía claramente. No eran agradecimientos ni felicitaciones. Le pedían a Ren, explícitamente, que le cortara la cabeza allí mismo. Syra retrocedió del atril cuando una cámara apareció de ninguna parte y casi la golpea de lleno en la cara. Estaba asustada, acorralada, en grave peligro. Raven salió de backstage para protegerla rodeándola con los brazos y cubriéndola con su espalda para recibir cualquier cosa que le tirasen a ella en su lugar. Syra sentía hormigueo, cosquillas en los dedos. Su corazón latía con fuerza, estaba empequeñecida mientras que en su interior ardía demasiada ansiedad que hinchaba su poder como un globo a punto de estallar. Si no salía de allí pronto iba a pasar algo, lo notaba, lo presentía, no podía controlarlo...
-¡SILENCIO!- tronó entonces la voz grave de Ren mucho más alto que la propia turba enfervorecida. Aunque no apaciguó el exterior, los periodistas y la gente del interior del anfiteatro sí comenzaron a calmarse -Si alguien tiene el menor jodido problema con esta situación que levante la PUTA MANO- enfatizó, golpeando el atril. Obviamente, lo redujo a astillas debido a su poder -No voy a tolerar salida de tono alguna ¿¡Queda claro!?- vociferó. No le hacía falta micrófono para que su voz restallara como látigos en los oídos de los presentes.
-¡Os está utilizando!- clamó entonces una periodista del montón -¡Ese matrimonio está pensado para acallarnos! ¿¡Es que no lo véis!?- solo hizo falta esa única opinión para que se extendiera como el fuego sobre un mar de brea. De nuevo se alzaron las voces, de nuevos las aclamaciones.
-¡Matadlos ahora! ¡Acabad con ella! ¡Mandad un mensaje, señores Bladelyn!- gritaban distintas voces -¡La boda es una tapadera! ¡Solo quieren ponernos una correa! ¡Se desharán de vosotros como familia, os absorverán y os destruirán sin que podáis hacer nada!- al ver que nada se podía hacer, Ren caminó hacia Raven, que seguía cubriendo a Syra.
-Vámonos- le dijo al soldado -Acompáñame al coche. Yo te cubro. Tú protégela- no le dio tiempo a contestar, porque así era la única forma en la que podía ser.

El coche ya estaba rodeado por personas que se habían saltado las vallas y las protecciones. Clamaban, gritaban, pero no se atrevían a tocar a Ren. Algunos hasta trataba de tacharlo de traidor y vendido para provocar su ira contra la princesa, pero no lo conseguía. Raven trataba de pasar tras Ren como un enorme escudo que era, pues no había munshita que se atreviera a poner un dedo encima sobre un Bladelyn. Los adoraban demasiado como salvadores y precursores de su independencia y de su forjadores de una futura nación. Y ahora, sin que Syra o Raven lo hubiesen visto venir, se habían convertido de la noche a la mañana en mártires. Ahora, de pronto, los Bladelyn eran las víctimas de un macabro plan de absorción por parte de los Chrone ¿Es que estaba todo planeado? ¿Ren ofreció la boda sabiendo que todo esto iba a suceder? Los munshitas hasta clamaban que Syra se estaba burlando de ellos al señalar sus vestimentas, pues lucía "como visten las viudas de Munshad". Todo estaba yendo mal, demasiado mal... y aún las cosas podían empeorar. Por suerte para la princesa, el coche arrancó y la sacó de allí junto a Raven y los Bladelyn. Nunca imaginó que se sentiría a salvo volviendo a esa sórdida mansión...

martes, 25 de febrero de 2020

Empezaba a ser asfixiante hasta decir basta aquella pesada sensación en el ambiente. Un flujo constante de fuerza, poder, que hacía que la princesa se sintiese ahogada en el interior de la mansión de los Bladelyn, pero ¿por qué? Tenía muchas dudas en la cabeza, preguntas que empezaban a emular respuestas imposibles. De repente, sintió una gran necesidad de volver a casa, de contarle a sus hermanos y a su padre lo que sus sentidos estaban percibiendo en aquel lugar, pero, por desgracia, apenas hacía unos minutos desde su llegada al hogar.
Claire, la hermana menor de Ren, caminaba con movimientos sinuosos frente a Raven y la chica. Su estatura era más baja que la de ambos, incluso en edad, era menor que Syra, y sin embargo el descaro al hablar y la forma en la que miraba a los invitados denotaban en ella una especie de superioridad. La princesa, durante el paseo por la mansión, intentó pensar en algún tipo de comentario que rompiese el hielo entre las dos, pero por desgracia la idea no llegó a su mente. Para cuando quiso abrir la boca, la joven Bladelyn ya les había conducido hacia un ala de palacio, en una de las plantas superiores. —La habitación del fondo es la tuya —señaló. —Y tú, soldado, puedes dormir si quieres con el resto de nuestros guardias. 
—No voy a dormir con los guardias, niña. No vengo en calidad de soldado, sino como protector de la princesa.
—Tú mismo —se encogió de hombros. —Puedes dormir en el pasillo —. Pese que a la chica le tomó por sorpresa aquella falta de amabilidad y respecto, intentó no perder las esperanzas tan pronto. 
—¿Seguro que no hay nada que hacer? Tenéis muchas habitaciones.
—¿Me vas a decir qué habitaciones tengo que darle a tu perro guardián? Te recuerdo que esta es mi casa, y que vosotros solo sois invitados cordiales.
—¿Así le hablas a tu futura reina? —se interpuso Raven.
—¿Mi reina? Para mi ella no es nada, sólo la mujer con la que mi hermano ha decidido casarse, por alguna razón —se cruzó de brazos. Syra se quedó muda ante aquellas palabras. Nunca antes nadie le había hablado de aquella manera, y tenía que admitir que era bastante extraña la sensación. 
—¿Qué clase de...?
—Raven, déjala —intervino la princesa. —Es su opinión y tiene razón. Sólo somos invitados. ¿Te importaría ir con los demás soldados? Sólo serán unas cuantas noches —pidió, algo suplicante.
—No voy a dejaros sola. Dormiré en el pasillo, tal y como se me ha ofrecido —gruñó.
—Está bien entrenado— bromeó Claire con un deje venenoso entre sus labios. —La cena se sirve a las nueve. Por lo demás, procurad no hacer mucho ruido. No soy la única a la que le molesta vuestra presencia —terminó por decir, justo antes de marcharse hacia la oscuridad del ancho pasillo contrario al que se encontraban y bajo la atónita mirada de la princesa y su guardián. Allí nada estaba yendo bien.

Syra comprobó que la habitación que le habían adjudicado no era mejor que el resto de la mansión. Las paredes estaban decoradas de un papel oscuro, rojizo, lleno de motivos diminutos que formaban una especie de hojas marchitas. El suelo era de la misma madera que caoba que hasta entonces había pisado. Dado que las cortinas se encontraban corridas, la princesa se apresuró a recogerlas para aportar algo de luz a la estancia, encontrando que el resto de muebles parecía presentar el mismo patrón oscuro, antiguo y desusado. El dosel de la cama dejaba caer cortinas de una tonalidad granate que le evocaron recuerdos de libros de historia, fotografía e ilustraciones de un pasado en el que aquel conjunto pudo parecer moderno y coqueto. A ella, sin embargo, todo le estaba recordando a lo más apropiado para un castillo de terror. —No deben acostumbrar a tener visitas —murmuró Raven, jocoso, cerrando la puerta a sus espaldas.
—No creo que a los Bladelyn le guste tener a nadie desconocido por aquí. Ya has visto cual ha sido la reacción que han tenido al verme —murmuró la chica con algo de temor en la voz. Volviendo su mirada a la ventana, pudo comprobar que, tal y como había imaginado al aterrizar, la mansión se encontraba bastante lejos de la ciudad. Mientras que su palacio, en la capital de Solaris, estaba ubicado en el mismo centro de la población, aquella casa parecía no poder estar más alejada. Todo cuanto podía ver desde su posición eran árboles, un bosque pequeño y poco frondoso, y más al fondo, los techos de casas altas, viviendas amontonadas unas sobre las otras. La estampa era... desoladora.
—No dejéis que os machaquen con esos comentarios. Tal y como imaginábamos, las tensiones no iban a aliviarse por una estúpida boda concertada. La unión solo evita que ambos bandos proclamen una guerra. Temporalmente —recalcó. 
—Nunca había podido imaginar que Munshad, que los Bladelyn fueran... —comenzó a comentar, dirigiéndose a un enorme armario que había al fondo de la habitación, junto a un espejo. Al abrirlo, descubrió que toda su ropa ya estaba correctamente doblada y colgada en su interior. —...tan distintos.
—¿Qué esperabais de la familia que lleva amenazando con sembrar el caos en Solaris desde hace décadas?
—Que se pareciesen más a... —quiso nombrar a Ren, pero sentía tanto odio hacia él y hacia sus actos, que se arrepintió al instante.
—No os dejéis engañar. Ya habéis visto que nadie, en esta familia, se salva de ser un desgraciado —susurró. Syra imaginó que, tal y como ella, se sentía cohibido en aquel lugar.
—¿Tú... has notado algo extraño? —preguntó insegura.
—¿Raro? Podríais preguntar mejor si he sentido algo normal.
—Me refiero a que si sientes que hay algo aquí que no debería estar —insistió. 
—Nosotros —la tozudez del hombre hizo que la chica soltase un enorme suspiro. Sabía que Raven era un hombre difícil. Su trato con él en anteriores ocasiones la llevaban a comprender que el soldado a veces decía cosas impropias. Sin embargo, en aquel momento esperó algo más de su parte. Y quizás fue la mirada que compuso al pensar en ello lo que hizo que Raven acabase reflexionando unos segundos.
—Puede que sienta un poco de ¿pavor? no sabría explicar que es —Syra asintió.
—Al menos ya se que no soy la única. Por un momento he llegado a pensar que me estaba dejando llevar por la presión, pero es cierto. Aquí pasa algo —alegó. —Además, ¿has visto como se comporta Ren con Agro? Se ha arrodillado como si se encontrase frente a un líder en vez de a un padre —se acarició los brazos.
—¿Quien iba a decirlo? El Monstruo de Munshad arrodillándose —se acarició la barba. —Esto no me gusta nada. ¿Estáis segura de que no podéis hacer nada por detener esto? No os merecéis sacrificar vuestro futuro de esta forma —ante aquel comentario tan desesperado, Syra le expresó una mirada triste. 
—No hay otra opción. Ya esta firmado y es mi deber —susurró. Tragó saliva, y observando que el soldado iba a volver a replicar, se adelantó. —Así que agradecería dejar de hablar del tema. Estar aquí es suficiente recuerdo. Preferiría tener conversaciones más amistosas.
—¿Estáis pidiendo mi amistad? —preguntó con brillo en los ojos. La princesa tuvo que sonreír ante aquel gesto tan ilusionado. —Me enorgullece, Alteza. Sé que no hemos empezado nuestra relación con buen pie, pero en mi podéis encontrar cualquier ayuda siempre que queráis.
—Lo estás pintando de una forma en la que parezco una interesada —le reprochó con burla.
—A mi me parece humano —le indicó. —Las personas no estamos hechas para estar solas y perdidas. Y vos estáis más perdida que nunca, si me permitís.
—Bah, háblame sin cortesías, Raven. Aquí nadie lo hace —recordó, sentándose sobre la cama tras correr levemente el velo del dosel.  —¿Cuanto crees que estaremos aquí?
—Hasta que Agro nos deje marchar, supongo. La verdad es que no sé que necesita de la princesa a parte de su palabra. ¿Es que ya se te está haciendo pesada la estancia? —Syra se mordió el labio. La había calado. —Aguanta, Syra. 

El día transcurrió en soledad. Para no faltar al respeto en el hogar ni hacer una escena indecorosa, Raven pasó el resto del día paseando por el ala de las habitaciones, mientras que la heredera, mató el tiempo dando vueltas por la habitación y acomodando sus pertenencias a su manera. Para cuando llegó la hora de la cena, sintió que el estómago comenzaba a crujirle, pero, dado que nadie se había acercado a ella para avisarla, decidió salir de la habitación. Dado que la segunda planta, en la que ella se encontraba, era la más alta, no le quedó otra opción que bajar las escaleras acompañada del soldado. El palacio era enorme, pero aquella mansión, aunque grande, no se podía comparar en tamaño. Debido a ello imaginó que el comedor no podía tener pérdida, de forma que agudizó sus sentidos y paseó por los pasillos en búsqueda del mismo. Por su paso, sólo encontraba a personal del servicio, con caras lúgubres y cansadas. Syra y Raven tuvieron que compartir una mirada preocupada ante tal imagen, puesto que ninguno comprendía qué pasaba. La chica intentó acercarse a un sirviente para preguntarle por la cena, pero éste la evitó de algún modo y se marchó. ¿Es que a caso alguien le había dado la orden de no hablar con ella? ¿O es que la temían? Ambas opciones eran igual de horribles.
Cuando encontraron el comedor, observaron que la comida estaba servida, pero allí no había nadie. Podía considerarse de mala educación y de poca hospitalidad no acompañar a una invitada en su primera cena, sobre todo teniendo en cuenta que muy pronto todos serían familia, pero lo cierto era que casi se podía agradecer aquella soledad. Dirigiéndose a la mesa, observó que la comida se componía, en su totalidad, de carne. No había verduras ni frutas, solo carne roja y vino. Si aquella era la dieta habitual de Munshad, la aceptaba, pero estaba segura de que no tardaría en cansarse si siempre iba a ser así. Para cuando quiso tomar asiento, una voz en el umbral de la puerta captó su atención.
—¿Todo de su gusto? —preguntó una chica con uniforme. Tenía el rostro pálido y unos enormes surcos en las mejillas
—Sí, gracias —asintió la princesa. —¿Ceno sola?
—Así es. La familia no acostumbra a cenar reunida. Me han pedido que le sirva todo cuanto necesite esta noche.
—Todo está bien. Diría que es demasiada comida —sonrió con amabilidad.
—No se preocupe. Las sobras siempre se la comen los lobos —Syra tragó saliva. ¿Qué lobos? —Si no necesita nada, me retiro —tras una inclinación de cabeza, la chica se marchó. 
—Aquí están todos locos —se quejó Raven, consiguiendo que la chica le chistara. —Me da igual lo que piensen —alegó encogiéndose de brazos. —No se si esta cena está pensada solo para ti, pero ya que no hay nadie, voy a tomarme el lujo de sentarme —. Dicho y hecho, el soldado tomó asiento junto a la mujer. Syra pestañeó, pues, hasta aquel día, nunca había llegado a compartir mesa con algún soldado. La idea no le resultó desagradable. 
—Me haces un favor si me ayudas, esto es demasiado —volvió a señalar a la mesa. 
—Quizás quieran envenenarnos —bromeó el hombre, pero tras hacerlo, ambos se pusieron serios. ¿Y si era verdad? 
—No digas eso. Será una familia muy extraña pero no les conviene hacernos nada —dijo ella intentando restar seriedad al asunto. Raven la miró con lástima, pudo captarlo. Nada ni nadie iba a hacerle cambiar de opinión sobre su seguridad.
—Nadie te va a hacer nada — la voz de Ren resonó a la espalda de ambos. Apareció en el umbral de la puerta, donde hacía segundos había estado la sirvienta. Verle allí, con rostro serio, hizo que la chica le apartase la mirada. Tenía que aceptar su compromiso con él, pero aún era demasiado pronto. Se sentía traicionada, de alguna manera. —Lamento que puedas tener la idea de que existe esa posibilidad.
—Yo no he dicho eso —contestó tajante. El ambiente podía llegar a cortar como un cuchillo afilado.
—Imaginaba que ya estaríais cenando. Esta noche no podré acompañarte —la princesa no contestó. Le daba lo mismo. —Sólo quería decirte que mañana por la mañana una sirvienta te ayudará a prepararte. Vamos a salir.
—¿A donde? —preguntó extrañada. Salir en Munshad le pareció, cuanto menos, una locura.
—Quiero que hagamos público el compromiso en la ciudad. Tu padre pidió que fuéramos consecuentes. Intentaremos sembrar algo de tranquilidad.
—¿Estás loco? ¿Crees que la situación está como para que Syra salga en público? ¿Aquí? Con instaurar la tranquilidad, Aurum se refería algo más seguro —se quejó Raven levantándose de su asiento. —Una grabación sería suficiente. 
—No le pasará nada —insistió. —En Munshad somos directos, no queremos andarnos con rodeos. Y creo que, que conozcan a Syra, es la mejor opción para empezar a calmar los ánimos.
—Está bien, mañana por la mañana estaré lista —terminó por decir la chica. Ella no lo vio, ya que seguía sin mirarle, pero Ren asintió y se marchó sin decir nada más. Durante los segundos siguientes, la idea de un futuro tenso entre los dos asomó en su mente. ¿Siempre sería así? ¿Hasta que muriesen? Iba a ser... un infierno. —Raven —le llamó en susurros. —¿Es normal... que esté tan nerviosa?


Pensar en el momento en que el ambiente volviera a relajarse se convirtió en una simple utopía al alcance de nadie. Desde el momento en que el rey Aurum cayó definitivamente en cama, el palacio se convirtió en un hogar triste y taciturno. De nuevo reinaba aquella mala energía, aquel sentimiento de de melancolía que invadía cada rincón del gigantesco hogar de los príncipes. Estos apenas hacían aparición por los pasillos y solamente se les veía cuando iban y venían de sus casas para traer a sus esposas para visitar al rey, pese a que este estaba sufriendo unas fiebres altas que le impedían entablar conversación. De esta forma pasaría un día entero antes de preparar definitivamente el viaje, ya que ninguno tenía prisa, tanto Ren como Syra, en poner rumbo a Munshad. Sin embargo era evidente que era inevitable.

Fue tras aquel largo día de vigilia por la salud del rey cuando ya la princesa se encontró con el equipaje realizado con ropa para varios días dado que no sabían con exactitud cuánto tiempo estarían de visita. Ren había recogido por igual todas sus pertenencias y ambos futuros novios se encontraron tras la noche del anuncio por parte de Aurum, por primera vez, a los pies de la rampa de embarque de la aeronave que los aguardaba en el helipuerto en lo más alto de la torre principal de palacio, donde Dusk e Iran solían ir a airearse. De hecho, allí estaban, aguardando junto a Raven la, de nuevo, tardía llegada del Bladelyn -Sigo pensando que lo hace a posta- decía Raven dando una profunda calada a un cigarrillo al que Dusk le había invitado. El príncipe mayor también fumaba, mirando a su hermana dar vueltas de un lado a otro, nerviosa, a punto de morderse las uñas.
-No lo hagas Syra, es malo para los dedos- aconsejó.
-Déjame, Dusk- pidió la chica con la voz triste.
-Esto es un infierno- gruñó el Maestro -La comprendo con toda mi alma-
-Pues si la comprendes, no la dejes sola- aconsejó Iran
-Nunca- volvió a dar una calada -Si va al abismo, la acompañaré. De eso no cabe duda-
-Eres un buen hombre Raven- observó Dusk -Cumples las órdenes a rajatabla y eres leal como nadie. Ojalá mi hermana pudiera casarse con alguien como tú. Seguro que te prefiere antes que a Ren-
-Deja de decir tonterías Dusk. No estoy de humor- gruñó Syra. Raven simplemente la miraba con gran pesar.
-Ahí viene- señaló Iran, metiendo las manos en los bolsillos. Ren apareció con la maleta colgando de una mano, acercándose hacia la aeronave. Se detuvo a unos pasos de Syra, mirándola fijamente.
-Supongo que Agro Bladelyn no se molestará si llegamos más tarde ¿no?- preguntó Raven con hostilidad -Parece ser que es costumbre vuestra el hacer esperar-
-He ido a presentar mis respetos al rey antes de marcharme- al decir aquello, se hizo un tenso silencio entre todos los presentes.
-Pues te aconsejo que si quieres vivir no vuelvas a acercarte a mi padre sin nuestra presencia- advirtió Dusk.
-Soy el futuro marido de Syra. Soy parte de la familia. Lo haré cuando considere- desafió Ren no sin cierta desilusión, pero no iba a permitir que lo pisotearan cuando él realmente trataba de evitar un conflicto mayor.
-¿Vamos?- preguntó Syra airada. Prefería marcharse antes de seguir mencionando una y otra vez la boda.
-Vamos...- asintió Ren, pasando a subir la rampa tras ella. Raven apagó el cigarro, inclinó la cabeza ligeramente a los príncipes y se dispuso a seguirlos.
-Cuida de ella, Raven- pidió Dusk, agarrándole un hombro -Por favor, que no le pase nada. No dudes en... Bueno...-
-Haré lo que sea necesario- aseguró el soldado -Lo que haga falta, sin miramientos- asintió -Os lo prometo, a ambos. Nada le pasará a la princesa mientras yo sea su guardaespaldas-
-Gracias, amigo- sonrió Dusk. Raven le devolvió la sonrisa, un tanto petrificado mirando al mayor. Aquel tono de voz, aquella sonrisa, el llamarle "amigo", lo retrajo a días pasados que no parecía que fueran a volver. La complicidad con Dusk era algo que añoraba justo por debajo de a la propia Syra. Eran felices, todos ellos, en aquellos días. Hasta que el Monstruo lo estropeó todo.

Finalmente la aeronave despegó con gran estruendo, perdiéndose entre el horizonte antes de que los príncipes pudieran fumarse otro cigarrillo. De haber ido en coche, el viaje hubiese durado prácticamente un día entero. Afortunadamente, la vía aerea era mucho más rápida y solo sería cuestión de horas. Además, la aeronave era lo bastante grande como para que la princesa y el heraldo de Munshad no tuvieran que verse las caras en el transcurso del viaje. Solo se trataba de Raven y la princesa, apartados en uno de tantos habitáculos, los únicos que se hacían compañía.
-¿Cómo estáis?- preguntó el hombre, apoyado contra la pared, mirando a la chica.
-¿Cómo crees que estoy?- gruñó -Prefiero no hablar, Raven. El silencio ahora mismo es mi mejor compañía-
-El silencio es una agradable compañía cuando la mente está en paz, princesa. Cuando está envuelta en la oscuridad de los problemas, el silencio es el peor aliado de la mente- sonrió el soldado -Por eso estoy aquí, para daros la murga y no permitiros pensar- la princesa le miró y no supo qué decirle. Odiaba que le hablara pero a su vez era reconfortante. Se encontraba entre dos aguas.
-¿Me estás avisando entonces de que me vas a estar molestando?-
-Durante cada minuto que pasemos en el infierno munshita, sí-
-Iré preparando la horca para cuando volvamos a Solaris capital entonces- suspiró Syra.
-Conforme, siempre que me deis el honor después de ser una bonita alfombra a vuestros pies para seguir molestandoos- era una estupidez, pero aquella despreocupación y descaro de soldado, en vez de irritarla como de costumbre, la hizo soltar una risilla.
-Eres raro hasta decir basta, Raven. Nunca me cansaré de decirlo-
-Ni yo de oiros- ambos se miraron con cierta simpatía. Quizá, comprendió Syra, le iba a venir la mar de bien tener a un apegado guardaespaldas en ese rincón del país al que se dirigían.

Cuando la nave tomó tierra Syra ya se sentía extraña. El piloto avisó por megafonía el momento en que entraron en la región de Munshad y justo en ese instante la princesa ya se había sentido extraña. Aterrizar no lo mejoró, ni mucho menos abrir la rampa para desembarcar. Una densa bruma amenazó con colarse dentro de la nave cuando se abrió al exterior y el frío les heló las carnes a todos los pasajeros. Ren estaba mucho más acostumbrado, por supuesto. La princesa se había cubierto con una capa de piel mientras que Raven lucía la gabardina oficial de la guardia, de color negro, elegante y reconfortantemente abrigada. Al salir fuera, Syra terminó de confirmar sus sensaciones. Había estado en Tarkav días antes con Ren y había visto el deplorable estado de la frontera con Munshad pero no había sentido en absoluto el pavor y el terror que la recorría ahora por dentro. La región, los árboles, la ligera nieve que cubría las calles, la bruma... todo apestaba a muerte, a miedo. Sentía la magia electrificándole la punta de los dedos como si estuviese justo en frente de la misma Acronita. Munshad estaba cargada de un aura poderosa, tanto o incluso más que la de su propio padre, el rey ¿Cómo era posible? ¿De dónde manaba? No imaginó que llegaría a sentir curiosidad por Munshad, pero empezaba a tenerla, dado que aquella cantidad de magia en el ambiente era peligrosa, realmente peligrosa.

La aeronave no los dejó muy apartados de palacio, ya que la ruta estaba bastante bien estudiada por el equipo de pilotos para tampoco llamar demasiado la atención de las masas munshitas que clamarían sangre contra Syra. Ren también dio datos de cómo podrían tomar tierra en la zona privada tras la mansión Bladelyn donde nadie les llamaría la atención, más que la guardia privada de Agro. No obstante, estos soldados se calmaron en cuanto vieron aparecer a Ren y lo custodiaron, junto a sus invitados, hasta la entrada de la mansión. Vista desde fuera ya parecía ser bastante ostentosa, a la par que siniestra, pero fue el interior lo que realmente sobrecogió a Syra y a Raven. Las paredes, los suelos, todo estaba salpicado con baños de colores rojos, dorados y de vez en cuando grises o negros. La apriencia era tétrica, gótica, como de cuento de terror. La princesa apenas podía dar crédito a que hubiese un lugar tan diferente al resto del reino de Solaris. De hecho jamás creyó poder ver algo así con sus propios ojos -Apuesto a que Agro Bladelyn es un vampiro- le susurró Raven cerca del oido.
-Raven...- advirtió la princesa no sin una sonrisilla. Parecía hablerle leido la mente, pues ella estaba pensando lo mismo.
-Cubríos el cuello, princesa- añadió para relajarla aún más, en tono jocoso.
-¿Os divertís?- preguntó Ren, interrumpiéndoles. No oyó lo que decían, pero sí sabía que balbuceaban entre sí. El Maestro y el Bladelyn se miraron con suma intensidad, al borde de las chispas. Allí, en el hall principal, unos miembros del servicio acudieron a llevarse el equipaje a toda velocidad. Dieron la bienvenida a Ren con un respeto similar al miedo, como pudo comprobar Syra. Además eran extraños, oscuros, macilentos, pálidos. Uno de ellos, el que se llevó el equipaje de la princesa, parecía tener heridas algo recientes en la cara ¿A qué se debía aquello? ¿Quizá a las revueltas? -Venid conmigo, sé que aunque no hayamos avisado, ya nos está esperando-
-¿Quién?- preguntó Syra con seriedad.
-Mi padre- declaró Ren con un hilo de temor en la voz.

[Star Wars - Emperor Palpatine Suite]

Desde el propio hall de entrada se extendían unas escaleras a cada lado de una enorme puerta negra que daban al piso superior de la mansión, pero las protagonistas en ese instante fueron las puertas. Ren las abrió no sin cierto esfuerzo, cosa que llamó la atención de la princesa ¿De qué estaban hechas? ¿Eran para proteger a Agro? ¿Y cómo sería ese hombre al que jamás le había puesto cara? Pronto lo sabría, pero antes supo que era de él quien procedía esa macabra oleada de magia negra que había sentido nada mas llegar a Munshad. Su oscura silueta se dibujó al frente de la sala, sentado en un siniestro trono de marmol negro lleno de vetas rojas en lugar de blancas, como si fueran hileras de sangre chorreante a su espalda y bajo sus decrépitas manos. Agro, de figura anciana y un tanto encorvado, lucía una larga túnica negra con una amplia capucha que ensombrecía su rostro. Aún así, conforme Ren los conducía hacia la presencia de su padre, las sombras se disipaban a ojos de Syra y le permitían ver el rostro casi desfigurado de aquel hombre. Sus ojos casi parecían brillar con luz propia pese a parecer ciego, pues carecía completamente de iris y pupila en sus globos oculares -Padre- anunció entonces Ren, hincando rodilla ante el presidente de Munshad. Syra se cuestionó si sería la única en sentir escalofríos, pero percibió por el rabillo del ojo que Raven estaba temblando a su lado. El simple hecho también de ver a Ren clavar la rodilla de esa forma, como si le pesara el cuerpo ante ese hombre demacrado, ya parecía ser una muestra enorme de poder. No imaginó que pese a ser la futura heredera del trono Chrone podría llegar a sentirse tan enormemente indefensa ante una simple persona ¿Pero por qué? Todo de pronto se convortió en una gigantesca incógnita que no sabía por donde comenzar a descifrar.
-Mi hijo, Ren, regresa de las ricas y brillantes tierras de Solaris sin avisar... Qué agradable sorpresa- la voz de Agro sonaba anciana, rasposa, como piedras cayendo por la ladera de una montaña muerta y desgastada. Su voz hacía eco en aquella enorme sala que parecía burlarse de la idea de la sala de un trono. Además, el hecho de no denotar emoción alguna, era también inquietante -La princesa Syra me honra con su... presencia- observó el hombre. Saltaba a la vista que él si conocía su aspecto, tampoco era de extrañar.
-Vengo junto a ella para traer buenas nuevas-
-¿Ah, sí?- el hombre fantasmal se inclinó hacia delante -¿Y qué buenas son esas?-
-Verás...- Ren echó la vista atrás un instante para mirar a Syra, que no podía apartar la mirada de Agro -Tras arduas deliberaciones... el rey Aurum y yo hemos llegado a la conclusión de que, para evitar una sangrienta batalla en que ambos bandos perderian muchas vidas, la princesa Syra y yo, tu hijo, contraeremos matrimonio y uniremos nuestras familias en pos del trono. Reinaremos juntos y de esta forma, evitaremos más derramamiento de sangre. Ambos bandos daremos nuestras manos para poner fin a tantos años de conflicto- tras el anuncio, se hizo el silencio. Agro comenzó a levantarse del trono lentamente, como si el cuerpo le pesara toneladas. Acto seguido, comenzó a caminar lentamente. Al principio parecía que se dirigía hacia Ren y éste bajó la cabeza aún más en señal de sumisión, pero pasó de largo. Se dirigía hacia Syra. Y por la Acronita, verlo tan de cerca provocaría pesadillas a la princesa. Raven intervino sin que ella dijera nada, colocánose entre ella y el extraño y siniestro líder Bladelyn.
-Veo que la princesa de la luz trae a su perro de presa...- comentó Agro sin dejar de mostrar una inquietante sonrisa que heló los huesos a Raven -¿Quiere el perro un hueso que masticar...?-
-Como presidente de una región del gran reino y súbdito de la corona Chrone, mostrará el señor más respeto hacia la princesa- dijo Raven, un tanto perdido. Nunca había llegado a conocer a Agro Bladelyn y no sabía de lo que era capaz. Se sentía desnudo e indefenso.
-¿Has dicho... súbdito...?- al oírle decir aquello, con ese tono, Syra fue la que se interpuso dando un paso al frente y dejando que Raven quedase atrás.
-Hemos venido para anunciar nuestro enlace, no para enfatizar más los enfrentamientos. Da igual ahora mismo todo el protocolo, señor Bladelyn. No haga caso a mi guardaespaldas-
-Ella tiene razón, padre- añadió Ren -No más condlicto, no más discusiones, no más batallas. Por fin se ha acabado-
-Oh, no... Nada ha acabado- aclaró Agro -No hasta que se celebre la boda-
-Aún no tenemos una fecha aclarada- dijo la princesa -Mi padre está algo enfermo y...-
-La aclararemos nosotros- la interrumpió -Como comprenderéis querida princesa, hace días que no sé nada de mi hijo y me temo que mis ansias por conocer los detalles de su estancia allí me impiden quedarme con vos por más tiempo en este momento- estaba mintiendo y Syra lo sabía. No, es que directamente no trataba de ocultar que mentía. Estaba ignorándola deliberadamente. Sólo quería hablar con Ren. Realmente ella esperaba que Agro fuese una persona desagradable siendo el cabecilla de los Bladelyn y la chispa que incendió más que nunca la rebelión munshita pero no esperaba que fuese tan insultante y vanidoso -Ella es Claire- con sus blancas y huesudas manos, señaló hacia las sombras de un rincón. Allí había una joven menos fantasmagórica que Agro, pero igualmente algo oscura. Tenía la mirada cargada de malicia. Había estado observando todo el tiempo y ni siquiera había percibido que estaba allí. Al contrario que Agro o Ren, ella no parecía emanar algún tipo de aura mágica llamativa, para alivio de Syra. Era una chica normal y corriente, pese a su aspecto: cabello negro aparentemente teñido, tez algo pálida, ojos maquillados con ahumados negros y labios igualmente pintados de negro, así como las uñas. Vestía una minifalda negra con una camiseta morada y una chaqueta negra de cuero sobre la misma. Podría haberse considerado que debía estar muriéndose de frío, pero realmente el palacio era muy cálido en el interior. La princesa no pudo evitar considerar que se debiese a la magia de Agro -Os enseñará vuestras habitaciones, perro guardián y señora...-
-Es mi hermana pequeña- agregó Ren, ya que Agro parecía tener prisa por despedir a Syra y Raven de la sala del trono.
-Siento ser la única presente para conoceros. Mi hermano mayor, Jiram, está un poco ocupado- comenzó a reir como si hubiese contado un chiste. Syra miró a Ren pese a estar furiosa con él, porque aquella risa le dio mala espina. Ren miraba al suelo, algo cabizbajo ¿Qué le pasaba ahora a ese tipo? -Venga, venid ambos conmigo. Os enseñaré el camino y cómo poneros cómodos. Lo vais a necesitar- el sonreir hacía que pareciera que sus dientes eran blancos como perlas, al contraste con el negro de sus labios. Syra y Raven comenzaron a seguirla a través de la sala del trono.
-Sed bienvenida, princesa Syra- decía Agro mientras esta y su guardián marchaban -Sentíos como en casa...- concluyó, para pasar a reir luego en baja voz. La chica estaba realmente segura de que se habían metido de lleno en la boca del lobo. La compañía de Raven nunca había resultado, de pronto, tan bienvenida y atesorada.