La sensación de estar sumida en un mar de oscuridad, producto de ensoñaciones, mezclada con la percepción consciente de que la cabeza daba vueltas, evocaba un malestar extraño e incómodo. Quiso salir de aquel estado, alejarse del malestar, pero parecía difícil. Era como correr hacia una meta que, a cada paso que daba, más lejos estabas. Por ello, cuando consiguió abrir los ojos, pensó que aún estaba durmiendo.
El olor a hierba mojada inundó sus pulmones, así como el destello de un sol que se fundía entre distintas formas alargadas en el horizonte, logró que le doliese la vista y parpadease en varias ocasiones antes de darse cuenta de que todo estaba siendo muy real. Lentamente, posó las palmas de las manos sobre la superficie húmeda en la que estaba recostada, tomando impulso para incorporarse un poco. Y de todo lo que pensó que observaría al espabilar, a quien menos esperó fue a Ren. Verle caminar de un lado para otro, distraído, hizo que la princesa diese un respingo hasta quedar sentada sobre el suelo. —Has despertado— dijo el hombre, que ni tan siquiera se había girado para mirarla. Parecía estar absorto en algo.
—¿Qué... qué ha...? —intentó pronunciar la chica. Sentía la lengua pesada y un intenso dolor en la cabeza que la obligó a llevarse la mano a la frente para acariciarla.
—Un fenómeno, o como se llame —respondió sin inmutarse.
—¿Cómo? —. De repente, todos los recuerdos se agolparon en la mente de Syra. Recordó el frenazo, la vibración de la tierra bajo sus pies, la neblina translúcida y las luces azules. —No... no puede ser —murmuró. —¿Donde está el coche? ¿Donde están los demás? —preguntó acelerada, aunque aún aturdida.
—No tengo ni la menor idea —. Esta vez se giró y la contempló desde su posición.
—Pero...¿Como hemos...? ¿Donde estamos? —volvió a preguntar la chica. Se puso en pie con rapidez, amenazando con tropezarse un par de veces. Sin embargo, contuvo la caída. Su mirada estaba puesta en los ojos del hombre, quien por unos segundos, se demoró en contestar.
—Estamos cerca de Thaned —confirmó finalmente.
—¿Thaned? —Syra entrecerró los ojos. Hizo acopio de recuerdos de estudios, nociones básicas de geografía. Por supuesto que sabía donde estaba la ciudad de Thaned, pero era tan imposible que estuviesen tan lejos de Solaris, que por un momento pensó que se estaba equivocando al ubicar la ciudad tan cerca a la región de Munshad. —Es... es imposible.
—Lo es —confirmó. —Y sin embargo estamos aquí, no me cabe duda.
—¿Como lo sabes? —quiso saber, angustiada.
—¿Ves estos árboles? —señaló hacia todos los que los rodeaban. La princesa los observó detenidamente, para comprobar que, sin lugar a dudas, estaban en un bosque. Uno tan oscuro y con tanto espesor, que apenas podía comprobar que había más allá. —Los he visto en Munshad. Soportan climas muy fríos, justo lo que hace aquí ahora mismo —explicó. No le faltaba razón, pues la temperatura estaba por debajo de lo normal. —Y sé que estamos en Thaned porque Munshad compra las semillas en esta zona. Aquí crecen bien, con fuerza. Dan piñas que en el mercado se venden a precios bastante altos —añadió. —Estoy seguro.
—¿Pero... como es posible?
—¿Me lo preguntas a mi? —se mofó. —No soy yo quien tiene la habilidad de cambiar las cosas de sitio —recordó, refiriéndose a ella. Por primera vez en su vida, Syra se sintió expuesta con respecto a sus habilidades. Que la familia Chrone era poderosa, es algo que todo el mundo sabía. Pero que la señalasen por las exactas habilidades que podía llegar a usar hizo que se sintiese casi desnuda.
—Yo no he hecho nada de esto —alegó con rotundidad.
—No he dicho que hayas hecho esto. Sólo digo que, de alguna forma, hemos acabado a kilómetros de distancia de donde estábamos. Y que, sea lo que sea, es algo que es capaz de cambiar el tiempo y el espacio a su antojo.
—La Acronita —murmuró la chica. Su voz sonó tan baja e insegura, que Ren no se aventuró bombardearla de preguntas. —La Acronita es la única fuente capaz de hacer algo así.
—¿Y por qué lo haría?
—No lo sé —insistió, ofuscada. Aquella situación importaba mucho a la chica, pues en lo personal, sentía que era algo que debía estar bajo su control y no estaba ocurriendo así. Rápidamente, recordó que aún podían contar con una baza a su favor. Llevó a las manos a sus caderas y las palpó, cayendo en la cuenta de que no llevaba su teléfono móvil encima. Por lo general, nunca lo hacía. Alguien lo llevaba siempre por ella y aquel día, estaba segura de haberlo dejado en el coche. Miró al suelo con desesperación, pero ni rastro del aparato.
—Si estás buscando un teléfono, tengo el mío y no funciona —informó. El chico echó la mano al interior de su chaqueta y lo extrajo, para mostrar como no respondía a nada que le ordenase. —Parece que se ha fundido. El viaje lo ha debido estropear —pensó.
—Maldita sea...— De repente, sintió un escalofrío que recorrió toda su espalda. Se cruzó de brazos para apaciguar el frío que empezaba a sentir, cada vez con más intensidad, conforme el sol descendía frente a sus narices.
—Salgamos de aquí —dijo el hombre, sin más, comenzando a andar. La falta de emoción con la que parecía actuar en su día a día, en aquel preciso instante, la sulfuró. Parecía no importarle nada de lo que ocurría. ¿A caso no tenía miedo? ¿No se preocupaba por sí mismo? Incapaz de rebatir su actitud, la princesa se apresuró en seguir sus pasos. Al fin y al cabo, ella estaba más perdida que él.
Apenas pasó una hora cuando el sol desapareció, y con ello, las primeras estrellas comenzaron a brillar sobre sus cabezas. El brillo de la luna, ténue, amenazaba con el anuncio de una noche larga. Poco a poco, la oscuridad comenzó a cernirse sobre la chica y el muchacho, de forma que el ambiente se tornaba cada vez más sombrío y desazonador.
Conforme Syra caminaba, los tacones de sus elegantes zapatos se hundían en la tierra húmeda. Fueron un par de veces las que por poco la hicieron caer al suelo, ya que se quedaban estancados a cada paso. De forma que, frustrada, acabó quitándoselos con visible enfado. —Mierda—gruñó, tomándolos en una mano y retomando el paso.
—De verdad que no entiendo la utilidad que tienen algunas prendas que vestís las mujeres —dijo Ren.
—Oh, perdone, no sabía que las mujeres no nos damos cuenta de lo incómodo que es a veces aparentar buena imagen —respondió irónica.
—Una vez más la imagen, el qué dirán... —recordó.
—¿Sabes que diría la gente si me presentase en zapatos cómodos a cualquier evento? —preguntó airada. —Seguro que algo así como... que la princesa no tiene gusto al vestir, o que sufre una enorme dolencia en los pies que acabará con el reinado. O no, peor aún, que tiene unos pies horribles que ocultar —. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, solo de imaginarlo.
—Qué estupidez —. Ante aquel comentario, Syra le echó encima una mirada aburrida.
—Ojalá pudiera vestir como yo quisiera —confesó. —Ésta ropa ni si quiera la he escogido yo —se señaló. El conjunto de camisa de rayas lavanda y falda de tubo con motivos florales era ideal, pero incómodo.
—Tienes quejas de niña adinerada.
—Y tú comentarios de niño malcriado —le rebatió, haciendo que el hombre se callase. Sin embargo, la chica no sintió que su silencio fuese debido a que le había dejado sin argumentos, sino que, más bien, no le apetecía hablar más. ¿Y como no sentirse superior a ella? Ahora que se había quitado los zapatos de tacón, la imponencia del hombre parecía haber aumentado. Era un hombre alto, de eso no cabía duda, sólo que ahora la altura de la princesa llegaba a su pecho. Sólo de pensarlo, se sintió increíblemente pequeña.
Por suerte, sus pensamientos se vieron rápidamente disipados ante un movimiento extraño que el hombre hacía con la mano. Se la llevaba constantemente a la cara, manchándosela de sangre. —¿Estás herido? —le preguntó, colocándose frente a él y deteniendo su paso. Ren tenía una melena frondosa y oscura que normalmente llevaba bien peinada, pero debido a la humedad del bosque, los cabellos se le habían alisado y apegotonado al rededor de la cara, consiguiendo que la chica no hubiese reparado hasta aquel momento en una herida vertical que bajaba desde el párpado hasta su mejilla. No parecía demasiado grande ni grave, pero sí lo suficientemente profunda como para que estuviese desprendiendo algunas gotas de sangre. —¿Cómo te has hecho eso?
—Debí haberme dado contra algo al llegar aquí —dijo sin más, restando importancia. —No es nada. —aseguró, retomando el camino. Syra no dijo ni hizo nada. Era mejor así.
Cuando la oscuridad fue tan grande que ver lo que había frente a sus narices empezó a ser imposible, Ren detuvo el paso. Hacía demasiado frío y Syra temblaba por ello. Además, ni si quiera estaban seguros de caminar en el sentido correcto desde que se fue el sol, pero ninguno comentó nada al respecto. —Deberíamos parar —sugirió.
—Si paramos tardaremos más en salir de aquí —comentó la chica, abriendo los brazos.
—¿De verdad crees que vamos a salir de aquí si no somos capaces de ver nada? —recordó. —Es inútil y no haremos más que cansarnos. Debemos esperar a que vuelva a salir el sol para continuar.
—¿Me estás diciendo que pasemos la noche en saben los dioses donde, a la intemperie? —preguntó, sin obtener respuesta alguna. Era obvia la respuesta y Syra sabía que, en realidad, a Ren no le faltaba razón.
—Sigue tú sola si quieres. Yo me quedo aquí —terminó por decir, comenzando a buscar un lugar idóneo para descansar. La princesa le miró cansada. Estaba claro que no quería quedarse sola, de modo que no le quedaba otra opción que acogerse al plan propuesto.
Siguió al munshita, y entre ambos, consiguieron encontrar un lugar donde había diversas piedras y ramas lo suficientemente anchas como para usarlas de asiento. Ren comenzó a buscar algunas ramas mientras que Syra recolectó pequeñas piedrecitas que consideró idóneas para retener un pequeño fuego que los calentase. Cuando tuvieron las suficientes, las amontonaron en un lugar concreto hasta que el conjunto tomó forma de hoguera, aún apagada.
—Yo me encargo —intervino la chica, colocando sus manos sobre las ramas tras arrodillarse junto al sitio. Hacer fuego con magia era algo fácil. Al fin y al cabo, era algo tan básico que cualquiera con aptitudes podría llegar a hacerlo. Y sin embargo... no pudo. —Pero ¿Qué ocurre ahora?
—¿No puedes?
—Debería poder, pero no se que pasa. Será la humedad de este sitio o... quizás no hay forma aquí de... —Syra no tuvo tiempo de terminar de excusar su incompetencia. El hombre acabó arrodillándose también, y tomando dos piedras, comenzó a golpearlas entre sí para que soltasen chispas. —Lo siento— murmuró impotente, sobre todo al comprobar que la tarea estaba siendo difícil. Definitivamente, hacía demasiada humedad. Los cabellos de la chica ya se habían pegado a sus mejillas, y la ropa estaba tan húmeda que se empezaba a sentir sucia.
—Ya está —. Finalmente, las chispas aparecieron y se integraron con las ramas, de forma que el humo poco a poco comenzó a emanar, y tras él, ligeras llamas danzantes iluminaron la zona y aportaron calidez a los dos. Sin embargo, la heredera no pudo sonreír ante el logro. Estaba cansada y abatida, viviendo, con total seguridad, la peor noche de su vida.
En silencio, Ren comenzó a descansar. Se sentó frente a la hoguera y acercó las manos para calentarlas. Al verle, la princesa hizo lo mismo, sólo que al hacerlo sintió un agudo dolor en la planta de los pies. Levantó uno de ellos para comprobar, con desesperación que estaba lleno de heridas. El andar descalza por el bosque había provocado que se cortase con ramas y se hincase alguna que otra piedrecita. Además de eso, las medias estaban hechas un desastre, llena de carreras y rajas. —Auch —se quejó la chica, apartando un pedacito de rama del pie.
—Vamos, no iras a decir que te duelen unos cuantos cortes ¿Verdad? Has tenido peores heridas antes —dijo el hombre, sobresaltándola.
—¿Por qué dices eso?
—La forma en la que me atacaste el otro día denota que has sido entrenada desde muy joven —respondió. No le faltaba razón.
—Mis hermanos y yo fuimos entrenados todos a la vez. No sólo somos gobernantes, también somos guerreros que debemos defendernos a nosotros y al reino de cualquier amenaza. Aunque la amenaza sea un enviado que viene a dialogar —bromeó.
—Pero ¿Por que entrenar de la misma forma a la heredera que al Capitán de la Guardia y al Capitán de Inteligencia? —preguntó refiriéndose a Dusk y Iran, respectivamente. —Está claro que ellos necesitan formación física, pero la reina... ¿Por qué? —Syra le miró sin saber cómo responder. ¿Debía contarle información privada al que era, a todas luces, su enemigo? ¿Y que daño podría hacer esa información?
—Cuando era pequeña, no estaba claro quien de los tres iba a heredar la corona de mi padre —comenzó a decir, alejando las dudas de su cabeza. Sentía ganas de hablar, de dejar las tensiones a un lado y sentirse acompañada aquella noche. —Los Chrone no eligen a sus herederos en función de quien sea más mayor o más experto entre los hermanos. La elección queda a manos de la Acronita —confesó. Ren la miraba fijamente, sin preguntar nada. —La Acronita es la fuente de poder de todo el reino, como ya sabes. Toda la magia que hay, incluso en cualquier persona, nace de la piedra. Y somos los Chrone los que estamos destinados a custodiarla y alejarla de las manos equivocadas, por eso reinamos. Pero no todos tienen el auténtico poder que la Acronita puede llegar a proporcionar, porque ésta elige a quien se lo da —suspiró. —Desde hace eones, los futuros reyes se someten a la piedra para que ésta otorgue su poder a alguien. Se supone que ese poder es heredado a quien muestre las mejores aptitudes para gestionar la magia, y por ende, para reinar.
—Así que usáis la lógica de que si alguien es digo de tener un poder inconmensurable, lo es también para gobernar a todo un reino.
—Algo así —dijo de forma triste.
—Y la Acronita te eligió a ti —añadió Ren, dando pie a que la chica siguiese hablando.
—Así es. Fue cuando tenía unos quince años. Hasta entonces mi formación y mi entrenamiento había sido el mismo que el de mis hermanos. La verdad es que todos pensábamos que la Acronita elegiría a Dusk, porque, además de ser el mayor y más experto, es muy metódico y responsable. Yo estaba segura de que sería Capitana de la Guardia —soltó una pequeña risa. —De pequeña me dibujaba a mi misma, con una enorme armadura y una espada que emitía destellos plateados. Me gustaba la idea —recordó. —La verdad es que a todos nos tomó por sorpresa, pero a la vez lo aceptamos. Yo dejé de los entrenamientos y me concentré en estudiar, estudiar y estudiar, además de trabajar codo con codo con mi padre.
—¿Él aún tiene el poder de la Acronita?
—Sí —confirmó de forma triste. —Ojalá hubiese dejado de tenerlo cuando yo lo heredé. Quizá los problemas se hubiesen revertido.
—¿Qué problemas?
—El poder tiene un precio —le miró fijamente. —No es un regalo, es un deber castigado. Usarlo conlleva un enorme desgaste, sobre todo si es usado de forma desmedida. Y mi padre ahora está pagando ese precio.
—¿Por eso está enfermo? ¿Qué hizo?
—Salvarme —dijo con rotundidad. —Y peferiría no hablar de eso —informó, acariciándose el pie herido. Ren respetó aquella decisión, puesto que no preguntó más al respecto. Sin embargo, no pareció desear cesar de obtener información.
—Entonces el poder que la Acronita cede al elegido es... ¿Un control del tiempo? Antes, en Glamora, reconstruiste un edificio entero de forma que todo parecía moverse hacia atrás.
—Es algo así. Puedo controlar el espacio y el tiempo, por eso diría que lo que nos ha pasado tiene algo que ver con la Acronita. Sin embargo, no se qué puede ser. Nunca había pasado antes. Cuando vuelva a palacio, buscaré libros de antecesores en la línea de los Chrone para saber si alguno puede tratar de algo parecido, pero... Algo me dice que no va a ser tan sencillo. —se mordió el labio inferior. —Es como si... estuviese intentando avisarme de algo —murmuró, envuelta en pensamientos.
—Tienes muchos problemas, princesa —terminó por decir el hombre. Syra no supo si aquello lo dijo con mala intención o no, si era una amenaza y un recordatorio de que su propia presencia era un recuerdo de una guerra, o si simplemente lo dijo para quitar peso al asunto. Lo cierto era que, a aquellas alturas de la noche, le daba igual. Le sonrió y lo dejó estar.
El dolor en los pies volvió a atenazarle por unos instantes, de forma que, disimuladamente, posó su mano sobre las heridas. Se concentró en sanar el dolor durante unos segundos, y cuando se fijó, contempló que todo seguía igual. —Pero ¿Qué? — Ren la miró sin comprender. Syra volvió a intentarlo y una vez más no ocurrió nada. —No puede ser —. Sin previo aviso, se acercó a Ren y extendió su mano hasta colocarla en su mejilla, sobre la herida. El hombre no pudo ocultar la confusión pero la chica no le prestó atención. Apenas fueron unos segundos, pero parecieron una eternidad. Cuando apartó su mano, comprendió que algo no estaba funcionando bien.
—¿Qué has hecho?
—Pero ¿Como es posible? —se preguntó, mirándose la palma de la mano.
—¿Has intentado curarme? ¿Puedes sanar? —preguntó sorprendido. Syra se había delatado así misma, pero todo estaba siendo tan complicado, que le dio igual.
—Mi magia no funciona. No es la humedad, ni el ambiente. Soy yo... no sale magia de mi —confirmó preocupada. Ren se apartó, incómodo.
—Debe ser a causa del fenómeno.
—Pero ¿Por qué? Por todos los dioses, esto empieza a ser una locura —murmuró, regresando a su sitio.
—Descansa. Quizás así vuelvas a tener tu preciado poder —comentó con desinterés el hombre, quien por su parte, se echó sobre el tronco en el que estaba sentado.
—¿Qué? Espera ¿Vas a dormir? ¿Así como así?
—Voy a descansar.
—¿Como puedes hacerlo? Estamos perdidos —preguntó consternada. Sin embargo, el joven la ignoró. Cerró los ojos y colocó sus manos bajo su cabeza, boca arriba. Frustrada, Syra acabó dándole la espalda. Se sentó mirando hacia atrás y colocando los codos sobre sus rodillas. Frotó su cara con las manos, que estaban tan sucias, que se dio asco así misma. No es que tuviese ganas de llorar, pero sí hubiese deseado desahogarse con alguien, un ser querido... o su padre. Todo estaba yendo tan mal...
De forma inesperada, sintió calidez en su espalda. Ahora vestía una chaqueta negra y elegante, la chaqueta de Ren. No le dio tiempo a darle las gracias por el gesto, puesto que el hombre se apartó al instante y regresó a su lugar. Hacía tanta humedad, y tenían la ropa tan pegada, que aquel gesto acabaría perjudicando al joven de alguna manera. Pero, al fin y al cabo, era ella quien llevaba la ropa menos cálida.
No se dijeron nada el resto de la noche. Syra se aferró a la chaqueta, resguardándose en ella y percibiendo un olor, que poco a poco, empezaba a ser familiar.
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