lunes, 17 de febrero de 2020

Pegar ojo había sido imposible aquella noche y la posterior. Y quizá por ello, su caligrafía sobre el cuaderno estaba siendo un absoluto desastre, llena de borrones y rayas que pretendían tachar palabras que ya no servían de nada. De alguna manera, la enorme cantidad de incertidumbres empezaban a agolparse en la cabeza de la princesa de forma que hasta el más sagrado de sus descansos fueron capaces de quebrar. Y ahora que debía dar lo mejor de sí, su confianza en sí misma empezaba a traicionarla.

Aurum seguía enfermo, de forma que el papeleo se seguía acumulando sobre la mesa, así como las responsabilidades y las exigencias que la futura reina debía asumir en ausencia de su padre. Sin embargo, todo estaba siendo tan difícil... que llegó a preguntarse si la Acronita había elegido bien. El teléfono sonaba a veces, mientras que otras tantas los encargados acudían al despacho del rey para informar de noticias o encargar nuevas tareas a la chica. Pensó que, si seguía allí encerrada un día más, acabaría volviéndose loca. Y por ello, decidió actuar.

...

A la mañana siguiente, Syra esperaba paciente, sentada en el sillón y ojeando una carpeta donde había una serie de papeles que miraba con atención. Había hecho llamar a sus hermanos, con la esperanza de ser tomada en consideración al menos aquel día. Y tal y como esperó, Iran y Dusk no tardaron en llegar. 
Los hermanos aparecieron en el despacho con aspecto despreocupado. Iban vestidos con ropajes cómodos, dado que no tenían planes de hacer ningún acto público. Trajeron consigo un profundo olor a tabaco que inundó toda la sala. De seguro, habían pasado un buen rato fumando en la planta más alta de palacio, donde quedaban las aeronaves reales. — Algún día tendréis que dejar esa costumbre tan fea.—saludó la chica.
—¿Has visto, Dusk? Unos días ejerciendo como reina y ya se cree en la potestad de decirnos qué hacer —se burló el mediano.
—Pero es verdad. A saber qué clase de consecuencias van a tener vuestros pulmones —les señaló la chica con un dedo.
—¿Hemos venido sólo para hablar de nuestra salud? —preguntó con sorna el mayor. —Porque para reprimendas ya tengo a Keira, y te aseguro que sus advertencias pueden llegar a ser más amenazantes que las tuyas.
—No, no habéis venido por eso. Haced lo que queráis con vuestros cuerpos, pero a este paso no os puedo prometer un funeral bonito. ¿Qué diré ese día? ¿Que mis hermanos murieron por un vicio tan antiguo como el de tomar opio? No queda bonito en un funeral real —se quejó. Iran y Dusk se miraron con la boca abierta e intención de seguir con la burla. Sin embargo, fueron interrumpidos por una nueva llegada. Una que no esperaron ni por asomo, pues a sus espaldas, Ren Bladelyn se adentró en el despacho para ocupar un lugar junto a ellos.
—¿Qué hace este aquí? —preguntó Dusk de mala gana.
—Le he hecho llamar —confesó Syra, sin darle mayor importancia. Acto seguido se puso en pie, con la carpeta en la mano.
—¿Por qué? Pensaba que íbamos a tratar un asunto de Solaris —Iran no pudo evitar lanzarle una mirada fría y calculadora al recién llegado, quien no hizo otra cosa que cruzarse de brazos y alzar el mentón con desinterés.
—Y eso haremos. Pero le he pedido a Ren que nos acompañe en la tarea —explicó. Rodeando el escritorio, se acercó a los hombres. Extendió los papeles hasta que ellos lo tomaron. Lo que pudieron  ver fue una serie de fotografías, nombres de lugares y de personas. —Vamos a ir a visitar estos lugares. Hoy mismo —añadió. —Eso que veis son hogares, comercios y lugares tan importantes como hospitales y orfanatos. Quedaron destrozados después de las sacudidas del otro día.  
—¿Sabéis ya qué las provocó? —preguntó Ren, sin mirar en ningún momento a los prínicpes, sino a Syra.
—No —respondió la chica con vergüenza.
—Ilumínanos, Bladelyn —le provocó el mediano. —Al fin y al cabo, el cielo nunca se había abierto hasta que apareciste.
—¿Me estás culpando? —preguntó el invitado, con una mueca de fanfarronería en el rostro.
—Nadie te está culpando, Ren —intervino la chica, lazando una mirada severa a su hermano. —Pero dados los acontecimientos, todo Solaris culpa a esta situación de lo que ha ocurrido. Y con esta situación me refiero a nosotros, todos. —carraspeó. —Hay agitación porque nadie sabe sobre qué estamos negociando y de qué forma lo estamos haciendo. Por otro lado, las grabaciones que salieron de palacio no han hecho otra cosa que provocar la histeria en todos cuantos confiaban en que Ren había venido a palacio de forma pacífica. 
—Sí, ya. Otra gran casualidad. Una filtración, nunca vista en esta casa y que nos culpa a los tres de sembrar una guerra —murmuró Dusk. Syra puso los ojos en blanco.
—El caso es que ante tanto revuelo, no se me ocurre otra cosa que calmar a las masas. Hace bastante tiempo que no aparecemos de forma pública en el reino y creo que deberíamos haberlo hecho antes, en cuanto las negociaciones empezaron.
—Quizá las negociaciones deberían haber terminado antes —gruñó Iran, con una indirecta.
—Las negociaciones no podrán reanudar hasta que nuestro padre no pueda salir de la cama, así me lo ha hecho saber —recordó. —Así que si Ren no tiene inconveniente en esperar unos días y vosotros en colaborar... —soltó aire. —Intentemos comenzar a enmendar los problemas. 
—¿Qué propones que hagamos? —Dusk se cruzó de brazos.
—Tú y Iran iréis a los tres lugares que aparecen en vuestro dossier. Hoy mismo. Podéis tomaros el tiempo que necesitéis para prepararos pero necesito que se haga hoy mismo —apuntilló. —Actuaréis como de costumbre y procuraréis calmar los ánimos. Responderéis a todas las preguntas que os hagan sobre la situación en palacio de la forma más adecuada posible ¿Entendido? —Iran chasqueó con la lengua. —Ren y yo haremos lo mismo.
—¿Tú vas a ir sola con éste? —Dusk le señaló.
—¿Algún problema?
—No me fío —Ren reprimió una carcajada ante aquel comentario tan poco sutil.
—Si os dejo a alguno de los dos con él, temo que agravéis la situación en vez de mejorarla. Además, creo que soy la más indicada para aparecer en público con él. No me va a hacer daño —aseguró. Se atrevió a mirar al Bladelyn, quien no negó la afirmación. 
—¿Y qué diremos sobre lo que le pasó al cielo? —preguntó Iran, impaciente.
—Diremos que seguimos trabajando en descubrir qué paso. Por el momento solo estamos barajando un... movimiento de placas sísmico con... una tormenta más violenta de lo normal.
—Eso no se lo va a tragar nadie.
—¿Tenéis algo mejor que contarle a la gente? Porque os juro que llevo días dándole vueltas y no encuentro nada —gruñó la chica, comenzando a demostrar la poca paciencia que le quedaba. Prestó unos segundos, esperando respuestas. Y al no encontrarlas, suspiró. —Nada ¿Verdad? —se cruzó de brazos. —Pues, si no tenéis nada que objetar... Pongámonos en marcha. Recordad que todo cuanto tenéis que transmitir es tranquilidad y solidaridad con lo que está pasando. ¿Entendido? Y decidle a Raven que prepare nuestro coche. Vendrá con nosotros también. 
—Que sí, que sí —gruñeron los príncipes, justo antes de marcharse, no sin antes lanzar miradas amenazantes a Ren.

Cuando ambos se quedaron solos, la paz pareció instaurarse, al menos de forma acotada a las paredes de aquel despacho. Princesa y munshita se miraron, de nuevo, de forma muy parecida a la que lo hicieron aquella noche en el Santuario. Syra no había olvidado como el hombre se había mostrado de forma distinta ante ella de cómo lo hacía con normalidad, cada día que vivía allí, con ellos. Odiaba admitirlo, pero, empezaba a contemplar a Ren como a un niño incomprendido en vez de al monstruo negociador que, quizás los Bladelyn, se habían empeñado en mostrar. 
—¿Por qué queréis que vaya vos? —preguntó entonces. De alguna forma, la chica sabía que se lo preguntaría. Si algo empezaba a comprender de él, aparte de lo demás, es que era increíblemente curioso.
—Porque quiero que arregles lo que has estropeado, ya lo dije antes. — recordó. 
—Pensaba que no me culpabais —repitió con sorna.
—En el fondo sabes que sí, pero admitirlo delante de mis hermanos solo provocaría que los planes para hoy se estropeasen —confesó.  —Y no me malinterpretes. No te culpo de que la tierra se sacudiera, te culpo de los pensamientos que la gente de Solaris esté teniendo para con nosotros. Así que como has sido tú quien ha provocado éste revuelo, tú me ayudarás a calmarlos —insistió, apoyando su trasero contra el escritorio y dejándose caer. Tenía que admitir que, cuando hablaba así, se recordaba a su padre. El tono autoritario, la confianza al hablar... De alguna manera, las lecciones empezaban a dar sus frutos. —Ah, y trátame como una igual. Si nos hablamos con normalidad se creará una imagen de... confianza, por así decirlo.
—¿Por qué todo cuanto os preocupa es la opinión pública? —preguntó con el ceño fruncido. —Desde que he llegado no te he oído hablar de otra cosa. ¿Es lo único que te preocupa? ¿Lo que la gente piense de ti?
—Como heredera, me debo a Solaris. ¿Que hay de extraño?
—¿Y te debes a la gente mostrándote como una princesa ideal, que suscite el interés en la ciudadanía sólo por las apariencias? —Syra entrecerró los ojos.
—¿A donde quieres llegar?
—A que estás aquí, sentada en el sillón, firmando papeles y ordenando a tus hermanos a parecer soberanos ideales y educados —la señaló. —Pero no estás con Solaris.
—¿Como te atreves a afirmar eso?
—Salta a la vista. Tu única preocupación como reina está en que no te salten encima —alegó. —¿Qué temes? ¿Que la gente se subleve y os robe vuestro preciado poder?
—Te estás equivocando conmigo, Ren.
—¿De verdad? —sonrió. —Demuéstralo después, a donde sea que vayamos. Demuéstrame que te interesa algo más que las apariencias, que te preocupa lo que ocurra día a día en Solaris.
—Yo a ti no te tengo que demostrar nada —gruñó.
—A mi quizás no, pero... ¿Y a la gente? —preguntó de forma retórica, retrocediendo hasta tomar el pomo de la puerta. —Al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay? Tú misma lo has dicho. Te debes a los demás —terminó por decir. Y sin pronunciar más palabra alguna, desapareció para comenzar a prepararse, dejando a la chica sola.

Syra, por unos momentos, se quedó en silencio. Y cuando sus nervios se rompieron, dio un porrazo contra la mesa que hizo volar unos cuantos papeles de la montaña que acumulaba. Ese Ren... la sacaba de sus casillas.

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