El ajetreo en palacio era abrumador para tratarse de un día ordinario.
El Rey Aurum se encontraba en su habitación, una estancia espaciosa y bien iluminada, decorada de forma exquisita con los colores de la bandera y escudo de Chrone. Mientras se miraba en un espejo vertical colocado junto a un gran ventanal, un par de sirvientes, profesionales de la costura, le engalanaban con detalles elegantes sus ropajes oficiales. Su hija, la princesa Syra, estudiaba con detenimiento el proceso desde una esquina, sentada en un sillón con un libro en el regazo.
— ¿Qué tal? ¿Demasiado formal? ¿Demasiado serio? —preguntó el rey, mientras observaba como los hombres que le acompañaban iban colocando de uno de uno diferentes emblemas en el bolsillo de su chaqueta.
— ¿Demasiado... preocupado por el qué dirán? —contestó ella, con sorna. —Es solo una pequeña ceremonia, nada que deba preocuparte. Dusk se encargará de la mayor parte y, al medio día, volveremos al trabajo. —añadió.
—Un rey siempre debe dar buena impresión, sea la ocasión que sea, en cualquier momento —comentó, sonriendo amablemente a sus hombres, que acababan de terminar de prepaparle.
—Te preocupas demasiado por las cámaras.
—Cada pequeño detalle cuenta, aunque aún no te hayas dado cuenta —la reprendió con ternura, mirándola a través de su reflejo en el espejo. Syra ya había cerrado el libro y se había puesto en pie, de forma que, cuando el rey se dio la vuelta, la tenía frente a él. Extendió sus manos para coger las de ella, sujetándolas con firmeza. Su hija, que media poco menos que él, había crecido tanto que le costaba reconocerla a veces. El destino de Solaris se dibujaba frente a sus ojos y aún le costaba aceptarlo, después de todo. —Fíjate bien en como lo hace tu hermano hoy. Serán varias las ceremonias de ascenso que tendrás que presidir junto a él a partir de ahora.
—Que sí, que ya lo sé —suspiró la chica.
—Sonríe en todo momento. Las sonrisas denotan bienestar y falta de problemas. Si en algún momento no sonríes, la gente empezará a preguntarse cosas. Suena estúpido pero así funcionan las comunidades. —prosiguió.
La puerta resonó tras ser aporreada un par de veces. Una vez fue abierta, una sirvienta asomó el rostro para anunciar que todo estaba listo. En su interior, Syra agradeció tal interrupción, pues conocía a su padre lo suficiente como para saber que podría haber perdido un par de horas más enumerando lecciones, una tras otra, y sin descanso. El rey Aurum lo tenía todo controlado. Todo, menos el tiempo.
En el patio trasero de palacio, donde un enorme jardín, cuidado y floreciente cubría todo el área, estaba ya todo dispuesto. Un enorme grupo de soldados vestidos con uniformes elegantes habían tomado asiento en los numerosos bancos dispuestos frente a un enorme templete de columnas de mármol blanco, rodeadas de rosales que crecían en una espiral perfectamente simétrica. Dusk, el hijo mayor del rey, ya se hallaba en el interior del mismo. Sobre sus ropajes lucía una capa discreta y lujosa, que dejaba entrever la espada real colgada en el cinto. Su pose era tan solemne, tan señorial, que Syra sintió remordimientos al verle, como de costumbre.
Los solados, al ver como el rey y su hija se acercaban, se pusieron en pie y agacharon el rostro en señal de saludo solemne. Aurum empezó a saludarles casi de uno en uno, y eso que eran más de cien. La princesa, por su parte, se acercó a su hermano. Un abrazo pequeño y cordial fue suficiente para provocar una sonrisa en ambos, cómplice, como siempre lo habían sido.
—Hacía días que no te veía por aquí —aseguró ella.
—Las agendas están muy ocupadas ahora mismo—respondió él, mirando al frente. Sus cabellos rubios y rizados brillaban al sol, dándole un aspecto dorado a su imagen que, de seguro, atraería a todas las cámaras. Syra lanzó su vista al fondo, más allá de los soldados, hasta que pudo verles. Un par de periodistas, discretos y profesionales. Les conocía desde hacía bastante tiempo, pues pertenecían a prensa oficial con permisos suficientes como para presenciar momentos como aquel. —¿Todo bien por aquí?
—Sí. Padre sigue con lo de siempre. Trabajos durante la mañana y lecciones durante la tarde —comentó con cansancio.
—Lo que te espera... —se burló Dusk. Syra le propinó un codazo amistoso, el cual fue captado por las cámaras de los periodistas. Aunque discretos, estaban atentos a todo, obviamente. —¿Has visto? Mañana ocuparemos una columna. ¿Qué dirán?
—Los hijos del rey se aún se pelean en la veintena —sugirió la chica, fingiendo una voz masculina y teatral.
— ¿Veintena? Habla por ti.
—Oh, cierto. Olvidaba que ya te tiñes las canas.
—¿De verdad quieres que ocupemos una portada completa en vez de una columna, hermanita?
—Eso enorgullecería a padre, seguro. —Dusk miró de reojo a su hermana y ésta hizo lo mismo. Los recuerdos de una niñez dulce se agolparon todos a la vez en la mente de la chica. Cuan lejos quedaban esos tiempos ya.
—Bueno, aquí están mis hijos —sonrió el rey mientras subía por los escalones del templete, con un rostro alegre y rebosante de energía. Nadie podía decir que a Aurum no le gustaba ocupar su posición. —Venga, venga. Empecemos ya.
Cuando el rey se colocó entre sus dos hijos, los dos soldados que hasta entonces habían estado custodiando el templete, ajeno a los demás, marcharon hacia el interior de palacio. Eran los dos únicos soldados que vestían el uniforme de milicia y no el ceremonial, lo que indicaban que aquel día formaban parte del evento como empleados y no como invitados.
El silencio se hizo en el lugar, hasta que, al final del jardín, ambos soldados aparecieron, acompañado a un hombre. Se trataba de un veterano de la Guardia al que Syra apenas conocía, dado que no solía intercambiar palabras con la milicia real. Sin embargo, sabía que sus proezas y su dedicación a la labor que le ocupaban habían conseguido que el príncipe Dusk le eligiera como Maestro de la Guardia Real, dado que el anterior hacía unos meses que se había retirado. A la princesa, las normas sobre la milicia la aburrían. Estudiaba tantas cosas en su vida diaria, que sintió como algo normal repudiar algunas de las cosas importantes que debía saber, de forma que, del Maestro de la Guardia Real, sólo podía decir que era alguien que portaba un titulo honorifico superior dentro de la enorme escala que ordenaba a todos los componentes de la milicia, justo por debajo de su hermano Dusk, el Capitán.
Cuando el hombre elegido se acercó, en su rostro los presentes pudieron observar todo menos alegría. Parecía obnubilado, quizás abrumado por la situación. Cualquiera, en aquel momento, diría que no deseaba ascender. El hombre no hacía más que mirar a la princesa, de forma constante y sin pestañear, cosa que la inquietó de sobremanera. Los segundos pasaron y el soldado no cambió su posición. Nadie supo qué decir ante tal comportamiento, ni si quiera el rey, quien, sorprendido, frunció el ceño al sentir que algo escapaba de su absoluto control. Dusk carraspeó, llamando la atención del soldado elegido, consiguiendo que apartase su mirada de Syra y la colocase donde debía estar, posada en su superior. Tembloroso, hincó una rodilla en el suelo y agachó el rostro.
— Raven Garland, soldado de la Guardia Real de su Majestad el Rey Aurum— le nombró Dusk. — Veintitrés años de servicio y dedicación, con méritos tales como participación en el gran incendio de los Bosques de Caleris a los dieciocho años, labores humanitarias tras el terremoto al sur de la capital a los veinte años, intervención y cooperación en las revueltas de Munshad en pos de sembrar la paz, así como dirección de tropas militares en dicha misión a los veintiocho años, además anteposición de la vida propia ante la de un compañero en peligro en posteriores contiendas. Todo ello sin nombrar las excelentes calificaciones en pruebas y exámenes de aptitud, periódicamente celebrados bajo el seno de esta gran institución —enumeró. —Méritos suficientes para otorgar a un veterano un merecido ascenso, con honores y frente a su Majestad el Rey, el cargo de Maestro de la Guardia Real. Sea recibido dicho título, ahora, bajo mi otorgamiento y su consentimiento —anunció, haciendo que el hombre se pusiera en pie. Una vez más, dirigió su mirada a la princesa. —Bajo la potestad que me ha sido encomendada, os hago entrega de un obsequio como muestra del agradecimiento que mi familia os profesa. Lucidla con orgullo—prosiguió. Dusk se giró en su posición. A sus espaldas, había un pequeño pedestal de mármol donde descansaba una espada imponente, plateada, llena de motivos dorados a lo largo de su empuñadura y hoja. El príncipe la tomó con ambas manos, para bajar los escalones del templete y entregársela al hombre, quien seguía extrañamente distraído. —Espero que sea de tu agrado —le dijo en voz baja. —Ha sido forjada especialmente para el nuevo Maestro. Oh, y no tiene nombre. Esa tarea no me corresponde a mí —finalizó.
—Muy...muy agradecido, Alteza —dijo el hombre, nervioso. Las manos le temblaron cuando tomó el arma. Como pudo, la empuñó y alzó, apuntando al cielo.
—Os nombro, así pues, Maestro de la Guardia Real — vociferó el príncipe, haciendo que el jardín se llenase de aplausos, vítores y flashes de cámaras. La milicia tenía nuevo Maestro, ocasión más que merecida para que los soldados se tomasen un respiro. Todos ellos se acercaron a su recién ascendido compañero para estrecharle la mano o dar abrazos acompañados de felicitaciones. Incluso el rey Aurum se acercó a él para felicitarle. Syra le acompañó, algo extrañada. Como sospechó, los ojos del Maestro volvieron a posarse sobre los de ella, de forma que cuando el rey se apartó, Raven quedó ante ella, inquieto.
—Syra... —murmuró.
—¿Qué...?
—¡¡¡Majestad!!! —el grito de una mujer hizo que el griterío cesase y rompiese en silencio. Una sirvienta se acercó corriendo al festejo junto al templete. Sudaba, parecía temerosa de algo. A Syra se le quedó el corazón en un puño ante tal situación.
—¿Qué ocurre, Dinela? ¿Qué es lo que pasa? —preguntó el rey, extrañado.
—Majestad, tenemos problemas —contestó la chica, casi sin aliento. —Será mejor que lo veáis vos mismo, en la entrada de palacio —explicó. —Tenemos visita.
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