Las sábanas se pegaron aquella mañana más de la cuenta, quizá, porque el inicio del nuevo día suponía demasiado cambio con respecto a la normalidad a la que ya acostumbraba. Los vientos de guerra se adentraban en la habitación, meciendo las cortinas blancas y translucidas hacia el interior. Aún con la cabeza apoyada en la almohada, la princesa contempló el brillante y soleado cielo que se abría paso después de una amarga noche de lluvia. ¿Era aquello la calma antes de la tempestad? ¿Sería el último día en el que podría contemplar el sol en paz? Deslizando los pies descalzos por la cama, hasta tocar el suelo helado con ellos, consiguió ponerse en pie. Caminó hacia la cristalera, para contemplar aún con más detenimiento la imagen que se presentaba de la capital de Solaris. Se respiraba paz, tranquilidad y serenidad. Desde la considerable altura en la que se hallaba su habitación, observaba como diminutas hormigas el ajetreo y la vida de la ciudad, que actuaba sin saber, sin imaginar lo que estaba por acontecer. Apoyando una mano sobre el cristal, Syra acabó observando su propio reflejo superpuesto. Se sentía tan impotente que no le quedó otra que responsabilizarse del desastre del día anterior. Había fallado como heredera y como elegida, y es que nadie, nunca, la había preparado para algo tan difícil como una negociación imposible. Se preguntó donde estaría la otra parte, Ren Bladlelyn, a aquellas horas. Su viaje hasta Munshad no debía demorarse demasiado, y con él, el mensaje de un desacuerdo... ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil?
[Final Fantasy XV: Episode Ignis - Credits Music (No Voices)]
Al salir de la habitación, tras haberse aseado y vestido, se encontró de bruces con Zila. La muchacha no presentaba un buen aspecto a pesar de que sus cabellos dorados y sus ojos de color avellana brillaban con la intensidad de siempre. —Alteza —la saludó, deteniéndose junto a ella y manteniendo la mirada baja. Por la decisión con la que se había detenido, Syra supo que tenía intenciones de haberla llamado a su habitación de no ser por su pronta salida del mismo. —Su Majestad quiere veros ahora mismo —explicó.
—¿Quiere que vaya a su habitación? —preguntó la chica desanimada.
—No, Alteza. Su padre quiere veros en la Sala del Consejo.
—¿En la Sala del Consejo? —preguntó extrañada, frunciendo el ceño hasta que sus cejas, cuadradas y oscuras, parecieron tocarse.
—Será mejor que vayáis —insistió. No por falta de educación, sino por enorme extrañeza, la princesa pasó de largo sin despedirse. Al final del pasillo en el que se encontraba, Raven permanecía custodiando el ala. Su rostro no mostraba mejor aspecto que el de Zila, sin embargo, éste pareció componerse al ver a la princesa acercarse. Syra pudo ver por el rabillo de su ojo que el Maestro intentó acercarse de seguro a saludarla, pero la princesa no tenía intención de detenerse.
—Tengo prisa, Raven —se excusó.
—Pero, esperad un... —El hombre no pudo hablar más, y si lo hizo, ella no le oyó. Tomó las escaleras principales, y agarrando la barandilla de madera de roble, descendió los escalones con la mayor prisa posible. Había algo en su interior que le decía que todo se había solucionado. ¿Por qué si no su padre querría verla en la Sala del Consejo tan temprano? Si tenía asuntos de guerra de los que hablar, Dusk e Iran eran más que suficientes para tratarlos. Pero si la quería a ella, era porque necesitaba comunicarle algo. No puedo evitar mostrar una media sonrisa, pensando en las posibilidades. Quizás habían llegado a un interés común beneficioso para ambas regiones, o quizás Ren había dado su brazo a torcer. La impaciencia de conocer la noticia casi la llevaron a trastabillar con el último escalón antes de llegar al ala donde se encontraba la Sala del Consejo y el despacho del rey. Animada, tomó el pomo de la puerta y lo abrió. Y en el interior de la Sala, no encontró al Consejo. Sólo estaba su padre... y él.
—¿Ren? —preguntó la chica, con la voz más emocionada que pudo componer. Quiso sonreír por un instante. Contemplarle allí, junto a su padre, era todo un milagro. Le hacía tan lejos, y sin embargo, allí estaba. ¿Y si ahora eran colaboradores? ¿Y si ahora podían empezar a tratarse con normalidad?
—Hija, cierra la puerta —le ordenó el rey. Su voz, de costumbre alentadora, sonó apagada y marchita, lo que hizo que las esperanzas y ensoñaciones de la princesa comenzaran a desplomarse. Su rostro brillante se apagó mientras cerraba la puerta a sus espaldas. —¿Quieres sentarte? —añadió. Syra quiso tomar asiento, incluso posó sus manos sobre el respaldo de una de las sillas, pero no llegó a terminar la acción.
—¿Qué ocurre? ¿Qué haces aquí? —volvió a preguntar, mirando a un Ren que no le devolvía la mirada más de unos segundos. Algo no iba bien.
—Syra, me complace anunciarte, a ti antes que a nadie, que puede que el destino de Solaris esté más que zanjado dentro de la propuesta de paz que siempre hemos deseado mantener —comenzó a decir Aurum. —Quisiera que, lo que voy a decir ahora, lo tomes como algo estrictamente profesional, como heredera—recordó.
—¿Qué... habéis acordado? —preguntó, intentando ir al grano. Ante aquella pregunta, se estableció un silencio incómodo. Aurum y Ren no parecieron desear responder, pero, ante la posibilidad de que ninguno de los dos lo hiciese, el rey se decantó por ser él, como responsable, el que diese la noticia.
—El reino de Solaris contará pronto con un miembro en la familia real que pertenece a Munshad —confesó. Syra, conocedora de los asuntos que podrían conllevar a algo así, se quedo helada. Sin embargo, decidió no responder. —Tú y Ren contraeréis nupcias próximamente, de forma que tú como reina y Ren Bladelyn como tu futuro esposo gobernareis Solaris hasta el día en que en vuestros hijos tomen el relevo de la corona. Así, Munshad tendrá a un rey en la capital que procurará la estabilidad de aquella y todas las regiones que componen el reino —terminó por decir. En ningún momento el rey titubeó, sino que sus palabras sonaron concisas, serias y decisivas. Por su parte, Syra ni si quiera supo qué contestar. Algo en su cabeza la decía que aquello era imposible, que su padre no podría obligarla a hacer algo así.
—Es una broma, ¿verdad? No puedes... no puedes estar hablando en serio.
—Ya está firmado —insistió Aurum.
—¿Firmado? —preguntó la chica, atónita, comenzando a ser consciente de la realidad. —¿Habéis firmado un acuerdo sin decírmelo? ¿Sin mi consentimiento?
—Soy el rey, Syra, y actúo siempre por y para el reino. Y si en mi mano está detener una guerra inminente, acepto sin pedir consentimientos. Es mi potestad y mi deber —contestó.
—Quieres decir que... te doy igual —casi susurró la chica, empezando a sentir que sus manos temblaban.
—Yo no he dicho que...
—¡Has firmado un acuerdo con los Bladelyn usándome a mi como herramienta de intercambio! ¡¿Qué es si no?! —gritó, haciendo que su rostro pasase del común blanco al rojo enfermizo.
—Syra, te pido que te calmes ahora mismo.
—¡¿Que me calme?! ¡Me has mentido! —señaló al rey. —¡Hace diez años que me prometiste que no me casarías con nadie que yo no quisiera! ¡Me prometiste que no caerías en esas horribles costumbres del pasado y cumpliste con Iran y Dusk! ¡¿Por qué a mi no me respetas?!
—¡Syra! —gritó el rey, poniéndose en pie con una habilidad impropia de alguien enfermo. —¡Entiende la situación! ¡¿Quieres que empecemos una guerra existiendo una posibilidad de detenerla?! ¡¿A caso tú no la habrías tomado?!
—¡No ha costa de mi propia dignidad!
—¡Tu dignidad es la misma que la de una reina, se sacrifica por el pueblo! —tronó. La princesa dejó de protestar, con los ojos cargados de humedad. El rey, por su parte, emitió un pesado suspiro. —No es la primera vez que recuerdo que el deber de una reina o un rey no es otro que éste que se te presenta ahora. Sabías perfectamente que algo así llegaría a ocurrir, algo que haría que tuvieses que ceder en pos de la paz y el bienestar. Míralo de ese modo, Syra. No te estoy vendiendo, no te estoy entregando a nadie. Tú misma deberías aceptar porque ese es tu deber —terminó por decir. Volvió a sentarse en el sillón ayudándose de su elegante bastón, cuya empuñadura de plata quedó cubierta por su mano envejecida, con unos nudillos tan blancos como la luna. Syra guardó silencio unos segundos más, consternada.
—¿Tú estas de acuerdo? —le preguntó la chica a Ren, negándose a mirar a su padre a la cara.
—Yo propuse este acuerdo al rey —confesó él.
—¿Cómo?— pestañeó. —¿Ha sido idea tuya?
—Es la única forma. No hay otra opción.
—¡¿Lo sabías?! —se abalanzó hacia él —¡¿Sabías que esa era la única opción?! ¡¿Lo sabías desde el principio?!
—Syra, yo no...
—¡Te has estado riendo de mi! —le señaló. —¡Todo lo que has...! —no le salieron las palabras. —¡Has estado tratándome como a una estúpida!
—Te estás equivocando conmigo.
—¡¿Ah, sí?! ¡¿Vas a decirme que eres distinto?! ¡¿Que no eres como realmente te muestras?! ¡Porque yo sólo veo a un maldito desgraciado que ha estado usándome para llegar al trono!
—Syra, por favor —medió el rey. —Pensaba que los dos os comportabais de otra forma entre vosotros. Sois ya adultos y responsables como para...
—No —sentenció la chica, sin quitar su mirada dolida del rostro del hombre, que sentía, la había traicionado. La complicidad que pensaba que ella y Ren tenían... era una mentira. —Me equivoqué con él —confesó. Incapaz de oír más, empujó la silla frente a la que estaba y se dispuso a marcharse.
—Una vez salgas por esa puerta, el compromiso se hará público —informó Aurum, deteniendo a su hija. —Solaris comprenderá la situación como un romance hasta ahora callado. En Munshad... vosotros os encargaréis de apaciguar a las masas. Iréis hasta allí, juntos, para dar la noticia a la familia Bladelyn y a la región. Cualquier sugerencia de guerra será acallada a partir de ahora —tragó saliva. —Espero lo mejor de ti como futura reina, Syra.
—Siempre... siempre las malditas apariencias —murmuró. —Te salió bien recuperar a una hija de la muerte ¿No es así padre? Ya puedes darle las gracias a la Acronita de haberte devuelto un pieza de intercambio —finalizó, justo antes de marcharse dando un portazo y desaparecer, con una rabia que era incapaz de hacerla llorar, pero con el corazón roto en mil pedazos.
La princesa corrió hasta su habitación. No tenía ganas de ver a nadie ni hacer nada. No tenía ganas de dedicar sus esfuerzos a Solaris aquel día, de forma que, al llegar a la habitación tras ignorar a un Raven que se debatía por comprender qué le ocurría, corrió las cortinas y se acostó. Estaba tan dolida... que en su cabeza resonaban las palabras de su padre una y otra vez. No pudo evitar verse así misma, casada con aquel maldito Bladleyn y dándole hijos. No quería. Sabían los dioses que nada le provocaba más aberración en aquel momento. ¿Por qué su padre no lo comprendía? Derramando una lágrima, comprendió que ser parte de la familia Chrone era una maldición. Si hubiese nacido con aquel apellido... si la Acronita no la hubiese elegido... Hundiendo la cabeza en la almohada intentó meditar. Y respirando profundamente, con tranquilidad... comprendió que realmente no había otra opción. Era su deber, su sino. Pero, si tan sólo le hubiesen preguntado antes, si alguien le hubiese pedido su consentimiento con normalidad... —¡Agh! —gritó, aporreando el colchón. Necesitaba pensar.
[Final Fantasy XV OST - LUNA Extended]
Cuando abrió los ojos, observó la oscuridad certera de la noche. Se había quedado dormida sin quererlo, y durante demasiadas horas. La luna brillaba a través del cristal, dotando a la habitación de una luz nocturna casi mágica. Rápidamente, bajó de la cama y se encaminó hacia la puerta, descubriendo, al abrirla, que no había nadie en el pasillo. ¿Qué hora era? ¿Cómo había podido estar tanto tiempo en la cama? Avergonzada, se rascó la nuca. ¿Qué podía hacer ahora? Seguía cargada de ira, dolida y traicionada. Hablar con sus hermanos no era una opción, ya que podía imaginar sin lugar a dudas qué tipo de reacción tendría en cuanto se lo contase. Sin embargo, su mente le pedía hablar con alguien, desahogarse y buscar una manera de que el problema se viese más pequeño de lo que realmente era. Al fin y al cabo, aquella era su forma habitual de resolver cualquier conflicto, hablar. Siendo sincera consigo misma, sólo había una persona con la que debiese hablar en aquel momento, al menos, para que sus últimas palabras no pesaran en su culpabilidad incluso tras marcharse a Munshad, como estaba previsto.
Descendiendo las escaleras como aquella mañana, comprobó que el palacio estaba desolado. Apenas había servicio que caminase por los pasillos, ni soldados que custodiasen las alas. Pero cuando llegó a la planta en la que estaba el despacho de su padre, entendió que estaba la mayoría allí. El vocerío que salía de la puerta cerrada era tan elevado que todos podían oír lo que se decía en su interior, de forma que los empleados más curiosos aguardaron cerca de la zona hasta que vieron a la princesa llegar. Sólo entonces todos se esparcieron y volvieron a sus tareas, fingiendo no haber estado curioseando nada. A Syra no le molestó aquella actitud, pues los gritos eran tan elevados que captarían la atención de cualquiera.
—¡No puedes hacerle eso! —aquella voz era la de Dusk. La mujer, a paso tranquilo y silencioso, se acercó hasta la puerta.
—¡Majestad, compréndalo! Llevamos horas debatiendo sobre esto y parece no comprender la raíz del problema —intervino Raven, lo que hizo que la chica se preocupase.
—Por más que insistáis, la decisión está tomada. No hay más que hacer —explicó el rey,
—¡Pero piensa en las consecuencias! ¡Le estás entregando el reino a ese cabrón! —gritó Iran.
—No le estoy entregando nada a los Bladelyn ¿Crees que tu hermana se dejará manejar por cualquier hombre? Qué poco la conoces.
—¡Majestad! ¡Él siempre intentará interponerse! ¡¿Por qué no lo entiende?! Los Bladelyn harán lo necesario por hacer desaparecer a los Chrone del mapa, y empezarán con Syra. Le habéis abierto las puertas de palacio y de su habitación. ¡Ahora podrá hacerlo de cualquier forma!
—Pues en ese caso, Raven, espero que cumplas con el deber que Dusk te ha encomendado y la vigiles siempre a partir de ahora.
—Así que ahora sí importan mis ordenes ¿No es así? —volvió a intervenir Dusk. La chica pegó la oreja a la puerta. —Me da lástima que no seas capaz de darte cuenta de tus errores, padre. Sobre todo porque los verás cuando comprendas que has fallado, cuando veas con tus propios ojos lo que ese hijo de puta hará con esta familia —gruñó. —Has vendido a tu hija y te has vendido a ti mismo. Eres un rey miserable.
—Dusk...
—Es verdad, Iran. Yo no... ¿Padre?
—¡¿Padre?!
—¡¿Majestad?! —Ante la alarma, la chica abrió la puerta sin llamar, encontrándose la escena más triste que pudo imaginar. Su padre se había desplomado, sin llegar a caer gracias a la rápida intervención de sus hijos. Se asfixiaba, sufría.
—¿Qué pasa?
—Syra... Syra ¿Qué haces a...? —intentó preguntar el rey, tosiendo. Iran salió corriendo del despacho en búsqueda de ayuda, mientras que Raven se quedó sosteniendo al monarca.
—Padre...— Apenas pasaron unos minutos cuando algunos empleados entraron en la habitación y sacaron al rey a toda prisa de allí, quien no dejaba de acariciarse el pecho, en la zona del corazón. Los hijos de Aurum le observaron salir de allí, sin saber cómo actuar. Pronto llegaría el médico, pero los tres ya sabían qué era lo que achacaba aquella salud tan frágil del rey. Por ello Syra se sintió más devastada, si cabía.
—¿Has estado oyéndonos? —preguntó Iran, dudoso entre si mostrar cariño a su hermana o no. Aquella situación era tan surrealista que nadie sabía como actuaría el de al lado.
—Así es.
—Syra, escúchame, no tienes que preocuparte por...
—Déjalo, Iran. Preferiría no hablar de eso.
—Y aunque habláramos de eso, nada va a cambiar si padre no lo permite —gruñó Dusk sin un ápice de empatia. —Vas a ir a Munshad ¿No es así? —la princesa asintió. —Deberíais hacerlo ya. Saca a ese tío de aquí ya y aléjalo de padre, necesita descansar —sugirió. Y no le faltaba razón. —Voy... voy a ver como está.
Syra conocía lo suficiente a Dusk como para saber que tras aquella faceta de dureza inquebrantable, ahora se hallaba escondido un niño llorando. Cuando se marchó, Iran fue tras él, dejando a la princesa y al Maestro a solas en el despacho que, hasta aquel momento, se había convertido en un caldero. —Syra... — la chica miró al soldado. Ambos intercambiaron una mirada lastimera, dolida. La realidad, para todos, estaba siendo demasiado dura.
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