martes, 18 de febrero de 2020

El hospital de Glamora, en su interior, albergaba la fehaciente prueba de que el seísmo que había sacudido la capital de Solaris no había sido un simple inconveniente natural. Las paredes del edificio se hallaban resquebrajadas, de forma que numerosas alas del centro se hallaban apuntaladas de arriba abajo para evitar una catástrofe mayor. En consecuencia, la humedad se había apoderado del lugar así como la suciedad, sobre todo en aquellas zonas donde la higiene debía ser la norma fundamental. 
Los enfermos se habían movilizado hacia una de las zonas más estables, lo que hacía que la organización se hubiese convertido en un caos. Así pudo comprobarlo Syra, quien tras una bienvenida y una invitación a almorzar, comenzó a trabajar en la labor que la había llevado hasta allí.
—¿Habéis perdido alguna cosa fundamental? —preguntó la princesa al guía que la acompañaba, un doctor residente en el centro. Además, los seguía un arquitecto que apuntaba en una fina libreta los desperfectos con los que debía tratar. Se trataba, sin lugar a dudas, de un equipo más que preparado para atender las dudas de la heredera con la mayor exactitud posible. 
— Algunas máquinas se han perdido. Unas podemos reponerlas con algo de presupuesto, sin embargo otras, las que dan soporte vital, son más difíciles de conseguir a la par que necesarias para el día a día. No tenemos suficientes herramientas con las que atender a la demanda con la que actualmente contamos —explicó el médico. —Lo que ocurrió provocó desperfectos en otros edificios de la ciudad. Algunas casas, las más antiguas, se han visto sepultadas y por ello tenemos numerosos heridos atendidos desde ese día.
—Entiendo —asintió la chica con seriedad. No quería intervenir más de lo necesario. El paseo por el hospital estaba siendo más que suficiente para darle a entender que la situación era peor de lo que pensaba, y que aquella gente, necesitaba ayuda. —Para la semana que viene estará listo un presupuesto de gastos destinados a la reparación. Procuraré que la cifra cubra todo lo que necesitéis —aseguró.
—Muy amable, Alteza —. El doctor, agradecido, inclinó la cabeza. —¿Sería inconveniente hablaros ahora de otro problema?
—En absoluto, ¿de qué se trata?
—Una residencia, no muy lejos de aquí, se encuentra en la misma situación —confesó el hombre. 
—Así es, señorita. También estoy encargado de la reparación del lugar, pero... son demasiadas cosas —aseguró el arquitecto. Syra detuvo en seco su paseo, haciendo que Ren y Raven, que la seguían por la espalda, también lo hiciesen. La chica miró a aquellos hombres con el ceño fruncido, detenidamente.
—Pero ¿A cuantos edificios y personas ha afectado el fenómeno? —preguntó la chica, usando la palabra más común que hasta entonces había oído para referirse a lo que ocurrió.
—Docenas aquí en Glamora. En las ciudades cercanas... podría decir que ascienden al centenar —confirmó el arquitecto, colocando sus manos sobre las caderas. Parecía cansado, y de alguna forma, insatisfecho. La princesa, por su parte, se quedó sin palabras. Había recibido numerosos reportes de incidentes, pero nunca pensó que a sus manos no llegasen el total de los acontecidos. De reojo, miró a Ren, porque se sintió en evidencia.
—Está bien. Haremos todo lo posible y con celeridad. La situación se va a recuperar pronto —insistió. 
—¿Nos vamos, Alteza? —preguntó Raven. De alguna manera, había podido percibir que la chica empezaba a ponerse nerviosa.
—No, todavía no.

Al salir del hospital, el número de personas que se congregaban al rededor de un semicírculo de seguridad impuesto por soldados de la ciudad, se había acrecentado. El boca a boca y la prensa habían llevado hasta allí a tantas personas que, cuando la princesa miró al horizonte, no veía más que rostros suplicantes, enfadados y penosos. Tragó saliva mientras descendió por la escalinata que la acercaba al epicentro de la concentración, concentrada en las palabras que iba a decir.
Las manos se extendieron y los micrófonos de la prensa clamaron palabras, comunicados y afirmaciones sobre la chica y el Bladelyn, sin embargo, ninguno de los dos se acercó a los mismos. Syra encaró la fachada destrozada del edificio, decidida a ayudar de un modo más cercano a quienes requerían de su habilidad. Alzó las manos hacia el cielo, con las palmas abiertas, mientras separaba los pies ligeramente. —Alteza ¿Es buena idea? —susurró Raven cerca de ella. El griterío hizo imposible que nadie les oyese.
—¿De qué sirve ser elegida si no puedo usar el poder que se me ha otorgado? —preguntó en un hilo de voz.
—Sólo digo que las consecuencias...
—Sé cuales son las consecuencias —sentenció la chica, concentrando su mirada en el hospital. 
De sus manos manaron destellos azulados que rápidamente pasaron a convertirse en auténticos halos de luz, los cuales dibujaron un camino translúcido hacia las zonas más afectadas de la fechada. De la frente de la chica se desprendió una gota de sudor, al tiempo que los ladrillos del edificio parecieron vivir un viaje hacia atrás. De forma automática, los trozos de pared que había regados aún por el suelo se elevaron hasta colocarse en el lugar que anteriormente habían ocupado. Poco a poco, la construcción volvía a la normalidad, hasta que, finalmente, no quedaron piezas que reconstruir.
Cuando Syra terminó con su tarea, el silencio se instauró entre los presentes. Sólo cuando la chica sacudió las manos, estalló la agitación colectiva. La gente aplaudía, vitoreaba y sonreía agradecida, opacando las críticas que la princesa anteriormente había escuchado. Sólo entonces, la mujer le devolvió la sonrisa a la gente.
—¡Por favor, haced lo mismo en mi casa!
—¡El colegio de Glamora necesita vuestra ayuda!
—¡En Danovyl tambien os necesitan! ¡Por favor! —suplicaba la gente. Syra intentó memorizar rápidamente todas aquellas demandas, mirando a todas direcciones según iba captandolas. Llegó un momento en el que sintió que no daba basto.
—Alteza, debemos irnos —le recordó Raven.
—Sí, vamos a otro lugar.
—¿No vamos a palacio? —preguntó el Maestro extrañado.
—¿Como voy a volver a palacio si me necesitan aquí?
—Os dije que habría consecuencias.
—Pues gestionaré estas consecuencias —confirmó. —Vamos a la ciudad más cercana. ¿De acuerdo?—aquello no era una pregunta, era una orden. Una orden relajada y desprovista de intenciones de sembrar discordia entre ambos.
—Como queráis —bufó el Maestro, quien empezó a abrirse paso a través del cordón de seguridad en dirección al vehículo. Había tanta gente que lo que en realidad eran unos metros hasta el coche, se convertía en kilómetros, por ello, para cuando Ren y Syra se adentraron en el coche, casi parecía que habían andado por toda una calle hasta conseguir llegar.

Syra no desperdició la oportunidad de saludar desde el interior del vehículo, aún con las ventanillas subidas. Sonreía de forma tranquila tanto como pudo fingirlo, esperando que el rostro que Ren mostraba junto a ella fuese lo más complaciente posible para la población. De forma que, cuando comenzaron a alejarse de la gente, la auténtica princesa salió a la luz. Perdió su sonrisa, se recostó sobre el respaldo del asiento del vehículo y suspiró. No estaba feliz como había mostrado, estaba preocupada. La situación se le escapaba de las manos, y con el rey enfermo, no sabía como gestionar tantos problemas ella sola, a pesar de que debía saber como hacerlo. Estaba completamente devastada. 
—¿Hacia donde vamos, Alteza? —preguntó Raven.
—Poned rumbo a la siguiente ciudad, la más cercana. 
—Hemos estado demasiado tiempo en Glamora. Cuando lleguemos estará atardeciendo —informó el soldado.
—No me importa viajar de noche —se excusó la princesa. —¿Te importa a ti? —preguntó a Ren. Hasta aquel momento no había reparado demasiado en él, sólo lo suficiente como para saber que estaba más callado de lo normal. El hombre encogió los hombros, como si aquella situación no fuese con él.
—Bien, entonces. —Raven dio unos golpecitos al cristal blindado que separaba la cabina del conductor con el resto del coche. Dicho cristal se plegó de forma automática, consiguiendo que el Maestro le diese las órdenes precisas al chófer. Una vez el rumbo fue fijado, todos guardaron silencio.

Syra aprovechó la oportunidad para colocar su frente contra la ventanilla y observar el paisaje. Dejaban Glamora atrás lentamente, de forma que la chica pudo observar las peculiaridades de la ciudad con más tranquilidad. Las casas eran bajas y coloridas, así como las calles algo sinuosas y empinadas debido a la latitud en la que la ciudad se había construido. Había numerosos comercios por todas partes, así como zonas verdes que eran de envidiar. En la capital, los edificios eran tan altos y había tanto ajetreo, que no se respiraba tanta paz como parecía hacerse allí. La princesa sonrió triste.
—¿Cansada? —preguntó Ren, rompiendo el silencio. Su voz sonaba baja, y de forma intencionada, se había sentado más cerca de ella que de Raven. Sin embargo, la prepotencia de sus palabras era la común.
—No, no. Estoy bien. Sólo estoy observando la ciudad. Si te soy sincera, es la primera vez que visito Glamora. No sabía que un lugar pudiese tener tantos edificios de colores distintos. Parece una paleta de acuarelas —sonrió.
—¿Reinas sobre todo Solaris y no lo conoces? —preguntó con su típico tono habitual.
—Conozco Solaris —apuntilló, temerosa de que volviese a retomar las palabras que la habían insultado aquella mañana en el despacho. —Es solo que no tengo tiempo para visitar las ciudades y conocer cómo funciona todo lejos de la capital. Ojalá pudiera —confesó. Sabía que era triste la idea de observar todo cuanto la rodeaba tras un cristal que la transportaba a tal velocidad que sólo contaba con unos minutos para guardar todo cuanto viese en el recuerdo, pero no lo dijo. —¿Y tú? ¿Estas cansado? Porque te quedan aún unas cuantas horas más frente a las cámaras poniendo tu mejor sonrisa —le recordó, esbozando una sonrisa burlona. Cuando apartó la vista de la ventanilla y la dirigió al hombre, encontró que estaba serio, mirando al frente. —No estás acostumbrado ¿Verdad?
—Los Bladleyn no tendemos a hablar en público.
—Pues deberíais. Quizá dar la cara calmaría los ánimos.
—¿Los ánimos de quienes abalan nuestras intenciones? —preguntó. —Con las acciones son suficientes.
—Ah, sí. Las de tomar las cosas a la fuerza, provocar confusión y hacer parecer que vamos en dirección a un conflicto —gruñó. —Que ganas tengo que de mi padre se recupere y pongamos las cartas sobre la mesa —declaró con voz cansada, cruzándose de brazos.
—No te preocupes, Syra. Acabemos como acabemos, no volverás a verme la cara una vez me vaya —informó, haciendo que la chica volviese a mirar por la ventanilla, ignorandole. No tenía nada más que decir, y por supuesto, no tenía ganas de discutir. Había mirado por el rabillo del ojo a Raven y se había dado cuenta de que el hombre tenía el rostro encendido, presumiblemente de furia. En aquellas circunstancias, pensar en el momento en el que tuviese que dejar de temer porque cualquier palabra desembocase en un conflicto, le pareció un sueño.

Casi estaba quedándose dormida, minutos más tarde, entre ensoñaciones y recuerdos, aún mirando a través del cristal. Se dirigían por una autovía que atravesaba enormes campos de cultivos hacia la siguiente ciudad, cuando, de repente, el vehículo dio un frenazo excesivamente violento. La princesa, el Bladelyn y el Maestro se vieron arrojados hacia un lado en el interior del coche, acabando los tres apegotonados en una esquina, con varios golpes, tras el frenazo que los dejó fuera de la carreta. —Syra ¿Estás bien? —preguntó Raven, ayudándola a incorporarse con nerviosismo. —¡Eh! ¡¿Qué ha pasado?! —preguntó en voz alta al conductor. Sin embargo, antes de que este pudiera responder, lo sintieron.
Una sacudida, intensa y constante, encima de sus cabezas. Syra miró a los hombres, que no supieron que decir. No podía ser verdad.



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