jueves, 13 de febrero de 2020

La semana pasó, como pudo prever la princesa, de la peor forma posible.

La llegada de Ren a palacio no había supuesto otra cosa que el principio de sus problemas. Ahora que las negociaciones con el Bladelyn comenzaban a torcerse, que la opinión pública por primera vez empezaba a dudar del gobierno que su familia ejercía, que todo cuanto hacían en palacio se filtraba de alguna y que los fenómenos mágicos extraños inexplicables seguían sin solución, todo iba de mal en peor. 

Aurum había enfermado aquella mañana. La salud del rey siempre había sido delicada, aunque poca gente lo supiera, y quizás por ello el monarca siempre se había afanado en educar a sus hijos con rapidez y eficacia, consiguiendo así, que aquel día, Syra fuese autosuficiente como para ocupar su lugar mientras éste descansaba. 
Terminaba la semana, de forma que Dusk y Iran no habían visitado palacio. Siempre se tomaban un día de descanso para estar en casa, con sus esposas e hijos, cosa que Syra jamás haría. Al fin y al cabo, ella había sido la elegida y ella reinaría cuando su padre no pudiese hacerlo más. Nunca saldría de palacio ni tendría una familia fuera. Aquel sería su hogar siempre, y el despacho de su padre, lugar que aquella noche ocupada, su guarida de por vida.

La lluvia, violenta e intensa, repiqueteaba contra los enormes ventanales del despacho de forma continua, así como los rayos iluminaban de vez en cuando la estancia, dando más luz que la lámpara del escritorio podía aportar a aquella noche de trabajo. El sonido constante pero agradable de las gotas de agua contra el cristal no conseguía romper la concentración de la mujer quien, desde hacía horas, no había hecho más que rellenar informes y firmarlos, así como de tomar anotaciones de futuras cosas en las que querría trabajar. Para no mezclar sus asuntos con los de su padre, desde hacía años, la princesa había trabajado con una libreta elegante, con cubierta de cuero, en la que apuntaba todo lo que necesitaba. No se había dado cuenta, pero las últimas páginas que había rellenado, en su mayoría, trataban asuntos de Munshad con ideas, posiblidades y recordatorios con los que intentar tratar. Y sobre las grietas del cielo, aquellas que hicieron temblar el suelo a mitad de semana... sobre ellas no tenía nada. Quizá por ello acabó frustrada, arrojando la pluma con la que había estado escribiendo sobre el cuaderno y frotándose los párpados con una mano. 
Llamaron a la puerta en aquel preciso instante, la cual fue abierta por el Maestro de la Guardia, quien curioso, asomó el rostro para comprobar la situación de la chica. —¿Necesitas algo?—preguntó la princesa.
—Quería confirmar que todo estaba bien, Alteza— respondió el hombre. —Lleváis mucho tiempo aquí encerrada, en silencio.
—¿Qué hora es? —preguntó extrañada, con el ceño fruncido.
—Más de la doce. Gran parte del servicio ya se ha retirado —confirmó.
—Oh... no puede ser —se quejó la chica, cansada. Se retiró un poco de la mesa, empujando su sillón hacia atrás. Acabó estirando los brazos hacia arriba, desperezándose. —Perdón— se disculpó. No había reparado con tiempo en que se estaba mostrando con ordinariez ante el hombre.
—No os disculpéis. Deberíais descansar ya—sugirió mientras se adentraba en el despacho y cerraba la puerta a sus espaldas. Syra no se quejó por ello, pues de alguna forma, sintió que necesitaba algo de compañía en aquel momento. —Lleváis aquí encerrada desde el medio día. ¿Aun quedan asuntos sin resolver?
—Más de los que desearía, la verdad —bufó. —Supongo que no soy tan buena como mi padre resolviendo asuntos.
—No, no digáis eso. Vuestro padre actúa de una forma y vos lo hacéis de otra, pero eso no significa que uno lo haga mejor que el otro. Estoy seguro de que seréis una buena soberana. Lo sé —confesó con rotundidad. La solemnidad que había tras sus palabras dejó a la chica perpleja, con un amago de sonrisa amenazando con aparecer en sus labios.
—¿Por qué no te sientas? —sugirió. —Apenas has tenido descanso desde el ascenso —. Dicho y hecho, Raven no tardó el sentarse en un sillón al otro lado de la mesa, encarando a la chica. Syra tenía que admitir, que de alguna manera, el comportamiento de aquel hombre no dejaba de ser gracioso. Parecía confiado en todo cuanto hacía, y sin embargo, su rostro no era más que el reflejo de una profunda inquietud. —¿Quieres una copa? 
—No bebo estando de servicio.
—No estás de servicio ahora. Es tarde y admitámoslo, estamos bastante hartos de trabajar los dos —bromeó. Sin esperar objeciones, abrió uno de los cajones del escritorio, del que extraño una pequeña botella de vino y un par de vasos de cristal. El rey siempre los guardaba ahí, por si acababa invitando a un refrigerio a alguna visita formal o terminaba por celebrar el fin de una negociación con alguien. Por unos instantes, a la chica se le pasó por la imaginación una escena en la que Ren y ella brindaban por el fin del acuerdo. ¿De verdad aquel día iba a llegar?
—Dejadme a mi —intervino el soldado, quien tomó la botella y vertió el líquido en ambos vasos de forma igualitaria. Tras ello, se hizo con uno de los recipientes y volvió a su lugar.
—Gracias —sonrió la chica haciendo lo mismo. —Si se cuela una cámara, ahora, en este despacho, el reinado se hundirá del todo. A ti te tacharían de borracho a mi de incompetente —se quejó. Al fin y al cabo, alguien había contado a la prensa que Ren y los hermanos Chrone habían estado enzarzados en una disputa falsa. No sería extraño.
—Sigo trabajando en descubrir a la persona a la que se le ocurrió grabar aquel entrenamiento, Alteza. Y os aseguro que lo encontraré. Su irresponsabilidad ha acarreado que todo Solaris piense que ha habido una lucha que en ningún momento se llegó a efectúa, de forma que no saldrá impune de esta. Maldita sea... nos preocupábamos por no llamar la atención para que al final todo el mundo haya sacado sus propias conclusiones —murmuró.
—Pensaba que siempre lo tenías todo bajo control —se quejó la chica. Rápidamente reparó en su error. —Lo siento, lo siento. No quería decir eso —se disculpó, pegando ambas palmas de las manos en señal de lamento. —Tengo los nervios a flor de piel con todo esto— señaló a la montaña de papeles y periódicos que poblaban la superficie del escritorio, las cual fue iluminada ante la aparición de un nuevo rayo.
—No pasa nada. No os lamentéis más.
—Túteame ya —le pidió. —Al fin y al cabo ya lo has hecho antes— recordó —Y entre tú y yo, empiezo a cansarme de tanta cortesía. Todo es tan superficial... las apariencias en las que tanto se empeña mi padre en mantener, a veces parecen pasar factura. —confesó. Raven no pareció sorprenderse por ello. —¿Qué ha hecho Ren hoy? —preguntó de repente, cambiando de tema.
—Lo de siempre. Pasea, se encierra en la habitación y vuelve a darse un paseo. No habla con nadie ni da muestras de interesarse por ello.
—¿A qué diantres juega?—preguntó de forma retórica, dando un primer sorbo al vino. —Dice que viene a negociar y hace de todo menos hablar —gruñó. —Es más, alardea de haber venido en son de paz, pero no hace otra cosa que amenazar con retirarnos la posibilidad de formalizar un trato. ¿Qué tipo de negociador nos ha enviado la familia Bladelyn? 
—Juega con todos, está más que claro. Sé que viene a traicionar a esa sucia palabra que a veces olvida que ha traído con él, y que va a atacar en el momento en el que tengamos la guardia más baja. —insistió, bebiéndose todo el vino de un trago. Su mano temblaba sosteniendo el vaso, y su mirada, estaba algo más que ida.
—¿Vas a decirme ya en qué te basas para ser lo más pesimista posible sobre el asunto, o seguirás excusándote en la experiencia para responder? —preguntó con voz tranquila. No quería juzgarle, sino saber en qué pensaba el soldado que, inevitablemente, debía convertirse en su hombre de confianza.
—No lo entenderías —respondió en voz muy baja mientras agachaba la cabeza.
—¿Seguro? —sonrió la chica. —Por favor, no te conviertas en alguien que me subestima. Bastante de eso he tenido esta semana.
—Syra, no es... — chasqueó con la lengua. —No sabría como explicar la razón por la que lo sé, pero tienes que creerme. Ese hombre no va a hacer nada bueno. Te va a hacer daño— se atrevió a decir. Su voz sonó tan quebrada, que la chica dejó el vaso sobre la mesa y le miró atentamente.
—¿Siempre eres tan... seguro al hablar? 
—Yo... yo no si quiera sé quien soy —terminó por decir, mirándose las manos como sólo lo haría alguien que está metido en problemas. 
—Raven ¿Estás bien? —se preocupó la chica, quien se puso en pie y rodeó la mesa para estar cerca del hombre. —¿Necesitas algo? ¿Un descanso? ¿Necesitas algún tipo de medicina? —sugirió. —Dusk me dijo que era el mejor momento para ascenderte. De haber sabido que tendrías problemas con el cargo, ninguno de nosotros hubiese permitido que se te otorgase tan pronto. No te ofendas, entiendo que todo esto te supere. Casi me supera a mi también —explicó, en un intento torpe de reconfortarle. Cuanto más hablaba, más agachaba la cabeza el hombre. Acabó por repeinarse los cabellos castaños hacia atrás, haciendo brillar las canas de sus sienes. —Quizá no debería haberte ofrecido una copa. ¿Hago llamar a un médico? ¿Quieres que alguien te acompañe a tus aposentos?
—Tan preocupada como siempre... — murmuró, extendiendo sus brazos hasta agarrar los bajos del vestido de la chica. Syra no se retiró. No sintió que aquel atrevimiento fuese peligroso ni que el Maestro quisiese intentar algo inapropiado con ella. El sentimiento que le transmitió fue... una inexplicable tristeza.
—¿Como siempre? ¿A que te refieres?
—Syra, escucha —alzó la mirada hacia ella —Tienes que hacerme caso. Sé que Ren viene a hacernos daño a todos y puede que lo haga. Lo sé porque... porque... porque yo... ¡Ag, maldita sea! —gruñó, consiguiendo, esta vez sí, que la mujer retrocediese. —Esto es una locura —se puso en pie. —¿No puedes creer simplemente mis palabras?
—¿Cómo iba a hacerlo? —se quejó enormemente extrañada. 
—Sé lo suficiente, lo he visto.
—¿Qué has visto?
—No puedo describirlo con palabras, no hasta que no sepa que... que diantres está pasando aquí —intentó explicar, histérico.
—Raven, no te entiendo.
—Escúchame —se acercó de nuevo a ella. La tomó de las manos con enorme confianza y la miró a los ojos de cerca. No sabía como conseguir que aquella Syra le creyese, que confiase en él o que de alguna forma, llegase a conocer tanto de él como él lo hacía de ella. —La Acronita tiene un poder indescriptible. Ni si quiera tu sabes el alcance que realmente tiene.
—¿Qué... qué estás hablando? ¿Qué sabes tú de eso?
—Syra, de verdad que yo... 

La puerta resonó. Al abrirse, ambos pudieron contemplar a una Zila que les miraba extrañada por el contacto tan cercano que princesa y guardián mantenían. Como si el contacto entre ambos, de repente, quemase, ambos se apartaron el uno del otro. —Zila ¿Qué quieres?
—Pidió que preparase el baño hace ya cuatro horas. El agua está fría. ¿Quiere que le prepare otro? —preguntó insegura. La chica sudaba, temerosa de haber interrumpido algo.
—No, déjalo. Mañana por la mañana tomaré ese baño, pero pide que preparen uno para Garland ¿De acuerdo? También pide para mañana un médico. Creo que no se encuentra bien—sentenció. 
—De acuerdo ¿Puedo retirarme?
—No, espera. Voy contigo —. La princesa se apartó como un relámpago de los que aún cruzaban el cielo. Si era sincera consigo misma, tenía que admitir que estaba huyendo. Su corazón iba a mil por hora en un bucle de extrañeza y temor, de forma que, cuando cerró la puerta al salir, soltó una enorme bocanada de aire que había acumulado en el pecho.
—¿Estáis bien?
—Sí. Sólo estoy... nerviosa por una mala noticia.
—¿Otra más? ¿Cuando va a parar la mala suerte? —preguntó Zila angustiada.
—¿Está mi padre despierto? Querría hablar con él de una cosa.
—Me temo que no, Alteza. Cuando fui a llevar la cena, ya estaba dormido. El médico que vino después del almuerzo dijo que sufre demasiado estrés por lo que está ocurriendo y que es mejor que pase unos días tranquilos —explicó. Syra se sintió mal. Algo empezó a oprimirle el pecho. Era mejor no decirle nada durante un tiempo.
—De acuerdo, no pasa nada. Puede esperar —le aseguró a la chica, justo antes de tomar un camino distinto al de ella.

Quiso ir a su habitación para acostarse y descansar, y dio un par de pasos hacia la dirección correcta... pero rápidamente se retractó. Con pies temblorosos, se dirigió hacia las escaleras principales para descender por ellas y acudir al Santuario. Hacía días que no lo visitaba, pero aquella noche necesitaba hacerlo, porque sabía que de ninguna forma iba a descansar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario