martes, 11 de febrero de 2020

La mesa estuvo dispuesta en el comedor familiar cuando las primeras estrellas comenzaron a brillar en el oscurecido cielo. Repleta de carne asada, guiso, verduras frescas y el mejor vino, el olor que emitía llegó a los sentidos de la familia Chrone mientras ésta se disponía a tomar asiento. Como ya sabía, aquella noche había una silla de más, por lo que todos estaban preparados para que aquella no fuese una noche ordinaria. 
El rey, como de costumbre, tomó asiento junto a su hija. Dusk e Iran lo hicieron juntos en el lado contrario de la mesa. Normalmente, ni si quiera cenaban todos juntos. Los príncipes hacía años que se habían casado y emancipado, de forma que acostumbraban a pasar las horas libres con sus respectivas familias. Sin embargo, ninguno de los dos estaba dispuesto a pasar aquella noche por alto, o eso delataban sus miradas inquietas, las cuales se movían de un lado para otro con visible nerviosismo. — ¿Donde está? — preguntó el mediano, impaciente.  —¿Nadie le ha avisado de la hora de la cena? Es una falta de educación llegar tarde a los compromisos. 
 — No tiene importancia, Iran  —le señaló su padre.  —Piensa que este palacio es desconocido para el chico. Puede que se haya perdido.
 —¿Perdido?  — sonrió Dusk  —No tenemos en plantilla a cientos de empleados en palacio para que se haya perdido por los pasillos.
 —Démosle diez minutos más  —propuso la princesa, intentando mediar.  Colocó las manos sobre la mesa, negándose a empezar a comer hasta que el invitado llegase. Sencillas normas de educación y cortesía, que, por primera vez, parecía costar cumplir a todos. No dejaba de ser un invitado no deseado.
Syra suspiró con paciencia, observando a la escena con detenimiento. Empezaba a asfixiarse. Aunque preparada, la princesa no acostumbrara a lidiar con tensiones que involucrasen a todos sus seres queridos, sobre todo con temas tan importantes e inciertos como la paz con Munshad. Por ello, decidió distraerse durante la espera. Comenzó a ojear la comida, decidiendo que platos probaría y en qué orden. Después, alisó su servilleta sobre la mesa para que no contase con ninguna arruga. Por último, dedicó una mirada a la puerta, preguntándose cuando aparecería el invitado. A quien encontró fue a Raven Garland, el recién nombrado Maestro de la Guardia. ¿Qué hacía allí? En muchas ocasiones, su padre y ella habían acostumbrado a cenar con miembros importantes de palacio, y por supuesto, del consejo. Sin embargo, el hombre no estaba allí en calidad de comensal. Se hallaba apostado junto a la puerta, vestido con su uniforme oficial y con una mano posada sobre la empuñadura de su nueva arma. ¿Estaba custodiando la situación? Eso estaba claro, pero, ¿A caso aquello no podría tomarse como una ofensa? Syra frunció el ceño, admitiendo que, realmente, su presencia estaba justificada, pero... ¿Quien le había autorizado a estar allí? No hubo tiempo para preguntas cuando, de forma despreocupada, Ren Bladelyn entró. 
El rey Aurum se puso en pie, extendiendo su mano como invitación para que tomase asiento. Apenas mediaron palabras al principio, de forma que la tensión del ambiente cortaba como si se tratase de un cuchillo ardiente y afilado. — ¿Todo bien, Ren? —se preocupó el monarca. 
—Perfectamente —dijo sin más, sin ahondar en las explicaciones de su tardanza.
—Bueno... —se frotó las manos Aurum. —Entonces, a comer. Espero que todo esté de tu agrado —comentó, con verdaderos deseos de hacer la velada lo más tranquila posible.

Syra y los príncipes comenzaron a servirse comida a la par que Ren lo hizo, de forma que el comedor se inundó de sonidos emitidos por los cubiertos y los plato, sin que nadie dijese nada. Lo cierto era que, en el fondo, nadie sabía qué decir. Quizás por ello, y como prueba de saber dirigir la situación, la princesa se atrevió a comenzar. —¿El viaje hasta aquí ha sido complicado? —preguntó con tono quedo.
—Todo lo complicado que puede ser para alguien que no es bienvenido a esta parte del reino —respondió con seguridad el invitado. Dusk carraspeó. Hubo algo en aquella respuesta que no le convenció del todo.
—Estoy segura de que, de haber enviado una misiva oficial, esta familia hubiese ofrecido lo necesario para hacer el viaje lo más tranquilo posible —sonrió Syra de forma forzosa.
—¿Habríais aceptado? —preguntó Ren con voz jocosa.
—Por supuesto —respondió ésta vez el rey. —¿A caso no lo hemos hecho a pesar de todo?
—Me consta que anteriores propuestas de diálogo por parte de mi familia fueron rechazadas hace tiempo —dijo de forma cortante, haciendo que Syra diese un enorme trago a su copa de vino.
—Las anteriores propuestas de tu familia, Bladelyn, se basaban en exigencias —intervino Dusk con rintintín.
—No hay negociación que valga si sólo una parte exige y la otra cede ¿No crees? —preguntó el hombre con tono acusatorio.
—Dusk, creo que nuestro invitado preferirá disfrutar de la cena en vez de discutir —comentó el rey con una sonrisa temblorosa en los labios. Empezaba a notar que la situación amenazaba con volver a escaparse de su control.
—Así es, Dusk — alzó la copa Ren. —No quiero negociar ahora— confesó. —Trataré el asunto que me trae aquí en otro momento, con el rey —añadió.
—Nosotros formamos parte del Consejo —explicó Iran, alzando una ceja. No miraba a la cara a Ren.
—¿Tomáis decisiones conjuntas?
—Así es.
—Pero imagino que la última palabra la tendrá siempre el rey —soltó el hombre, dando un sorbo al vino. Dusk apretó los puños sobre la mesa con rabia.
—En absoluto —corrió a responder Aurum. —Las decisiones de mis hijos son sumamente importantes para mi, Ren. De forma que, en las negociaciones, apreciaría que permitieras a mis hijos formar parte de ellas —sugirió.
—Formaremos parte de ellas —confirmó Dusk, sin esperar consentimientos de nadie. Al fin y al cabo, aquella era su potestad.
—Por supuesto. No seré yo quien se niegue a hablar con los hijos del rey se Solaris —comentó con pesadez. —Al fin y al cabo, uno de vosotros reinará cuando el rey abdique. Es lógico —. En todo momento, miraba a Dusk e Iran al hablar.
—Mi hija, Syra, es la heredera al trono —confesó Aurum, haciendo que Ren pasease su mirada por todos, hasta posar sus ojos en los de la princesa.
—La hija menor ¿Reina? ¿Y ya está decidido? — preguntó curioso, dando otro sorbo a su copa.
—¿Que es tan extraño? —preguntó Syra. —¿A caso eres de los que prefieren a los hombres antes que a las mujeres para gobernar un reino?
—No. Soy de los que valoran las aptitudes antes que los méritos.
—¿Insinúas que no tengo aptitudes?
—Sólo comento que no es lo usual que la hija menor del rey sea la que herede la corona. 
—Debes haber estudiado muchos libros de historia para saber eso —alegó la chica.
—Los suficientes. 
—En cualquier caso, las decisiones de nuestra familia, como comprenderás, son privadas. Y en caso de que haya algo que te moleste, lamento decirte que yo también formaré parte de las negociaciones —dejó la copa sobre la mesa. —Como futura reina de Solaris, intentaré estar a la altura, y haré todo lo que esté en mi mano para que, dentro de las normas del reino, la negociación llegue a buen puerto.  Solaris no será un reino que no escucha a sus ciudadanos mientras mi padre y yo gobernemos—. Ante aquellas palabras, Ren sonrió. No dijo nada. Solo mostró aquella sonrisa que la princesa no supo adivinar si era burlona, por su comentario, o agradecida.  Extrañada, miró a sus hermanos. Como esperaba, Dusk estaba rojo de rabia. 
A aquellas alturas, ya nadie tenía ganas de cenar. 

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