Nunca podía haber llegado a imaginar que se alegraría tanto de ver al Bladelyn. Durante los minutos que Syra había pasado sola en las lindes del bosque, un sin fin de ideas se le habían pasado por la cabeza. La situación estaba siendo tan imposible, que no le pareció descabellado que el hombre la dejase allí tirada y volviese a pie a Munshad, o que incluso llegase a contactar con alguien para acordar su secuestro. Por ello, al reconocer su figura alargada acercándose a su posición, soltó un suspiro de puro alivio.
Ren traía consigo una gabardina, una bufada y una boina, prácticamente idénticas a las que él vestía ahora. Sin usar palabras, arrojó las prendas sobre la chica, quien las tomó al vuelo como pudo. —Gracias, gracias, gracias —repitió varias veces. —¿Cómo las has conseguido? —preguntó curiosa.
—Las he robado —confesó sin apuros, abrochándose su propio abrigo.
—¡¿Qué?!— Syra se quedó helada. Las manos le temblaron sólo de pensar que estaba sujetando prendas robadas.
—¿Qué querías que hiciera? No llevo dinero encima. ¿Crees que pedirlas amablemente hubiese servido de algo? —preguntó ligeramente airado, y no le faltaba razón. A la princesa no se le ocurrió ninguna otra forma de conseguir ropa sin dar algo a cambio. Suspirando, observó las vestimentas oscuras.
—¿Has recordado el nombre del establecimiento al menos? ¿El nombre del dueño? —. Ren se encogió de hombros.
—Oh, por el amor de los dioses —se quejó la chica. —A saber cómo diantres voy a devolver éste favor ahora.
—A mi se me ocurren muchas formas —alegó el joven. Lazó una mirada cargada de intenciones a la chica, quien captó el significado con rapidez. Le estaba sugiriendo cambiar la situación de la ciudad, pero ni por asomo iba a ser como él deseaba. Decidió no replicar.
—Date la vuelta — pidió la chica.
—¿Por qué?
—Porque voy a quitarme las medias. Por muy abrigada que sea la gabardina, no va a ocultar que estoy hecha un estropicio y prefería llamar la atención lo menos posible.
—Sólo son medias —señaló.
—¿Y qué? Es incómodo. Date la vuelta —le instó, consiguiendo que el hombre obedeciese. Syra no se anduvo con miramientos y se alzó ligeramente la falda para poder sacarse la prenda. Apenas tardó unos segundos pero parecieron eternos, debido al frío, hasta que pudo resguardarse, por fin, en el abrigo. Cuando Ren volvió a mirarla, se encontró con una mujer bajita, cubierta por una gabardina tres tallas por encima de la suya y cuya cara estaba semi rodeada por una bufanda con un extremo que casi rozaba el suelo. Lo último que la chica se colocó fue la boina. Primero recogió todos sus cabellos con la mano, los cuales estaban encrespados y algo húmedos. Seguidamente, los reunió simulando una especie de moño, para finalmente ocultarlo todo bajo el gorro.
—Pareces un crío —observó.
—Ya no —informó, al tiempo que se ponía de nuevo los zapatos de tacón. El dolor de los pies se transformó en ardor al instante. —Supongo que ahora parezco una mujer un poco rara.
—No creo que haya nadie normal por esta zona —alegó el hombre, reajustándose su propia boina. —¿Ya estás lista? —la princesa asintió. —Vamos a salir de aquí ya.
Tarkav era peor de lo que Syra había imaginado. Los edificios, además de anticuados, estaban sucios y desgastados allá donde mirase. El cableado de la población se hallaba expuesto en mitad de las calles, rodeando esquinas y farolas sin ningún tipo de cuidado. Los vehículos que transitaban por las calles eran tan antiguos que la princesa juraría no haber visto nunca alguno de los modelos que pasaron cerca de ella. Todo estaba... descuidado. —¿Cuanto hace que esta zona está así? —preguntñi en voz baja mientras caminaba.
—Diría que siempre ha estado así.
—¿Siempre? —preguntó sorprendida. —Pero no lo comprendo. ¿Cómo puede haber acabado la ciudad así? Solaris no es un mal reino. Tenemos recursos, presupuesto para gastos, prevención de riesgos. ¿Es que nada de eso ha llegado aquí?
—Seguramente sí, pero en esta zona no hay nada que sea permanente. La tensión casi puede olerse —dijo Ren. Syra solo percibía un hedor que era una mezcla entre humedad y podrido. Y no era para menos. La calzaba estaba húmeda y desprovista de cualquier clase de limpieza diaria. —Imagino que nadie quiere vivir aquí, ni tampoco acercarse.
—Pero... casi parece tierra de nadie —observó ella. No daba crédito a todo cuando veía. La poca gente que transitaba por la población lo hacía de forma bastante individualista y recelosa. Algunas mujeres se aferraban a sus bolsos como si temiesen que alguien fuese a robárselos, los niños corrían rápido, como si quisieran alejarse de la situación. La mayoría de los comercios estaban cerrados, y los que permanecían abiertos, apenas contaban con clientela. Todo era... tan gris. Aquella zona no parecía formar parte de la rica y avanzada Solaris.
—¿De verdad que no sabías nada sobre lo que pasa en la frontera entre Munshad y Solaris? —preguntó el hombre, entrecerrando los ojos.
—Claro que no —confesó angustiada. —De haberlo sabido... —tragó saliva. —No sé que decir. No entiendo como algo así puede haber estado ocurriendo sin que nadie lo haya puesto en mi conocimiento o el de mi padre. Me avergüenza enormemente —se disculpó de alguna manera.
Al llegar a una esquina, Syra tuvo intenciones de girarla, pero Ren la agarró del brazo y la obligó a volverse.
—Por ahí no. He robado la ropa por allí, es mejor que no nos vean —se apresuró a decir. Se puso tan tenso que Syra no se atrevió a contradecirle.
—¿Y a donde vamos?
—A un lugar donde tengan un teléfono—recordó. Aguardó unos minutos en los que paseó su mirada por toda la calle alargada en la que habían estado caminando, hasta que se decantó por un punto fijo. —Allí —señaló. Se trataba de una especie de bar, pequeño y oscuro. La puerta estaba abierta y un cartel pequeño escrito a tiza exponía lo que parecían ser distintos platos disponibles para comer. A simple vista, la verdad es que parecía un antro. Sin embargo eso no pareció hacer dudar al joven, quien cruzó la carretera seguido de la chica y cruzó el umbral de la puerta sin meditarlo antes un par de veces.
Para sorpresa de ambos, el local por dentro estaba bastante limpio. No había nadie ocupando las pocas mesas dispuestas para comer, como tampoco había nadie tras la barra en la que parecía que se servían bebidas. Había una televisión, colgada de una esquina de la pared, en la que se estaba emitiendo una carrera de caballos de algún punto del reino. —¿Hay alguien? —preguntó Ren, en vista de que la chica no pronunciaba palabra alguna. Estaba ensimismada, mirando cada detalle del lugar. Al instante, un hombre alto, calvo y con una barba frondosa, apareció tras cruzar una cortina que separaba el bar de lo que parecía ser un almacén.
—¿Qué queréis? —preguntó el hombre. A pesar de su físico imponente, su voz sonó dudosa y algo asustada.
—Un teléfono, si tuviera —intervino Syra. —Nos hemos quedado sin teléfono móvil y necesito llamar a mi familia.
—¿Vais a comer algo? Esto no es una casa de caridad —informó.
—No tenemos dinero —confesó la chica.
—Pues idos por donde habéis venido.
—¡Por favor! —suplicó, acercándose a la barra. —Hemos pasado muy mala racha y agradecería un poco de solidaridad. ¿Es que a caso usted nunca ha tenido un mal día en el que agradecería que alguien le hubiese ayudad?
—No me vengas con cuentos, niña —se quejó el hombre. La princesa pestañeó sorprendida. No sólo nunca en su vida se había encontrado en una situación así, sino que tampoco nadie nunca le había hablado de aquel modo. Resignada, posó la frente sobre la barra tras un pequeño golpe.
—Te doy un menú completo, para dos personas, y te dejaré usar el teléfono si a cambio me das ese anillo —señaló el hombre. La mujer se miró la mano sin comprender a qué se refería. Había olvidado que el día anterior había decidido lucir un anillo bastante fino de plata, poco llamativo y sencillo. Sin embargo, era cierto que algo de valor debía tener. —Tampoco haré preguntas sobre dónde lo has conseguido —añadió el hombre, una vez más, inseguro. Su voz denotaba un miedo que la princesa no pudo llegar a comprender. No obstante, no tuvo reparos en sacar el anillo de su dedo y cedérselo.
—Tienes unos precios muy elevados —señaló Ren.
—Todos los precios son elevados en Tarkav —contestó el dueño del local, encogiéndose de hombros. —Está bien, señorita. ¿Ves ese teléfono de allí? —. Con su dedo, señaló a un teléfono de pared que se hallaba justo bajo la televisión. —Cuando termines la llamada podéis sentaros. Os atenderé en seguida —el semblante del hombre cambió por completo. De mostrar temor, pasó a expresar una especie de alivio con brillo en los ojos.
Syra no tuvo tiempo de agradecerle el trato, puesto que Ren se encargó de instarla a acercarse al teléfono con secos empujones en la espalda. Cuando alcanzó a cogerlo, la chica meditó detenidamente a quien podía llamar. Los números personales de la familia real usaban códigos cifrados para que nunca fuesen descubiertos, y temió que dicho código no pudiese usarse en un teléfono tan antiguo como aquel. Por suerte, contaba con una segunda opción. Marcó los números con lentitud, intentando recordarlos sin equivocaciones. Después, acercó el auricular a su oído, oyendo como los tonos se sucedían uno tras otro hasta que por fin, ella descolgó.
—¿Quien es? ¿Qué desea? —preguntó la voz femenina al otro lado.
—¿Zila?
—¡¿Alteza?! ¡Oh, por los dioses! ¡¿Syra?!
—Escúchame, escúchame. No te pongas nerviosa.
—¡¿Donde estáis?! La milicia lleva desde ayer buscando vuestro paradero. Lo que Raven informó fue...
—Zila, escúchame. Estoy en Tarkav. No creo que sea seguro contar lo que ha pasado desde aquí —susurró. —Dile a mi hermano que envíe a alguien a recogernos.
—¡Enseguida!
—Dile... dile que nos espere a las afueras. No quiero que entre en la ciudad ¿Está claro? Debe ser lo más discreto posible.
—Comunico ahora mismo la orden. Una nave oficial está ahora mismo en plena ronda, capitaneada por Garland. Pediré que se dirija ahora mismo hacia allí. Tardará un poco pero, por favor, no os mováis de allí.
—Ni en sueños —sonrió. —Nos vemos pronto, Zila —terminó por decir, colgando el comunicador. Al hacerlo, la princesa soltó un enorme suspiro. Por fin, por fin aquella experiencia se acercaba a su fin.
—¿Todo solucionado? —preguntó Ren. Syra asintió. —Vamos a comer algo.
La pareja se sentó en una mesa cerca de la esquina, donde un pequeño ventanal dejaba vistas a la calle. El dueño del local se apresuró a limpiar la mesa y dejar sobre ellas cubiertos limpios, servilletas y una jarra con agua. Por último, ofreció un par de papeles con el menú a cada uno. Syra leyó con detenimiento la descripción de cada plato, de los cuales no conocía nada. —¿Qué queréis probar? —preguntó el dueño.
—¿Qué me aconsejas?
—Bueno, está feo que lo diga, pero sé hacer una salsa picante que está de muerte. Normalmente la sirvo con fideos y a veces con hamburguesa.
—Pues eso quiero —asintió. Ren la miró extrañado. —Quiero una hamburguesa con patatas y salsa picante.
—Marchando.
—Yo lo mismo —añadió Ren. Dispuesta la comanda, el dueño del local se retiró, dejando a ambos solos de nuevo. Syra, quien hasta entonces había estado sumergida en un mar de problemas, se mostró radiante. Miraba por la ventana con curiosidad y traqueteaba con los dedos sobre la mesa, como si marcara el compás de una canción. —Pareces feliz.
—Estoy... ¿Emocionada? —se preguntó. —Es que nunca antes había estado en una ciudad como si fuese alguien normal, sin que me reconozcan. Nunca he hecho algo como esto —señaló al lugar.
—Nunca en tu vida has probado una hamburguesa ¿No es así?
—No —sonrió la chica. —La comida que sirven en palacio la decide el cocinero jefe. Diariamente se programa un menú equilibrado, con verdura fresca y frutas de temporada. Tengo un poco prohibido comer dulces, así que como puedes imaginar, la famosa comida basura es algo que no he olido en mi vida. —confesó.
—Vaya vida más aburrida —bufó él. Y no le faltaba razón.
Cuando la comida llegó, desprendió un olor que hizo que el estómago de la mujer volviese a crujir. La hamburguesa tenía una pinta exquisita, cuyo pan brillaba desde cualquier perspectiva y con unos colores que llamaban demasiado la atención. Todo humeaba, recién sacado de la cocina, de forma que la salsa goteaba sobre el fondo del plato debido al calor. Syra meditó cual era la mejor forma de empezar a comer, ya que desconocía cual era el protocolo. Sin embargo, al comprobar que Ren tomaba la comida con las manos y se la introducía en la boca importándole poco si se manchaba, le imitó. El primer bocado le supo raro. Nunca había probado un pan que fuese tan blando, ni una mezcla de verdura y carne tan salada, pero después... la explosión de sabores se abrió paso en el interior de su boca. El sabor a la brasa se mezclaba con el picante que amenazaba con dejarla sin sensación en la lengua, y las patatas estaban tan sabrosas que temió no volver a echar de menos las cocidas que acostumbraba a comer. —Oh... dioses... ¿Como no he podido comer esto antes?
—Pues si probaras la pizza...
—¡¿Es mejor que esto?! —preguntó enormemente impresionada. La media sonrisa de Ren fue suficiente para saber que, de alguna forma, estaba demasiado alejada de lo que se consideraba normal.
Cuando terminaron de comer se marcharon de la ciudad en dirección a un lugar alejado, en el que tuvieron que esperar durante horas. Tal y como Syra había pedido, la nave oficial debía aparecer lejos de la población, de forma que pudiesen subir a ella sin ser objeto de curiosidad. Cuando la vieron acercarse por el horizonte de un sol que volvía a ponerse, ambos se sintieron aliviados. Aquella aventura había acabado.
La rampa se desplegó con rapidez, la puerta de embarque abrió, y Raven Garland, con un rostro horrorizado, fue el primero en acercarse a ambos. —¡Alteza! ¡¿Estáis bien?! —preguntó preocupado, pero en cuanto reparó en Ren, su cara se transformó hasta parecer la máxima expresión de la ira. —¡Tú! ¡Miserable munshita! ¡¿Qué has hecho?! —se abalanzó hacia él, señalándole con el dedo.
—No ha hecho nada, Raven —se apresuró la princesa en informar, deshaciéndose de la boina y liberando sus cabellos sucios.
—¡¿Y como lo sabemos?! ¡¿Cómo sabemos que no es él quien ha provocado ese fenómeno?! ¡¿Para qué os ha traído hasta aquí?! ¡A la frontera!
—Te digo que no ha sido él —insistió de forma tan seria, que si le replicaba se comprendería como una insubordinación.
—Y aunque no haya sido él, juzgaremos el caso al completo, con su participación en el mismo —La voz de Dusk predominó, resonando desde la espalda de Raven. El príncipe quedó en el umbral de la entrada a la nave, serio y cruzado de brazos. —Syra, entra ya. Vamonos a casa —le ordenó. La princesa subió por la rampa, y al alcanzar a su hermano, sintió deseos de abrazarle. No lo hizo, pues el ambiente estaba tan tenso que no le pareció apropiado. —¿Estás bien? ¿Estás segura? —preguntó, encontrándose simplemente con el asentimiento de su hermana. —¿Alguien os ha reconocido?
—Nadie. Hemos estado en el bosque durante la noche y cuando hemos entrado en la ciudad nos hemos asegurado de pasar desapercibidos.
—Está bien, descansa —sugirió. —Y tú, Bladelyn, te aconsejo hacer lo mismo. Te espera un día complicado mañana por la mañana.
—¿Qué pasa mañana? —preguntó la chica.
—Nuestro padre se ha levantado de la cama ante la noticia de tu desaparición. Ha decidido hacer un esfuerzo para terminar con todo este sinsentido ya. Mañana, a primera hora de la mañana, hablaremos sobre qué pretensiones tienen los Bladelyn hacia nosotros. Oiremos todo lo que tengas que decir —miró a Ren. —Y a petición de mi padre y mi hermanas, tendrás tu tan deseada negociación. Tras ella, podrás marcharte de una vez por todas. —informó. —Buena suerte —terminó por decir, mostrando una sonrisa amenazante, justo antes de entrar al interior de la nave.
Cuando Ren subió y pasó frente a Syra, ambos compartieron una mirada. La pequeña tregua que habían llegado a alcanzar se había acabado. De nuevo volvían a ser enemigos y aquello dejó una sensación muy extraña en ella.
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