miércoles, 26 de febrero de 2020

La taza de té humeante desprendía un olor casi reconfortante, a pesar de que se encontraba lejos, solitaria sobre el escritorio que había junto a la ventana. Syra aún no se había decidido por dar un sorbo. Desde que había vuelto a la mansión, no había emitido palabra ni se había movido de la habitación. Estaba quieta, sentada en la cama, sumida en pensamientos que conseguían que sus manos no dejasen de temblar ni por un instante. Su cara seguía pálida, y no por el maquillaje, el cual ya había sido lavado y retirado, sino por su propia angustia. Impactada, inmersa en una sensación tan horrible que no la dejaba actuar con normalidad, terminó por emitir un suspiro desesperanzado, roto y lleno de dolor. 
Raven no podía verla así. Su ira, que hasta entonces le había mantenido la sangre caliente y la cabeza en un caos, se vio aplacada ante la escena que la princesa presentaba. Sin emitir ruido alguno, se dirigió hacia la taza y la envolvió entre sus manos, para posteriormente entregársela a la chica. —Deberías beberlo. Es de miel y soluna. Te vendrá bien—sugirió el hombre. Desde que habían llegado, sólo había salido de la habitación para ir a preparar la infusión en cocinas, donde él mismo se cercioró de que la mezcla de hiervas era la que la mujer necesitaba. Se negaba a marcharse, no en una situación así.
—Gracias, Raven —murmuró la chica entre susurros. Tomó la taza con torpeza y se mojó los labios con el té. El sorbo fue amargo e indeseado, sobre todo porque tenía el estómago cerrado. Sin embargo, la soluna era conocida por ser una flor con propiedades sedantes. Y aquello era justo lo que necesitaba, un chute de tranquilidad. 
—¿Te encuentras mejor? —preguntó temeroso. Ella negó con la cabeza. Tenía los ojos húmedos, pero no había llorado en ningún momento. La impotencia era tal que ni si quiera podía expresar sus emociones más primarias. —No te preocupes, poco a poco. Es comprensible que estés así. 
—No, no lo es —tragó otro sorbo. —No es comprensible que eso... haya ocurrido.
—Estabas en la boca del lobo, Syra. Por desgracia los ánimos están así en Munshad.
—Pero ¿por qué? —preguntó la chica, dolida. Miró a los ojos a su guardián como si éste pudiese tener las respuestas a todo. —¿Por qué nos odian así? ¿Qué les hemos hecho? ¿Qué ha provocado esto?
—Torturarse con esas preguntas no te ayudará—insistió el hombre, pasando a tomar asiento, de forma cautelosa, junto a la chica. La cama se hundió en el borde con el peso de ambos. —Ningún reinado es perfecto. No hay buena intención que pretendas llevar a cabo y sea capaz de llegar a todo el mundo. Por desgracia, esto siempre ocurrirá, reine quien reine.
—No me parece algo lógico —murmuró. —Procuramos paz social, procuramos bienestar. Cada año enviamos partidas de gastos a todas las ciudades. Invertimos en medicina, en cultura, en educación... Procuramos que no haya desigualdades sociales. Mi padre siempre ha dado prioridad a las situaciones más desfavorecidas. ¿Qué ha pasado aquí para que ésto no sea reconocido? ¿Qué ha podido ocurrir para que todo esté tan perdido como para que intenten hacerme... daño?
—Syra —la llamó con seriedad. —Ni tú ni nadie arreglará ese problema nunca. Y menos aún cuando los Bladelyn sigan enalteciendo estas actitudes —. La chica no tuvo nada más que decir. Las incógnitas empezaban a ser tan numerosas que la cabeza era incapaz de pensar en algo claro y concreto. Dando otro sorbo al té, recogió las piernas hasta entrelazarlas al filo del borde del colchón. Los pantalones oscuros de algodón que se puso nada más llegar le permitieron hacer tal movimiento. El jersey de color crema, ancho y de cuello alto, le aportó suficiente calor como para sentirse algo reconfortada. 
—¿Como voy a arreglar esto? 
—Con paciencia. Siendo consciente de que los mundos utópicos no existen —enumeró. —Gobernando siempre bajo la sabiduría y la percepción del bien común. Mostrándole al mundo la realidad, con transparencia. Haciéndote ver como una servidora al reino y como a los Bladelyn le convendrían que te observasen —Ante aquellas palabras, la princesa se quedó observando a su compañero, cabizbaja.
—Hablas muy bien, Raven —le confesó. —Quiero decir... que no pareces un Maestro de la Guardia. Hablas como hablaría mi padre.
—¿Como lo haría un rey? —preguntó bromeando. Syra lo supo, aquel tono era jocoso. Sin embargo, los ojos del guardia estaban cargados de una especie de tristeza e interés que la atraparon unos segundos.
—No te aconsejo ser rey —siguió ella con la broma, que, aunque con voz triste, empezaba a estar relajada. Había algo en el hombre que la ayudaba a serenarse.
—Seguro que no es para tanto. Un palacio grande, una comida caliente cinco veces al día, sirvientes a mi disposición y unos zapatos distintos para cada día.
—Qué mas quisieras —dijo la chica, emitiendo una leve risa mientras le empujaba sin fuerza con el hombro. Al instante, hizo desaparecer aquella sonrisa para volver nuevamente a seriedad que había mostrado el resto del día. —Pero tienes razón, tengo que sobreponerme a esto. No quiero que esto vuelva a pasar, no puedo permitírmelo. Munshad tiene que comprender que yo soy tan válida para darles lo que necesiten como los Bladelyn, y abierta al diálogo como la que más —comentó decidida. —Además, estoy harta de tensiones. Estoy harta de sentir que puede saltar una chispa que provoque un incendio en cualquier momento.
—La situación en palacio no es para menos. Tus hermanos llamaron al teléfono móvil hace un par de horas para saber como te encontrabas y lo que percibí en ellos era una rabia que pocas veces he visto en alguien. 
—A eso me refiero. Esto no puede ser siempre así. Menos aún si... voy a casarme con Ren —le costó pronunciar. Raven carraspeó.
—Eres sabia, Syra. Actúa como creas conveniente, pero recuerda que hagas lo que hagas e intentes lo que intentes, los Bladelyn, Ren... son tus enemigos

El resto del día no transcurrió con facilidad. 
La princesa se ausentó en el almuerzo por falta de apetito. Durante la merienda, la chica se dedicó a escribir anotaciones rápidas en su cuaderno personal, el cual había metido en el equipaje junto con la ropa y el resto de enseres. Tan solo al caer la noche decidió salir de la habitación.
Sus ánimos estaban templados a pesar de que olvidar lo acontecido aquella mañana iba a ser difícil. Un par de tazas más de soluna le habían conseguido devolver la bravura habitual que la rodeaba, de manera que volver a pasear por la mansión no le pareció la peor idea. Raven, al verla salir, la siguió—¿A donde vas?
—Al baño —mintió la chica. Por supuesto, agradecía la presencia del guardia en todo momento. Sabía que estar en Munshad no era plato de buen gusto para él tampoco, y que si estaba allí, era por ayudarla a ella. Le daba lástima la idea de que no descansase, de que aguantase inquebrantable a las afueras de la habitación durante todo el día, pero, si le decía a donde iba, la iba a tomar por loca. Por suerte, el engaño pareció ser efectivo ya que Raven se detuvo y la dejó marchar, de forma que, cuando volvió la vista, la chica ya estaba bajando las escaleras a toda prisa. La ropa cómoda que se había puesto impedía que sus pisadas se oyesen contra el suelo, así que se sintió libre de moverse con algo más de atrevimiento por la mansión.
A su paso, una vez más, no hubo rastro de los Bladelyn. No había vuelto a ver a Ren desde aquella mañana, y Claire había desaparecido entre risas una vez llegaron al hogar. No la conocía, pero empezaba a entender cual era su actitud. En cuanto a Jiram... se lo encontró al doblar una esquina. El hombre, de cabellos rizados y barba descuidada, la miró de arriba abajo. En su rostro la chica no encontró ni un ápice de parecido a Ren.
—¿A donde vas? —preguntó con tono despectivo.
—¿Tengo prohibido ir a algún lado? —preguntó ella. Su cuestión supuso un desafío, pero procuró que sonase lo más calmado posible.
—Ahora que lo dices, sí. Esta es mi casa y tú eres una invitada a la que nadie quiere tener aquí. ¿No sería un poco raro que no me importase que te inmiscuyeras en nuestra intimidad y nuestros asuntos? —su voz era casi un vómito. —¿A donde vas?
—A solucionar unos asuntos.
—¿Te ríes de mi? —preguntó con una voz que tronó, acercándose hacia ella de forma violenta. Su cara se quedó a escasos centímetros de la de la princesa. Estaba claro que quería imponerse y mostrar terror, pero Syra empezaba a estar lo suficientemente cansada como para caer en mas trampas. Le sostuvo la mirada inquebrantable, sin moverse ni un centímetro —No traes contigo a tu perro —observó.
—¿Crees que necesito a un guardia todo el tiempo? Me subestimas.
—¿Y tu crees que estás a salvo aquí? —la sonrisa que se dibujó en sus labios fue la expresión de una amenaza. —Eres una niñata malcriada.
—Y tú un arrogante que quiere demostrar ser algo que no es. ¿Me equivoco? —Era evidente que Syra no lo conocía. No había tratado con él y apenas le había visto actuar, de manera que su afirmación fue un riesgo que asumió correr. La consecuencia fue que Jiram alzó la mano. Fue un acto reflejo lo que hizo que la mujer, en respuesta, emitiese una oleada de magia en su interior dispuesta a ser usada en su defensa. Pero antes de que pudiese hacer nada, el hombre bajó el brazo, conteniéndose. Con un paso tan rabioso que parecía querer romper el suelo, caminó por su lado para marcharse.
—Mucho cuidado conmigo, niñata. Te la juegas aquí —terminó por decir. Cuando Syra se quedó sola, asintió. Tenía que seguir.

Le costó un poco encontrar el despacho de Agro, por el sencillo hecho de que no tenía. En la planta baja de la mansión, en el ala oeste, había un sin fin de habitaciones llenas de librerías, escritorios y zona de trabajo vacías. Casi parecía una casa fantasma, puesto que ni si quiera al personal del servicio pudo encontrar. Pero, cuando al final del corredor, aparecieron las mismas puertas pesadas tras las que el patriarca de los Bladelyn se encontraba el día anterior, supo que debía estar allí.
Empujó las puertas como pudo, las cuales emitieron un crujido que revelaron su intención ante cualquiera que por allí pudiese encontrarse. La luz que se filtró a través de la puerta iluminó aquella especie de trono en la que Agro, aquella vez, no se encontraba. Y una vez más... aquella oleada asfixiante se enredó en el cuello de la chica. Definitivamente, allí pasaba algo.
—¿Quien se adentra en mis aposentos a estas horas? —la voz cavernosa, que arrastraba las palabras, hizo saber a la princesa que el hombre se encontraba allí a pesar de no verle. Syra caminó hacia el interior sin decir nada, y al hacerlo, la puerta se cerró a sus espaldas. Le costó unos segundos ver en la oscuridad, conforme sus pupilas se acostumbraban. Agro estaba allí, al fondo de la sala, con las manos tras la espalda. —Oh... la joven Syra.
—¿Es muy tarde para tener una conversación? —preguntó la chica con buen tono.
—Nunca es tarde para solventar las necesidades de una invitada —respondió él. —Por favor, toma asiento —su mano blanquecina y arrugada se extendió hasta señalar a un par de sillones, altos y de color rojo, que parecían estar casi empotrados contra una de las paredes laterales.
—No pretendo quedarme mucho tiempo —tragó saliva. —Desearía una conversación que vaya al grano. No he venido a Munshad para andarme con rodeos, si me permite.
—Entonces... Tú dirás.
—Imagino que está al corriente de lo que ha sucedido esta mañana.
—Oh, por supuesto. En Munshad somos bastante conservadores, me imagino.
—No iba a referirme a eso. Como comprenderá, la situación que aquí se vive me preocupa. Creo que desde la capital no hacemos nada que incurra en dejadez para con esta región. Mucho me temo que lo que aquí he percibido no es solo una disidencia. Aquí ocurre algo más grave, algo de lo que podéis hablarme —comentó segura.
—¿De verdad vivías ajena a lo que aquí ocurría? —su voz terminó con un deje que casi parecía animado. ¿Había sonreído? No podía saberlo. —¿Qué quieres saber, exactamente?
—Quiero saber qué esta ocurriendo aquí. Y no me refiero a la simple opinión de la secesión. Quiero saber donde está la raíz del problema —su voz sonó con eco. Agro se tomó unos segundos.
—La posición geográfica de Munshad podría servir de fuente al problema. Alejados, en un clima constantemente helado y desamparado, la vida aquí no funciona de la misma manera que lo harán las ciudades más próximas a la capital. ¿Sabes que ocurre cuando la distancia entre el centro y el extremo es enorme? Que la comunicación y la colaboración son imposibles. —comenzó a decir. —Abras notado que la ciudad y las poblaciones de este lado del mundo no tienen nada que ver con las lujosas urbes con las que sueles convivir. ¿Te preguntas por qué? La respuesta está en el gobierno de los Chrone. Vuestro beneplácito, vuestras amistades, vuestro círculo de confianza está más que zanjado con las preciosas metrópolis que os rodean. ¿Y qué es de Munshad? Oh, sí... aquella región tal alejada que no recibe los mismos beneficios que las demás por el simple hecho de no permanecer en ese círculo. Aquella región que no ocupa el mismo lugar en el senado que las demás. Aquella región que, pese a sus necesidades, es abandonada constantemente.
—¿Nos estáis acusando de algo?
—¿A caso no soy claro? Y por supuesto no soy yo el que habla. Habla el pueblo, la gente. Los testigos del mal trato ejercido por la corona a esta región. Las personas que ven en la separación y en el gobierno independiente la única solución viable para conseguir ser como los demás, tener los mismos derechos y las mismas oportunidades. Los que quieren dejar de ser vasallos... de un reino regido por el poder de una piedra disputada en guerra hace miles de años —continuó. 
—Llamáis a los Chrone corruptos, entonces. Llamáis corrupta a la familia que nace y muere para Solaris. A la familia que fue elegida para gobernar por ser la más idónea. 
—¿Tan segura estás de ello, joven Chrone? Deberías leer los libros adecuados para comprender que la situación lleva años siendo la inadecuada, sumergiéndose en errores que no se dejan de cometer, dilatándose en el tiempo, antes del nacimiento de tu padre, antes del nacimiento de tu abuelo —Syra apretó los puños. Falacias, aquellas no podían ser más que mentiras y calumnias. Pero si exponía sus más puros sentimientos, la conversación se iría al garete en ese momento.
—Puedo asegurarle que estoy más que educada desde mi niñez y que he leído los libros suficientes como para entender que los problemas que han surgido durante el reinado de mi árbol familiar se han podido resolver con la palabra y la colaboración suficientes. De modo que confío en que mis siguientes actuaciones sean las necesarias para solventar le problema que hay en Munshad. —sonrió de forma falsa. —Si ese es el problema y esa es la percepción que los munshitas tienen de mi persona y de mi familia, trabajaré para que eso cambie. Y para que los Bladelyn cambien de parecer —añadió. —Si hay algo que se ha hecho mal será subsanado inmediatamente, puesto que es algo que no puedo permitir. Pero, en cualquier caso, quisiera tener la certeza de que cuento con la colaboración suficiente para que eso pueda suceder. El trato a cambio de la paz ha sido el enlace. Ren, su hijo, gobernará junto a mi y otorgará a Munshad todo cuanto necesite, de primera mano. Intuyo que el trato es de vuestro interés —tomó aire —¿Cuento por ello con su cooperación? Sobre todo empezando por conseguir que se eviten situaciones como las de hoy. Insisto en que la región tiene que comprender que ahora Chrone y Bladelyn trabajar por y para ellos. La confirmación me haría sentir más aliviada.
—Por supuesto, Syra Chrone. Puedes contar con ello —a pesar de sus palabras, la princesa pudo sentir que debía desconfiar. Había algo, algo raro. Y ese poder que emanaba de él... ¿De donde venía? Miró de forma cuidadosa a toda la sala. Allí no había nada que provocase aquellas oleadas más que su presencia.
—Me complace oír eso —volvió a sonreír forzosamente.
—¿Necesitas saber algo más? 
—No, de momento.
—Tu presencia en esta sala es más que bienvenida. Mantener una conversación con la hija de Aurum Chrone es cuanto menos... interesante.
—Pero no quisiera molestar más. Comprendo que no son horas en las que podamos andarnos con diálogos llenos de matices y opiniones personales. Aún así, lo tendré en cuenta —terminó por decir justo antes de encaminarse de regreso a la puerta. El cuerpo y la mente le pedían salir de allí.
—Hasta pronto, querida Chrone. Algo me dice que esta no va a ser la última de nuestras conversaciones.

Cuando Syra salió de la sala y las puertas se cerraron de nuevo, tuvo que dar una enorme bocanada de aire. No se había dado cuenta, pero ahí dentro había estado perdiendo el aliento, perdiendo la capacidad de respirar y lo había comprendido nada más salir. Había un poder... que la estrangulaba.

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