El desayuno fue tan aburrido como parecía ser costumbre en la mansión de los Bladelyn. En el mismo comedor Syra disfrutaba de leche y fruta con la única compañía de Raven, ya que, todavía, no había tenido la ocasión de compartir comida alguna con los miembros de la familia. no había que ser muy lista para entender que ya no se trataba de una costumbre, sino de un rechazo total hacia su persona. Cualquier persona hospitalaria se acercaría a la sala, al menos, para saber que todo iba bien. Pero, a fin de cuentas, la chica no se quejaba. Dado el trato con los hijos de Agro, era mejor así. Su escolta era todo cuanto necesitaba, ya fuera por sus animadas conversaciones o por su increíble costumbre de tomar cerveza de buena mañana. Fuera por lo que fuese, Raven no dejaba de sorprenderla.
Para cuando terminaron con el desayuno y decidieron volver a la habitación, la mujer comenzaba a aburrirse. Apenas había pasado tres días en Munshad, perola falta de responsabilidades y el sinsentido de las pocas con las que contaba le daban la sensación de que poco o nada tenía ya que hacer allí. ¿A que esperaban para marcharse? Por su cabeza se pasó la idea de que, de alguna forma, la estaban reteniendo allí. Alejarla del resto de Solaris, ahora que su padre estaba enfermo, dejaba de cierta forma al reino en pausa. Claro que Iran y Dusk eran más que capaces de controlar cualquier situación que se presentase y que requiriese de atención, pero ellos tenían sus propias preocupaciones para con el ejército y la gestión del mismo. Quiso alejar ese pensamiento de la cabeza, dejar de juzgar a los Bladelyn por la imagen que ya tenía de ellos e intentar colaborar, tal y como había acordado con Agro, para procurar relajar la situación lo antes posible. Sin embargo, cada hora que pasaba parecía ser una tarea más dificil.
—¿Hay algo que tengas que hacer hoy? —preguntó Raven, siguiendo a la chica por las escaleras.
—No me han indicado nada todavía —se encogió de hombros. —Supongo que después de lo de ayer, lo mejor es que todo cuanto tenga que hacer lo haga desde aquí —suspiró. —¿Has llamado a palacio?
—Esta misma mañana, mientras te cambiabas. Aurum sigue guardando reposo y los príncipes siguen preocupados esperando que regreses —explicó.
—¿No hay mejoría?
—Parece que no —comentó el hombre con voz suave, buscando algo de tacto.
—Le dije algo horrible aquel día —confesó la princesa. —Estaba nerviosa y me sentí tan utilizada que... le reproché algo despreciable. Y todavía no he tenido ocasión de disculparme por ello.
—No tienes que martirizarte por eso. Cuando estamos enfurecidos, tendemos a decir cosas que realmente no pensamos. Nuestra razón se nubla y parece actuar en pos de hacer daño a quien nos provoca esa sensación. Y tú, Syra, tienes motivos para estar enfadada con él.
—Sí y no —admitió. —Aunque no fueron las formas, comprendo los motivos que instaron a mi padre a tomar su decisión. Pero, en cualquier caso, no se merecía lo que le dije.
—No te preocupes. Podrás disculparte muy pronto si es lo que el corazón te pide hacer —recordó él, justo antes de llegar a la habitación.
—Eres muy amable conmigo, Raven. Aprecio de verdad tu actitud —sonrió la chica, sintiendo de corazón lo que decía. Al posar su mano en el pomo de la puerta, notó que esta cedió sin apenas esfuerzo. Y no solo ella, también lo vio el guardia. Estaba abierta... y en el interior, alguien a quien no esperaban.
Claire se estaba paseando por el aposento, toqueteando todo cuanto veía y, presumiblemente, buscando algo. Las puertas del armario estaban abiertas, así como los cajones del escritorio y la tapa del baúl que se hallaba a los pies de la cama. La chica no pareció sorprenderse de ser descubierta. Simplemente, se giró hacia los recién llegados y compuso una sonrisa forzada. —¿Se puede saber qué haces aquí? —preguntó la princesa.
—Estoy en mi casa —respondió ella secamente.
—Estás, a todas luces, violando la intimidad de la princesa —le señaló Raven.
—¿Intimidad? —sonrió sarcástica. —Aquí solo tienes trapos —señaló a las prendas que se dejaban ver en el interior del armario.
—Ve al grano, Claire. ¿Qué quieres? —preguntó Syra con la paciencia rota. La actitud de la Bladelyn comenzaba a cansarla.
—Sólo quería pasar por aquí.
—¿Y te paseas por las habitaciones? ¿Rebuscando entre las pertenencias de los demás? —preguntó el hombre con una dejadez asqueada. —Lárgate de aquí.
—¿Me estás echando, chucho?
—Quisiera estar sola, Claire. ¿Te importa eso mucho? —intervino Syra. Ante aquella pregunta, el rostro de la muchacha se relajó. Miró de un lado para otro, como si buscara algo.
—No me puedo ir.
—¿Cómo que no? —se cruzó la princesa de brazos. —Estoy un poco cansada de tus tejemanejes. Y no pretendas fingir que no sabes de qué hablo. Sé que llevas riéndote de mi desde que llegué, que me odias y que está claro que no nos caemos bien. Pero por el bien del futuro que nos espera como familia, haz el favor de no provocar una discusión —la reprendió. —Vete de aquí.
—¡No! —contestó la chica alterada. —Por favor, ahora hablo en serio. Dejadme estar un rato aquí —. La angustia que emanaba de entre sus labios hizo que la princesa y su guardia se miraran sin comprender. —No estoy de cachondeo —insistió.
—¿De qué te escondes? —preguntó Syra entrecerrando los ojos, inquisitiva.
—Oh, vamos. ¿Vais a decirme que no os habéis fijado? Aquí todo el mundo se esconde de algo. O mejor dicho, de alguien —aquella información despertó enorme interés en la heredera, quien llevaba toda su estancia allí preguntándose que era lo que le ocurría a los empleados. Las cicatrices, la palidez, el miedo... —Jiram no es alguien soportable —terminó por confesar.
—¿Por qué?
—Digamos que tiene... problemas.
—No me digas.
—Hablo en serio. A veces se le va la cabeza. Es muy violento y suele pagar su furia con los que aquí trabajan. En ocasiones incluso conmigo a pesar de que soy su hermana. Y hoy no está en uno de sus mejores días —comentó sin tapujos, sentándose sobre la cama tras correr las cortinas que colgaban del dosel.
—¿Me estas diciendo que Jiram maltrata a todos los que están por aquí? ¿Él le ha hecho esas heridas a los demás? He visto cosas muy graves. — Claire asintió.
—No se puede hacer nada ¿Sabes? —comentó descuidada. —Por ser el mayor se cree con el derecho de hacer lo que le de la gana.
—En ese caso todos sois cómplices de sus actos —alegó Raven —Qué miserables.
—Vosotros no sabéis como es él ¿Vale? Mi padre vive en su burbuja y Ren pasa de todo esto —. Syra dio un par de pasos hacia atrás, como decidida a hacer algo. —No le busques, no está —le informó, haciendo que parase en seco. —Ha ido a no se qué sitio y no creo que vuelva en todo el día. Además, tampoco vas a conseguir nada yendo a darle las quejas.
—¿Y ya está? ¿Te conformas con eso? ¿Huyendo de él y dejando pasar el problema?
—Joder, dioses, que pesada eres —bufó, poniéndose en pie —Había venido aquí porque es el único sitio en el que a Jiram no se le ocurriría entrar, pero ya veo que aquí también es un coñazo estar.
—Eh, eh —Syra se tomó la libertad de agarrarla de un hombro para impedir que se marchara. Al hacerlo, notó que estaba en los huesos. Sabía que estaba delgada, pero no tanto. —Quédate aquí si lo necesitas.
—Paso —se zafó del agarre de la chica. —Con suerte ya habrá salido de ese sótano asqueroso —terminó por decir, justo antes de marcharse por la puerta y dejar la situación con más dudas que respuestas.
Durante unos segundos, el silencio no se quebró. La información con la que ahora contaban era demasiado difícil de manejar y suponía demasiados problemas y pocas soluciones. —¿La crees? —preguntó Raven, colocando las manos en sus caderas.
—A pesar de que parece que ha estado buscando algo —señaló a la habitación. —Creo que sí —asintió. —Al fin y al cabo estaba claro que algo pasaba y ese Jiram... no podía ser trigo limpio.
—No pretenderás solucionar también ese problema ¿No? —preguntó el hombre con ligera sospecha, viendo como Syra se acercaba al armario y sacaba del mismo el abrigo con el que había viajado hasta Munshad y temiéndose lo peor.
—¿Cómo podría hacerlo?
—Lo estás pensando.
—Vale, sí —confesó. —Pero no puedo hacer nada, no sabría como actuar. Ni si quiera está Ren.
—Entonces ¿Qué estás haciendo?
—Prepararme para salir.
—¿A dónde?
—A donde sea. Me estoy empezando asfixiar aquí, y no se si es por los problemas o por... esa sensación constante que rodea el ambiente —bufó. Aquel día estaba siendo insoportable.
Nevaba de una forma leve y tranquila. Respirar el aire frío y cortante, por desgracia, no ayudó a Syra a alejarse de aquella marea espesa que provocaba un efecto agotador y escalofriante. Y supuso que quedarse en la puerta mirando hacia las verjas que separaban el hogar de la ciudad tampoco iba a servir de ayuda. No podía echar a caminar hasta llegar a la población, por desgracia. Y lo cierto era que, a vistas de lo que pensaba la gente sobre ella, tampoco le apetecía. Pero había recordado lo que no hacía mucho le dijo Ren aquella noche que pasaron en Tarkav, y supo que había una opción que podía tomar. Rodeó la casa a paso algo acelerado, como si huyera de algo. Raven la siguió casi sin comprender aquella repentina necesidad de caminar que había invadido a la princesa. Claro que él no percibía lo mismo que ella. —¿Sabes a donde vas? —preguntó algo confuso.
—Más o menos. Me lo puedo imaginar —. Las verjas traseras no se hallaban muy lejos. Que también hubiese una salida por aquella zona, le hicieron saber a la princesa que debía estar tomando el camino correcto.
—Pero ¿Qué buscas exactamente?
—Ren me dijo una vez que a veces sale a pasear por los bosques de Munshad. Debía referirse a este mismo. Al fin y al cabo, no creo que pudiese llegar muy lejos siendo quien es —explicó.
—¿Estás segura de que no te encontrarás a nadie?
—Seguro que hay soldados a kilómetros a la redonda. Los Bladelyn tienen un sistema de seguridad tan eficaz como cualquier otra familia del senado —. De un empujón, la salida, compuesta de barrotes de acero, cedió. Ante ella, el pequeño bosque que rodeaba la mansión se abría paso.
—Te acompaño —se ofreció el guardia.
—¿Por qué no te quedas? —sugirió ella tras unos segundos de reflexión. —Claire dice que hoy Jiram está furioso ¿No es así? Si te quedas, podemos tener la posibilidad de ver algo.
—¿Ver qué, Syra? Lo que aquí ocurre no es asunto tuyo.
—Son munshitas ¿No? Y están sirviéndome a mi también —se refería al servicio. —Es responsabilidad mía, en parte. Y te prometo que me quedaría, pero te juro que empiezo a sentirme mal aquí.
—Está bien, está bien. Toma un poco el aire.
—Y tú quédate por el jardín, por favor. Si ves algo raro, cuéntamelo después. No tardaré mucho.
—Syra... Me estás pidiendo que deje de custodiar tu estancia aquí.
—No, sólo te estoy pidiendo un favor. Y te recuerdo, que en cuestión de poder, estoy por encima de ti. Si algo ocurriera, puedo defenderme yo sola —Raven tuvo que admitir que la princesa estaba en lo cierto. Aunque no muy dada a usar sus habilidades, contaba con ellas en todo momento. Su mirada comprensiva y el posterior suspiro fueron respuesta suficiente. —Gracias. Te debo una —le aseguró, tomándole las manos durante unos instantes, justo antes de disponerse a marchar.
Los pies se hundían en la espesa capa nevada que se sobreponía a lo que, quizás de vez en cuando, era un terreno algo marchito. Las copas de los árboles, aunque no muy altas y frondosas, estaban cubiertas por el mismo manto blanquecino. Los copos de nieve que se posaban sobre el abrigo de la chica, se acumulaban poco a poco. Cualquiera diría que aquel era un paisaje desamparado, desprovisto de cualquier emoción, tan frío y gris que nadie desearía cruzarlo. Sin embargo, a Syra le sentó como una cura. Alejarse de la mansión hizo que, efectivamente, aquella sensación tan angustiante se disipase, de forma que el lúgubre panorama se dibujaba ante los ojos de ella como algo parecido a un oasis. Un oasis helado.
El arrullo de un riachuelo se oía lejano, siendo lo único que se imponía ante el inminente silencio que rodeaba al lugar. Apenas había animales, y mucho menos pájaros. Agro tenía razón al decir que, de cierta forma, Munshad era un lugar desfavorecido y sin oportunidades. Si toda la región era como aquel bosque... había pocos recursos que aprovechar.
El suspiro que salió de entre los labios de la princesa, se convirtió en una fina capa de vaho que se extendió hacia el cielo gris. Su nariz se estaba volviendo rojiza, víctima del frío. Calaba hasta los huesos, a decir verdad, pero aquella soledad era tan... cálida. Terminar el paseo pronto no iba a ser una opción.
Tras algunos minutos de caminata en una misma dirección, el la línea del horizonte, repleta hasta entonces de árboles idénticos, se dibujó una pared de piedra lisa y oscura. ¿Había llegado hasta el final? ¿Tan pronto? Se lamentó por ello. No detuvo su paso hasta que se encontró tan cerca de la pared que, de dar un paso al frente, se chocaría de lleno. Lo único que podía hacer era rodearla, y así lo hizo. No parecía muy alta, de forma que debía tratarse de un escalón en el relieve del bosque. Un desnivel que se habría abierto paso en algún momento del tiempo, quizás, hacía milenios. Syra posó su mano sobre la superficie mientras caminaba, arrastrando los dedos a su paso y haciendo que pequeñas virutas de tierra y roca se desprendiesen a su vez. Al menos, hasta que encontró una franja abierta en mitad de la piedra. Era extraña ya que la pared era tan lisa y regular, que encontrar una grieta, cuya abertura era casi perfecta, que debía ser artificial. Curiosa, decidió adentrarse en ella.
Al interior parecía ser más ancho que la propia abertura, y la profundidad no podía ser demasiada, ya que con un simple vistazo se podía observar el final de la brecha. El final... y algo más. Unos tablones de madera servían como suelo a una especie de refugio improvisado. Había cojines sobre una colcha algo desgastada, en el mismo suelo. También había una mesa pequeña, con una lámpara de aceite tremendamente antigua. Sobre la misma, una pila de libros y un marco de foto. La princesa lo observó con detenimiento, reconociendo en él un niño pequeño, de cabellos largos y oscuros, sentado sobre el regazo de una mujer que tenía el pelo del mismo color y ondulado. La tez blanquecina también era compartida por ambos. Casi era la misma sonrisa. Y era indiscutible que aquel niño era Ren. Los ojos rasgados, los rasgos afilados, los lunares salpicados por su rostro... Inconfundible. —Así que aquí venías—murmuró la chica en voz baja. No cabía duda de que aquel era un refugio elaborado por un crío. Tosco, escaso de enseres, pero con encanto.
Regresando a los libros, los tomó uno por uno. Esperó encontrar cuentos e historias de fantasía, pero todo cuanto vio eran manuales de Solaris, de historia, de la familia Chrone incluso. Aquello no era un lugar de ocio, como creyó entender. Aquella cueva era un lugar de estudio, un estudio que no encajaba en la educación de un niño. La chica frunció el ceño. Quizás había estado allí... hacía poco.
No había mucho más allí. Ni rastro de juguetes, de comics, ni dibujos coloreados con lápices o ceras Lo que sí que había era un montón de ramas, hojas y grava amontonadas bajo la pared del fondo. Lo primero que pensó fue que podía tratarse de un montículo natural hecho para jugar, pero agudizando la vista, comprobó que bajo toda esa capa de maleza, se encontraba algo metálico escondido. Quizás estaba violando demasiado la intimidad de Ren, sí. Pero era lo justo. Su hermana había hecho lo mismo hacía unos minutos.
Con esfuerzo y tras arrodillarse, apartó las ramas más grandes primero, para después apartar con sacudidas el resto de hojas y tierra que se afanaban en ocultar lo que era, sin lugar a dudas, la espada más grande que Syra había visto nunca. Era enorme. Un auténtico espadón de los que ya no se usaban. Estaba sucio y desgastado. El metal no brillaba como lo haría el de un arma cuidada. Además, la hoja estaba llena de surcos y grietas. Puro desgaste. La mujer se aventuró a acariciarla, posando sus dedos sobre la misma. Y cuando lo hizo, sintió que se deshacía. Fue algo raro que hizo que apartase la mano rápidamente. Era como si... la hubiese absorbido. Pero no a ella, a su magia. Se puso en pie como un relámpago, negándose a repetirlo. —Aquí están pasando cosas muy raras... éste poder no es normal —volvió a murmurar. Sintió que había algo, un problema enorme, que aún desconocía.
Al salir de la grieta, estuvo dispuesta a volver a la mansión y contarle a Raven la verdad sobre esas sensaciones tan extrañas que percibía, incluso sobre la espada. Pero encontrarse de bruces con algo extraño impidió que lo hiciera.
Había una figura oscura, incorpórea y translúcida levitando a unos palmos del suelo. Apenas se movía, y de cierta forma, parecía inofensiva. Sin embargo, no era algo normal. La chica se quedó con la boca abierta admirando tal espectro. —¿Hola?— alzó su voz, no encontrando respuesta alguna. Aquella cosa casi ni se movía. Pero, ¿Qué era? ¿Cómo había llegado algo así allí? Miró de un lado para otro asegurándose de que no había nada más extraño que conocer. Pero parecía que allí solo estaban los dos, ella y esa cosa.
Anduvo hacia ella, y al hacerlo, la figura espectral alzó su mano. Seguía pareciendo inofensiva, de manera que Syra imitó aquel gesto. La curiosidad que la invadía era tal que no temió en ningún momento que aquella cosa fuera a hacerle daño, hasta que inesperadamente, el espectro le aferró la muñeca y tiró de ella. Una grieta se abrió. Fue un segundo. Quizá menos. Lo siguiente que vio fue oscuridad.
Todo era negro.
No llegaba a comprender si se hallaba en un lugar desprovisto de luz o aquel lugar era, sencillamente, pura oscuridad. Allá donde mirase, la rodeaba un manto tenebroso que parecía no tener ningún fin. El corazón le latió tan deprisa que lo sintió en la garganta, y las piernas le temblaron tanto que apenas podía moverse. —¿Donde estoy? —preguntó con pavor en la voz. Al menos, supo que su voz emitía sonido en aquel lugar.
—Chrone— Una voz gutural resonó en todas partes, haciendo que la mujer sintiese un temor aún más grande. De no ver nada, pasó a discernir una figura alta, ancha e imponente aproximándose. No tenía rostro, pues estaba cubierto de una máscara oscura y metálica escalofriante. Y fuera quien fuese, no se estaba acercado con buenas intenciones. —Al fin.
—¿Quien.. eres?
—Chrone —repitió. Syra sólo pudo echar a correr.
Correr en plena oscuridad era un concepto difícil de explicar. No sabía si avanzada o estaba quieta. No sabía si el mundo se movía o ella lo hacía. Sólo sabía que tenía que alejarse de esa persona que había echado a correr tras ella de la misma forma. Fue imposible no gritar de terror. —No podrás huir —volvió a decir a sus espaldas. La heredera corrió tanto y tan rápido como sus piernas se lo permitieron. Sentía que se le iban las fuerzas en aquel horrible intento de escapar, pero el miedo la mantenía en constante acción. Al menos, hasta que tropezó consigo misma.
No tardó en intentar incorporarse, pero, para cuando alcanzó a darse la vuelta, ya tenía a esa cosa sobre ella. —¡Déjame! —le gritó, imponiendo sobre ella un escudo mágico que se construyó en menos de un segundo. Manaba de sus manos con todo el poder que pudo emitir.
—Tus trucos ya no sirven —rugió. Ésta vez fue él quien invocó un torrente mágico que, con tremendas sacudidas, amenazó con romper el escudo en mil pedazos. Su primer golpe rajó el escudo, el segundo, lo hizo casi opaco, y el tercero, lo destrozó. Ante la posibilidad de morir allí mismo, dejó fluir una enorme intensidad de magia que volcó sobre el monstruo... y fue como hacerlo contra un espejo, porque él hizo lo mismo. Ambas fuentes de mágica chocaron entre sí de la misma forma y con la misma fuerza. Ella sentía que él empujaba. Cada vez le costaba más mantenerle en una especie de bloqueo, de tensión. Su espalda cada vez iba cediendo más hacia atrás... Aquel poder... aquel poder era el de la Acronita.
—¡¡¡BASTA!!!— con lo poco que le quedaba, encadenó con la fuente un empujón de fuerza que tiró a aquella persona hacia atrás. Y fue entonces cuando se sintió caer.
Aterrizó sobre la nieve helada, dándose de bruces. Se puso en pie deprisa, alerta, con el aliente entrecortado y el cuerpo al borde de un ataque de nervios. Pero allí ya no había oscuridad, ni nadie que la amenazara. Sólo el bosque, el refugio y... la noche.
—¡Syra! —la voz de Ren la asustó. Gritó sin quererlo y quizás por ello el joven se detuvo inseguro en vez de acercarse del todo a ella. —¿Syra? ¿Estás bien?
—¿Donde...? ¿Donde está? —murmuró aterrorizada.
—¿Quien? ¿De quien hablas? —preguntó con seriedad, aproximándose a pasos cautelosos.
—De esa cosa... Me... me iba a matar —aseguró mirando a todas partes. —¿No lo has visto?
—No he visto nada —respondió tajante. —Raven dice que desapareciste esta mañana y desde entonces te ha estado buscando por todo el bosque. Y desde que llegué, yo he hecho lo mismo. Incluso he estado aquí. ¿Donde estabas?
—¡Ya te lo he dicho! ¡Había algo persiguiéndome! —gritó furiosa. Que la tomase por loca era lo que menos necesitaba en aquel momento.
—Relájate—le ordenó. —¿Estas segura de que aquí había alguien? ¿Hay algo que no recuerdes bien?
—Lo recuerdo todo perfectamente. Estaba aquí, vi algo, una silueta que me agarró y me llevó a un lugar oscuro. Y después apareció un hombre, creo. Intentó matarme y tenía el mismo... poder que yo —la voz le temblaba. Le costó explicarse. —Aquí está pasando algo, Ren. Algo que no es normal—terminó por decir. Tenía los ojos tan húmedos que parecía querer romper a llorar.
—Volvamos. Necesitas tranquilizarte y que te vea un médico.
—¡No estoy loca ni herida! —insistió impotente. —Era una grieta...estoy segura. La vi... sólo que no estaba en el cielo, sino frente a mí y la crucé... y...—La cruda realidad, la posibilidad real, cayó como un jarro de agua fría sobre ambos.
—Es mejor no seguir aquí, no es seguro —la instó a acompañarle. —Mañana haz las maletas. Vuelves a casa.
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