lunes, 10 de febrero de 2020

La Sala del Consejo se hallaba en la segunda planta de palacio, en una de las alas más exclusivas del mismo. Los enormes ventanales con los que contaban, dejaban hermosas vistas al jardín en el que, hasta hacía escasos minutos, la familia Chrone festejaba el ascenso de un miembro de la guardia. Ahora, ni si quiera las enormes estanterías llenas de libros que ocupaban todas las paredes de la sala, eran capaz de distraer las preocupadas mentes de los príncipes, quienes se hallaban caminando de un lado para otro con enorme nerviosismo. Syra era la única que, con las piernas cruzadas, guardaba la calma sentada en uno de los sillones dispuestos originalmente para el monarca, alejada de la mesa central sobre la que se desplegaba un enorme mapa del reino, lleno de piezas de estrategia y anotaciones.
— Debería considerarse como una ofensa ¡Eso sería suficiente! —golpeó Dusk dicha mesa, con los nudillos tan blancos que parecía que la carne iba a abrirse en cualquier momento.
— Suficiente en los años del reinado de nuestros tatarabuelos, hermano —comentó la princesa en voz baja. Había colocado una mano en el mentón, pensativa.
— Tenemos que buscar algo. Algo que sea suficiente para ejecutar a esa familia y que la opinión pública no se nos eche encima — sugirió Iran, el último en llegar. Sus cabellos rubios, normalmente repeinados, ahora lucían peor que de costumbre. Algunos mechones caían por su frente sudada. de forma desafortunada.
— Me niego a pensar que los Bladelyn han pasado al siguiente nivel y nosotros sigamos siendo ninguneados —le acompañó su hermano. — ¿Quienes se creen que son para mandar a uno de los suyos de esta forma? ¡Es una vergüenza! ¡No debemos ceder más!
— Si seguimos cediendo y haciendo caso omiso a sus amenazas, acabaran comiéndonos terreno. Llevo años diciéndoselo a nuestro padre y éste nunca escucha— explicó Iran. — Le advertí de que algo así podría llegar a ocurrir, que llegaría el día en el que nos perderían el miedo y así ha ocurrido.
— ¿Y que se puede hacer ahora? — preguntó Syra de forma retórica — Ya está aquí y dice que quiere hablar. Como monarca de un estado democrático, padre tiene que aceptar esa petición.
— ¡¿Aceptar?! — Dusk perdió los papeles, alzando la voz — ¡¿Que crees que va a pedir ese Bladelyn? ¡Lo que llevan años amenazando con robar! — rugió — ¡Quieren quitarnos de en medio! ¡Quieren dar un golpe maestro!
— Dusk, relájate — le ordenó la princesa con tono autoritario. 
— ¡¿Que me relaje?! ¡¿Aparece uno de los hombres que quiere romper Solaris en dos y me pides que me relaje?! ¡Eres una maldita ingenua! 
— ¡Dusk! — Syra se puso en pie — No pienso tolerar que me hables de ese modo — le señaló con el dedo. 
— ¡¿Y qué vas a hacer?! ¡¿Amonestarme y mandarme a mi habitación?! Tus métodos son tan inútiles como los del rey — se carcajeó de forma forzada.
— ¡Parad los dos! — intervino Iran — Está claro que los nervios nos están consumiendo y no hemos sido adiestrados para que a la primera de cambio nos vengamos abajo ante cualquier problema. Tú, Dusk, tienes que relajarte un poco o te perderán las formas en el momento menos oportuno — le miró de forma severa. — Y tú, Syra — pasó a mirarla a ella, cosa que tomó desprevenida a la princesa — Como futura reina, deberías empezar a tomar cartas en el asunto y dejar de ampararte bajo las opiniones de nuestro padre. Sabes perfectamente que tu opinión para él es incluso más importante que las nuestras, así que aprovecha esa oportunidad y hagamos algo de una vez con los Bladelyn. 
— ¿De verdad piensas eso? — preguntó la chica ofendida. Ni en sueños hubiese imaginado que aquel día se encontraría discutiendo con sus hermanos sobre tomar medidas excesivas, con ellos en contra de ella. — Yo tomo mis propias opiniones sin guiarme de lo que a padre le interese. 
— ¿Entonces por qué no estás de nuestra parte?
— Sí estoy de vuestra parte.
— Mentira — aseguró el mayor. — Salta a la vista que no quieres hacer nada con el numerito de hoy.
— No he dicho que no hagamos nada. Solo pienso que... estoy de acuerdo en que padre hable con él.
— ¿Ves?
— ¡Dusk, por los cielos! ¿No te das cuenta de que es nuestra obligación? — le miró de cerca — No podemos alzar las armas así como así. Un paso en falso, una acción equivocada, un movimiento llevado por la rabia y... — caminó hacia la mesa, hasta que, con la palma de la mano, alcanzó a desperdigar las piezas del mapa con un manotazo suave — ... todo desembocará en una guerra que podríamos llegar a evitar.
— ¿Y si la guerra es inevitable? — preguntó esta vez Iran. Syra intentó penetrar sus ojos claros del color de agua en un día soleado, pero no lo consiguió.
— Todas las guerras son evitables — sentenció. 

Las puertas de la Sala del Consejo se abrieron en aquel preciso instante, dejando paso al rey Aurum, seguido del Maestro de la Guardia Real, quien seguía conservando el mismo rostro abrumado y desencajado de aquella mañana. El soberano apenas dijo nada. Como de costumbre, se encaminó hacia su lado en la mesa central, dejando a sus espaldas los enormes ventanales que recortaban su silueta contra la claridad solar que entraba. Posó sus manos sobre la mesa y alzó la vista. Quería que sus hijos hablasen, en vez de él.
— Hemos estado dialogando — intervino Iran, con aparente tranquilidad.
— No hemos dialogado — aclaró Dusk. — Hemos discutido con Syra sobre como deberíamos tratar al Bladelyn que ha osado entrar en nuestra casa y herir a nuestros soldados clamando un supuesto dialogo. 
— Muy bien ¿Y qué habéis acordado hacer? — preguntó el rey. Los hijos de él, se miraron los unos a los otros. Era evidente que no habían conseguido acordar nada, ya que había dos claros pareceres, distintos y contrapuestos, difíciles de negociar. Aurum chasqueó con la lengua y se desplazó hasta tomar asiento en el sillón que antes ocupaba Syra. — Como sospechaba — suspiró. — No os culpo. La situación es complicada —alegó, entrelazando las manos sobre su regazo.
— Es más que complicada, es demencial. Ninguno de nuestros antecesores habría permitido que algo así ocurriera en esta casa —dijo el mayor.
— Mañana seremos la comidilla en la prensa. Los ciudadanos de Solaris se inquietarán con la llegada de ese tipo — añadió el mediano.
— Lo de la prensa es solucionable. Mañana por la mañana escribiré un comunicado en el que dejaré claro que Ren Bladelyn es un invitado cordial en palacio y que ha venido por y para tratar la paz. Será extenso pero conciso, lo suficiente como para tranquilizar las dudas estos primeros días.
— ¿Estos primeros días? — Dusk sonrió — Así que no hay nada que hablar ¿No es así? Nos preguntas cual ha sido la solución que hemos decidido tomar para que nos creamos importantes al rededor de esta mesa, pero, como siempre, tomas tú la decisión. Y has elegido dejar impune a ese cabrón — Syra se quedó sin palabras ante el comentario de su hermano. Definitivamente estaba ido, arrastrado por sus emociones. Sin embargo, el rey no se rebajó a su nivel.
— Olvidas, hijo mío, que yo sigo siendo el rey. La última decisión es mía, pero me gustaría saber cual es tu opinión.
— ¿Mi opinión? — extendió los brazos — Opino que, de ser yo quien tomara decisiones, mandaría a construir un cadalso en el jardín para ejecutar esta misma tarde a ese malnacido. Después enviaría una mensaje al resto de Bladelyn advirtiéndoles de que los próximos serán ellos si insisten en tomar lo que es nuestro. — aclaró sin pelos en la lengua. — Ellos harían lo mismo con nosotros, sólo porque piensan que tienen nuestros mismos derechos. 
— ¿Y tu opinión, Iran? — preguntó el rey, obviando las ideas de su hijo mayor.
— Yo opino que... tampoco debemos dejar sin castigo a un hombre que a irrumpido en nuestras puertas y herido a nuestros hombres como si fuese alguien superior. El atentado contra nosotros está penado ¿Por qué a cualquiera se le castigaría por los mismos actos y a él no? Creo que deberíamos dar ejemplo o esto pasará más veces — dijo con rapidez, para posteriormente guardar silencio. Era todo lo que tenía que decir.
— ¿Y tú, Syra?
— Yo... — la chica tragó saliva. — Es verdad que no son las formas. Ha venido sin avisar, ha entrado como si esta casa fuera la suya y ha tratado con nosotros con soberbia — alegó. — Pero eso no quita que, por nuestra parte, siempre debamos dar el mejor ejemplo. No somos unos salvajes, no vivimos en la antigüedad. La pena de muerte hace cientos de años que no se usa bajo nuestro apellido y no encuentro motivos por lo que debiera volver a usarse. Tampoco veo motivos por los que, si solicita negociación, se la demos. Veamos que quiere, y si pide algo que no podemos darle, expongamos la razón. Nuestro reinado se tambaleará en el momento en el que decidamos actuar de forma cuestionable — explicó.
— ¿Habéis visto lo que ese hombre ha hecho con mi espada? — La voz quebrada del Gran Maestro resonó desde la esquina en la que se ubicaba, rompiendo un silencio incómodo en la familia. Era evidente que todos habían visto aquel alarde de fuerza descomunal, incluso estaba claro que aquella amenaza tan poco verbal era la que había traído de nervios a Dusk, pero nadie se atrevió a hablar de ello. — No solo no es una amenaza cualquiera. Ren es un peligro para todos vosotros. Lo sé... va a ser así — murmuró.
— ¿Como puedes decir tal cosa? — preguntó Syra, entrecerrando los ojos.
— Mi hombre habla con la voz de la razón — intervino Dusk a su favor.
— ¿De la razón? Salta a la vista que el Gran Maestro está abrumado — le señaló — Y permíteme que te diga que actuaste de forma muy imprudente antes. Si llegases a haber herido al Bladelyn, estaríamos ahora discutiendo un problema mucho mayor.
— El problema más importante lo tienes en frente, Syra. No hay nada peor. ¿Es que no lo ves?
— ¿Perdón? — preguntó la princesa, enormemente extrañada por el atrevimiento tan descarado que había tenido el guardia con ella.
— Bueno, está claro que este asunto se nos está yendo de las manos a todos — alzó la voz el rey. — Ren Bladelyn se quedará esta semana con nosotros. Le hospedaremos y le mostraremos que, ante todo, somos gente de paz. Si busca guerra, no la tendrá porque nosotros se la ofrezcamos. ¿Está claro? — sentenció. — A partir de ahora lo que debatiremos en esta sala no será otra cosa que diálogo con los Bladelyn. Nada más y nada menos. Y trabajaréis para que las negociaciones terminen en el fin más favorable para todos. ¿Algo que objetar? — Aurum creó el silencio entre los suyos. Sólo Dusk era incapaz de mantenerlo, haciendo sonidos con el pie contra el suelo. Finalmente, lo rompió.
— Estás siendo un pésimo rey y estás educando a tu hija de la peor forma. Moriremos sepultado bajo vuestras incompetencias — gruñó. — Y no pienso permitir que a mi familia le pase nada por vuestra culpa. 
— Yo no he criado a un heredero sanguinario — lamentó el rey. — ¿Qué he hecho mal para que tengáis esa sed de sangre?
— ¿Heredero? ¿Yo? — sonrió con lástima — No fui elegido por la Acronita, al fin y al cabo — recordó. 
— ¿Y eso que tiene que ver? Yo nunca he...
— Déjalo, padre. No aguanto más en ese sitio — bufó, acercándose a la puerta. — Ya has tomado tu decisión ¿No es así? Pues entonces no nos necesitas. No hasta que, un día, recuerdes mis palabras aquí, este día — terminó por decir, abriendo la puerta y marchándose. Tras su marcha, las puertas se cerraron en un sonoro portazo que heló el ánimo de todos.
— Ve con él — ordenó el rey señalando a Iran. Éste asintió y se marchó. 

La estancia volvió a sumirse en el silencio, uno de los más tensos que el rey y su hija habían vivido hasta la fecha. Aurum estaba devastado, y así lo mostró acomodándose de manera menos decorosa sobre el sillón. Estaba visiblemente cansado, abatido, de ahí a que su hija no tardase en acercarse a él. — ¿He hecho algo mal? — preguntó el monarca.
— Nada, padre. Es solo que Dusk es... bueno, e Iran también es... — no encontró las palabras oportunas, suaves, que usar en un momento como aquel. Posó la mano sobre el hombro de su padre y éste colocó la suya sobre la de ella, dándole un par de palmadas antes.
— Lo hago lo mejor que puedo.
— Lo sé. Todos lo sabemos — suspiró.
— Si no negociamos con Bladelyn ya... temo que ocurrirá algo peor, en eso estoy de acuerdo. Pero por ahora, seamos cordiales con ese chico ¿De acuerdo?
— Así se hará — asintió la chica. — ¿Quieres que vaya a hablar con Dusk e Iran?
— Sí, pero no ahora, después de la cena será mejor. Ahora se desahogarán ellos solos, de la mejor forma que sepan. Con los ánimos tranquilos las palabras surgen mejor. —asintió sonriente. —Tómate un descanso, Syra. Y tú, Raven, deberías hacer lo mismo. Te concedo el resto del día libre, ya que creo que necesitas descansar. Retiraos  —finalizó. 
Syra caminó deprisa, pasando junto al Maestro con rapidez, pero no sin antes dedicarle una mirada cargada de interés. Había algo que no terminaba de encajar.

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