Los rayos de sol se colaron entre las cortinas a primera hora de la mañana, como un manto levemente cegador que amenazaba con romper la tranquilidad de la princesa, quien adormilada aún entre las sábanas, procuró estirarse para lentamente despertar.
Tenía los cabellos oscuros y ondulados arremolinados sobre el rostro, así como el camisón se seda mal colocado a lo largo de su cuerpo. Y la verdad era que, a pesar de todo, suponía un momento de paz único. En una vida en la que las apariencias son lo más importantes y las exigencias están a la orden del día, ser una misma, durante unos minutos, era de agradecer. Sin embargo, aquellos minutos no fueron ofrecidos por nadie.
Un aporreo sonoro al otro lado de la puerta hizo que la chica se pusiese en pie de un salto, algo mareada por el despertar tan obligado y repentino que tuvo que realizar. —¿ Quien es?— preguntó cansada, para posteriormente dar un enorme bostezo.
— Zila, princesa. Traigo un mensaje de vuestro padre —anunció la sirvienta desde el otro lado.
—Está bien, está bien —aceptó. La muchacha, de cabellos rubios perfectamente recogidos, abrió la puerta colocando una mano tras la espalda. Fueron a penas un par de segundos los que transcurrieron mientras la chica entraba y volvía a cerrar la puerta, suficientes para comprobar que Raven Garland se hallaba en el pasillo, inquebrantable en su labor de custodiar a la princesa. Sin censuras, se atrevió a mirar al interior de la habitación, de forma que Syra captó aquel atrevimiento. No se sintió avergonzada por que la viese en vestimentas de noche, despeinada y poco presentable. Lo que realmente sintió fue una enorme confusión, una confusión que no había hecho otra cosa que acrecentar desde el día anterior.
—Vuestro padre quiere veros en su despacho lo antes posible. Dice que necesita hablar con vos antes de que los príncipes Dusk e Iran lleguen a palacio —anunció la chica de forma rápida.
—¿Es urgente? —preguntó frunciendo el ceño.
—No lo sé, pero se veía a su Majestad preocupado —esclareció. Rauda y responsable, la princesa se sacó el camisón por la cabeza y caminó desnuda por la habitación hasta llegar al armario. Empezaba a sentir frío, y es que el suelo de mármol brillante no perdonaba en aquella época del año, sobre todo si andaba descalza.
Los muebles de la habitación de la princesa eran de un color celeste, claro y brillante, parecidos al color del cielo en un día soleado. Además, estaban enteramente decorados con motivos florales que, durante años, habían sido pintados de propia mano de la chica. Por ello, al rozar los dedos sobre los pomos del armario, sintió un tacto áspero y mal acabado, a pesar del resto de lujos que decoraban su enorme habitación. Del interior, extraño un sencillo vestido de color crema, a juego con un cinturón oscuro y zapatos del mismo color. No se tomó demasiado tiempo para vestirse y adecentarse, de forma que no pudo evitar provocar alguna arruga en los bajos de su ropaje. —Dile a mi padre que enseguida llegaré. Pide que lleven mi desayuno al despacho ¿Te importa? —pidió con una sonrisa en los labios mientras se dirigía al tocador.
—¿Queréis que os ayude antes a prepararos? —ofreció Zila.
—No, no te preocupes. Yo me las apaño hoy— insistió la princesa, consiguiendo que, tras un leve asentimiento, la sirvienta se marchase. Fue entonces cuando, con el suficiente interés, tomó un cepillo de un cajón y procedió a adecentarse la melena. Normalmente, el servicio se encargaba de alisar las ondas del cabello y dejarlo liso, rematando con algún recogido elegante e informal. Pero aquel día el rey tenía prisa, de forma que Syra recogió los cabellos en una sencilla coleta y no hizo con ellos nada más. Por último, sólo se aplicó polvos para disimular las imperfecciones del rostro y ocultar brillos.
La chica abrió la puerta de la habitación cuando aún se estaba poniendo los zapatos. Tuvo que agarrarse al marco de la puerta para no caer mientras, manteniendo su peso sobre un pie, alzaba el otro hacia atrás para calzarse. — ¿Prisas? —preguntó Raven. Fue lógico que a la princesa no le extrañase que interviniera sin tapujos.
—Algo así. Mi padre quiere verme ya, así que es lo que toca —respondió sin más, para cerrar la puerta y caminar por el pasillo que la conduciría hacia las escaleras centrales, que conectaban todas las plantas de palacio, de abajo arriba. Apenas le hizo falta dar un par de pasos para oír el traqueteo de la armadura de Raven siguiéndola de cerca. —No necesito escolta para ir al despacho —aseguró.
—Cumplo ordenes, Alteza.
—¿Y por qué no obedeces las mías? — le preguntó, girando su rostro para mirarle. Al hacerlo, encontró algo de confusión en el recién ascendido a Maestro. Syra había aprendido, hacía mucho tiempo, que necesitaba estar alerta en todo momento, además en fijarse en cada detalle que la rodeaba. Y para ella, ya estaba claro que a aquel hombre le ocurría algo. Sin embargo, ¿Como podría preguntarle por la causa sin sonar descortés?
—La protección a la familia real está por encima de cualquier orden. Espero no ofenderos.
—¿Y no es frustante ocupar un puesto por el que deberíais estar en el Consejo junto a mis hermanos, en vez de ejercer de criado?
—Es mi labor protegeros, sea del modo que sea —insistió. Syra suspiró, incapaz de entrever los pensamientos del hombre y de encontrarle algún punto flaco con el que hacerle entrar en razón. Cansada, lo dejó estar. A fin de cuentas, tenía cosas más importantes en las que pensar.
Al llegar al despacho, la mujer encontró a su padre, sentado en su sillón, ojeando un periódico bastante abultado. Su mera presencia no fue suficiente para sacar de la concentración de la lectura al rey, de forma que, sólo cuando se acercó a él, Aurum alzó la vista y se puso en pie. —Syra, llegas pronto —la saludó con un abrazo y una sonrisa afable. —Garland —saludó con un gesto de cabeza al Maestro, quien guardó sitio junto a la entrada.
—¿Para qué me necesitas? —preguntó sin rodeos, tomando asiento junto a él. Al rey se le escapó una sonrisa orgullosa y discreta. Su hija era tan responsable como había esperado que siempre fuese.
—Lee esto —pidió, ofreciendo el periódico a la chica, quien inteligentemente echó un ojo a la portada, adivinando de qué se trataba.
—''Munshad mueve ficha. La familia real negocia con los Bladelyn'' —leyó con voz clara el titular. —''El enviado para la negociación, al que reconocemos como Ren Bladelyn, hijo de Agro Bladelyn y autoproclamado soberano de la región de Munshad, llegó a primera hora de la mañana a palacio para iniciar, lo que parece ser, una jornada de negociación con el rey. Aunque en un primer momento ocurrieron altercados que parecían amenazar con finalizar el trato de forma desfavorable, desde palacio, aseguran nuestras fuentes que, de momento, todo parece funcionar con normalidad'' —prosiguió. —''Lo que más destaca de la situación, es la falta de aviso previo por parte del monarca y su familia, quienes acostumbran a anunciar los eventos pertinentes con la suficiente antelación. ¿Se trata de un evento imprevisto? ¿O hay información privada que aún no podemos conocer?'' —tragó saliva. —''La opinión pública, en su mayoría, afirma estar intranquila con estas supuestas negociaciones. Recordemos que la familia Bladelyn aboga por la separación de la región de Munshad para instaurar un reinado independiente, lo que preocupa a las familias que encuentran en la hipotética frontera, tanto su trabajo habitual como a su familia. ¿Qué podemos esperar, entonces? ¿La familia real va a ceder? ¿Se recurrirá a una consulta popular? o ¿Estamos encaminados a una inminente guerra, desde hace años anunciada?'' —terminó por leer. Realmente, el artículo no terminaba ahí, pero se negaba a leer mas. Era suficiente. Suficiente como para saber que la estancia de Ren en palacio empezaba a generar las primeras consecuencias en el reino. —¿Qué clase de periódico expone un artículo de opinión en portada en vez de cualquier otra información objetiva? —preguntó frustrada, arrojando el periódico sobre la mesa.
—Era de imaginar —suspiró Aurum. —Llevamos muchos años conteniendo el asunto. Tarde o temprano, los Bladelyn volverían a insistir y... ahora tenemos a uno de los herederos entre nosotros —recordó. —La transparencia es lo que define a esta familia, de modo que también era de esperar que los ciudadanos comenzarían a generar sus propias opiniones al respecto.
—Lo comprendo, pero debemos tratar de sembrar la calma de alguna forma. Ni si quiera nosotros tenemos opinión propia aún —sugirió la chica. —¿Enviaste la misiva a la prensa?
—Hace apenas una hora —asintió. —En ella he explicado que Ren Bladelyn es un invitado esperado, y que vamos a negociar con él con empeño y entusiasmo, para encaminar a ambas familias a un estado de trato cordial en los que cada una resulte ampliamente beneficiada —recitó casi de memoria. Syra pareció conforme. —De momento, no podemos hacer más. Procuraré acordar una fecha en esta semana para tratar de forma inicial el tema con el muchacho—añadió. La forma en la que llamó a Ren, parecía restarle importancia.
—¿Has hablado con él hoy?
—Nada en absoluto. Imagino que seguirá en su habitación.
—Ayer le descubrí ojeando las obras de arte que decoran los pasillos. Imagino que no hay nada mejor que hacer por aquí cuando vives en calidad de invitado —puso los ojos en blanco.
—Le pediré a alguien que le diga que tiene permiso para pasear por esta casa y solicitar lo que necesite en otro momento.
—Majestad, si me permitís —pidió Raven con cautela.
—Habla, Maestro. Recuerda que ahora formas parte del Consejo —confirmó el monarca.
—No olvidéis la muestra de poder que decidió exponer a las puertas de palacio. No creo que sea seguro dejarle deambular así como así. Dice que viene a negociar, pero ¿De verdad son esas sus verdaderas intenciones? ¿Por qué creerle así como así? —preguntó, intentando sembrar la duda en los presentes. Syra le miró pensativa.
—¿Por qué estás tan seguro de que sus intenciones son las peores? —quiso saber.
—Experiencia, Alteza —dijo sin más. La princesa entrecerró los ojos, buscando soluciones rápidas en su cabeza.
—Quizás preferirías ser escolta de él. Puede que sea más útil que seguirme a mi.
—Yo nunca podría hacer nada contra ese poder, me temo. Ninguno de los aquí presentes —aseguró, haciendo que la princesa se preguntase como podía afirmar algo que era imposible que supiese. Ni si quiera ella sabía cuanto poder podría albergar con la Acronita a su lado.
—Y si esas son sus intenciones, Garland, no seré yo quien le acuse de tenerlas si no las muestra —continuó el rey. —No puedo ensuciarme las manos de esa manera. No quiero llevar a Solaris a una guerra donde habrá miles de bajas. Las guerras son de épocas pasadas, por los cielos. Tenemos que aguantar, controlar al chico y dialogar. Si viene con intenciones de hacer daño, no se lo permitiremos, pero tampoco podemos comenzar a construir los muros ya —se frotó la frente, cansado. —Con esto quiero decir que tengo en cuenta vuestras opiniones, las de todos. Pero de momento... démosle unos días. Dije que dialogaríamos y eso es lo que haremos.
—Procura meterle eso en la cabeza a Dusk e Iran. Sobre todo a Dusk. Está muy sensible ahora mismo —confesó la chica.
—Precisamente de tus hermanos quería hablar, de ahí a que haya querido reunirme contigo antes de que ellos lleguen—recordó. —Creo que será conveniente apartarlos de palacio, sólo por ésta semana.
—¿Qué? ¿Por qué? —quiso saber la chica.
—Como bien has dicho, Dusk está muy receptivo y no soporta tener al Bladelyn entre nosotros. E Iran sigue sus acciones, sean cuales sean. No se si podrían soportar unos días tan tensos como los venideros sin meter la pata. He pensado que podría enviarles a algún sitio, darles alguna tarea en la que tengan que representar a esta familia mientras nosotros nos quedamos aquí, con la tarea que nos atañe.
—No van a querer —sonrió Syra.
—Me parece desacertado, Majestad. Sin Dusk e Iran nos exponemos aún más —se sumó Raven.
—Y sin alguien que procure calmar los ánimos de la gente, nos estaremos exponiendo ante la histeria colectiva— medió Aurum. —Algo tenemos que hacer.
—Se me ocurre mejores formas de tratar eso que dices. Quizás podríamos dar la cara públicamente, con Ren —propuso la princesa, provocando una tos molesta en Raven.
—Quizá más adelante. De momento, son tus hermanos quienes más me preocupan.
—¿Y si...—A la mujer no le dio tiempo a terminar su frase.
Un enorme estruendo sacudió los cimientos de palacio. Tan violento y tenebroso fue, que en el interior del despacho los presentes se miraron asustados, sin comprender qué ocurría. Aquello pareció un cañonazo gigante, o quizás un ataque a una escala impresionantemente grande. Raven no perdió el tiempo y desvainó su espada, colocándose junto a la princesa en un abrir y cerrar de ojos. —¡Maldita sea! ¡¿Que demonios ha sido sido?! —gruñó. Saltaba a la vista que tenía los nervios a flor de piel. —¡Majestad, quedaos aquí! —ordenó mientras el monarca se agarraba a su sillón, justo antes de que otra horrible sacudida hiciese temblar los cimientos de todo el enorme complejo real.
Syra se tambaleó ante el golpe, dejándose caer sobre una estantería hasta que el temblor cesó. Sin miedos, y curiosa, salió corriendo del lugar, escapándose del perímetro de seguridad que Raven parecía querer ejercer. —¡¡¡Syra!!!— gritó con todo el torrente de voz que salió de su garganta, pero la chica, ya no estaba allí.
La princesa corrió por los pasillos, sorteando a un sin fin de sirvientes asustados y confusos, que no sabían a donde correr o hacia dónde ir. Un tercer sismo hizo que la chica cayese de bruces contra el suelo, pero, en vez de detenerse,volvió a ponerse en pie y siguió con su camino. Sabía perfectamente hacia donde ir, puesto que sentía que, fuera lo que fuese que hacía temblar el palacio, venía de fuera. Y en la primera planta, se hallaba un balcón frontal en el que a veces acostumbrara a pasar las tardes mientras leía o tomaba un aperitivo.
Con lo que no contaba, era encontrarse de cara con Ren. El hombre parecía haber venido desde el pasillo contrario al suyo, haciendo que ambos se viesen en un punto intermedio. No se dijeron nada, puesto que las miradas bastaban para saber que ninguno sabía qué era lo que estaba ocurriendo. De esa forma, ambos se dirigieron corriendo hacia el balcón central donde, lo que menos esperaron ver fue... el cielo roto.
Literalmente, en el cielo azulado, diversas grietas se habían abierto por doquier. Grietas que mostraban una oscuridad que ponía los vellos de punta. Syra jamás había visto algo así, de forma que no encontró palabras para reaccionar a lo que sus ojos estaban contemplando.
Una de las grietas trajo consigo un enorme rayo, que al impactar contra el suelo, provocó que nuevamente todo al rededor de la princesa se sacudiese de forma incontrolada. Tanto ella como Ren cayeron al suelo, uno junto al otro. —¡¿Que es eso?! —preguntó el hombre con enorme seriedad.
—No... no lo sé —musitó ella, hincando un codo en el suelo para estabilizarse.
Y de repente, todo terminó.
Las grietas desaparecieron y con ellas, los abruptos seísmos. Fue cuestión de segundos que parecieron una eternidad, pero finalmente, todo pareció volver a la normalidad.
Syra, aún jadeante, tuvo que pestañear un par de veces para comprobar que el cielo estaba como siempre había estado, azul, brillante y tranquilo. Ren la miró, y ella le devolvió la mirada, aun ambos sobre el suelo. No había palabras que pronunciar.
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