martes, 25 de febrero de 2020

Empezaba a ser asfixiante hasta decir basta aquella pesada sensación en el ambiente. Un flujo constante de fuerza, poder, que hacía que la princesa se sintiese ahogada en el interior de la mansión de los Bladelyn, pero ¿por qué? Tenía muchas dudas en la cabeza, preguntas que empezaban a emular respuestas imposibles. De repente, sintió una gran necesidad de volver a casa, de contarle a sus hermanos y a su padre lo que sus sentidos estaban percibiendo en aquel lugar, pero, por desgracia, apenas hacía unos minutos desde su llegada al hogar.
Claire, la hermana menor de Ren, caminaba con movimientos sinuosos frente a Raven y la chica. Su estatura era más baja que la de ambos, incluso en edad, era menor que Syra, y sin embargo el descaro al hablar y la forma en la que miraba a los invitados denotaban en ella una especie de superioridad. La princesa, durante el paseo por la mansión, intentó pensar en algún tipo de comentario que rompiese el hielo entre las dos, pero por desgracia la idea no llegó a su mente. Para cuando quiso abrir la boca, la joven Bladelyn ya les había conducido hacia un ala de palacio, en una de las plantas superiores. —La habitación del fondo es la tuya —señaló. —Y tú, soldado, puedes dormir si quieres con el resto de nuestros guardias. 
—No voy a dormir con los guardias, niña. No vengo en calidad de soldado, sino como protector de la princesa.
—Tú mismo —se encogió de hombros. —Puedes dormir en el pasillo —. Pese que a la chica le tomó por sorpresa aquella falta de amabilidad y respecto, intentó no perder las esperanzas tan pronto. 
—¿Seguro que no hay nada que hacer? Tenéis muchas habitaciones.
—¿Me vas a decir qué habitaciones tengo que darle a tu perro guardián? Te recuerdo que esta es mi casa, y que vosotros solo sois invitados cordiales.
—¿Así le hablas a tu futura reina? —se interpuso Raven.
—¿Mi reina? Para mi ella no es nada, sólo la mujer con la que mi hermano ha decidido casarse, por alguna razón —se cruzó de brazos. Syra se quedó muda ante aquellas palabras. Nunca antes nadie le había hablado de aquella manera, y tenía que admitir que era bastante extraña la sensación. 
—¿Qué clase de...?
—Raven, déjala —intervino la princesa. —Es su opinión y tiene razón. Sólo somos invitados. ¿Te importaría ir con los demás soldados? Sólo serán unas cuantas noches —pidió, algo suplicante.
—No voy a dejaros sola. Dormiré en el pasillo, tal y como se me ha ofrecido —gruñó.
—Está bien entrenado— bromeó Claire con un deje venenoso entre sus labios. —La cena se sirve a las nueve. Por lo demás, procurad no hacer mucho ruido. No soy la única a la que le molesta vuestra presencia —terminó por decir, justo antes de marcharse hacia la oscuridad del ancho pasillo contrario al que se encontraban y bajo la atónita mirada de la princesa y su guardián. Allí nada estaba yendo bien.

Syra comprobó que la habitación que le habían adjudicado no era mejor que el resto de la mansión. Las paredes estaban decoradas de un papel oscuro, rojizo, lleno de motivos diminutos que formaban una especie de hojas marchitas. El suelo era de la misma madera que caoba que hasta entonces había pisado. Dado que las cortinas se encontraban corridas, la princesa se apresuró a recogerlas para aportar algo de luz a la estancia, encontrando que el resto de muebles parecía presentar el mismo patrón oscuro, antiguo y desusado. El dosel de la cama dejaba caer cortinas de una tonalidad granate que le evocaron recuerdos de libros de historia, fotografía e ilustraciones de un pasado en el que aquel conjunto pudo parecer moderno y coqueto. A ella, sin embargo, todo le estaba recordando a lo más apropiado para un castillo de terror. —No deben acostumbrar a tener visitas —murmuró Raven, jocoso, cerrando la puerta a sus espaldas.
—No creo que a los Bladelyn le guste tener a nadie desconocido por aquí. Ya has visto cual ha sido la reacción que han tenido al verme —murmuró la chica con algo de temor en la voz. Volviendo su mirada a la ventana, pudo comprobar que, tal y como había imaginado al aterrizar, la mansión se encontraba bastante lejos de la ciudad. Mientras que su palacio, en la capital de Solaris, estaba ubicado en el mismo centro de la población, aquella casa parecía no poder estar más alejada. Todo cuanto podía ver desde su posición eran árboles, un bosque pequeño y poco frondoso, y más al fondo, los techos de casas altas, viviendas amontonadas unas sobre las otras. La estampa era... desoladora.
—No dejéis que os machaquen con esos comentarios. Tal y como imaginábamos, las tensiones no iban a aliviarse por una estúpida boda concertada. La unión solo evita que ambos bandos proclamen una guerra. Temporalmente —recalcó. 
—Nunca había podido imaginar que Munshad, que los Bladelyn fueran... —comenzó a comentar, dirigiéndose a un enorme armario que había al fondo de la habitación, junto a un espejo. Al abrirlo, descubrió que toda su ropa ya estaba correctamente doblada y colgada en su interior. —...tan distintos.
—¿Qué esperabais de la familia que lleva amenazando con sembrar el caos en Solaris desde hace décadas?
—Que se pareciesen más a... —quiso nombrar a Ren, pero sentía tanto odio hacia él y hacia sus actos, que se arrepintió al instante.
—No os dejéis engañar. Ya habéis visto que nadie, en esta familia, se salva de ser un desgraciado —susurró. Syra imaginó que, tal y como ella, se sentía cohibido en aquel lugar.
—¿Tú... has notado algo extraño? —preguntó insegura.
—¿Raro? Podríais preguntar mejor si he sentido algo normal.
—Me refiero a que si sientes que hay algo aquí que no debería estar —insistió. 
—Nosotros —la tozudez del hombre hizo que la chica soltase un enorme suspiro. Sabía que Raven era un hombre difícil. Su trato con él en anteriores ocasiones la llevaban a comprender que el soldado a veces decía cosas impropias. Sin embargo, en aquel momento esperó algo más de su parte. Y quizás fue la mirada que compuso al pensar en ello lo que hizo que Raven acabase reflexionando unos segundos.
—Puede que sienta un poco de ¿pavor? no sabría explicar que es —Syra asintió.
—Al menos ya se que no soy la única. Por un momento he llegado a pensar que me estaba dejando llevar por la presión, pero es cierto. Aquí pasa algo —alegó. —Además, ¿has visto como se comporta Ren con Agro? Se ha arrodillado como si se encontrase frente a un líder en vez de a un padre —se acarició los brazos.
—¿Quien iba a decirlo? El Monstruo de Munshad arrodillándose —se acarició la barba. —Esto no me gusta nada. ¿Estáis segura de que no podéis hacer nada por detener esto? No os merecéis sacrificar vuestro futuro de esta forma —ante aquel comentario tan desesperado, Syra le expresó una mirada triste. 
—No hay otra opción. Ya esta firmado y es mi deber —susurró. Tragó saliva, y observando que el soldado iba a volver a replicar, se adelantó. —Así que agradecería dejar de hablar del tema. Estar aquí es suficiente recuerdo. Preferiría tener conversaciones más amistosas.
—¿Estáis pidiendo mi amistad? —preguntó con brillo en los ojos. La princesa tuvo que sonreír ante aquel gesto tan ilusionado. —Me enorgullece, Alteza. Sé que no hemos empezado nuestra relación con buen pie, pero en mi podéis encontrar cualquier ayuda siempre que queráis.
—Lo estás pintando de una forma en la que parezco una interesada —le reprochó con burla.
—A mi me parece humano —le indicó. —Las personas no estamos hechas para estar solas y perdidas. Y vos estáis más perdida que nunca, si me permitís.
—Bah, háblame sin cortesías, Raven. Aquí nadie lo hace —recordó, sentándose sobre la cama tras correr levemente el velo del dosel.  —¿Cuanto crees que estaremos aquí?
—Hasta que Agro nos deje marchar, supongo. La verdad es que no sé que necesita de la princesa a parte de su palabra. ¿Es que ya se te está haciendo pesada la estancia? —Syra se mordió el labio. La había calado. —Aguanta, Syra. 

El día transcurrió en soledad. Para no faltar al respeto en el hogar ni hacer una escena indecorosa, Raven pasó el resto del día paseando por el ala de las habitaciones, mientras que la heredera, mató el tiempo dando vueltas por la habitación y acomodando sus pertenencias a su manera. Para cuando llegó la hora de la cena, sintió que el estómago comenzaba a crujirle, pero, dado que nadie se había acercado a ella para avisarla, decidió salir de la habitación. Dado que la segunda planta, en la que ella se encontraba, era la más alta, no le quedó otra opción que bajar las escaleras acompañada del soldado. El palacio era enorme, pero aquella mansión, aunque grande, no se podía comparar en tamaño. Debido a ello imaginó que el comedor no podía tener pérdida, de forma que agudizó sus sentidos y paseó por los pasillos en búsqueda del mismo. Por su paso, sólo encontraba a personal del servicio, con caras lúgubres y cansadas. Syra y Raven tuvieron que compartir una mirada preocupada ante tal imagen, puesto que ninguno comprendía qué pasaba. La chica intentó acercarse a un sirviente para preguntarle por la cena, pero éste la evitó de algún modo y se marchó. ¿Es que a caso alguien le había dado la orden de no hablar con ella? ¿O es que la temían? Ambas opciones eran igual de horribles.
Cuando encontraron el comedor, observaron que la comida estaba servida, pero allí no había nadie. Podía considerarse de mala educación y de poca hospitalidad no acompañar a una invitada en su primera cena, sobre todo teniendo en cuenta que muy pronto todos serían familia, pero lo cierto era que casi se podía agradecer aquella soledad. Dirigiéndose a la mesa, observó que la comida se componía, en su totalidad, de carne. No había verduras ni frutas, solo carne roja y vino. Si aquella era la dieta habitual de Munshad, la aceptaba, pero estaba segura de que no tardaría en cansarse si siempre iba a ser así. Para cuando quiso tomar asiento, una voz en el umbral de la puerta captó su atención.
—¿Todo de su gusto? —preguntó una chica con uniforme. Tenía el rostro pálido y unos enormes surcos en las mejillas
—Sí, gracias —asintió la princesa. —¿Ceno sola?
—Así es. La familia no acostumbra a cenar reunida. Me han pedido que le sirva todo cuanto necesite esta noche.
—Todo está bien. Diría que es demasiada comida —sonrió con amabilidad.
—No se preocupe. Las sobras siempre se la comen los lobos —Syra tragó saliva. ¿Qué lobos? —Si no necesita nada, me retiro —tras una inclinación de cabeza, la chica se marchó. 
—Aquí están todos locos —se quejó Raven, consiguiendo que la chica le chistara. —Me da igual lo que piensen —alegó encogiéndose de brazos. —No se si esta cena está pensada solo para ti, pero ya que no hay nadie, voy a tomarme el lujo de sentarme —. Dicho y hecho, el soldado tomó asiento junto a la mujer. Syra pestañeó, pues, hasta aquel día, nunca había llegado a compartir mesa con algún soldado. La idea no le resultó desagradable. 
—Me haces un favor si me ayudas, esto es demasiado —volvió a señalar a la mesa. 
—Quizás quieran envenenarnos —bromeó el hombre, pero tras hacerlo, ambos se pusieron serios. ¿Y si era verdad? 
—No digas eso. Será una familia muy extraña pero no les conviene hacernos nada —dijo ella intentando restar seriedad al asunto. Raven la miró con lástima, pudo captarlo. Nada ni nadie iba a hacerle cambiar de opinión sobre su seguridad.
—Nadie te va a hacer nada — la voz de Ren resonó a la espalda de ambos. Apareció en el umbral de la puerta, donde hacía segundos había estado la sirvienta. Verle allí, con rostro serio, hizo que la chica le apartase la mirada. Tenía que aceptar su compromiso con él, pero aún era demasiado pronto. Se sentía traicionada, de alguna manera. —Lamento que puedas tener la idea de que existe esa posibilidad.
—Yo no he dicho eso —contestó tajante. El ambiente podía llegar a cortar como un cuchillo afilado.
—Imaginaba que ya estaríais cenando. Esta noche no podré acompañarte —la princesa no contestó. Le daba lo mismo. —Sólo quería decirte que mañana por la mañana una sirvienta te ayudará a prepararte. Vamos a salir.
—¿A donde? —preguntó extrañada. Salir en Munshad le pareció, cuanto menos, una locura.
—Quiero que hagamos público el compromiso en la ciudad. Tu padre pidió que fuéramos consecuentes. Intentaremos sembrar algo de tranquilidad.
—¿Estás loco? ¿Crees que la situación está como para que Syra salga en público? ¿Aquí? Con instaurar la tranquilidad, Aurum se refería algo más seguro —se quejó Raven levantándose de su asiento. —Una grabación sería suficiente. 
—No le pasará nada —insistió. —En Munshad somos directos, no queremos andarnos con rodeos. Y creo que, que conozcan a Syra, es la mejor opción para empezar a calmar los ánimos.
—Está bien, mañana por la mañana estaré lista —terminó por decir la chica. Ella no lo vio, ya que seguía sin mirarle, pero Ren asintió y se marchó sin decir nada más. Durante los segundos siguientes, la idea de un futuro tenso entre los dos asomó en su mente. ¿Siempre sería así? ¿Hasta que muriesen? Iba a ser... un infierno. —Raven —le llamó en susurros. —¿Es normal... que esté tan nerviosa?


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