Al salir del templo, un aluvión de luces, flashes y deslumbrantes rallos de sol hicieron que la princesa, ahora casada, cerrase los ojos de pura molestia. El velo fino que había vestido para entrar al templo ya había sido retirado, de forma que ahora se hallaba desnuda ante la realidad.
Cientos de ciudadanos de Solaris aguardaban expectantes la imagen de los futuros reyes a la salida de su casamiento, por ello, nada más la pareja puso un pie en el primer escalón que descendía hasta la enorme plaza en la que se hallaba el templo, rompieron en sonoros vítores y aplausos. Syra, aún incapaz de articular palabra alguna, sonrió de forma forzada tal y como había ensayado docenas de veces antes de aquel día. Ren pareció hacer lo mismo, solo que con más confianza en sí mismo. Aunque tenía que admitir que mirarle durante la ceremonia había sido como observarse en un espejo, las mano del hombre que en ese momento sostenía, no temblaba. No supo de qué forma o bajo que interés había conseguido aquella proeza dada la situación, pero tuvo que admitir que se sintió ligeramente reconfortada por ello.
—¿Estás bien? — le oyó susurrar cerca de ella. Su voz preocupada no tendría nada que ver con la imagen cariñosa que el resto del mundo estaría observando en aquel momento.
—Me siento un poco mareada —confesó. Casi no podía mirar al frente y sentía que, en cuanto empezase a bajar los escalones, podría tropezar.
—Vamos ya para el coche. Sólo serán unos segundos — terminó por decir. Agarrando su mano con más seguridad, comenzó a bajar los escalones sin dejar de acompañarla. Syra se sintió prácticamente arrastrada. La mano alzada no paraba de saludar y sus dientes no dejaron de mostrarse bajo ningún concepto. Nunca, jamás en su vida, se había sentido tan fuera de lugar como aquella mañana.
Cuando vio que el coche en el que ambos debían entrar ya estaba cerca, sintió una oleada de alivio que se sintió sobre ella como una cura, pero por desgracia, aquella sensación de ligero bienestar no duró demasiado. De entre los aplausos y las palabras de cariño de los ciudadanos que rodeaban la plaza en un perfecto semicírculo, comenzaron a resonar quejas, abucheos y gritos cargados de improperios que poco a poco resonaron con más fuerza y perseverancia. La princesa se quedó clavada justo frente al vehículo, mirando a todas direcciones en búsqueda de aquellas personas que no aprobaban el sacrificio que la chica había hecho por ellas, pero no las encontró. De forma sutíl, Ren la rodeó por la cintura y la instó a entrar en el coche con rapidez, aislándola de la situación. Una vez dentro, el griterío sonó lejano, opaco y distante. Pero estaba ahí... y la decepción fue algo que la mujer no pudo ocultar.
Al atardecer, el palacio se había convertido en toda una recepción de políticos, familias nobles y personas de alta alcurnia. Las enormes extensiones de los jardines permitieron que un gran banquete se llevase a cabo, acompañado de música selecta de mano de la mejor orquesta de la región y la mejor compañía que todos pudiesen esperar.
Aurum pasó casi todo el día en una posición central en la fiesta. Se encargó de saludar a todos los invitados, uno por uno, de la manera más hospitalaria posible. El monarca, a quien le temblaba la voz al hablar, intentó de la mejor forma posible que sus sensaciones más oscuras no saliesen a la luz. Y es que, cada vez que miraba a su hija, ubicada en ningún lugar concreto del jardín y con la mirada perdida, sentía que, quizás, había tomado la peor alternativa posible. Ahora, cara a cara con la realidad, no podía evitar preguntarse si la felicidad de su propia hija valía menos que una guerra.
Syra, por su parte, se había cambiado de vestuario. El vestido de novia, aunque sencillo, tenía una cola demasiado larga e incómoda. Por ello, desde había unas semanas había optado por contar con un segundo vestido para lucir durante el resto de la celebración, más cómodo e igualmente sencillo, de color blanco y anudado al cuello. Era elegante, refinado y de una tela con la que cualquier moda contaría, pero sin dejar apartados los ideales de naturalidad que la princesa había deseado y que seguía manteniendo en maquillaje y peinado. Casi no destacaba, de no ser porque era la novia.
—¿No quieres hacer nada? —preguntó Keira muy cerca de su oído, con una copa de champán en la mano. Sus cabellos rojizos recogidos le daban un toque más distinguido del que ya ella solía tener.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó desanimada.
—Es tu boda. Diviértete —la animó con ternura. —Aquí no hay cámaras ni prensa que pueda llegar a juzgarte. Sólo amigos, compañeros y gente que desearía estar en el lugar de Ren. Aurum ha sido considerado al respecto.
—Lo dices comos si fuese sencillo.
—No es sencillo —la miró a los ojos. —Pero sólo personas como tú tienen la valentía de llevar esto a cabo —aquellas palabras amenazaron con derrumbar a la princesa, pero antes de que lo hiciese, la mujer la estrechó entre sus brazos. Ambas se fundieron en un abrazo cálido y sincero que no pasó desapercibido por ningún invitado de todos los que se encontraban cerca. —Deberías hablar con tu hermano. No está... muy bien —admitió.
—Quizás mañana, cuando todo esto haya pasado. Ahora mismo no me encuentro con muchas fuerzas de entablar conversación con alguien que está a mi mismo nivel de estrés mental.
—Tienes razón —asintió. —¿Y si vas con Ren? Parece tan perdido como tú —A Keira no le faltaba razón. Paseaba sin más, con una copa en la mano, mirando los decorados que cubrían las sillas, las mesas e incluso las farolas colgantes como si fuesen objetos extraños. De vez en cuando era asaltado por políticos curiosos a quienes se afanó en evitar. Tenía que admitir que le había estado observando.
—Puede que...
—¿Syra? —Raven se acercó a ambas mujeres por la espalda. —¿Podría hablar con ella? —insistió mirando a la pelirroja. Keira comprendió la situación rápidamente, de forma que se apartó sin decir más. Para cuando la princesa se fijó en él, reparó en que no había observando antes la forma en la que se había arreglado. Lucía el uniforme oficial de los altos puestos de la guardia para celebraciones como aquella, en las que podía mostrar sus insignias y medallas conseguidas, colgadas en el pecho. Sus cabellos estaban repeinados hacia atrás y se había cortado la barba ligeramente. —¿Estás bien? —preguntó, sacándola del ensimismamiento. —Por fin te encuentro libre. He intentado acercarme a ti a lo largo del día y ha sido imposible. Todo esto es un caos —se quejó.
—No te preocupes, Raven.
—Syra, si sientes que esto puede ir mal o...
—Por favor, no sigas —le suplicó. —Esto ya está siendo muy difícil como para que propongas posibilidades imposibles.
—Sólo quiero recordarte que, aunque estés casada, sigo siendo tu guardia. Eso no ha cambiado. Y como guardia, protegeré tu integridad a cualquier coste y sobre cualquier persona —insistió, lanzando una mirada a Ren por encima del hombro de la chica. Ella no lo vio, pero comenzaba a acercarse.
—Lo sé, Raven —le sonrió, posando una mano sobre su antebrazo en señal de cariño.
—Estás... preciosa —le confesó. Sus ojos brillaban húmedos, con una emoción que la princesa no pudo llegar a comprender. Quiso preguntarle que le ocurría, tenderle una mano al hombre que le había tendido a ella tantas veces la suya. Pero no pudo. Ren se colocó entre ambos, interrumpiendo cualquier conversación.
—Disculpa, Raven. Syra ¿Quieres bailar? —preguntó de sopetón. La chica tuvo que pestañear un par de veces para comprender aquella pregunta. No se había imaginado bajo ningún concepto que el munshita era de los que bailaban. —Quiero decir... la gente espera que lo hagamos para dar comienzo al resto de bailes.
—Sí, claro —asintió sin más. Ren ahuecó el brazo y Syra le agarró, cumpliendo con el ya habitual papel de pareja. Lanzó una mirada de disculpa al guardia antes de marcharse y encaminarse hacia el templete central, donde en cuestión de segundos volvería a convertirse en el centro de atención. Una vez más, el agarre de Ren no llegaba a temblar.
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