jueves, 12 de marzo de 2020

Tal y como la apurada agenda del rey lo había previsto, la nave real se hallaba preparada en el helipuerto a primera hora de la mañana.
Fue todo un alivio para la princesa comprobar que, nada más abrir los ojos tras un corto periodo de sueño, Ren ya no se encontraba en la cama junto a ella. Ni si quiera estaba en la habitación. Aunque de momento no había percibido ninguna sensación que la hiciese temer por las intenciones del hombre, compartir lugares tan íntimos como una cama seguía siendo incómodo. Imaginó que se había desvelado pronto o que quizás estaba terminando de preparase en alguna parte, de ahí a que la princesa encontrase vía libre para desperezarse a gusto y cambiarse de ropa antes de salir.
Dado que las maletas ya no estaban en la habitación, supuso que Ren se las había llevado y que sólo le quedaba despedirse. Por ello, no tardó demasiado en cruzar la puerta y salir de la habitación donde, como siempre, encontró a Raven.
— Syra ¿Estas lista? — preguntó con su habitual tono preocupado.
— ¿Por qué sigues tras la puerta? Mi padre dejó claro ayer que la ocupación que te había dado mi hermano ya no es válida — preguntó curiosa, echando a caminar seguida por el hombre.
— Dusk ha insistido — se apresuró a decir. — No se lo digas al rey, por favor. Lo haré mientras no se me requiera en otro sitio. 
— Raven — suspiró la chica. — Relájate. La boda ha terminado y el trato ya esta firmado. El peligro que antes Ren pudiera llegar a suponer ya se ha desvanecido. Vuelvo a estar segura en casa — le intentó tranquilizar con tono dulce y amable.
— No, Syra. No se ha resuelto nada. Ese hombre es un peligro — algo tensa por la insistencia, la chica terminó por interrumpir el paso y encararse con el Maestro. — Créeme.
— Raven, basta. Entiendo que al principio tuvieses tus sospechas. Entiendo también que tu ascenso y las responsabilidades en las que te viste envuelto te hallan causado cansancio. Pero se acabó, no puedes seguir juzgando así como así a quien ahora forma parte de la familia. — le reprendió. No quería sonar dura con alguien a quien consideraba una amistad, pero sentía la necesidad de parecer seria al decir aquello.
— No lo entiendes... Si pudiera llegar a explicarte la realidad para que te dieses cuenta... — gruñó entre susurros. Ahora que se fijaba, la mujer pudo comprobar que el hombre tenía un aspecto fatigado y despreocupado. Las ojeras dibujaban surcos bajo sus ojos y la barba estaba más larga de lo normal. Sus ojos estaban algo rojizos, y en general, parecía frenético. 
— ¿Qué es lo que tengo que entender? Llevas mucho tiempo con lo mismo y todavía no me has explicado cual es el origen de tus sospechas. Si de verdad tienes pruebas contra Ren, dímelas — le apresuró a confesar. Raven separó sus labios. Todo gesto en su cuerpo indicaba que tenía la intención de hablar, de estallar. Sin embargo, no lo hizo. Como una maquinaria defectuosa, se vino abajo y recapacitó.  — Compréndelo, por favor. Esto se acabo — terminó por decir la chica, comprobado que no había nada más que hablar. Se dispuso a seguir con su camino, pero fue retenida por el guardia cuando este la tomó del codo y la obligó a volver. 
— Escúchame. Dejaré de acusar a ese malnacido si es lo que quieres. Dejaré de avisar de sus intenciones, pero a cambio, mantente alerta — la señaló. El tono confiado con el que hablaba y la mirada directa que le lanzó hicieron que Syra se sintiese extraña. 
— Olvidas de lo que soy capaz — recordó la chica mientras se zafaba de su agarre.
— Sé muy bien de lo que eres capaz. Sé que tu poder no tiene rival. Pero también sé que Ren, o los Bladelyn, podrían hacerte daño si bajas la guardia. — alegó con crudeza. — ¿Sigues entrenando? ¿Sigues intentando gestionar tus habilidades?
— Raven, ¿Puedes dejar de...?
— ¡Me preocupo por ti! — ésta vez, alzó el tono demasiado. La princesa tuvo que mirar de un lado para otro antes de suspirar aliviada al saber que nadie se había percatado de aquella escena. — Todo lo que hago, todo lo que procuro que entiendas, todo es por ti — añadió, recuperando el tono suave y bajo. La mujer acabó por guardar silencio. Sus intenciones no eran malas, y las apreciaba. Pero le fallaban sus actos. — ¿Llevaras un teléfono móvil? ¿Tienes mi número de teléfono?
— Imagino que sí.
— Pues si ocurre algo, cualquier mínima situación en la que te sientas insegura, y por el pacto y la seguridad de Solaris decides no contársela a tu padre o a tus hermanos, llámame a mí — pidió. — ¿Lo harás?
— Descuida, Raven. Pero no va a pasar nada — se apresuró a decir, intentando relajar la situación. — Tengo que irme ya. Me imagino que tendremos que partir pronto para llegar con tiempo a Steela antes de empezar con la agenda. Cuídate ¿De acuerdo?
— Cuídate tu también, Syra — El hombre no lo dudó. Aprovechando la proximidad, acercó a la princesa a su cuerpo y la abrazó, posando su mentón sobre la cabeza de ella. Apenas fueron unos segundos los que transcurrieron hasta que se separó, pero fueron suficientes como para que la chica se pusiese nerviosa. No, no podía seguir con lo que Raven quizás pretendía. Tras compartir una sonrisa entre ambos, Syra se marchó. Aurum tenía razón. Un tiempo separados iba a venir bien a todos.

El viaje duró más de doce horas.
Para la pareja, el tiempo transcurrido sobrevolando en ancho océano entre ambos continentes fue algo parecido a una prueba. Las horas habían pasado tan lentas como los pocos temas de conversación que pudieron tener entre ambos mientras ojeaban sus agendas y comentaban impresiones sobre el viaje. De ahí a que, cuando la aeronave pisó tierra firme, tanto la princesa como el joven sintiesen una oleada de alivio descomunal.
El aeropuerto de la capital de Steela era bastante grande, mucho más de lo que la mujer había esperado. Sin embargo, nada más bajar del vehículo no fue la extensión de la pista lo que le llamó la atención, sino la estructura de todo cuanto sus ojos pudieron observar. Más allá del grupo de personas que se habían congregado para recibirles, había un sin fin de edificios repletos de luces, con letreros enormes y anuncios que abarcaban más paisaje que el resto de las infraestructuras. El cielo estaba siendo surcado por multitud de aeronaves pequeñas y de seguro, privadas. El ajetreo, la vida era... descomunal. — ¿Vamos? — preguntó Ren, ahuecando el brazo. A la chica se le había olvidado por unos momentos que, incluso en otro continente, debían seguir aparentando. No sabían si entre los ciudadanos podía haber prensa de Solaris que había viajado hasta allí solo para fotografiar a la pareja en el que iba a ser su viaje de bodas, de forma que, rápidamente, se agarró a él. Juntos, comenzaron a  descender por la rampa mientras saludaban y sonreían sin parar.
— Pensaba que aquí no seríamos tan reconocidos. Mi padre insistió en ello — se quejó.
— Fíjate. No hay tanta gente como en Solaris. Tranquila, seguro que no va a ser para tanto — comentó él en voz baja. Una vez pusieron los pies sobre el asfalto, el gentío estalló. Los residentes de Steela gritaban y llamaban a la pareja, pero sobre todo, a Ren. No pasó desapercibido por ninguno de los dos que el favorito allí parecía ser él. 
— Vaya, sí que te quieren — observó. Un buen grupo de personas destacaba entre los demás. Llamaban a Ren con una pasión desmedida y le lanzaban piropos sin vergüenza alguna. Alguno sonó excesivamente ordinario.
— Pero ¿Qué...? — se preguntó, sonriendo bobalicón. — ¿A esto te referías con oír comentarios sobre ti que quizás preferirías no haber captado? 
— Sí, algo así — aseguró algo divertida. Que aceptasen a Ren, aunque fuese en Steela, fue una especie de cura en forma de alivio. Sólo deseó que el hombre lo sobrellevase con total normalidad. Sus hermanos, a veces se cansaban de la popularidad. Quiso preguntarle por ello, pero el joven pasó su mano por la espalda hasta agarrarla por la cintura. Los estaban fotografiando, claro, pero a ella le tomó por sorpresa. Tras aquello, ambos se tomaron de la mano y caminaron hasta el coche que los esperaba al final de la pista. Sólo entonces, rompieron el contacto.

El trayecto, según informó el conductor, iba a ser un poco largo. La vivienda que Aurum había cedido a la pareja se encontraba a las afueras de la ciudad, de forma que primero debían salir de ella. Escoltados por los vehículos del resto de soldados de Solaris, comenzaron a marchar por las calles de la capital, atrayendo la mirada de los más curiosos.
Tal y como Ren había adelantado, el furor desapareció conforme cruzaron las calles. El gentío que les prestaba atención había desaparecido, de forma que, desde la ventanilla, sólo pudieron observar a gente tranquila, caminando, paseando y ocupada en sus tareas, así como el resto de la ciudad que, sin duda alguna, debía ser impresionante. A los edificios tan altos que Syra pudo atisbar desde el aeropuerto, lo acompañaban edificios más pequeños cuyos tejados presentaban una forma particular, ovalada y mayoritariamente rojiza. Los comercios se extendían por todas las esquinas, así como los locales de ocio, los centros culturales y al parecer, templos. Templos que se hallaban parcialmente alejados del resto de la urbe, entre calle y calle, seguramente de forma intencionada. Cuando quiso darse cuenta, comprendió que Ren estaba tan fascinado como ella. Solaris era moderna, pero Steela parecía serlo aún más. — ¿Sorprendido?
— Steela es... impresionante — comentó con un brillo en los ojos digno de un niño. Syra tuvo que sonreír ante aquella imagen. — En la agenda tiene que haber algún hueco para que podamos conocer todo esto.
— ¿Conocer? ¿Pretendes salir? — preguntó confusa.
— No pretendo salir, pretendo que salgamos — corrigió. 
— Pero... no es seguro. Llamaríamos mucho la atención. Además, estamos aquí por asuntos políticos, no lo olvides — comentó segura. El cristal que el conductor había interpuesto entre su plaza y la de ellos, insonorizaba el resto del vehículo.
— ¿Me estás diciendo en serio que planeas pasar una semana en Steela y volver a palacio sin haber disfrutado ni un sólo día de lo que este continente puede darte? 
— Bienvenido a la familia real, Ren. Me alegro de que empieces a darte cuenta de donde te has metido — comentó con sorna.
— Oh, que poco me conoces — contrarrestó él, sonriendo orgulloso. Syra le devolvió la sonrisa. Aquello parecía un duelo.

Llegaron a la zona en la que la casa estaba ubicada al atardecer, tras un buen trayecto por carreteras ascendentes que rodeaban sierras repletas de bosques frondosos, de un verde tan oscuro que dejaban obnubilado a cualquiera que los observase. Tal y como explicó el rey, la vivienda se encontraba en una zona de bastante latitud con respecto al resto de la región. La hectárea que comprendía estaba vallada, rodeando un ancho lago junto al que quedaba la mansión. Cuando Syra la examinó, una vez bajó del coche, admitió para sí misma que la imaginaba más grande. Apenas tenía dos plantas, construida en piedra y rodeada de un jardín modesto y cuidado que dotaba de armonía al lago. 
Nada más tomar las maletas, el coche se marchó y el resto de soldados se dispersaron a lo largo de la hectárea hasta que dejaron a la pareja a solas. Otra vez, una situación incómoda. 

El interior de la casa no podía ser más acogedor. Las paredes y el suelo estaban compuestos de pura madera, lo que hacía que se sintiesen como en el interior de una cabaña. Una chimenea hacía de eje central del salón, en el que se repartían varios sofás llenos de cojines. La cocina era pequeña, pero suficiente. Y las habitaciones... casi parecían de en sueño. Pequeñas, discretas y cálidas. — Ahora entiendo por qué mi padre ha hablado tantas veces de esta casa. Parece un retiro vacacional — alegó la chica mientras colocaba la maleta en el suelo de la habitación más grande.
— ¿Y no es eso lo que es?
— Bueno, sí. — sonrió. — Es solo que esperaba una copia de palacio. Y esto es mas una casa, un hogar. Es mas real — comentó en tono soñador.
— ¿Cómo es que nunca habías venido? — preguntó Ren de forma curiosa, ojeando los cuadros, el decorado y el interior de los muebles.
— Mi padre dejó de venir cuando mi madre murió. Creo que le produce mucho dolor la idea de volver sin ella — confesó. El hombre decidió guardar silencio cuando ambos se miraron. Unas cuantas ideas se pasaron por la mente de cada uno, hasta que los dos, como una conexión mágica, acabaron pensando en lo mismo. — La cama... quiero decir, la habitación...
— ¿Quieres que duerma en otra habitación? — preguntó. No era una cuestión, sino un ofrecimiento. La princesa se quedó sin saber qué decir. ¿Qué debía contestar? ¿Cómo debía actuar?
— ¿Será seguro?
— No creo que nadie pueda vernos, sobre todo si los soldados van a estar custodiando los puntos claves de los límites del terreno. 
— Pero ¿Y si...? — Su mente se puso pesada. ¿De verdad estaba hablando ella? ¿Estaba sugiriendo ser prudentes en vez de tomarse un respiro?
— A mi no me molesta, Syra — aseguró. — Quiero decir que no me incomoda dormir contigo, ya lo sabes. Eres mi mujer y esto es lo que tenemos que hacer. Si prefieres aprovechar la situación, puedo ir a dormir a otra de las camas — volvió a prestarse. La sinceridad en su voz provocó una chispa de calidez en la mujer.
— Déjalo, no lo hagas. Duerme aquí... Al fin y al cabo, nos tenemos que acostumbrar ¿No? — comentó con cierta sensatez. — O eso es lo que espera mi padre de esto, claro — bromeó.
— ¿Eso te ha dicho?
— No explícitamente, pero sé que confía en que tu y yo nos llevemos mejor. Que nos aceptemos y... bueno, que nos hagamos esto más fácil — dijo con algo de vergüenza. 
— Oh, sí. Algo así me ha dicho.
— ¿A ti también te ha pedido eso?
— Creo que tu padre se siente demasiado mal por esto. Y lo comprendo. — murmuró. — ¿Quieres deshacer la maleta? — preguntó de repente, cambiando el tema de conversación. — Oh, claro. Estas acostumbrada a que los sirvientes se ocupen por ti. 
— ¿Me estás llamando inútil? — preguntó, arqueando una ceja. 
— Lo haría por ti, pero no quiero invadir tu privacidad — continuó con la broma. — ¿Te preparo un baño? ¿Quieres que te deshaga la cama?
— Vete a freír, Ren — gruñó, arrojándole un cojín y saliendo de la habitación. Tras dejar el cojín en la almohada, el hombre la siguió.
Ambos bajaron las escaleras hasta llegar de nuevo al salón. El joven no se lo pensó dos veces antes de arrojarse contra el sofá. Al fin y al cabo, habían sido muchas horas de viaje y en Solaris ya debían transitar la madrugada. Ellos, en cambio, ni si quiera habían dado una cabezada aún. Syra se dirigió hacia la cocina, lo que hizo que se sintiese muy rara. No es que fuese una inútil, como Ren había bromeado, pero no estaba acostumbrada a ocuparse de su alimentación. Por ello, cuando abrió una discreta nevera oculta tras un par de puertas de madera, se quedó helada. Sólo había un par de piezas de verdura, algo de carne y fruta fresca. Estaba claro que Aurum había contado con muy poco tiempo para enviar a alguien a llenar la despensa y limpiar la casa antes de que la princesa llegara, y allí estaba la consecuencia. — ¿Ren? — le llamó. — ¿Qué podemos hacer con verdura y carne? 
— ¿Estofado? ¿Salteado? — preguntó aburrido desde su posición. Syra no iba a admitir que no sabía cocinar. Si lo hacía, el hombre se burlaría de ella durante horas. Por ello, acabó abriendo todos los muebles hasta que encontró leche, cereales y un bol, los cuales tomó para dirigirse al salón con un orgullo inquebrantable. Se sentó tranquilamente sobre el sillón, mezcló los cereales con la leche y se dispuso a cenar. — No sabes cocinar ¿A que no? — La princesa casi se atragantó, lo que le provocó una carcajada. 
— ¿Qué pasa? ¿No puedo cenar cereales?
— Me extraña que cene cereales una mujer que no conocía hasta hace poco el sabor de una hamburguesa. 
— Bueno ¿Y qué quieres? Tampoco tengo ganas de experimentar — gruñó. Quizás fue ver el comportamiento descuidado de Ren, o quizás la simple soledad, lo que hizo que la chica se descalzara y se acomodara sobre el sillón con las piernas sobre el brazo del mismo. Comió mientras refunfuñaba, pero con un ímpetu digno de una persona hambrienta. Tanto, que ni si quiera miró a la chimenea cuando extendió su mano hacia ella y la encendió con un simple golpe de magia. El hombre se quedó largos minutos mirando al fuego, inmerso en él. 
— ¿Cuando murió tu madre? — preguntó en voz muy baja. Syra le miró durante unos instantes, intentando averiguar si se trataba de una intención desagradable o una pregunta curiosa. Lo que encontró fue a un muchacho absorto, con la mirada lejana.
— Cuando nací. No, mejor dicho, antes de que yo naciera. El parto fue complicado, por alguna razón. Murió cuando yo aún estaba dentro de ella — explicó con cierta lástima.
— ¿A eso te referías cuando dijiste en Tarkav que tu padre te había salvado la vida? — Syra tragó saliva, sabedora de que acababa de descubrir algo demasiado importante sobre ella y su familia. — Tranquila, tu padre ya me había contado que tenéis la capacidad de sanar gracias a la Acronita. Además, te recuerdo que quisiste ayudarme con la herida. Eres un libro abierto — confirmó sin ánimo de preocupar. La chica supuso que, a fin de cuentas, debía confiar en él.
— Yo estaba muerta, eso dijeron los médicos — admitió. — No debió hacerlo. Él sabía que no podía usar ese poder, y sin embargo, llevó el cuerpo de mi madre a los pies de la Acronita y eligió a una de las dos. Me eligió a mi — la voz de la mujer pretendió ocultar cierto dolor. — Pudo haber muerto ese día. Todo poder que use de la piedra conlleva un pago, es como un constante recuerdo de que se trata de un poder prestado para gobernar y no un regalo. 
— ¿Por que no perdió la vida?
— Quizás porque lo hizo a tiempo, pocos minutos después de que yo perdiese la vida. O quizás porque, al no haber nacido, el valor de mi vida era muy pequeño. Sea como sea, la enfermedad que él tiene lleva arrastrándola desde ese día. Nunca más ha podido usar una gran cantidad de poder desde ese día. Le destrozaría. 
— Tu padre te quiere con locura, Syra — murmuró. — Nadie entregaría su vida a cambio de alguien a quien no quiere. 
— Lo sé — sonrió con tristeza. — ¿Y tu madre? — se atrevió a preguntar. No quería hurgar en la herida, si es que existía alguna. Pero dada la ocasión, creía justo el conocerse mutuamente. — Vi una fotografía de ella.
— Así que, como sospechaba, entraste en mi refugio y cotilleaste.
— Oh, vamos. No sabía que estaba allí. Además, ni me recuerdes ese día. Todavía se me ponen los vellos de punta al recordar lo que ocurrió. 
— No es mi culpa que estés como una cabra.
— ¿Quieres que te tire otro cojín? — le amenazó.
— Mi madre murió hace unos cuantos años. Enfermó. El clima del norte es un poco duro — confesó.
— Lo lamento. Me pareció una mujer preciosa en la fotografía.
— Lo era. Tenía un cabello negro tan largo que parecía una nube de tinta. Era muy cariñosa, muy dulce. Siempre estaba atenta a lo que me pasaba, a lo que sentía — por primera vez, Syra descubrió pena en la voz de Ren. Sonaba insegura, lastimera. Casi pensaba que estaba oyendo a un niño hablar. — Quería a Jiram como si fuese suyo. Y si hubiese llegado a conocer a Claire... también habría sido así. A veces pienso que si ella hubiese seguido conmigo, todos seríamos muy distintos. — La princesa volvió a tragar saliva. No esperaba que hablase de su hermano, de forma que sintió que el ambiente se enrareció. Dejó el bol sobre la mesita que había frente a la chimenea, dándose cuenta de que hacía un rato que había terminado de comer. — Si la hubieses conocido, tendrías un mejor concepto de mí.
— Nada va a conseguir que tenga un mejor concepto de ti.
— ¿Qué había que hacer mañana? — preguntó algo alterado, recordando que tenía responsabilidades y que aquello no era un viaje de placer.
— Pues a primera hora debemos dirigirnos hacia el palacio imperial. El emperador desea saludarnos y tratar el asunto de los fenómenos cuanto antes. En segundo lugar, creo que tenemos un almuerzo con él. Creo que por la tarde acaba nuestra agenda del día, así que tenemos que pensar como vamos a apañárnosla para comprar comida que nos sirva durante la semana. Pasado mañana, el emperador quiere que visitemos con él los templos más emblemáticos de la capital y seguramente todo esto desembocará en alguna puesta frente al público en el que declaremos las buenas intenciones que tenemos ambos continentes de colaborar mutuamente. Y al día siguiente... ¿Ren? — La princesa sospechó que no la estaba oyendo, porque ni se movía ni emitía sonido. Cuando se aproximó para saber qué le ocurría, encontró al hombre dormido boca arriba, con una mano sobre el estómago y otra tras la cabeza. — Sí que estabas cansado... — susurró la chica. Sonrió para sus adentros, cayendo en la cuenta de que habían tenido que sufrir la incomodidad de negociar sobre cómo dormirían para nada. 
Con la mirada, buscó algo con lo que taparle. Los sillones y el sofá estaban cubiertos con grandes mantas de diseños hogareños y de tacto cálido. Sólo tuvo que agarrar la de su sillón para colocarla suavemente sobre el joven. Estaba tranquila al hacerlo, pero cuando reparó en la alianza que lucía su dedo anular, un pellizco le estremeció el estómago. Acabó por mirarse su propia mano, que tenía la misma alianza y se mordió el labio inferior. ¿Cuantas vueltas más iba a darle para concienciarse de que estaban casados? ¿De que Ren era su marido? Tras un suspiro, observó al joven descansar. Parecía tan normal, tan inofensivo y tranquilo, que terminó por comprenderle de cierta forma. Allí sólo estaban dos personas que, aunque con caracteres muy diferentes y formas de pensar distinta, se habían unido para darle lo mejor a la gente de la que se sentían responsables. Quizás si que merecía la pena llevarse bien, aceptarse y mejorar como pareja. Raven, en cambio, no podía tener razón. Ren no podía tener malas intenciones ya, ni con ella ni con Solaris. Todo iba a solucionarse poco a poco, y en el fondo, tenía que admitir que deseaba conocerle... de verdad.

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