El resonar de los papeles, los folios y los cuadernos utilizarse a lo largo de la mesa, eclipsó todo sonido que en el Consejo se emitiese en aquel momento. La pluma de Syra se movía con precisión entre sus dedos conforme su padre, el rey, trataba los asuntos del día.
Era reconfortante a la par que embriagador volver al trabajo. Apenas se había ausentado unos días de él, y a pesar de que habían pasado horas escasas desde la boda, el continuar los asuntos por donde los había dejado hacía que se sintiese cada vez un poco más ella misma y menos la mujer casada en la que se había convertido. Pues, aunque sabía que el compromiso no era más que trabajo, los vínculos personales que se habían forjado ya eran inevitables.
Los asuntos que Aurum quería tratar eran claros, directos y esperados, pero no por ello menos importantes. La reestructuración de los edificios destruidos por los fenómenos, la partida presupuestaria para la búsqueda y contratación de personal cualificado que pueda estudiar y comprender los mismos, unas primeras actuaciones en Munshad que llevasen poco a poco a la estabilidad, alguna que otra visita oficial a alguna de las múltiples instituciones en las que poder hablar de la feliz y activa situación de la familia real... todo lo que podían haber imaginado, excepto una cosa.
— Por último, ésta misma mañana he recibido una carta del emperador de Steela. Ayer mismo, una población cercana a la capital sufrió un fenómeno parecido a los que se han dado en Solaris. Ha pedido colaboración con esta familia para poder atajar el problema con celeridad — explicó Aurum. Su voz solemne y preocupada hizo que el resto del Consejo sintiese la misma inquietud.
— ¿Steela? Pensaba que los fenómenos sólo ocurrían en Solaris — apuntó Iran.
— Eso pensábamos todos, hijo. Pero parece ser que lo que creíamos como un problema nuestro, ya afecta a medio mundo — confesó.
— Pero eso es... — intentó hablar Syra. — ¿Qué quieren de nosotros? No sabemos de qué se trata.
— Una alianza que permita a ambos continentes solucionar el problema entre ambos. Me parece una idea acertada que uno de nosotros viaje durante unos días allí, entable relación con el emperador y firme un tratado de colaboración entre reino e imperio. Puede que Steela sea más rápido que nosotros en encontrar una solución y el tratado permitiría beneficiarnos de esa ventaja.
— Puedo ir yo, padre — volvió a intervenir Iran. — Dusk está ocupado gestionando la milicia para combatir los fenómenos cuando ocurran. Mi papel aquí es menos importante ahora.
— No. Tú eres mis ojos y mis oídos, recuérdalo — le señaló. — He pensado que lo más oportuno sería que Syra hiciese ese viaje. Con Ren. — terminó por añadir, haciendo que la pareja se mirase. — Aprovechando la situación, podríais alojaros en la que ahora es vuestra casa allí, de tal modo que a ojos de la gente esto parecerá una luna de miel.
— Pensaba que habíamos acordado que no habría, para enfatizar nuestras ganas de trabajar — se quejó la princesa. No es que le pareciese un mal plan, pero ahora temía a la opinión pública más que nunca. A fin de cuentas, el día anterior había quedado claro que el matrimonio no era aceptado por todos.
— Así es, pero dado el caso... — suspiró el rey. — Que los fenómenos no provoquen alarma social es una de nuestras prioridades. Además, te vendrá bien pasar unos días allí. En Steela nuestra familia no es tan reconocida y podrás respirar con un poco más de calma después de haber pasado tantos días frente a los focos. — Syra guardó silencio, reflexionando, para finalmente asentir. — Perfecto entonces. Partiréis mañana mismo si queréis. Os entregaré un dossier en el que figurará las actividades que debéis llevar a cabo y alguna que otra sugerencia por si la necesitáis.
— No tengo problema — intervino Ren. Su papel en el Consejo aún seguía siendo una sorpresa.
— Majestad, ¿Necesitáis algo de mi? — se apresuró a preguntar Raven. — Quiero decir, en Steela. Como guardia de la princesa...
— Te quedarás en Solaris, sirviendo a Dusk — sentenció el rey. El soldado se quedó boquiabierto, sin palabras.
— Majestad, la seguridad de la princesa es mi principal tarea como Maestro de la Guardia. ¿Quien va a protegerla en el imperio? — preguntó nervioso. Syra, sintiéndose aludida, quiso intervenir de alguna manera, pero nadie parecía querer prestarle atención.
— Si no me equivoco, fue una tarea que te encomendó mi hijo ante la llegada de Ren Bladelyn. Quien antes era un potencial enemigo, ahora es el marido de la princesa. No hay peligro del que debas protegerla — explicó con tranquilidad. — Al viaje serán acompañados por un equipo de soldados especializados que pueden hacer la misma tarea que tú.
— Pero, Majestad...
— Maestro de la Guardia, te quiero en Solaris. Tú y Dusk tendréis que trabajar esta semana en la seguridad del reino. Se te ascendió para cumplir con la responsabilidad que el cargo conlleva y proteger al reino es una de ellas — decidió con firmeza. La seriedad de su mirada indicaba que no había nada más que objetar a sus palabras, por ello, Raven tuvo que asentir y agachar la cabeza.
— Sí, Majestad.
— Dicho esto... — comentó mientras reorganizaba sus papeles — No tengo nada más que discutir. Podéis marcharos — Dicho y hecho, los hijos del rey, Ren y Raven se dispusieron a levantarse del asiento. Sin embargo, apenas les dio tiempo a desplazarse cuando el monarca llamó la atención — Ah, una cosa más. Aún es algo pronto, pero quería que supierais que estoy trabajando ya en mi abdicación. Syra, pronto deberás comenzar a trabajar en tu coronación.
— ¡¿Qué?! ¡¿Ya?! — preguntó la chica, entre sorprendida y aterrada. — ¿Por qué?
— Padre ¿Por qué quieres hacer eso ya? — se sumó Iran.
— Porque aunque no queráis daros cuenta, vuestro padre está deseando jubilarse ya — soltó una carcajada. — Vamos, ¿De verdad pensabais que iba a dejar esto hasta la vejez? Syra ya está lo suficientemente capacitada para ocupar mi lugar, y vosotros, para apoyarla.
— Pero, padre... ¿Qué problema hay?
— Por supuesto que la coronación no se celebrará hasta que todos los asuntos que nos traemos entre manos, si es lo que teméis. Una vez todo vuelva a la normalidad, Syra tomará mi relevo — volvió a sentenciar. — Si todo esto acaba pronto, empezaremos a trabajar en breve. Ren, esto también va por ti. El papel de la pareja del rey o la reina es una pieza clave en el entramado de la familia real. Imagino que nunca se te ha instruido para ello, de forma que quisiera ser el responsable de hacerlo hasta que el día llegase.
— Sería un honor, Majestad — asintió Ren con la cabeza.
— Ahora sí, marchaos — volvió a sugerir. Entre murmullos, Iran y Dusk salieron por la puerta, seguidos de Raven. Ren se marchó el último, esperando acompañar a Syra. Sin embargo, no pudo. — Tú no, hija. Quédate un momento — Ante tal petición, la chica cerró la puerta entre ella y su marido, para darse la vuelta, adivinando qué era lo que su padre quería comentar.
— ¿Qué necesitas?
— ¿Todo bien? — preguntó con cierta inseguridad en la voz.
— Todo bien.
— No me refiero sólo a la boda, me refiero a todo lo demás. ¿Has estado bien? ¿Has tenido algún problema con Ren? — Aunque eran preguntas necesarias y humanas en un padre preocupado, la mujer se sintió nerviosa y algo tensa. Jamás había hablado de asuntos de cama con su padre, sobre todo porque nunca lo había necesitado.
— No temas nada. No hay de qué preocupes — se cruzó ella de brazos.
— ¿Te ha tratado bien?
— ¡Papá, por los cielos! Que no ha pasado nada — terminó por confesar alterada. En un primer momento, Aurum se revolvió avergonzado en el asiento. Sus ojeras indicaban que no había pegado ojo en toda la noche, pero la ligera sonrisa que expresó después, dejó ver que se sintió aliviado ante aquella noticia.
— Perdón, no quería entrometerme. Sólo saber... si todo va como debe ser.
— Descuida. Seguimos siendo igual de incompatibles — bufó la chica, dejándose caer en el borde de la mesa.
— ¿Te parece bien lo de la coronación?
— Me da vértigo — admitió. — Crees que estoy preparada, pero no lo estoy. Ayer oí a la gente abuchearme y casi me derrumbé ¿De verdad crees que estoy lista para reinar así? Solaris no me aceptará, y mucho menos Munshad.
— Tiempo al tiempo, hija. Acabas de construir tus propios cimientos. Los periódicos hablan muy bien de ti — confesó, extendiendo uno sobre la mesa, el cual acababa de sacar de su maletín. Syra no había visto ninguno aún, y dado el acontecimiento del día anterior, le interesaba saber qué decían ahora sobre ella. Como si estuviese hambrienta de saber, se lazó a tomar el periódico entre las manos y ojear la portada. Una foto de ella junto a Ren, ambos sonrientes, encabezaba casi todo el papel justo por debajo del titular. El artículo hablaba de boda exitosa, de pareja feliz y de reino reconciliado. — Parece que la boda ha empezado a dar sus frutos.
— No todos opinarán igual.
— Al menos la prensa opina que sí. Se os ve bien en la imagen — Al rey no le faltaba razón. Aunque en la foto la chica forzaba la sonrisa, cualquiera pensaría que se trataba de los nervios típicos de una novia. La sonrisa de Ren era casi idéntica. Y los dos... tenía que admitir que lucían espléndidos. — No es un mal hombre, Syra.
— No he dicho que lo sea.
— Daos una oportunidad — insistió. — No te lo pido por mi. Nunca me perdonaré haber permitido que esto ocurra. Lo pido por ti.
— Todos decís lo mismo constantemente pero ninguno pensáis en que es difícil para mí. Él y yo no empezamos con buen pie y no le conozco aún de nada — suspiró.
— Pues... conoceos. En Steela vais a estar solos, sin Dusk ni Iran protestando por tener a Ren entre nosotros y sin el resto de las personas que os tienen en el punto de mira. Relajaos, intentad llevaros bien y conoceros. Puede que no llegues a quererle, pero sí a encontrar en él un apoyo, una mano derecha para tu futuro reinado — Aquel cúmulo de palabras, terminaron por hacer que Syra le mirase arqueando una ceja tras dejar el periódico en la mesa. — De acuerdo, ya me callo. Sólo era una sugerencia.
— Está bien, padre... está bien — volvió a suspirar.
— Te va a gustar la casa, ya verás. A tu madre le encantaba viajar a Steela. Hemos pasado entre aquellas montañas las mejores vacaciones que jamás hemos tenido nunca — recordó con tono triste.
— Sin conocerla, tengo que admitir que a veces la echo de menos. Me hubiera gustado que estuviera aquí, conmigo. Ayer su presencia hubiese sido muy tranquilizadora.
— Lo sé, hija. Yo también la echo de menos — sonrió. — Y si de algo estoy seguro, es que estaría muy orgullosa de la mujer en la que te has convertido — terminó por decir. — Ahora márchate, anda. Prepara las maletas y despídete de los demás. Mañana te toca descansar.
— Hasta después, padre.
— Hasta después, cariño —. Cuando Syra se marchó, el rey se quedó solo en la Sala del Consejo. Sin poder evitarlo, derramó una lágrima. Se sentía asfixiado, ya no sólo por la presencia de Agro, sino por toda la culpabilidad que ahora descansaba sobre su espalda. Se sentía un traidor, un hombre descorazonado y perdido... al que también le habría gustado que su mujer le acompañara.
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