La situación se agravaba por momentos.
Las infusiones de soluna se consumían una tras otra, acompañadas de alguna que otra medicina para calmar los nervios de la princesa, quien decidió permanecer lo que quedaba de día en la habitación. Por supuesto, el regreso a palacio se vio retrasado, de forma que no tendría la oportunidad de marcharse de Munshad hasta pasadas unas horas, tras el amanecer del siguiente día. Por desgracia, los trámites tan delicados que ahora tenía entre manos exigían paciencia y, sobre todo, sacrificio.
No fueron pocas las veces las que Syra imaginó, a lo largo de la tarde, qué pensarían su padre y sus hermanos cuando les llegase la noticia de que la nave traería de vuelta a la princesa, acompañada de un preso político al que debía juzgar el máximo tribunal de Solaris ante la presencia del Gobierno por lo que se conocían como crímenes contra la corona y el bienestar social. Podía ver a Iran y Dusk, en su mente, montando en cólera y a su padre, sirviéndose de las mismas medicinas que ella. ¿Y cómo no hacerlo? La situación, poco a poco, parecía llegar a alcanzar un límite insostenible que hasta ahora se había mantenido inquebrantable, pero ¿Qué pasaría cuando dicho límite, frágil, se rompiese? ¿Qué iba a pasar con todo a lo que Syra no era capaz de dar solución? ¿Qué iba a pasar con ella misma? El futuro se dibujaba tan incierto y gris en el horizonte, que la princesa temió no volver a recuperar jamás el ritmo normal de su vida... nunca.
Llamaron a la puerta un par de veces. Golpes tímidos y separados que anunciaron la entrada de la cena. La luz que se coló del pasillo, dotó de algo de claridad a la habitación, que hasta entonces había estado oscura, con las persianas corridas y las lámparas apagadas. La mujer se incorporó. Había estado acostada, descansando, sin llegar a dormir. De forma que cuando se giró, comprobó que Raven se había encargado personalmente de llevar hasta allí la comida. —¿Tienes hambre?— preguntó con ánimo. La energía del guardia eclipsaba el lúgubre del lugar. —Deberías comer algo —añadió tras cerrar la puerta a sus espaldas. Sus pasos amenazaron con llevar la comida hasta la cama, de forma que a la chica no le quedó otra que adecentarse en pocos segundos. Después de lo ocurrido, se había dado un baño y deshecho de las ropas sucias, eligiendo las ropas de dormir para pasar el resto del día. Por suerte, se vistió con un batín de seda sobre las mismas, de forma que la imagen que estaba dando en aquel momento no llegaba a ser la peor.
—No tengo mucha hambre —respondió la chica, apresurándose a abrazarse a sí misma. Estaba despeinada, desmaquillada y con los pies descalzos. Y lo peor es que tuvo que extender un brazo para encender la lámpara que había sobre la mesita de noche.
—No puedes tomar medicinas con el estómago vacío —le recordó. —Además, me había traído mi propia cena. Te vendría bien algo de compañía.
—Sí, pero... —La mujer tragó saliva, inquieta.
—Oh, vamos. ¿De verdad vas a sentir vergüenza ahora? Hasta en pijama vas mejor vestida que muchos de por aquí —bromeó, consiguiendo que la princesa se relajase y esbozase una pequeña sonrisa. Dado que la cama era bastante grande, Raven se tomó la libertad de subirse sobre ella y colocar la bandeja con la cena entre ambos. Ambos platos estaban ocultos bajo campanas que, al apartarlas, revelaron una imagen exquisita. Carne asada, verduras al vapor, puré de patatas y flan. Nada que ver con el menú a base de carne que había estado consumiendo hasta aquel momento. —Vaya. Parece que alguien quiere disculparse —señaló el hombre. Había estado escondiendo algo tras su espalda que no se demoró más en mostrar. Se trataba de una botella de vino de una calidad bastante buena. —Venía con la cena.
—¿Crees que será alguna clase de trampa? —preguntó la chica, dubitativa.
—No lo creo. Agro parece estar... aparentemente sorprendido.
—¿Aparentemente?
—Ya te he dicho que no me fío de nadie que viva bajo este techo. Pero a decir verdad, durante la tarde, no ha desaparecido ni un instante. Se ha mostrado colaborativo. Ha enviado una misiva al rey para disculparse personalmente por la situación, además de rellenar papeleo y trámites con respecto a los títulos de Jiram. Se los ha quitado, todos —informó.
—¿Y sobre... mi? —preguntó temerosa.
—No va a tomar medidas. Entiende que todo cuanto hiciste fue en defensa propia.
—Pero... se me fue de las manos... no escuché lo que...
—Syra, tranquilízate —El guardia posó su mano sobre la de la chica. —No ocurre nada ¿De acuerdo? No hay represalias ni has hecho nada mal. Al contrario, tu actuación va a llevar a los calabozos a uno de los hombres más peligrosos de todo Solaris. Si fuese yo, le hubiese cortado la cabeza allí mismo, sin contemplaciones. Tú sin embargo tuviste control.
—¿Control? Quería matarle. Tenía tanta rabia dentro que no supe ver que me estaba afectando.
—Pero no ocurrió. Deja de torturarte —Syra bufó. Se acarició el rostro y miró sin interés la comida. Humeaba de forma llamativa y había envuelto la habitación en un aroma delicioso.
—Yo... hacía mucho tiempo que no usaba mi poder para algo —confesó. —Ahora estoy cansada. Me duelen hasta los huesos.
—Es comprensible —asintió él, comenzando a comer sin aviso. —Por suerte no vivimos tiempos de guerra que exijan que la familia real use el poder de la Acronita constantemente. Sin embargo, podrías tomarte esto que ha ocurrido como un aviso. —Syra le miró sin entender. —Nunca sabrás cuando te toparás con un momento en el que deberás defenderte. Acostumbrarte a ese poder, controlarlo mejor, podría ser de utilidad en el futuro.
—¿Me estas diciendo que... debería entrenar?
—¿Y por qué no? —su mirada brilló con un halo de interés.
—Por un momento iba a llamarte desconfiado, pero quizás sea yo la que peca una y otra vez de ingenua —se burló de si misma, con cierta tristeza en la voz. —Puede que tengas razón. No me vendría mal —le tembló la voz. Imaginarse junto con la Acronita, demandando su poder, era algo que le trajo recuerdos escalofriantes. —De hecho, pienso hacerlo nada más vuelva a palacio. No quiero que vuelvan a tomarme desprevenida. Me siento ridícula ¿Sabes? — le miró. —Siendo la elegida por la Acronita, incluso entrenada con la misma instrucción que mis hermanos recibieron e incapaz de defenderme de...
—¿Piensas en esa grita de la que me hablaste ayer? —la princesa asintió.
—Sé que parece una locura. No hay día en el que no ocurra algo, pero lo de ayer fue real.
—No me hables como si no te entendiera. Ya te dije que creía tus palabras. A fin de cuentas, las grietas y los fenómenos se están convirtiendo en algo bastante serio —añadió sin dejar de comer. Sólo se detuvo unos instantes para mesarse la barba. La tenía un poco más larga y desarreglada de lo normal, dado que, desde la llegada a Munshad, no había hecho otra cosa que trabajar. —Maldita sea, hemos perdido demasiado tiempo aquí cuando lo realmente importante está en palacio. Desde allí deberíamos poder trabajar en algún tipo de solución o...
—De verdad te preocupas ¿No es así? —preguntó la chica con cierta ternura en la voz. —Pareces un hombre excéntrico y obsesionado con tus asuntos, pero, ahora que te conozco mejor sé que de verdad te preocupa todo lo que te rodea. Tu trabajo y tu reino —confesó. —Y no sólo eso, sino que además, eres mi principal apoyo en todo esto —le sonrió. —Ahora entiendo por qué Dusk te eligió a ti.
—Es un honor para mi, Syra. Creo que ya lo he dejado claro más de una vez. No me arrepiento de haber aceptado mi cargo a pesar de la situación. Proteger a la futura reina y servirle de apoyo es todo cuanto he trabajado incontables años —aquellas palabras obligaron a la chica a mirar a otra parte unos segundos. Estaba alagada, había que reconocerlo.
—¿Brindamos? — Junto a los platos había un par de copas. La chica tomó una con decisión y la alzó. Aquello era una invitación más que directa a cenar juntos de buena forma, en condiciones y sin pensar en los problemas. Raven descorchó la botella como respuesta.
Los platos quedaron tan vacíos como los estómagos llenos. La botella de vino se acercaba a su fin cuando las estrellas hacía ya unas horas que brillaban en el cielo. Y las bocas, estaban ya secas de charlar. Princesa y guardián no habían parado de hablar ni un solo momento. De alguna forma, la necesidad de recuperarse de la chica se mezcló con las ansias de Raven por acercarse a ella, resultando en una noche de despreocupación y conversaciones banales. No hablaron de nada sobre sus responsabilidades, ni si quiera sobre Munshad. Mientras Syra contaba estúpidas anécdotas de su vida, el hombre hizo lo mismo con respecto a sus días de entrenamiento. Casi parecía que no se encontraban en aquella habitación helada, sino en algún lugar tranquilo en la capital de Solaris, los dos solos, pasando un buen rato.
Cuando la mujer caía en la cuenta, un pellizco de remordimiento le atenazaba el estómago. Odiaba sonreír y no hacer nada sabiendo cómo estaban las cosas. Se martirizaba por pasar unos momentos alegres a sabiendas de lo que había ocurrido aquella mañana, pero... lo había estado necesitando desde hacia tanto tiempo, que no paró. Y el vino le ayudó a no hacerlo.
—...así que me puse frente a él y le dije que no podía irse a otra parte porque no quería estar sola con mi padre —comentó entre risas. —Pobre Iran. Tiene la maldición de ser el mediano y a veces no sabe a quien apoyar más, a Dusk o a mi.
—A veces los asuntos familiares son más difíciles que los políticos ¿No? —Raven, despreocupado, apartó la vajilla sucia y la colocó sobre el suelo.
—Ya te digo. Además, aún no los conoces de verdad. Cuando lo hagas, te darás cuenta de que los tres somos unos absolutos desastres. Si mi madre viviese, te juro que el orden hubiese reinado hacía ya tiempo —admitió. Tenía las mejillas sonrojadas y cálidas. Por su parte, el hombre sonrió con cierta tristeza y eso es algo que la chica no supo como tomárselo. ¿Qué le ocurría? —¿Todo bien?
—Sí, sí. Sólo estaba... recordando tiempos mejores —aseguró. Ella cruzó las piernas bajo su regazo, dispuesta a escuchar.
—Nunca me has hablado de tu familia.
—Es... complicado.
—¿No tienes pareja o hijos?
—Hijos no, que va —se rascó la nuca sonriente, perdido en recuerdos. —Pero si tuve una mujer, una vez. La mujer más brillante y bonita que he visto nunca. Inteligente, con unos ideales que a veces me sorprendían y un temperamento algo fuerte a veces. La perdí.
—Oh, por los dioses, Raven. Lo siento mucho, no sabía que...
—No, no. Tranquila. Es algo lejano —se apresuró a decir. —Mi vida está ahora en palacio, con mi deber.
—Qué estirado —se burló de él. —¿De verdad piensas dedicar toda tu vida a tu puesto?
—No me veo con edad de emprender, sinceramente. Tampoco tengo vocación para hacer otra cosa.
—¡Vive! —le animó. —Oh, por el amor de los cielos, ¿Me estás diciendo que tienes la posibilidad de vivir una buena vida fuera de palacio y no la vas a tomar? Tu puesto en el Consejo no te lo impide.
—¿A que viene eso?
—A que si yo pudiera también lo haría. Oh, vamos. Piénsalo. No tener riendas ni ataduras, que nadie te reconozca allá donde vayas y... viajar. Viajar por todo el mundo, conociendo las distintas regiones de éste continente y todos los que nos rodean. Comprender las culturas de lugares lejanos, probar comida distinta a la nuestra y... no parar nunca —comentó con tono soñador.
—¿Ese es tu sueño, Syra? ¿En eso piensas cuando te paras a pensar en qué te gustaría hacer?
—En parte, sí —confesó.
—¿Más que una vida dedicada a ser quien debes ser? ¿Junto al trono?
—Ya te he dicho que en parte sí. ¿A que viene ese tono preocupado? —frunció el ceño. Raven, que se mostraba totalmente sereno a pesar del vino, se tomó unos segundos aparentemente reflexivo.
—¿Quieres hacerlo? ¿Quieres desaparecer y vivir una vida normal? —A Syra se le escapó la risa.
—Eso es imposible.
—No, no lo es. Si es lo que quieres, podemos hacerlo. Desaparecemos de aquí, nos vamos a otro continente, con otros nombres y otra vida, y comenzamos a vivir ¿Qué me dices? — La princesa tuvo que pestañear. No supo diferenciar el sentido de todo aquello que decía, pero al ver el semblante serio del hombre, supo, al menos, que aquello lo decía de verdad.
—Raven ¿De verdad harías eso por mi? —preguntó sorprendida. —¿Estás dispuesto a desaparecer... conmigo? —la lengua le perdía.
—Syra... si llegases a comprender todo lo que haría por ti, no te sorprenderías tanto como lo estás haciendo ahora —susurró él, acercándose a su rostro. De alguna forma, la princesa supo ver sus intenciones, pero cuando Raven posó sus labios sobre los de ella, no se apartó.
El hombre la besó con ansias, con una necesidad desmedida, como alguien sediento en mitad de un desierto. Syra se apartó un segundo, incapaz de gestionar las emociones que empezaban a fluir en su interior. Sentía deseos, un apetito voraz de dejarse llevar entre los brazos del hombre, que empezaban a rodearla y apegarse a ella. Por su cabeza se paseó el recuerdo de una boda cercana, de un compromiso que no deseaba y de la condena para toda una vida de estar con alguien a quien no amaba. Necesitaba decidir, por una vez, qué quería hacer... y quiso seguir. La mujer le devolvió el beso de la misma forma que él lo había hecho, enterrando sus dedos entre los oscuros y desaliñados cabellos del guardia. No sabía por qué hacía aquello, y más aún con un hombre al que no hacía demasiado tiempo que había empezado a conocer, pero sus muestras de cariño fueron tan importantes para ella que parecieron romper cualquier muro que se había construido sobre sí misma.
Dejar de besarse no pareció ser ninguna opción para ambos, ni si quiera a pesar del dolor de un labio hinchado y herido. Poco a poco, pequeños jadeos escaparon de entre los labios de la chica, quien inexperta, comenzaba a sentir cosas que jamás había llegado a notar en su interior. Cosas que la pusieron nerviosa.
Raven empujaba de alguna manera su cuerpo hacia atrás. Él tenía unas intenciones que ella no. Intentó combatir aquello, pero cada vez le costaba más. La fuerza que él ejercía sobre ella y sus manos incansables amenazaron con romper la situación. Por ello, cuando estas se aventuraron a rozar los senos de la la chica y a intentar colarse en el escote, Syra se separó. —No puedo —confirmó sin aliento. Le ardía la cara con una intensidad nunca antes sentida. —No puedo hacer esto. Lo siento mucho. Te he confundido sin querer —se lamentó, apartándose del hombre.
—No, no te disculpes. Syra, escúchame —comentó nervioso. —No me has confundido, tú y yo solo...
—Lo siento mucho, Raven, de verdad. Debe ser el alcohol. No estoy acostumbrada a beber. Yo no quería hacer esto —insistió, poniéndose en pie.
—Syra, yo...
—Voy a casarme, Raven. ¿Lo entiendes? —comentó con los mismos nervios que él — Ha estado bien, pero no puedo...no puedo seguir con esto.
—¿Por ese Bladelyn vas a terminar de destrozar tu vida? —le preguntó con seriedad en la voz. Quizá él no lo llegó a sentir, pero aquellas palabras la hirieron. —Ni si quiera se ha preocupado por qué te ha pasado desde ayer. Te usa como moneda de cambio, te condiciona tu vida para siempre ¿y vas a dejar que también influya en tus deseos?
—No lo entiendes. No es una cuestión de deseos, sino de responsabilidad. De estar en paz conmigo misma.
—¿Pero no ves que...?
—Raven, por favor, vete —le pidió de la forma más amable que pudo. En su interior, sintió que había estropeado la situación. Ahora, se sentía culpable de todo lo que el hombre pensara sobre ella. —No lo hagas más difícil, por favor. Me da mucha vergüenza todo esto.
—Pero si solo ha sido un...
—Por favor—insistió. Como una orden, el hombre recogió sus cosas y cumplió con la petición. Se marchó tras dar un pequeño portazo, desapareciendo del lugar.
Sin embargo, apenas un minuto después, llamaron a la puerta. Syra, que había sido incapaz de moverse por el recuerdo que ahora albergaba en sus labios, chasqueó con la lengua al comprender que el hombre se lo iba a poner difícil.. —Raven, por favor... ya te he dicho que...
—¿Raven? Ni me compares, zorra —Claire entró en la habitación como un vendaval. Su maquillaje estaba corrido y sus ojos estaban tan rojos que saltaba a la vista que había estado llorando. ¿Por Jiram?
—Claire —la llamó nerviosa. La princesa se temió lo peor.
—Sorpresa ¿A que no me esperabas? — preguntó con altanería. —No todo puede estar siempre bajo tu control. No todo puede salir como quieres.
—¿Qué quieres?
—Oh, nada. Pasaba por aquí y os oí a ti y a tu chucho charlar entre risas. La verdad es que esperaba encontrarte llorando como una inútil, pero ¡qué sorpresa! ¡Si estabas intimando con tu perrito! —Syra se quedó helada. No podía ser verdad. —Ventajas de que el hueco de la cerradura sea lo suficientemente grande, supongo.
—¿Estabas espiando?
—Y tú follando, prácticamente.
—Yo no he...
—Di lo que quieras. Supongo a que a Ren le gustará saber lo que hace su prometida después de todo un día fastidiando por nuestra casa. —sonrió con malicia. —¿Quien sabe? A lo mejor incluso entramos en guerra mañana por la mañana.
—¡Claire, no! —A la princesa no le dio tiempo de gritar más. La joven se fue corriendo en búsqueda de su hermano. Podría correr tras ella, intentar detenerla, pero ¿Qué iba a conseguir? Había sido culpa suya, se le había ido la cabeza unos minutos y... ahora se había vuelto a meter en un problema. Temía que Claire contase más de la cuente, que mintiera sobre lo que había visto, pero, a fin de cuentas, era Ren quien tenía que decidir, injustamente, si aquello le parecía bien o no.
De repente, un sin fin de cuestiones sobre su libertad y hasta donde podía decidir un desconocido como Ren sobre la misma, aparecieron en su mente. A fin de cuentas, a eso se había comprometido, a cumplir su deber para evitar una guerra... Y había rajado ese deber.
Todo estaba empeorando cada vez más.
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