El pasar de los días, incluso las semanas, habían conseguido de alguna manera apaciguar los ánimos de la futura reina de Solaris.
Las tensiones, aunque aún existentes, se habían disipado con el pasar del tiempo, la aceptación de los cambios que habían sobrevenido y la más que inminente unión de la princesa y el heredero de Munshad. Por suerte, los fenómenos también parecían haberse calmado. La sucesión de estos se había vuelto bastante lenta, de forma que, en aquellos dos meses de preparativos, la chica sólo fue notificada de un par de casos leves al oeste de la región.
Le costaba admitirlo, pero parecía que las cosas poco a poco se estaban calmando y volvían a la normalidad. Y aunque había cosas que no podía olvidar aún, decidió mantenerlas guardadas en un cajón de su mente a expensas de que nunca más tuviese que volver a recordarlas.
Aquella tarde, el salón de la última planta olía a café, té y tarta recién hecha. La tranquilidad brillaba con fuerza ante el constante ajetreo que se vivía desde hacía días en palacio. Los preparativos de boda mantenían a todos ocupados en una carrera contrarreloj que debía terminar en apenas unos días, con todo lo necesario dispuesto y preparado para convertirse, sin duda alguna, en el evento más inesperado y de enorme interés del año. Por ello, la sala se había convertido en un lugar privilegiado para evadirse de la realidad y encontrar intimidad y una buena merienda.
El vestido de novia se hallaba casi terminado, a la espera de unos cuantos retoques que se estaban llevando a cabo en aquel mismo momento. Syra se hallaba con él puesto, mirándose ante un espejo mientras una costurera terminaba con los bajos del mismo. Con cuidado, cosían con minuciosa precisión un dobladillo para ajustar la longitud sin llegar a estropear las finísimas y modestas flores bordadas al final de la falda. Sin embargo, que pudiese llegar a estropearse algo o no eran detalles menores para la mujer, quien se miraba sin estar del todo conforme frente al espejo. La imagen que proyectaba de sí misma era tan irreal, tan ficticia, que no se encontraba en su reflejo. Aquella no era Syra, sino una farsante.
—Me parece que has acertado del todo — Cecile caminaba de un lado para otro masticando pastas. Desde que se encargaba de ayudar a la futura novia con sus tareas, se había tomado el apoyo como algo sumamente personal. —Aunque a mi me gustan más... ¿Llamativos? —preguntó reflexiva.
—Este está bien. No quiero nada llamativo. Cuanto más desapercibido y común resulte, mejor —recordó la princesa. Se frotó un par de veces el vestido por la zona del vientre, alisándolo. No había ni una sola zona de pedrería, pues el vestido en su totalidad era una sola pieza de seda blanca impoluta, minimalista, a excepción de algunos bordados sutiles como los del bajo. Las mangas, de corte sobre el codo, ayudarían a soportar el calor del clima y el escote en forma de barco aliviaría un poco el mismo sopor. La caída, enfatizada en la cintura, era el toque más elegante del vestido.
—Yo lo veo perfecto — Keira, que observaba todo desde el sillón, se tomaba la situación con más calma.
Cuando la costurera dio el visto bueno a su trabajo, Syra se apresuró a desvestirse desde lo alto del taburete en el que había estado subida para que el arreglo fuese más cómodo. Se sacó el vestido por la cabeza con ayuda de la modista, quien no tardó en doblarlo con las manos y llevárselo para terminar de prepararlo. Quitárselo fue como vestir diez kilos menos para la chica, quien empezaba a tomar todo aquello con demasiada animadversión. —¿También vas a estrenar ropa interior el día de la boda? —preguntó Cecile insegura.
—¿Por qué dices eso?
—Porque no quiero ni imaginarte con ese conjunto por la noche —. La chica se observó así misma, atacada por un gusto pésimo hacia la ropa interior que, hasta ese momento, desconocía que tenía. Pero diría que no estaba tan mal.
—Cecile, ¿De verdad crees que Syra quiere tenerlo todo controlado de la misma forma que tú lo tuviste? —preguntó Keira, sembrando un poco de razón. La mujer no dejaba de beber café. —Te recuerdo que el compromiso es una conveniencia.
—Ya, ya lo sé —se quejó la muchacha. —Sólo creía que, a lo mejor, ya había pensado en eso.
—No, no lo he pensado —gruñó Syra, tapando su cuerpo con un batín corto que había dejado sobre el biombo colocado junto al espejo. El vestido de bodas no era lo único que luciría en la boda, de forma que había varias cosas que probarse durante la tarde y era más cómodo no tener que vestirse. Ofuscada, se encaminó hacia el sofá que estaba junto al sillón de Keira. Se dejó caer sobre él, cansada.
—Eh, ¿Estas bien? —preguntó Keira con dulzura. La voz de la mujer era siempre tan suave y susurrante que conseguía tranquilizar a cualquiera.
—Sí, sí. Es solo que...
—Cecile ha metido la pata.
—¡Eh!
—No, no ha metido la pata. Sé muy bien qué es lo que va a pasar y a lo que me tengo que atener con este pacto —recordó la chica. Se había recostado boca arriba, con las manos sobre el estómago. Le dolía cada vez que pensaba en la noche de bodas.
—Yo no quería... perdóname, Syra. Es que estoy un poco nerviosa con todo esto. A veces Iran me cuenta unas cosas que me ponen los vellos de punta, pero te veo tan decidida que... —murmuró Cecile. La muchacha se colocó de rodillas sobre el suelo, entre Syra y Keira. Sus cabellos rubios ondulados cayeron sobre sus hombros como cataratas de trigo. Hasta triste, era increíblemente guapa.
—No pasa nada, de verdad. Esto es lo mejor para Solaris. Quizá en unos meses todo se haya tranquilizado y... con el tiempo, conseguiré que las revueltas paren. ¿No es eso lo que debo hacer? —preguntó, clavando sus ojos en los de Keira. La pelirroja no supo que decir ante una mirada que, sin duda alguna, buscaba aprobación por parte de ella.
—Vas a ser una gran reina, Syra. Tus sacrificios te serán de vueltos con el mejor de los reinados, ya veras —le aseguró la mujer, extendiendo su mano hasta ser tomada por la princesa.
—¿Y si intentamos pensar de forma positiva? —sugirió Cecile. —Ya nos has dicho que odias a su familia, que es un engreído orgulloso y que te pone de los nervios. Pero, debe tener cosas buenas ¿No? —la voz de la joven sonaba desesperada. Desde que se casó con Iran, hacía ya varios años, había admitido docenas de veces que deseaba que el momento de Syra llegase. Sin embargo, nunca espero que fuese así.
—Cecile tiene razón —admitió Keira, colocándose un mechón rojizo tras la oreja. Sudaba ligeramente debido a las ropas que vestía, que aunque ligeras, le mantenían oculto el cuello y los brazos. Tenía demasiadas cicatrices que no quería mostrar, de ahí a que aquella confirmación tomase a la princesa de sorpresa. —Creo que puede ser bueno que intentes darle una oportunidad.
—¿De qué? ¿De quererle? No hay persona que deteste más en este momento —se quejó.
—No, no me refiero a eso. Lo que digo es que podrías empezar a quedarte con las cosas buenas para que todo esto te sea más ameno —insistió.
—¿Cosas buenas? ¿Él? —se preguntó confusa.
—Dusk cuenta cosas horribles de él, pero tu hermano habla desde un corazón dolido. Yo creo que no puede ser alguien tan detestable como quiere que crean que es si ha decidido proponer un pacto antes que sembrar una guerra —comentó la mujer, dando otro sorbo de su taza.
—Me ha usado como trato.
—Y él se ha prestado a ser usado de la misma forma. ¿A él le apetece casarse contigo? —Syra no respondió. ¿Quería o se sentía como ella? —A esto me refiero. Poniéndonos en un punto intermedio... algo bueno deberías admitir que tiene. Por ti —añadió. La princesa se quedó mirando a un punto fijo del techo, intentando buscar algo que decir. No encontraba absolutamente nada.
—¿Es detallista? —preguntó Cecile. La princesa negó con la cabeza. —¿Amable? —. Ésta vez, Syra tuvo que arquear las cejas ¿Lo era? —¿Es atento?
—Ni si quiera se dignó a aparecer cuando descubrí a su hermano. Aunque puede que le entienda por ello... Debe estar dolido, decepcionado o... —suspiró —No lo sé. Debe odiarme tanto como yo a él a pesar de que he hecho lo que tenía que hacer. ¿Y si lo sabía? ¿Y si había propuesto a mi padre que nos casáramos sabiendo que su maldito hermano es quien ordenó el ataque en el que tú... —quiso dirigirse a Keira, pero ésta la interrumpió.
—Deja ya eso, Syra. ¿No ves que no sirve de nada? —preguntó intentando ayudarla a entrar en razón. —Además, alguien con tanto odio en su interior ya te habría hecho daño. A ti, a tus hermanos, a tu padre... ¿Quien sabe? Y sin embargo sigue aquí, en palacio, sin hacer ruido —insistió. Keira no ganaba nada diciendo aquello, más que perder la justicia de su propio dolor. Pero la calma de su voz fue tan correcta, que arrojó un poco de luz a la mente de la princesa.
—Es que no se nada de él. No se qué pretensiones tiene. No se cuales son sus aspiraciones ni que le gusta. No le conozco. No puedo decir nada sobre él porque es un completo desconocido para mi —comentó la princesa con tono desesperado.
—¿Te parece guapo, al menos? —preguntó Cecile en voz baja, insegura. Su pregunta fue tan inesperada, que Syra se quedó con la palabra en la boca. —A ver, por lo que he visto en la televisión, no me parece feo. Sí que es verdad que tiene una nariz un poco grande y que tiene la cara llena de lunares, pero podría ser peor —se apresuró a añadir. Cecile, que estaba casada con el considerado hombre más guapo de Solaris, tenía poco que decir al respecto.
—Bueno... él es... — intentó decir Syra. —Es muy alto —se decantó por responder.
—Tiene que haber algo más —insistió. —Piensa que tienes que describírnoslo. Le conocemos sólo por las imágenes que hemos visto de él en la prensa, ya que ni Iran ni Dusk nos dejan acercarnos a él a menos de veinte metros —sonrió bobalicona.
—Tiene los ojos muy apagados, pero cuando te mira, parece que tiene una profundidad muy inusual. Es como si te atrapara y...— Al instante, se sintió estúpida de estar diciendo aquellas cosas. Se frotó la cara con las manos y bufó. —Esto es inútil ¿Vale? No sirve de nada lo que yo piense de él. Él piensa de mi que me gusta otra persona, así que hagamos lo que hagamos la boda va a ser un maldito infierno porque ni nos conocemos ni nos aceptamos —confesó.
—¿Qué? ¿Que cree que te gusta quien? —preguntó Cecile con interés.
—Raven Garland. Porque una noche en Munshad estaba un poco bebida y le besé.
—¡¿Qué?! —preguntaron las dos al unísono.
—No fue nada ¿vale? Se dio la ocasión y ya está. Se me fue la cabeza un poco porque tenía la sensación de que la boda no me estaba dejando elegir y preferí besar a alguien que elegí por mi misma antes que a alguien con quien debo hacerlo por obligación —intentó explicarse, incorporándose de forma apresurada.
—Pero, Syra... Raven... —Cecile no podía contener la risa.
—Es un hombre muy apuesto y bastante atractivo para casi doblarte la edad, pero no me lo hubiese imaginado —comentó Keira, intentando parecer seria sin conseguirlo.
—Metí la pata. No debí hacerlo. He quedado como una irresponsable —bufó.
—Oye, que puedes tener amantes —le recordó Cecile. —Me parecería de lo más fascinante que tu amante fuera el guarda que te protege. Casi puedo imaginármelo —comentó soñadora.
—Pues olvídate. El muy desgraciado se puso muy ofendido porque pensó que me había acostado con él y quiso saber si era verdad. ¡Sin conocerme de nada me preguntó algo así!
—¡Madre mía, entonces le gustas! —Cecile abrió los ojos como platos.
—O eso, o está tan preocupado porque el trato se rompa, que la idea de que surja un amante tan pronto le es un inconveniente —aportó Keira. —¿Qué pasaría si la prensa lo supiese? Sería un escándalo. Además, por muy de conveniencia que sea, el enlace debe significar algo.
—Dicho así, haces que me sienta peor — Y en efecto, Syra se sentía peor por momentos.
—Oh, venga, anímate. Esto no puede ir ya a peor —Cecile alzó su mano hasta acariciar los cabellos de la chica. —Piensa que a partir de ahora sólo te queda llevarte mejor con él y ya está. Quizá en vuestra luna de miel...
—No va a haber luna de miel. Acordamos hace unos días no tener ningún viaje absurdo que ninguno de los dos deseamos. Vamos a decir que queremos trabajar pronto en arreglar la situación y que por ello renunciamos a las vacaciones.
—Bueno, pues en el día a día. Os llevaréis mejor, ya verás. En las imágenes de las entrevistas se os ve muy... ¿Bien? Ya se que es fingido, pero él parece... entregado— Que Syra sintió deseos de echarse a llorar en ese momento, fue algo que ambas amigas sintieron. Pero no lo hizo. La heredera, en un alarde de querer ser fuerte, sonrió agradecida por las palabras de ambas. Una parte de ella ya había aceptado que se casaría y empezaba a acostumbrarse a la idea, pero otra parte, más remota y profunda, temía que llegase la fecha. Entregarse a un hombre... en todos los sentidos, le daba escalofríos. —Bueno, cuéntanos ahora y sin ánimos de que se estropee nada. ¿Ese tal Raven Garland besa bien? — Syra fue a responder que sí, que había algo en él que era muy atractivo sin duda alguna. Pero, como si de una invocación se tratase, éste llamó a la puerta y entró sin permiso alguno.
Ambas mujeres pegaron un respingo entre sorprendidas y divertidas, evitando empezar a romper en carcajadas, mientras que Syra se ocultó tras el respaldo del sofá, aún con el batín sobrepuesto.
—¡Por el amor de los dioses, Raven! ¡¿Como puedes entrar así como así?!
—Oh, mierda, mierda. Perdón, Syra, perdóname —se apresuró a disculparse, tapándose los ojos con una mano.
—¿Te llama Syra? —preguntó Cecile en voz muy baja.
—Si he entrado con prisa es porque hay algo que necesitáis saber —carraspeó. —Ren Bladelyn se encuentra ahora mismo en el Palacio de Justicia, retenido por soldados. Ha provocado un incidente.
—¡¿Qué?!
—Los príncipes Iran y Dusk también se encuentran allí.
—¡¿Qué?! —imitaron las otras dos.
—¡¿Por qué ninguno de los dos me ha dicho nada hasta ahora?! —gruñó la chica. —¡¿Se puede saber qué ha pasado?! ¡¿Qué hace él allí?! —preguntó incrédula y temiéndose lo peor.
No podía creer que las cosas se fuesen a complicar aún más.
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