lunes, 9 de marzo de 2020

Finalmente, el día llegó.

Desde la ventana de la habitación de Ren entraba la buena y clara luz de la mañana mientras de forma ahogada y distanciada se dejaba discernir el tañido tímido de unas campanas. Cada golpe de los badajos recordaba a Ren, que se miraba a un espejo de cuerpo entero, hacia qué estaba a punto de encaminarse. El muchacho estaba terminando de vestirse: llevaba un pantalón oscuro con una camisa blanca, tan impoluta que parecía brillar a la más mínima exposición a la luz. Sobre la misma llevaba un chaleco gris ceniza y una corbata negra tan oscura como el pantalón. La guinda la ponía la chaqueta, que siendo igualmente oscura, tenía unos motivos de plata en el cuello y las mangas, disimulados, pero que le daban un toque distinguido y digno de Munshad. Los gemelos que llevaba sin embargo sí eran dorados, regalados de forma adelantada por Aurum, pues le dijo que llevar algo distintivo de Solaris le traería suerte en el futuro. Al parecer, el viejo rey era algo susceptible a las supersticiones ¿Pero cómo no serlo, si a fin de cuentas era el hombre más poderoso de todo el reino en cuestiones de magia? Si existía la Acronita, una piedra inmensa capaz de controlar el devenir del tiempo y el espacio... ¿Por qué no le iba a traer suerte unos gemelos? El Bladelyn los estudiaba y los limpiaba de cualquier mínima mota de polvo aún sin ponerse la chaqueta, que lucía perfectamente colgada en un maniquí en un rincón.
-Tiempo ha que las campanas no doblan por razones debidas- la voz de Agro, a espaldas de Ren, le sobresaltó de manera sobrehumana. El muchacho dio un respingo alterado para girarse y ver a su padre, al que no había oído llegar ni había visto entrar por el reflejo del espejo. Fue algo extraño hasta para él.
-Padre... ¿Desde cuándo estás aquí?- preguntó bufando, asustado.
-Desde que llegué- sentenció, místico -Percibo mucho miedo en ti, Ren- cambió de tema repentinamente, mirándolo con severidad.
-¿Miedo?-
-Miedo y temor ¿Pero a qué? No logro adivinarlo con exactitud- el anciano presidente de Munshad caminó sombrío por la habitación como un fantasmagórico ente del inframundo, casi arrastrando su amplia túnica negra por el suelo. La capucha le seguía cubriendo el rostro hasta en la intimidad con su hijo. Acabó por sentarse de forma sosegada y pausada en el borde de la cama donde dormía Ren y contempló el entorno.
-Supongo que casarse, en el fondo, no es fácil-
-Oh, sí que lo es- dijo volviendo a mirar a su hijo -Sobre todo cuando no amas a la contraparte-
-Quizá sea eso-
-¿Quisieras amarla?- cuestionó Agro. Su tono de voz era temible al decir aquello.
-No he dicho tal cosa- suspiró Ren -Solamente que esto... Todo...- gruñó -Es una farsa. Todo es más y más farsa, más mentiras. A estas alturas, empiezo a estar harto de tanto juego ¿Cuánto tiempo llevamos así?-
-¿Me preguntas a mí por un plan que tramaste tú solo, sin consultarme?- sonrió de forma siniestra -Vamos, Ren... A mí no puedes engañarme- Ren le apartó la mirada -Ah, sí...- Agro soltó una carcajada que parecía más el hálito moribundo de un asmático, un pitido arrastrado y jadeante -Esa cara... Qué recuerdos me traes- su hijo le miró -La misma cara que ponías cada vez que te ibas a aquella cueva en mitad del bosque junto a la mansión... ¿Qué? ¿Creías que no lo sabía?- se palmeó la rodilla suavemente -No hay nada que puedas ocultarme, Ren. Nada- y de pronto la sonrisa desapareció como si hubiese sido una máscara que se arrancó a sí mismo de pronto -Así que no trates de creerte más listo que yo- el ambiente pareció oscurecerse por un momento. Ren sintió los vellos de su cuerpo erizarse a causa de una creciente electricidad en el ambiente -No olvides tus objetivos, chico. En este lugar, en este reino, no cabe la duda y el temor. Eres un Bladelyn y esta boda ha de ejecutarse con un propósito mayor. Fuiste sabio al tomar esta senda y eficiente al conseguir que el rey aceptara entregarte a su hija en matrimonio. Vas a posicionar a nuestra familia en el trono, de forma que lograremos nuestros objetivos con muchísima más facilidad. No vaciles, Ren, ni muestres debilidad. No te crié para que te volvieses esclavo de la compasión-
-Solo me preguntaba...- reunió valor para contestar a su padre -Me preguntaba... si no existe otra opción ¿Realmente los Chrone merecen todo esto? ¿Hurdir a sus espaldas? ¿Después de todo lo que han hecho y lo que han sufrido ya por nuestra causa?- Agro ladeó la cabeza, silencioso -Después de todo cuanto ha hecho Jiram, el daño que ha causado al reino... Aquí se han esforzado por tratarme justamente. Ni siquiera han intentado aunarse para cargarnos las culpas del terrorismo ¿Eres consciente de lo bondadosos que están siendo? Sobre todo Aurum-
-No hay rey que muestre bondad si no está contento con aquello que obtiene a cambio- Agro se levantó de la cama -Casarte con Syra también le acerca a Munshad ¿Crees que no tratará de usarte, heredero de los Bladelyn por mi mano, para calmar los ánimos de la revuelta? No te dejes engañar Ren... Todo esto que hacemos por evitar una guerra, no ha hecho más que comenzarla-
-¿Qué?- no supo cómo tomarse aquello.
-Termina de vestirte- ordenó -Y dirígete al templo de una vez. Se hace tarde- concluyó Agro sin darle más explicaciones a Ren para después marcharse de forma clara y sonora ¿Cómo... había entrado?.

Apenas una media hora después, el vehículo oficial que transportaba a Ren llegó a las puertas del templo. Acompañado de Agro y su hermana, los Bladelyn bajaron para ser bañados por el ruido y los gritos de las masas que aguardaban fuera. El templo estaba cerrado a cualquier acceso civil por motivos de seguridad, salvo a la prensa. Las cámaras de video y fotográficas disparaban constantemente sus objetivos hacia Ren, que no hacía más que repeinarse nervioso los cabellos hacia atrás. Los soldados de la Guardia de palacio se posicionaban frente a las puertas del templo en una doble fila, formando un pasillo por el que cruzaría el novio y la novia. Uno de los Guardias tocó una estridente corneta en cuanto Ren comenzó a desfilar seguido de sus familiares. Los soldados desenvainaron sables y los alzaron. En teoría, Ren habría pasado por debajo de las afiladas hojas pero debido a su altura, no pudieron unir las espadas con totalidad o le cortarían el pelo al novio, cosa que habría llevado al despido y a la deshonra más absoluta para los soldados ejecutantes del atropello.
Una vez dentro, Ren se quedó helado en el umbral. Al primero que encontró allí fue a Raven, que lo miraba con una sed asesina inmedible. Estaba custodiando la puerta en solitario, controlando y coordinando la soldadesca como Maestro de la Guardia. Más allá, todo eran bancos con decenas de invitados que miraban hacia atrás para ver la llegada del novio. Prácticamente todos eran rostros conocidos, pues los invitados no eran otros mas que la alta alcurnia de Solaris: presidentes y presidentas, hijos de los mismos, sus familias y un largo etcétera. Ren tragó saliba y caminó con decisión atravesando el templo. Nunca lo había visto, personalmente. Era una obra arquitectónica exquisita y que no trataba de ocultar su antiguedad. A diferencia de cualquier otro edificio de Solaris, el templo estaba construido sobre piedra propiamente dicha. El techo triangular estaba sostenido por una miriada de pilares rectangulares, vastos y altísimos. Estaban decorados con enredaderas que parecían crecer en ellos de forma natural, dotándolo de un aspecto natural, cuasi espiritual. La religión no era algo que dominara con sumo poder en Solaris debido a la Acronita, pero aún se rendía culto a las viejas deidades como una muestra de agradecimiento nostálgico por brindarles el poder de la sagrada piedra que unificaba el reino bajo la influencia de los Chrone. La tan vieja Acronita a veces conocida como "Lágrima de los Dioses", la segunda oportunidad para una tierra dividida.

Ren llevaba ya un rato esperando a los pies del altar frente a una suerte de sacerdote que no había visto en su vida. Era un hombre mayor, calvo y con una barba canosa en estilo candado. Pese a que debería de ser un hombre devoto y pulcro, los pelillos amarillentos que rodeaban sus labios confesaban su adicción al tabaco. Quizá un signo más de los tiempos que corrían, donde su papel era simbólico. Un sacerdote que ya no ejercía como peón de los Dioses y profeta, simplemente era un empleado que se ocupaba de casar a la gente como tradición y de mantener el templo en pie y presentable. El Bladelyn casi sintió lástima por él, pues era más un conserje sobrevalorado que otra cosa.

Finalmente sonaron de nuevo las trompetas. Esta vez fueron más gloriosas y hermosas en su sonido que cuando él llegó. Ren miró hacia atrás. Lo primero que vio fue a Agro sentado en primera fila, precedido por Dusk, Iran, sus mujeres y Claire, que hacía lo posible por no dejarse llevar por la tentación de provocar el caos más grande que podía formar tan cerca de los príncipes. En la puerta apareció la figura de Syra, llevada del brazo por su padre. Fuera se oían gritos, vítores y aplausos, aunque Ren estaba seguro de que no todos los gritos eran favorables.

Normalmente, el día en que uno se casaba era uno de los días más felices de la vida del individuo. Eso es lo que siempre decían los libros, las historias, la televisión y demás. En Syra no se veía felicidad alguna, sin embargo. Solo tensión, miedo y confusión. Ren imaginó que él debía de tener la misma cara cenicienta que ella, ambos pálidos y con ganas de atravesar aquel mal trago lo antes posible. Sin embargo, su condición natural llevó a pensar por un breve instante sobre lo guapa que estaba. Pudo entender en un recóndito lugar de su alma aquella entrega y pasión que mostraba Raven hacia ella como protector. Apartó la mirada y se posicionó de cara al sacerdote cuando se le pasó por la mente la tonta idea de que él "también la protegería", si estuviese a cargo de cuidar semejante belleza. Sin embargo, aquello no era más que un pensamiento absurdo y carente de sentido, arrastrado nada más y nada menos que por las atracciones naturales hacia el sexo por el que se inclinaba. Pronto se le pasaría, o eso pensaba -Ren- el rey le llamó y debió girarse de nuevo. Este, con suma galantería, le ofreció la mano de Syra. Ambos se quedaron mirando absortos sin saber qué hacer ni qué decir -Cógele la mano, chico- tuvo que decir el rey, haciendo que los invitados soltaran risillas simpáticas. Aturdido, Ren le tomó la mano a Syra. Era pequeña y frágil entre sus dedos, pero sentía una corriente de inmenso poder mágico surgiendo de ella al contacto. Sentía que el nerviosismo de la chica la podría hacer explotar como una bomba -Estás muy guapa- dijo Ren, sin saber ni por qué lo había dicho. Solo sintió que debía hacerlo, o que quería hacerlo, mientras Syra se ponía a su lado.
-Gracias, supongo- contestó ella entre dientes mientras Aurum se retiraba a su asiento, junto a Agro.
-Mi buena gente de Solaris, presidentes, presidentas, sus Majestades...- comenzó el sacerdote sin mayor demora -Nos encontramos aquí, bajo la atenta mirada de los ya ancianos y cansados Dioses, para unir en matrimonio a la princesa Syra Chrone y al futuro regente Ren Bladelyn, de Munshad- la voz del sacerdote reverberaba en las estructuras. Ren y Syra estaban mutuamente seguros de que ninguno de los dos estaba prestando atención a la sarta de palabras que soltaba el sacerdote, toda una perorata sobre el matrimonio, los votos, el vínculo y el amor. Todo aquello era inútil además de una gran mentira que a ninguno de los dos les era de interés. Ambos, cogidos de la mano ante el altar, podían sentir como compartían el mismo deseo de acabar con todo ello.

La ceremonia duró casi una hora que parecieron mil eternidades juntos para los novios. El sacerdote pareció explayarse a voluntad debido a lo poco que le era meritorio su puesto de sacerdote. El silencio y el ambiente que se respiraba en el santuario era asfixiante tanto por el clima veraniego que se avecinaba como por el aburrimiento del personal. Entonces, por fin, llegó el tan temido momento -Syra Chrone, princesa de la familia real y heredera al trono del reino ¿Aceptas a Ren Bladelyn, vasallo y futuro regente de Munshad, próximo cabeza de la familia Bladelyn, como esposo ante la mirada de los Dioses?- preguntó solemne el hombre. Todo el mundo contuvo la respiración.
-Sí, aceptó- contestó ella con toda la fuerza de su alma reunida en unas simples y banales palabras.
-Y tú, Ren Bladelyn ¿Aceptas a Syra Chrone, la princesa y tu futura reina, como esposa ante la mirada de los Dioses?-
-Sí, acepto- asintió Ren, viéndose a sí mismo soltando todo el aire que tenía contenido desde hacía no sabía cuanto.
-Dichas las palabras, queda escrito el testamento de los cielos en vuestras almas. He aquí dos corazones que quedan enlazados por el mandato de los Dioses. Sea sellado finalmente el pacto mediante la unión de los cuerpos y los corazones- aquellas palabras eran el detonante final, cuando Syra y Ren se miraron el uno al otro. Ambos quisieron saber en el fondo qué pensaba el contrario al respecto a lo que estaban a punto de hacer, pero poco importaba. Lo que debía hacerse, debía hacerse. Fue Ren entonces quien tomó la iniciativa de inclinarse hacia ella. Se dio la libertad de tomarle el rostro con la mano para fingir y enfatizar cierta dulzura hacia el público a la vez que los labios de ambos se fundían en un rígido y frío beso. Los invitados comenzaron a aplaudir emocionados -Y ahora es el momento de la proclama ¿Alguien se opone a este matrimonio? Hable ahora o calle para siempre- nadie dijo palabra alguna, absolutamente nadie, pero bastaron las miradas. Dusk echó un rápido vistazo hacia atrás, donde estaba Raven. Iran no dejaba de mirar a Ren de forma inquisitiva. Las mujeres de ambos estaban fijas en Syra con cierto rostro de preocupación y, lo peor, es que Ren podía sentir cómo fluía hacia él una oleada siniestra que amenazaba con embargarle. Lo más preocupante y asolador de aquello es que, pese a lo reconocible y familiar de aquella aura oscura de su padre, no se trataba de Agro. Ren siguió los invisibles hilos de magia tenebrosa que se dirigían hacia él y lo que encontró en el otro extremo de los hilos era a un Raven que apretaba los puños hasta que le sangraban las manos. Ese hombre... podía ser un grave problema.

No hay comentarios:

Publicar un comentario